Jordi Cadena, un buen director español desconocido, por Javier Puig

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La porLos insondables vericuetos de la distribución, el temor a los recatados gustos del público, y otros factores tal vez poco confesables, hacen que mucho buen cine quede constreñido al ámbito de unos pocos avisados, alcanzable solo por los irredentos buscadores de acallados tesoros. Es lo que pasa con el cine de Jordi Cadena, un director catalán que ha evolucionado hacia un cine minucioso y efectivo, cuyas películas apenas ocupan fugazmente unas pocas minúsculas salas nacionales, casi de forma clandestina. Solo están accesibles las dos últimas, en DVD, o en la plataforma de cine online www.filmin.es.

La suerte que yo tengo es la de disponer de un amigo que es uno de esos cinéfilos temerarios, que no se amilanan ante el riesgo de topar con simples pedanterías o con errores rotundos, porque el objetivo es recabar el mayor número de joyas cinematográficas, aunque para ello uno haya de tragarse, de vez en cuando, alguna exhibición que solo es de rareza pero no de arte verdadero. Manuel Susarte me ha proporcionado muchas películas – bastantes de ellas inimaginables -, algunas de las cuales he desechado porque les he captado un vacío y un retorcimiento insoportables, pero otras muchas han sido maravillosos hallazgos, cine con verdadera vocación artística, sin sumisiones, con la frescura de aquellas obras que están construidas para volcar un sentimiento profundo.

Desconozco el primer cine de Jordi Cadena. Sé que tuvo éxitos, pero no sé si más por el componente erótico que parece que tenían aquellas películas o por una calidad comprobada por muchos de aquellos ávidos espectadores de aquel tiempo en que la coyuntura político-social del postfranquismo favorecía esa ansia. Lo que sí parece es que, en los últimos tiempos, su forma de hacer cine ha cambiado, virando hacia el intimismo.

Yo solo he tenido acceso a sus dos últimas obras. La primera, codirigida con Judith Colell, Elisa K, de 2.010, que obtuvo el Premio Especial del Jurado en San Sebastián. La última es La por (El miedo), de 2.013, que la vieron en las salas solo 1.757 espectadores. Esta es una película meticulosa, una historia empática que nos introduce en los sentimientos de una familia atemorizada por un padre violento. Aunque el punto de vista está especialmente integrado en la angustia del hijo, un joven adolescente que padece en silencio al ominoso padre. La descripción de esta situación insostenible no requiere de la pornografía de la violencia. Solo nos informan de la dramática situación que vive la familia unas imágenes tangenciales, como la de la madre mirándose las heridas en el espejo, palpándoselas con insostenible dolor; las pesarosas conversaciones entre ella y el hijo, en voz baja; o el trato rudo de él.

Me parece genial el inicio de la película. El despertar del día en ese piso donde se respira la opresión, donde se regurgita el silencio. Oímos, en ese ámbito triste, la melancolía de todos los ruidos domésticos en el inicio de un día laboral. El padre se ha levantado. Su mujer y el hijo están secretamente despiertos. Ella, en la triste cama conyugal; él, en su cuarto. La hermana pequeña, dormida, es el único ser que parece ajeno a ese infierno. Casi no respiran. Están expectantes de que ese hombre abandone la casa para poder relajarse, para poder moverse. Sus rostros de pavor, la auscultación de la realidad, sí que están completos. Los gestos del padre no se intuyen en los primerísimos planos de los objetos cotidianos que manipula. Lo que conocemos es esa engañosa convivencia entre la normalidad de unas acciones rutinarias y la seria posibilidad de algún episodio de violencia. Cuando oyen cerrar la puerta de la casa, creen estar a salvo. La mujer, el hijo, la hija, se levantan, avanzan por el pasillo; pero, entonces, se oye la llave en la puerta. Se quedan paralizados, incapaces de retroceder y esconderse. Tienen tiempo, pero la vida se detiene en sus cuerpos cuando, en una dimensión distinta a la que habitan, situada en su máxima cercanía, pasa él, como si no fueran más que un invisible obstáculo. Malhumorado, enconado en sí mismo, busca unas llaves, maldice. Las encuentra, se va. ¡Qué alivio!

El resto de la película describe pormenorizadamente ese clima de terror. Comprobamos, sobre todo, cómo se ve afectado el hijo. Cómo las relaciones con su enamorada, con sus amigos, con sus estudios, están terriblemente mermadas. Y es algo que él lleva en un silencio que comparte con el de su madre. La tensión va en aumento. El padre sabe que su familia está en su contra, pese a sus disimulos. Piensa que ya está en marcha una conspiración para abandonarlo. Él no lo puede consentir, ellos deben permanecer sojuzgados.

Por su lado, Elisa k, película inmediatamente anterior, se nutre también del sentimiento de la pesadumbre. Está vez, el detallado lenguaje de imágenes está acompañado por el relato, en voz en off, de aquello que estamos viendo; un relato descriptivo – que tiene su origen en la novela – que no interfiere en las imágenes, que las acompaña como si simplemente rellenase todos los poros de esa pálida luz que se nos muestra. La película se divide en dos partes claramente diferenciadas por el color y por el estilo. La primera – en blanco y negro – dirigida por Jordi Cadena, la segunda – en color – dirigida por Judith Colell. La primera narra la violación que sufre la protagonista en su infancia; la segunda parte, el momento en que ella, ya estudiante en el extranjero, despierta súbitamente a ese hecho que silenciosamente la ha mantenido trastornada. Y nuevamente no encontramos con ese tono que describe, bajo unos hechos anodinos, una fortísima tensión, unos sucesos traumatizantes.

Se trata, en fin, de dos películas repletas de excelentes momentos. Tal vez no perfectas, pero que ofrecen una narrativa densa, poderosa; una excelente descripción de la angustia, una grave revelación de que no estamos tan lejos de psicópatas perfectamente integrados en una sociedad de desconocidos.

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