El tiempo en su arrogancia, por Lola Obrero

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Ya no te reconozco…

Apenas consigo acordarme de mi pálpito en tu espera,

la respiración acelerada, a ritmo de caballo desbocado;

de las preguntas hechas una y otra vez a quemarropa,

¿ me quieres ? , ¿ me querrás siempre?

El viento frío, poco a poco, congeló las bocas sedientas de porqués,

y hambrientas de mieles.

El tiempo en su avidez, las arrebató de momentos sublimes,

las castigó a beber amarguras, a tragar tormentas

demasiado prolongadas,

y las llenó de cansancio.

Ya no me reconozco…

A menudo se me olvida el color de mi sonrisa,

y la pinto a propósito antes de que amanezca.

Me visto cada mañana con la ropa de otra persona,

que cambió de patria y enraizó en otro suelo.

No sé si me acuerdo de quién yo era, y quién tú eras.

El tiempo en su arrogancia, pisó tierra verde,

transformándola en huellas secas.

Ahora, muerde a dentelladas nuestros rostros, y espera

a que se conviertan todas las noches

en ebrias y somnolientas.

Y quizá ya eso no importe…

porque al rozarte, en mi memoria, surge el aroma

de tu piel, azúcar, sol, y madera;

se abren de nuevo mañanas, hechas de musgo y salitre,

de sudor y enredadera…

y aparecen todas las noches blancas,

de nácar y luna llena.

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