Las memorias de Medardo Fraile: El cuento de siempre acabar, por Javier Puig

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Medardo-Fraile
Leer una biografía o unas memorias siempre nos aporta el valor añadido de un cierto conocimiento de una época. En una biografía, esa aproximación se hace desde la visión múltiple que aportan los numerosos documentos que se consultan para configurar ese lugar de la historia, esa confluencia de unos personajes sometidos a parecidas motivaciones, aunque delimitados dentro de sus características singulares. Cuando son unas memorias, la visión es siempre personal, se atiene a los sentimientos vividos, de tal manera que a veces disienten del sentimiento general que se le supone a una época, o no pueden evitar las confusiones, los falsos recuerdos.

Los personajes que vivieron su edad adulta en los años del franquismo nos despiertan una curiosidad añadida, la de saber cómo se sintieron, inmersos en aquella forma de vida que hoy nos parece tan abrumadora. Dice el dicho: “Con Franco éramos más jóvenes”, lo que viene a querer decir que lo que prevalece es el sentimiento personal sobre una vivencia política de la que se puede prescindir si las condiciones del entorno no resultan coercitivas. Todo depende del camino elegido, si es susceptible o no de ser atacado o mermado por leyes e inquinas innegociables.

En sus memorias, El cuento de siempre acabar, Medardo Fraile nos habla de los numerosos personajes de su infancia desde una descripción libre, ajena a los encasillamientos. Menciona en numerosas ocasiones aquellos casos de transfuguismo en la guerra, de disimulos exitosos, de hombres y mujeres que no se habían significado tanto como para causar extrañeza con su nueva y precipitada afección. También nos habla de los paseos, de las inmundas delaciones. Su visión de la guerra – él la vivió en el principio de la adolescencia, en un barrio poco sospechoso de ser un vivero de comunistas – es la de un espectador que apenas resultó salpicado.

Viví el franquismo los primeros diecisiete años de mi vida. De ellos, tal vez, los primeros quince con un espíritu crítico bastante adormecido. El atraso que, por lo que vislumbramos de la vida en otros países, sabíamos que llevaba España, me parecía algo más debido a la idiosincrasia española que a una situación política determinada. La prohibición de libros, de películas, la mojigatería sexual, la circunspección de las instituciones dominantes, me parecía producto de unas mentes dominantes estrechas, pero no se me ocurría pensar que fuera debida al sistema dictatorial. Más tarde, con el acercamiento a unas nuevas amistades muy politizadas, me di cuenta de que aquel bloque imperante podía y debía ser revocado.

Medardo Fraile vivió esa época – incluso un franquismo anterior, muchísimo más cerrado – en sus años de juventud y de madurez. Podía, por tanto, estar más informado, especialmente teniendo en cuanto que tuvo ocasión de conocer a muchos intelectuales y de hacer algunos viajes al extranjero. En estas memorias, no se declara antifranquista, como si eso fuera demasiado fácil y probablemente insustancial, como si no quisiera presumir de algo tan aceptable en nuestros días. No se amilana al defender a algunos personajes, como a José María Pemán – para nosotros un personaje rancio, afecto al régimen, sin fisuras -, pero que, según nos cuenta, no tenía reparos en participar en un homenaje al proscrito Antonio Machado. Lo que hace Medardo es reírse de las caricaturas políticas que se fue encontrando en la vida, hombres o mujeres radicalizados en uno u otro signo, defendiendo absurdamente unas ideas poco claras, impuestas por otros, crecidas en sentimientos borrosos. Se ríe de Carrillo, al que le oye en una conferencia en Gran Bretaña, cuatro años antes de la muerte del dictador, empeñándose en narrar cataclismos muy lejanos de la realidad española, triste y oprimida, pero no tan dramática. Pero Medardo impulsó, en la revista en la que participaba, números asombrosamente dedicados a poetas tan sospechosos como Miguel Hernández y participó en homenajes al citado Antonio Machado. Tampoco parece que escritores de la época, supuestamente afectos al régimen, sintieran miedo a ensalzar a poetas como Lorca o Alberti, con lo que demostraban estar exentos de un obtuso sectarismo. Tal vez lo que se temiera entonces fuera tan solo un reconocimiento extraliterario. El del gremio es siempre inocuo por su carácter tan minoritario.

Otro aspecto de estas memorias que me ha llamado la atención es la continua nominación de escritores o escritoras que fueron muy activos en su momento y que, incluso obtuvieron bastante éxito, estando completamente olvidados hoy día. En muchos casos se trata de autores teatrales – género en el que más se movió Fraile en sus primeros años -. En esa faceta literaria parece obvio que el no rescate de las representaciones antiguas puede generar olvidos perdurables. ¡Cuánto buen texto perdido definitivamente y también cuántos bodrios de éxito coyuntural han seguido el mismo camino! Aunque hay libros considerables que han tenido su validez momentánea, que han conseguido conectar con el lector a través de la sensibilidad dominante de la época. Ahora pienso en cuántas novelas de hoy, en las que me he interesado, por haber leído buenas críticas de ellas, sobrevivirán a la masiva criba de tiempo. Ahora mismo, estoy leyendo una novela muy recomendada por Llamazares, Berlín vintage, en la que estoy avanzando sin la seguridad de la pertinencia del consumo de mi tiempo y que estoy casi seguro que abandonaré, pues no me atrapa y se le notan demasiado sus costuras. Hay muchas novelas actuales que me resultan forzadas, que detentan su interés en unos elementos que no se ensamblan generando una pasión verdadera. Aunque, como reconocimiento de la novela actual, me atrevo a recomendar dos muy buenas novelas que he leído este año: Después del invierno, de la mejicana Guadalupe Nettel y También esto pasará, de la catalana Milena Busquets. La primera, en un tono moderado pero penetrante, y la segunda con un decir desenfadado y a la vez profundo.

Medardo Fraile quisiera considerarse un escritor perenne. He sentido un poco de vergüenza ajena al ver cómo, en sus memorias, no se olvidaba de insertar todas las buenas críticas que ha recibido. Su reconocimiento como cuentista es tan grande entre los iniciados como su anonimato entre el gran público. Tal vez por quiso, con este libro, aprovechar la ocasión para darse autobombo; posiblemente, haciendo justicia, poniendo su literatura al alcance de lectores ávidos de excelencias.

Acabo de leer el libro y no sé muy quién fue Medardo Fraile. Sé de las andanzas que ha querido contarme, de los numerosos personajes relevantes en el mundo de la literatura que ha conocido. Sé un poco más de ese mundillo del compadreo literario. Pero no me ha revelado su intimidad sino su ser público. Lo he conocido como se presentaba, muchos años después de los años que relata. Como en tantos libros de memorias, en este libro no hay apenas detenimiento sino una prisa, una necesidad de extracción intensiva de recuerdos estimados irrenunciables. Y la mayor parte de los referidos en este libro tiene suficiente interés. De su obra, he leído su libro Antes del futuro imperfecto, cuyos relatos me han parecido magistralmente compuestos, no exentos de gracia lingüística, aunque sus temas – referidos al mundo colegial – no me han alcanzado muy hondamente. Tal vez tuviera que leer otros libros suyos. De todos modos, mis opiniones nunca son definitivas, mi sensibilidad no se ajusta a todas las otras, y cada vez disfruto más – en cuestiones no capitales – de dejar la puerta abierta a mi humilde indulgencia.

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