EL ETERNO RETORNO. CARTOGRAFÍA POÉTICA DE C.P. CAVAFIS EN ESPAÑA. por Juan Lozano, en La Galla Ciencia

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Se dice que, cuando Cavafis dejaba su casa para ir al Hospital Griego de Alejandría donde iba a ser tratado de un cáncer de laringe, una amiga le preparó una pequeña maleta con sus efectos personales. El poeta rompió a llorar en cuanto la vio, podemos pensar que por temor a la muerte. De hecho, no saldría ya del hospital. Pero no fue esa la causa, Cavafis había reconocido aquella maleta comprada en su juventud cuando proyectaba ir a El Cairo en busca de placer y de experiencias. He aquí, en este episodio, una de las claves para entender su poesía: el canto a lo perdido, a una juventud donde todo era posible, al hedonismo tan propio de las culturas mediterráneas. No obstante, para mí, en Cavafis lo elegíaco, el dolor por lo perdido, está atenuado por una radiante evocación de la belleza. Cuando el viaje a Ítaca está por concluir, Cavafis nos enseña que el peor pecado contra la vida es no haber sabido aprovechar las oportunidades que nos brindó la juventud, ese “mañana habrá tiempo todavía” [i]. Cuando uno ha vivido y ha gozado la vida, aún tenemos el consuelo de los recuerdos de antaño, “la belleza que persiste en el recuerdo” al decir del romántico Wordsworth. La poesía adquiere así, en la senectud, una dimensión balsámica.

Este año se cumplen cuarenta desde mi primer contacto con la poesía de Cavafis. Pese a tan redonda efeméride, esto no entraña un interés más allá del propio. Así, el lector deberá disculpar este breve excurso a modo de arqueología personal. En cualquier caso, yo entonces tenía doce años y mi verdadero interés por el vate alejandrino no vino hasta, por lo menos, cinco años después. A mí entonces; desde que, por mi Comunión, alguien me regalara sendos libros ilustrados de La Iliada y La Odisea, me fascinaban las historias mitológicas. Mi hermano mayor tenía amigos que hoy, con la perspectiva del tiempo, tildaríamos de “progres”, de los que iban al cine-club, leían a Cortázar, compraban El Papus y escuchaban discos de rock progresivo. Así entró en casa, de la mano de uno de aquellos personajes, el LP “Viatge a Itaca” de Lluis Llach. Toda la primera cara del disco la ocupaba una sola canción, dividida en tres fragmentos. El primero de ellos era una adaptación del poema “Ítaca” de Constantino Cavafis; o mejor dicho una adaptación de su traducción al catalán debida al poeta Carles Riba, traducción por otra parte excelente. Evidentemente no capté entonces el sentido profundo del poema, lo que a mí me gustaba eran las referencias a criaturas mitológicas como Poseidón o los ciclopes y al solar patrio de Ulises. En mi casa se hablaba valenciano en los encuentros familiares; así que, la sonoridad del catalán no me resultaba ajena y lo entendía casi todo, sin necesidad de acudir a la carpeta del disco donde estaban las letras. Es más, quizás por aquel primer recuerdo, por aquel disco escuchado una y otra vez; para mí, la poesía de Cavafis está estrechamente vinculada a la musicalidad del idioma catalán.
La poesía de Constantin Cavafis entra en España a través de dos ciudades bañadas por el Mediterráneo: Barcelona y Málaga. Aunque póstumamente, fue precisamente la traducción al catalán que hizo Carles Riba la primera en aparecer en España en 1962 para la editorial Teide, con ilustraciones de Josep María Subirachs. La primera traducción al castellano, aún muy parcial, la harían al alimón Elena Vidal y José Ángel Valente para la editorial malagueña Caffarena & León en 1964, con una tirada limitada de 300 ejemplares. En 2014, un libro editado por la Fundación Málaga: “Málaga Cavafis Barcelona”, recupera estas dos primeras versiones; complementadas con 51 poemas más, con traducciones de diversa procedencia. Durante los años setenta van apareciendo en diversas publicaciones y libros, poemas de Cavafis traducidos al catalán por el crítico y ensayista Joan Ferraté[ii], al que también debemos un magnífico análisis de “La tierra baldía” de T.S. Eliot. Tanto la versión de Riba como la de Ferraté han conocido diversas reediciones.
El tercer punto geográfico por donde desembarca Cavafis en España es también una ciudad mediterránea: Cartagena. La mítica traducción que hiciera el poeta novísimo José María Álvarez inauguraba, como número 1, la colección de poesía Hiperión en 1976. Probablemente sea el libro de poesía más vendido en España y de la belleza de sus versos hemos bebido todos. En su portada, sobre fondo verde, el decadracma de Siracusa ha devenido compañero inseparable de esta edición. Treinta y cuatro años después, la sevillana editorial Renacimiento reeditó una antología de esta traducción en un pequeño volumen de la colección Poesía Universal (Serie Menor) bajo el título “El resplandor del deseo”[iii]. Dicho por Álvarez en el excelente libro de Alfredo Rodríguez “Exiliado en el arte”, su traducción de Cavafis lo fue, en principio, para uso personal y, a propuesta de un entusiasta Juan Benet, hablaron con Jesús Munárriz que se interesó inmediatamente en su publicación. Álvarez ha contado cómo fue el proceso, hizo con Mercedes Belchí una traducción “en bruto” y luego, en solitario, fue dando forma y perfilando los versos a partir de fuentes inglesas, italianas y francesas. Es decir, Mercedes Belchí puso su dominio del griego moderno y Álvarez su genio poético, ejerciendo de mistagogo. Este particular método no es óbice para que su versión sea, por lo menos a mí, la que más me emociona, la que mejor sabe trasmitir la carnalidad y la melancolía trágica que la poesía de Cavafis demanda. Si traducir poesía es administrar pérdidas, adaptar, rebuscar equivalencias y en definitiva producir en el lector la misma carga efectiva y afectiva; no dudo que, Álvarez cumple sobradamente este desiderátum.
El filólogo Pedro Bádenas de la Peña hizo una traducción directamente del griego en 1983 para Alianza Editorial. Es seguramente la traducción con una perspectiva más filológica, más cercana al original, resultando un tanto plana para mi gusto. Esto no debe considerarse un demérito; la poesía de Cavafis en griego suena al parecer más seca que en castellano o catalán. Es también la más completa en cuanto a producción cavafiana. En 1994, el helenista Ramón Irigoyen da a conocer su traducción de la poesía de Cavafis para Seix Barral, limitada a la producción canónica de los 154 poemas que seleccionó el propio poeta. Es una traducción también directamente del griego, hecha con rigor sin descuidar la esencia poética. Quizás por este equilibrio es la versión favorita de mucha gente. Fue reeditada en 1999 por Círculo de Lectores. En 2003, Anna Pothitou y Rafael Herrera firman para Visor una traducción de la poesía completa, atendiendo a la métrica, que no ha tenido el eco de sus predecesoras.
Como se ha visto, desde los años sesenta, cada década nos ha dado una nueva traducción de Cavafis, beneficiándose sucesivamente del poso dejado por las anteriores. La década que vivimos actualmente no podía ser menos. Otro cartagenero, si bien éste accidental, Juan Manuel Macías, viene a enriquecer el acervo cavafiano con la edición más hermosa de las hasta ahora aparecidas. Acaba de ver la luz hace tan solo unos días en la valenciana Pre-Textos, dentro de su cuidada Biblioteca de Clásicos Contemporáneos [iv]. Se trata de un bello volumen de tapa dura, muy manejable, sobrecubierta y doble cinta de lectura. La sobrecubierta reproduce una foto infrecuente del poeta alejandrino, que sirvió a Luis Antonio de Villena de base para escribir un poema [v]. La edición, como viene siendo habitual, es bilingüe; contiene un prólogo del mismo Juan Manuel Macías, un interesantísimo epílogo de Vicente Fernández González [vi] y un capítulo final de “notas” que, aunque Macías las considere una bitácora del traductor, están muy bien traídas y son un útil apoyo a la lectura por más que los poemas “deban hablar por si solos”. A su condición de helenista, añade Macías la de traductor consumado[vii] y la de poeta. Nos dice el propio traductor que Cavafis escribe desde su inevitable presente a nuestro presente; y efectivamente, una de las virtudes de esta versión es que parece que Cavafis esté hablando directamente al hombre actual. Además nos trasmite la emoción directa de la poesía, “ese pensamiento hecho sentimiento” que decía Juan Ramón. Yo la he disfrutado mucho y sin duda la seguiré disfrutándola.

Nota Bene. Necesario es decir que no soy filólogo ni conozco el griego. Como indica el título de este artículo, se trata más de un mapa, guía o recorrido de las opciones principales y de más fácil acceso para el lector español. Mi acercamiento a las traducciones lo es desde el punto de vista de lector medio, apasionado de Cavafis, sobre su recepción crítica y la afinidad y querencia de los lectores. En todo caso, para los que desconocemos el idioma de origen, como único modo de acercamiento agradecemos cada nueva traducción en el espectro que va desde la literalidad hasta la versión libre, porque ello viene a compensar esa carencia y viene a enriquecer poliédricamente el mundo poético de un determinado autor.

Juan Lozano Felices
[i] Referencia al poema “El viejo” de Cavafis.
[ii] Joan Ferraté (1977) Lectura de La terra gastada, Barcelona. Edicions 62 . De muy difícil localización hoy en día.

[iii] Esta edición, además de ampliar el capítulo de agradecimientos, reproduce como pórtico el poema de Álvarez “L´Ebat des anges” perteneciente a su libro “Los obscuros leopardos de la luna” (Edit. Renacimiento, 2010) a modo de conversación con el mismo Cavafis en Alejandría. En http://porestarcontigo.blogspot.com.es/2012/03/lebat-des-anges-de.html o https://www.youtube.com/watch?v=Act8ZkHskC0 puede escucharse recitado por el propio Álvarez.
[iv] Estupenda colección donde ya contamos con la poesía completa de Yeats a cargo de Antonio Rivero Taravillo y la de Edward Thomas por Gabriel Insausti.

[v] Se trata de una foto en la que aparece Cavafis, sin sus características lentes, un año antes de su muerte. El poema al que aludo, de Luis Antonio de Villena, es “Cavafis en Atenas, 1932”. Reproduzco un fragmento:

Es una foto. Triste, si son tristes las fotos…
Sin los lentes, un hombre mayor mira con vaga tristeza.
No parece lustrosa la chaqueta ni la bufanda cualquiera
entorno al cuello. Todo es viejo y gastado,
como la foto misma. Probablemente el viejo
o avejentado señor sabe que va a morir, que está
tocado, y clama: ¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?

[vi] Curiosamente también ha salido recientemente una traducción de Vicente Fernández González del poema “Ítaca” en un hermoso libro ilustrado, editado por Nórdica.

[vii] Premiado en 2013 por la Sociedad Griega de Traductores de Literatura a la mejor traducción de una obra griega contemporánea, por “Los trinos que se extinguen” de Maria Polydouri.

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