Diario de un cinéfilo (II), por Javier Puig

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HeridaMe reencuentro con una película mítica del llamado, aún por entonces, cine de arte y ensayo. Sería por allá en el año 76 o 77 cuando acudí – es posible que solo -, a un pequeño cine bastante alejado de mi barrio en Barcelona. Recuerdo que estaba lleno, como estaban llenos entonces los cines que programaban películas interesantes.

Ahora me interesaba comprobar si el furor por aquella película estaba basado en las cualidades intrínsecas de la misma, o bien si había ya un enardecimiento previo en el espectador, una sed de rarezas, de arte libre, una indulgencia y aceptación ciegas, después de décadas de oscuridad o de cine previsible. La impresión que he tenido no ha podido ser mejor. Cuerno de Cabra (1972), del búlgaro Metodi Andonov, es una obra magistral. El argumento apenas se apoya en unas pocas palabras, que más parecen un sonido gutural, una expresión de mentes rudimentarias. Estamos en el siglo XVII y en un ámbito rural. Los hombres y mujeres se mueven por instintos. El del padre protagonista es el de la venganza; el de los violadores y asesinos de su mujer, es el del sexo; el de la hija, es el amor.

La película es una gran lección de arte narrativo. Los planos, las elipsis, los sonidos de fondo, en todo va acertando, y no hay desfallecimiento en su intensidad. Al no haber apenas diálogos, la imagen precisa ser altamente expresiva, lo que se consigue sin más histrionismos que los que se supone corresponden a la época. Hoy en día esta película tendría problemas de distribución si no presentase a algún premio, que ganaría, seguro, pues se ruedan pocas películas equiparables en calidad.

Herida (1992), de Louis Malle, es una película que se inicia con lo que podría ser una mera historia de pasión sexual frenética e ineludible, una historia limitada, pero que va haciéndose más compleja cuando se van exponiendo las implicaciones en el entorno social en la que está inmersa. Según avanza la historia, vamos intuyendo con mayor seguridad un desenlace muy dramático. Vemos como una enajenante atracción sexual esclaviza al personaje que interpreta Jeremy Irons, un ministro británico. Cuando este débilmente intenta zafarse de su adicción, Juliette Binoche le niega esa escapatoria. Lo necesita dependiente, para saciar las oscuras necesidades que le imponen los perturbadores traumas que arrastra. Esta secreta pasión, que roza lo evidente, echa por tierra toda la estabilidad profesional y familiar de él. El juego de relaciones que se produce, en ese triple nivel, público, privado y muy íntimo, está mostrado con gran sabiduría cinematográfica. Herida nos muestra una historia extrema, que sentimos como una pesadilla que fuera nuestra.

Zona libre (2005), del israelí Amos Gitai, es una película que aporta algunos aspectos interesantes. Por ejemplo, su originalidad como road movie, con sus paisajes jordanos y la forma de superponer flashbacks al fondo de imágenes de los lugares que el coche va recorriendo. Las protagonistas son tres mujeres: una joven norteamericana, una mujer israelí y otra jordana. La interpretación de las dos últimas me parece excelente. No tanto así la que hace Natalie Portman de la joven norteamericana. La israelí y la jordana son mujeres de fuerte carácter. El personaje de Natalie Portman es casi prescindible, solo se justifica por la aportación de una nacionalidad más, porque lo más relevante de la película es esa relación entre mujeres pertenecientes a culturas confrontadas. Son mujeres, que, lejos de los planteamientos políticos, se centran en su urgente y privada supervivencia.

La mujer israelí proviene de una familia que huyó de los campos de concentración alemanes. Luego, en Israel, el conflicto con los palestinos no hizo más que destruir los negocios que emprendía su familia, hasta darse cuenta de que el único negocio perdurable era el de la guerra. Ahora, no le importa vender vehículos blindados a los árabes que batallan en Irak. Por otro lado, la mujer jordana tiene un hijo con afanes belicosos que se le enfrenta por su actitud más pacífica. Todo ello compone unas relaciones que expresan la posibilidad del triunfo de los seres humanos individuales sobre las alienaciones que produce el odio social. De esta película me sobran las dos escenas que inician y finalizan la película y que quieren ser originales pero me resultan tediosas. En la primera, hay un primerísimo plano del llanto de Natalie Portman en un coche. La duración es insoportable e innecesaria: casi siete minutos. La escena final es una discusión entre la mujer jordana y la israelí. Sí, nos damos cuenta que la pretensión es la de demostrar que prevalecen los conflictos personales sobre los nacionales. Pero es que dura infinitos minutos, buena parte de ellos bajo los títulos de crédito, hasta que se acaba la cinta. Por lo demás, otras ideas del director sí que me parecen acertadas, lo que hace a esta película bastante interesante.

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