Diario de un cinéfilo (4), por Javier Puig

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La doble vida de VerónicaLa doble vida de Verónica (1991), de Krzysztof kieslowski, es un prodigio de sensibilidad. El doble personaje protagonista – esa chica polaca y esa chica francesa idénticas, interpretadas por una intuitiva Irène Jacob- sugiere una exquisita bondad y una perfecta inocencia. Su ser, bello y angelical, se pasea por un mundo en el que acecha la sordidez, por una vida a la que fácilmente accede la muerte. Su actitud es la de una enamorada del vivir, la de alguien que lo espera todo de sus días. Su guía es la intuición, su fina sensibilidad que la hace percibir la belleza ajena más escondida.

Veronika, la joven polaca, juega a una vida que pronto la deja en brazos de la muerte. A veces, sin maldad, los hombres experimentan con ella, con su inmaculada inocencia. La película está traspasada de melancolía: es la amenaza de la ilusión, de las puras creencias, lo que está pendiendo sobre cada momento. Veronika tiene grandes dotes para el canto, para un canto bello que, sin embargo, asume la más honda tristeza, la menos explorada. Es una mujer que anda confiada por el mundo y choca con la perversión de los demás o simplemente con los caminos opuestos. Le sonríe a la vida porque percibe que la vida es sonriente.

Esa Veronika polaca intuye que tiene una doble en otra parte del mundo. “Siento que no estoy sola”, le dice a su padre. Una vez, en una plaza de Cracovia, se cruzan ambas, iguales, con idéntico espíritu, pero con nacionalidades diferentes, con ámbitos distintos que no impiden unos sentimientos parecidos aplicados a similares circunstancias. En la muerte de Veronika, Vèronique sobrevive, esa joven francesa.

Las dos Verónicas son alegres, dulces, pero tienen adentro, desconocida, una pena. La francesa es maestra de música en un colegio de una ciudad de provincias de Francia. Acaba de abandonar el canto, impelida por una llamada interior misteriosa, tal vez el oscuro sentimiento de la muerte de su doble en Polonia. Kieslowski hace así una trasposición de la vida polaca a la francesa. Las marionetas del pretendiente de Vèronique, la música coral, todo desprende la melancolía de lo desaparecido que aún se manifiesta en el mundo. Estamos ante una película que incide en el misterio de la belleza, de lo poético que nos acerca a un extraño cruce entre la muerte y la vida, un secreto canto a lo efímero que se trasluce en las alas de las marionetas, alas que elevan tal vez a mundos que se pierden, que están detrás de nuestras querencias. Mariposas como símbolo de transformación, de transfiguración o de sustitución de vivencias.

Lo que rodea a las Verónicas es lo sombrío: un exhibicionista, un coche incendiado, una vieja encorvada, un hombre desesperado, un profesor de canto derruido por el abandono de su alumna, unos novios entregados que deja atrás, unos padres que la quieren muchísimo pero no la captan del todo.

Una excelente película que rezuma una profunda delicadeza, la de un hombre que homenajea la sensibilidad femenina. Sutil, espiritual, con una música preciosa, tristísima a pesar de sus alegrías, un canto que lucha contra la muerte.

Phoenix (2014), del alemán Cristian Petzold, se queda un poco corta en sus logros pero que es muy interesante en sus propuestas. La historia que propone favorece muchas e intensas posibilidades.

Una joven sobrevive a un campo de concentración nazi, pero con la cara completamente desfigurada. Se somete a una operación reparadora, pero el resultado no puede ser el de recuperar su antiguo rostro sino que debe conformarse con uno nuevo. Poco a poco, vamos descubriendo cómo fue denunciada. Fue su marido, que no era judío como ella, quien fue detenido y luego puesto en libertad sospechosamente, pues, dos días más tarde, la que cayó en las redes de los criminales nazis fue su esposa. Ahora ya ha acabado la guerra. Ella regresa a su ciudad de origen. Está obsesionada con encontrar a su marido. Es la amiga que la acoge quien la pone al tanto de que fue él quien la traicionó. Pero ella sigue en su empeño, no parece dolida, es como si no la creyera. Finalmente, lo encuentra en el club Phoenix, nombre que aquí actúa como símbolo de la recuperación de un país calcinado y de unos ciudadanos golpeados por un dolor irreversible del que arduamente intentarán recuperarse. Pero él no la reconoce. (Aquí tenemos uno de los puntos débiles de la película. Su falta de verosimilitud. Aunque el rostro sea muy distinto, ahí está la voz, el tono, la mirada. Aunque es verdad que ella ha cambiado, que se muestra traumatizada, mortalmente triste. Hay que saltarse esta escasez de credibilidad para implicarse en la historia, pues vale la pena).

Una estrategia de él – que pretende participar de la herencia que ha de cobrar ella, demostrando a los familiares que su mujer está viva – hace que se inicie entre ellos una relación que es para él es delictiva y, para ella, de recuperación sentimental. Ignorante de su verdadera identidad, enseña a su mujer a ser ella misma. Hay signos que debieran abrirle los ojos; por ejemplo, la letra idéntica a la de su mujer, que no podría lograrse por una simple imitación. Pero él permanece ciego. Convencido de su muerte, lo que pretende es resucitarla fraudulentamente para su provecho.

Resulta muy interesante ese juego de identidades, cómo ella puede contemplar a su marido, frente a frente, estando con otra, con esa apariencia distinta que para él es otra mujer simplemente parecida, que puede dar el pego en su estafa. Lo de ella es como una presencia en espíritu que ocupase otro cuerpo, un retorno al mundo de los vivos – de aquellos pocos conocidos que quedan después de la tragedia del nazismo -, una forma extraña de reemprender su estancia en un mundo que ya es nuevo.

La película está traspasada por la melancolía de una ciudad en ruinas, por las víctimas sobrevivientes, definitivamente dañadas, por las fotografías con sus cruces señalando las figuras de los fallecidos. La escena final está muy lograda. Ella se ha prestado a la pantomima. Está con sus familiares. Quiere cantar – había sido cantante -. Su marido toma el piano. La canción que propone es la que intermitentemente ha estado sonando durante toda la película: Speek low, la bellísima canción de Kurt Weill, que ella canta con más melancolía de la acostumbrada: “El tiempo es tan vetusto y el amor tan fugaz, el amor es oro puro y el tiempo es un ladrón. Todo termina demasiado pronto, demasiado pronto…Háblame en voz baja, háblame amor y pronto…” Ella canta y en los ojos de él se va desvelando su verdadera identidad. Ha conseguido su objetivo, le ha demostrado quién es y cuánto sabe de él, cómo su amor ha resultado tan pérfido. Él, atónito, deja de tocar. Ella sigue cantando a capela. Finalmente, se calla. Sale de la sala hacia la terraza, hacia la luz, dejando atrás un pasado fallido.

Lo dicho, una película a la que le falta algo de fuerza y verosimilitud, pero que resulta altamente sugerente y no carece de algunos excelentes momentos. Es de las que hay que ver, aun antes que otras anodinamente perfectas. La interpretación de Nina Hoss brilla cuando el guion se muestra más acertado.

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