Diario de un cinéfilo 6, (Manuel Martín Cuenca), por Javier Puig

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He tenido la oportunidad de conocer, seguidas, las cuatro películas que ha dirigido el director español Manuel Martín Cuenca. Ha sido un interesantísimo descubrimiento, aunque lamento decir que su evolución me ha parecido dispareja. Son muchas sus virtudes y, por ello, decepciona la carencia de una mayor sustancia en sus dos últimas obras. Me parece que ha ido de menos a más en técnica, pero de más a menos en fuerza. He aquí mis comentarios individualizados.

La flaqueza del bolchevique (2003) me gusta desde el primer momento. Su personaje principal – excelentemente interpretado, con una fuerza triste, por Luis Tosar – pertenece a la familia de los que me resultan más interesantes. Es un hombre podrido de hastío, quemado en las llamas de una sociedad infernal donde brilla la lucha infecta. Sin embargo, a partir de unos sentimientos puros que aún se podrían resucitar, vislumbra la posibilidad de rehacerse. El mundo que rodea a Pablo está lleno de egoísmo, de avaricia, de falsedad. Es el mundo de las finanzas, pero podría ser otro. Cualquier colectivo acaba siendo deshonesto. Hay demasiadas cosas que tapar. Es un mundo que incita a la traición: la principal, a uno mismo.

Fruto de la sobreexcitación, del estrés, colisiona en la parte trasera de un coche. Su actitud ante una propietaria pija e insolente no es la más civilizada. Se le ocurre acosarla. La llama por teléfono, la amenaza. El objetivo es saciar el odio que siente a lo que representa, hacerle la vida imposible. Es una minúscula forma de vengarse de un mundo que le parece repugnante, un ejercicio de desesperación que le divierte, que le distrae del absurdo discurrir de su vida, de la inercia de presentarse como quien no es – o tal vez lo es, ineludiblemente -. La persecución de esa mujer poseída de suficiencia lo conduce hacia algo del todo inesperado, hasta la hermana pequeña, que representa para él todo lo contrario: lo amable frente a lo abominado. Para acceder a ella, a María, no le importa impostar su identidad. Se hace pasar por policía. Parece una atracción sexual indebida pero acaba siendo mucho más. Esa adolescente de quince años que encarna, con una purificada luminosidad, María Valverde, se convierte para Pablo en un símbolo de la inocencia perdida, una especie de ángel, no carente de cierta perversión, que lo atrae, desviándolo de las rutas por las que se denigra.

Magnífica la presencia de Luis Tosar, que sabe hacer un personaje que va de lo violento a lo introvertido, sin apagarse en ningún momento. Perfecta y dura la derivación de la historia – en cuyo mérito participa no poco la novela original de Lorenzo Silva y el guion que él mismo escribe -. Acertada la descripción de una ciudad como Madrid, que, con los ojos de los implicados, se convierte en un batiburrillo de tráfagos, de sordideces y de oasis, en los que siempre pueden ocurrir inimaginables tragedias como esta.

Malas temporadas (2005) se nutre de un excelente guion, de una historia coral, compleja, desarrollada con una enorme sensibilidad, con acertadísimos matices. Su magnífico lema: “La vida es un juego difícil, pero siempre merece la pena”, nos da una idea de las pruebas por las que habrán de pasar los personajes, pero también de su trasfondo esperanzador. Esos adultos y ese adolescente, cuyas vidas resultan entrelazadas, tienen que atravesar la insatisfacción de unas expectativas que devienen precarias o de un pasado que se confirma como irreparable.

Entrañable el personaje que interpreta, con sensible rotundidad, Nathalie Poza, esa mujer que trabaja entregada a unos inmigrantes que muchas veces se muestran ingratos en su cegadora frustración. Delicado el que compone Leonor Watling, el de esa joven de vida detenida por la parálisis de sus piernas, condenada a esconderse en una gélida coraza de lujo que solo intenta traspasar a través de un amante, amigo de su marido, un hombre que no la ama pero la respeta, la estima en la soledad que ella trata desesperadamente de desmentir. Conmovedor el adolescente que se encierra en su cuarto para protegerse de un mundo que no le sugiere ninguna bondad y sí muchas peligrosas incertidumbres. Desolador ese expresidiario que encarna Javier Cámara, ese hombre que insiste en restablecer una relación con su compañero de celda, algo que no es aceptable por una sociedad en la que la libertad está constreñida por muchos miedos. Magnifica la ilación, los planos, de esta extraordinaria y conmovedora película.

La mitad de Óscar (2010) contiene imágenes de mucha belleza. Los planos están elegidos con un gran talento estético. Sin embargo, el desarrollo de la historia me parece muy precario. Los diálogos no tienen la suficiente entidad. Los personajes pronuncian sus textos con sosería. Por momentos, el protagonista parece próximo a la catatonia. Es una pena, tanto alarde artístico exterior para tan escaso contenido.

En Caníbal (2013) la elección de los escenarios es una virtud muy relevante. El mundo que se nos presenta es rural, interior, frío. Todo ello está en consonancia con la actitud del protagonista, un sastre bien considerado en el pueblo, que tiene una segunda personalidad terrorífica. Esa oculta ocupación consiste en darse gusto – o no, sino solo en cumplir con una necesidad que no le reporta alegría – comiéndose a unas mujeres jóvenes que a un hombre normal también le resultarían muy apetitosas, pero en su superficie. Se encarga de matarlas sin dejar rastro alguno. Sus crímenes permanecen impunes; su imagen de hombre cabal, intacta. El problema viene cuando se enamora de una de ellas, pues, al mismo tiempo, siente la necesidad de comerse los magníficos filetes que la componen. Se la lleva a su choza en la montaña pero, en el último momento, siente piedad de ella.

Los casos de canibalismo en nuestra sociedad existen pero, son tan insólitos, que esa realidad no es suficiente para que un argumento así resulte verosímil. Lo sería más si el caníbal fuera un loco y no un señor respetable, pero, claro, tendría menos interés la historia, sería demasiado previsible y carecería de los matices que tiene la película de Martín Cuenca, que, a pesar de ese hándicap de lo increíble, logra un cierto interés en su intriga, en esas secretas relaciones entre seres que parece que, a cada momento, le tengan que descubrir un nuevo rostro a la vida. Lo malo es esa oscura voluntad que retuerce las hermosas expectativas, que convierte el amor en dolor, en final inopinado, absurdo.

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