Diario de un cinéfilo (8. La jettée),por Javier Puig

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lA JETÉELa jetté es un foto-relato, es decir, una sucesión de instantáneas creadas y seleccionadas con intención narrativa, a las que se superponen unos sonidos, una música, una voz, que en este caso es claramente literaria. Chris Marker, con tan precarios medios, en 27 minutos se propone inmiscuirnos en una historia de ciencia ficción con intenciones filosóficas y poéticas. Los sucesos se presentan a través de un desarrollo que, en parte, recuerda al de un reportaje. La voz en off sustituye a unos diálogos inexistentes. Los personajes se manifiestan en unos gestos detenidos que son de anhelo, de terror, de fría resolución o de alegre confianza.

La trama se desarrolla en un futuro posterior a una Tercera Guerra Mundial. El motivo que sustenta esta ficción es un experimento científico con el que se pretende salvar a los seres humanos de un presente invivible. La Tierra está plagada de radioactividad y solo se puede vivir en las galerías subterráneas. Se trata de conseguir viajar en el tiempo, de encontrar un pasadizo liberador, una conexión con épocas más vivibles. Al conejillo de indias de turno – un prisionero – se le aplican unos cutres artilugios, se le inyectan unas mágicas sustancias. A través de esa alteración, el hombre elegido viaja en el tiempo, se sitúa en un indefinido lugar de su conciencia que no se sabe si está en la realidad, en los sueños, o en otra dimensión desconocida. Sus primeros viajes son hacia el pasado. La característica de los mismos es la de sentirse acogido por un cerrado presente. No hay recuerdos. Lo que ese hombre siente es su propia inauguración en la vida, su súbita emergencia hacia una realidad inaudita. Se trata de vivir en un mundo sin fecha.

Contemplo hipnotizado esta singular película, esta ficción de aire documental. Las aproximaciones y los saltos de la cámara buscan la verdad de unos rostros plasmados en unas sombrías fotografías, que son los de unos actores que no lo parecen, que captamos como si pertenecieran a una realidad imborrable, tétrica, a un futuro ya sucedido, insertado en los sucesivos ciclos del tiempo. Es como si hubiésemos encontrado esas miradas en una estancia paralela, al otro lado de la vida, rezagadas. La banda sonora de Trevor Duncan, con los preciosos coros de la catedral de Alexandre Newsky, acompaña maravillosamente las apocalípticas imágenes; una música que me lleva a buscar un impresionante disco que había olvidado: La liturgia de San Juan Crisóstomo, de Rachmaninov. Pero, otros pasajes de la banda sonora me recuerdan muchísimo a la que compusiera Gato Barbieri para El último tango en París.

Otra asimilación que me viene a la mente es la de La invención de Morel, la extraordinaria novela de Adolfo Bioy Casares. Siendo distinta la propuesta, desde los recuerdos imprecisos que guardo, la siento emparentada con La Jettée, pues consigue la excelencia en el uso del misterio, una inteligente forma de jugar con hipótesis dimensionales. Y una correlación más: Hiroshima mon amour, de Alain Resnais, por sus referencias a la bomba atómica y por las voces literarias, aunque el guion de Marguerite Duras era realista y no abordaba, al menos, esta clase de imaginativos misterios.

No sé si lo que veo son fotografías o son fotogramas. Aunque he leído que son lo primero, yo quiero creer que son lo segundo. Algunas películas que he visto, deteniéndolas en el DVD o en el ordenador, me han revelado un poderío visual paralelo, el de sus instantáneas, tan poderosas o más que su movimiento; unas pausas que nos permiten cerrar los ojos para que en nuestra mente acaben de revelarse esas imágenes plenas. La Jettée tiene una versión posterior más convencional titulada Doce monos. No la he visto, pero su director, Terry Gilliam, en los ochenta me fascinó con Brazil.

Después de unos viajes a un supuesto pasado, en los que felizmente se ha reencontrado con la mujer de sus fijaciones y ha vivido los más plácidos y enamorados momentos, los experimentadores conducen al protagonista al futuro. Allí lo reciben cuatro hombres y mujeres que lo invitan a quedarse en ese mundo mucho más evolucionado, donde están ya muy superados los traumas de la destrucción del planeta. Pero él se niega a ser acogido en ese mundo superior y pide ser devuelto al tiempo de su infancia, para allí reencontrarse con esa mujer que siempre está presente en su mente, que probablemente lo esté esperando. Pero no sabe que su deseo lo va a conducir hasta el instante de su propia muerte: “Comprendió que no se podía huir del tiempo y que ese instante que le habían concedido de niño y que tanto le había obsesionado, era el de su propia muerte”. Así se cierra el círculo, la imposibilidad de escapatoria. Al principio, se nos dice: “Esta es la historia de un hombre marcado por una imagen de su infancia», y luego: “Los recuerdos se nos muestran como cicatrices”. En definitiva, el viaje del protagonista ha discurrido por unas hermosas circunvalaciones que no lo alejaban del centro, del pasado instalado en la mente, que vive en él como llamada, como huella, como herida que lo ha perseguido a través de sus escapatorias por los más idílicos instantes de su conciencia.

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