Diario de un cinéfilo (9. Oh boy!), por Javier Puig

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Oh boyOh boy! (2012) – la primera y, hasta ahora, única película del alemán Jan Ole Gerster – narra con una enorme sensibilidad las nefastas veinticuatro horas de un joven soñador, de un inadaptado al mundo que lo rodea, a la realidad de unas gentes que parecen moverse bajo imperativos que le resultan extraños o directamente inadmisibles. No hay conexión con sus amigos, con sus vecinos, con su padre, con el orden establecido, con sus amantes, con la normalidad vigente. Mira el mundo con insatisfacción, como si le estuvieran ofreciendo un menú que no fuera de su gusto. Pero su actitud no es la del desprecio sino la del desaliento. Su fuerza vital no se acompasa con la de quienes quieren ir a su lado. Sus instintos éticos no se avienen con los preceptos que impone la sociedad ni con los desvaríos nacidos de las autoindulgencias.

La secuencia con la que se abre la película ya es definitoria. Este joven berlinés, Niko, se viste de forma sigilosa. En la cama, una joven con la que ha pasado noche se despierta. Él necesita huir sin dar explicaciones. Y es que no las tiene. No sabe por qué no necesita volver a verla. Resulta frustrante para ella pero también para sí mismo, pues no consigue entusiasmarse, amar el mundo que está dispuesto a necesitarlo.

En la siguiente escena, lo vemos entrar en el piso de supuesto estudiante que le paga su padre. Está destartalado, en perpetuo estado de mudanza. De una caja extrae unas fotografías. Son las de él con la chica con la que ha pasado la noche. Están sonrientes, pero las mira con tristeza, como si a esa chica ya no le sirviera ser la misma o como si ese Niko se hubiese esfumado en las turbulencias del tiempo.

El recorrido de ese día está nutrido de continuos encontronazos. Las gentes con las que tropieza, lo buscan o lo rechazan, pero jamás llegan al fondo de lo que es él. Esta historia de lo cotidiano nos enfrenta al misterio de la otredad, a la desconsideración del otro incluso bajo formas afectivas. Niko es un fracasado, un joven que ha descarrilado de los caminos previstos, que no puede plegarse a las exigencias de integración en una sociedad cuadriculada. Es un alemán que disiente del rigorismo de sus compatriotas, pero también de aquellos conciudadanos que se propugnan como divergentes y que reclaman una atención histérica.

Uno de sus encuentros lo tiene con una especie de controlador social que decide retirarle el carné de conducir después de someterle a un interrogatorio capcioso, de obligarlo a humillarse sin obtener ninguna indulgencia por ello. “Está emocionalmente desequilibrado”, es su conclusión, después de su impertinente cuestionario. Cuando llega a su casa es importunado por un vecino que lo aborda. Está sediento de contacto humano, amargado por el cáncer de su mujer, por la consecuencia que parece importarle más: la sequía sexual que lo conduce a un sótano donde, solitario, se refugia en el fútbol, la pornografía y el alcohol.

Hay excelentes momentos tragicómicos, como el exasperante cuestionario de oferta comercial al que le somete una dependienta a la que le pide un simple café; o como cuando va a un cajero automático y tira sus últimas monedas en el sombrero de un mendigo que está durmiendo. Cuando el cajero se traga su tarjeta, no tiene otra opción que recuperar las monedas metiendo la mano en el sombrero del mendigo, gesto que sorprende una joven que se muestra estupefacta.

Niko está tocado por la mala suerte. Se siente observado, pillado en falta por unos conciudadanos que parecen estar cómodamente instalados en la normalidad. La sociedad lo analiza, lo censura. Él no responde a las expectativas. Lleva una vida anárquica, indolente. Le cuesta participar en el mundo al que es invitado. Posee un espíritu crítico exacerbado que no expresa, una intransigencia que no se traduce en una reacción agresiva sino en un apartamiento. La inacción es su involuntaria práctica subversiva.

Cuando Niko acude a ver a su padre, para buscar una solución a su imposibilidad de seguir sacando más dinero, se entera de que este ha descubierto que lleva dos años sin hacer nada, después de haber abandonado sus estudios. “¿Qué has estado haciendo durante estos dos años mientras yo te transfería dinero para tus estudios?”, le recrimina. “He pensado”, responde Niko con toda naturalidad. “¿Te paso mil euros al mes para que puedas pensar?”, le responde el padre con una lógica implacable. “Lo único que ya puedo hacer por ti es no hacer nada por ti”, le dice al marcharse, dejándole un par de billetes para su subsistencia más inmediata.

Niko le confiesa a una antigua compañera de clase unos sentimientos que sabe que no podrán ser compartidos: “Cuando tienes esa impresión de que todos son extraños a tu alrededor… pero, cuando lo piensas un poco, te das cuenta de que no son los demás, sino tú el que tiene el problema…” Y es que él no quiere la confrontación, pretende ser condescendiente con los demás, aunque hasta cierto punto. Su desprecio no está hecho de voluntad sino de un dolor silente, de una sensación de estar desconectado del mundo.

La noche de ese día la termina en la barra de un bar. (Antes ha pasado por otros encuentros muy significativos, porque nada es gratuito en esta extraordinaria película). A su lado, un hombre mayor, ebrio, se pone a hablar con él. El viejo le dice: “Ya no entiendo a la gente. Hablan alemán, pero no la entiendo”. Es un buen principio para derribar la primera sensación de importunidad, pero Niko, de momento, insiste en su cerrazón. Aunque es tan solo una pequeña resistencia que el viejo consigue vencer con sus palabras llegadas desde territorios que le suenan. Cuando lo escucha con interés, descubre en él una soledad que no le es ajena. Es un hombre que se ha quedado atrás en el tiempo, que vivió de niño el nazismo y ahora le duele su infantil indiferencia. Cuando sale a la calle, cae derrumbado en la acera. El joven se sube a la ambulancia que lo traslada al hospital en donde finalmente muere. Niko es el único conciudadano que lamenta su pérdida. Las rígidas normas alemanas le impiden saber quién era. No tiene derecho, pero obtiene de la enfermera, al menos, su nombre de pila. Tal vez se sienta identificado con él, vea en su soledad el oscuro proyecto de su futuro. En la última imagen lo vemos tomando un café en un bar. Es un triste amanecer. Su mirada a lo lejos, tras el cristal, parece no saber adónde dirigirse.

Oh boy es una de esas películas de las que uno puede enamorarse muy particularmente, que hablan maravillosamente de la fibra de nuestros sentimientos más soterrados y persistentes, de nuestra frágil ubicación en un mundo al que nos agarramos con pasión entre el asedio de nuestra grave indiferencia.

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