De este pan y de esta guerra, (1916) de Jesús Zomeño, prólogo de Juan Lozano Felices

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pan Recién salido del horno, “De este pan y de esta guerra (1916)” (Ed. Contrabando, Valencia 2016) es el último libro hasta ahora de Jesús Zomeño tras el alabado “Piedras negras” (Ed. Lengua de Trapo, Madrid 2014). Zomeño es, al decir de Agustín Fernández Mayo, uno de los mejores cuentistas en español. El amplio despliegue en cuanto a presentaciones da cuenta de la magnitud de esta publicacióni :

11 de febrero 2016, a las 20:15 h. LLIBRERIA ALI I TRUC C/. Eres de Santa Lucía, ELCHE

18 de febrero 2016, a las 19:30 h. CAFÉ BAR ZALACAIN C/. Enrique Villar, 13 MURCIA

4 de marzo 2016, a las 19:30 h LIBRERÍA POPULAR C/. Octavio Cuartero, 17ALBACETE

8 de marzo 2016 VALENCIA Lugar aún por determinar.

16 de marzo 2016, a las 19.30 h LIBRERÍA PYNCHON&CO C/Poeta Quintana, 37 ALICANTE.

8 de abril 2016, a las 20:00 h. LIBRERÍA LITERANTA C. Can Fortuny, 4A 07001 PALMA DE MALLORCA

Tengo que confesarles que, cuando Jesús me pidió que escribiese el prólogo de su libro, pensé: “¡vaya embolao!”. Porque, aparte del miedo escénico con el que uno aprende a convivir, en mí pesaba la responsabilidad de tener que servir de umbral a este magnífico libro, de encontrar palabras que le hicieran justicia y dieran una idea atinada de su contenido. Le dije: “Si tú quieres, con mucho gusto, pero puedes contar con mejores bazas, con gente más bregada en esta lides”. Él me contestó entonces que la mejor baza era la amistad. Jesús, quizás sin proponérselo, al invocar la condición de la amistad, me había dado la clave porque, a la ventaja de conocer muy bien al autor se unía en mi caso, la de haber sido testigo privilegiado de la gestación de sus libros. Cuando me senté frente al papel en blanco para esbozar las líneas generales del texto, todo fue muy fácil. Sólo tuve que dejarme llevar por los recuerdos y las emociones. Han sido muchas las veladas en su casa, normalmente los jueves, viendo una película, charlando de todo y dando cuenta de una botella de Ribera del Duero. Guardo recuerdo especial de un visionado de “La gran ilusión” de Jean Renoir. Como primicia para los seguidores de Frutos del Tiempo, a continuación les dejo con mi prólogo.

UN BOSQUE DE BOTONES EN LETONIA

Un día, Jesús me mandó la foto de unos botones con el emblema del águila bicéfala. Unos botones pertenecientes al abrigo de un oficial del Ejército Imperial Ruso, unos botones que debieron ser dorados y hermosos en otro tiempo y hoy se ven deslustrados por el verdín y los restos de ropa podrida. Luego me llamó, sólo para contarme la historia de un bosque de botones. Me dijo que en Letonia puedes pasear por un bosque, antiguo escenario de una masacre, y arrancar botones del suelo. “Imagina lo que abrochaban- me dijo – lo que cubrieron por última vez aquella mañana de hace cien años”.

Jesús Zomeño es especialista en la Primera Guerra Mundial y un coleccionista de objetos de aquella época. Tiene una amplia colección de cascos, fotografías, condecoraciones y documentos de todo tipo y es capaz de discutir durante horas si la pintura de un casco es original o no. Yo tengo la certeza de que Jesús, más que en la literatura o en la historia, encuentra su inspiración en esa naturaleza muerta, en esos objetos que un día pertenecieron a alguien, insuflando nueva vida a quienes fueron sus dueños hace ahora justo un siglo.

Los que tenemos la fortuna de frecuentar el caldero literario de Jesús, conocemos muy bien la historia de la trilogía de la guerra cuyo origen se remonta al año 2003, cuando se obligó a escribir, como mínimo, un cuento al mes; quizás porque entendía, como Bradbury, que, al igual que sólo se aprende a montar en bicicleta montando en bicicleta, a escribir sólo se aprende escribiendo. En 2003, Jesús no era ni mucho menos un recién llegado a la literatura, había publicado varios libros de poesía y uno de prosa, sin hablar de su labor como editor de poesía, con la colección “Diarios de Helena”. En el transcurso de ese año comencé a recibir por correo unos cuadernillos, con más o menos periodicidad mensual, conteniendo un relato. Con el comienzo del año 2005 los cuadernillos empiezan a tener una frecuencia semanal, se centran exclusivamente en la Primera Guerra Mundial y ya vienen con un título genérico: “En busca del Santo Grial”, numerados, fechados y firmados; y con un dibujo basado en una famosa foto de Hurley. La ilustración era la silueta de una línea de soldados que avanzan y van desapareciendo según avanzan los cuadernillos. Estos cuentos eran algo realmente novedoso para los que conocíamos a Jesús que, de esta forma, ensanchaba y renovaba su obra. Poco a poco, parecía querer despojarse del lenguaje poético para darnos un estilo más realista y descarnado o también es posible que, al abandonar la estructura lírica, en realidad el hecho poético estuviese alcanzando unas cotas de hondura sorprendentes. Estos cuadernillos, que yo guardo como un tesoro, se reúnen en el libro “Cerillas mojadas” (Editorial Denes). Entre estos cuadernillos y la aparición del libro en 2012, Jesús gana el Premio Café Mon con su libro “Lengua azul” (Sloper, 2008), que sirve de eslabón entre su primera etapa literaria y la nueva.

Hacía 2009 ya no hay cuadernillos. Adaptándose a dinámica de los tiempos, los relatos van apareciendo en diversos medios internautas pero sobre todo en la revista digital “Agitadoras”, dirigida por Joaquín Llorens desde la luminosa Mallorca. Los relatos vienen acompañados con unas maravillosas ilustraciones del artista vallisoletano, mallorquín de adopción, Fernando Fuentes “Miracoloso”. Entre 2009 y 2012, aparecen bastantes de los cuentos que luego conformarán el segundo libro de la trilogía, “Piedras Negras” (Lengua de Trapo, Madrid 2014) en sus dos partes: “Metralla de cuerpos celestes” y “Mapas, 1916”, aunque la inclusión de dichas ilustraciones resultó inviable para la editorial.

Pero con “Piedras Negras” no se agotaban los relatos sobre la Primera Guerra Mundial, sus amigos estábamos al tanto de que, además de los cuentos que integraban ese libro, el autor trabajaba al mismo tiempo en otros que quedaron cerrados con posterioridad a la publicación de aquel, bien porque el resultado no le convencía o porque estaban entonces inconclusos, o porque no pasaban de ser el embrión de un futuro cuento. Incluso me consta que uno de los que más nos gustaba quedó fuera por despiste a la hora de cerrar el libro para mandarlo a la editorial. Ese cuento perdido, que es “El urinario – Dublín, 1916”, puede encontrarse felizmente ahora en este libro.

Por ello, debemos felicitarnos ahora porque, una editorial como “Contrabando” se haya interesado por editar este libro y cerrar así la última parte de la trilogía; y además, uniendo lo que el destino editorial había separado en “Piedras negras”, las ilustraciones de Miracoloso. Más que un complemento, esas ilustraciones, y no sólo por el hecho de haber visto la luz de forma conjunta, las veo como parte indivisible de los relatos de Zomeño, como si hubieran nacido de una misma inspiración.

Por supuesto, los de este libro son cuentos que pueden ser leídos de forma independiente sin menoscabo de su comprensión, pero quienes hayan leído y disfrutado el alabado “Piedras Negras”, no se verán defraudados en los aspectos narrativos, líricos y estéticos y hallarán las mismas claves temáticas y expresivas. Incluso yo diría que, para quien no haya leído nada de Jesús Zomeño, este libro que el lector tiene en sus manos, y que constituye el punto más alto de la trilogía, es un inmejorable punto de partida.

Las historias de “De este pan, de esta guerra” transcurren, en su mayoría, en la retaguardia, en las ciudades; donde, pese a no llegar el estruendo de los cañones, la guerra proyecta su ominosa sombra. Pese a ser un libro transitado por soldados no hay aliento épico en sus páginas. Las páginas de este libro están pobladas de unas criaturas sin majestad ni elevada conciencia en sus objetivos cuyas siluetas se recortan en unos paisajes con nombres conocidos: Dublín, Londres, Viena o Moscú, capitales de una Europa que ya no volvería a ser la misma. Las alambradas son de espino, pero también son morales y las hay, tanto en el frente como en las ciudades. Nadie mejor que Jesús lo ha explicado en alguna ocasión: “La guerra sólo es una circunstancia donde los hombres intentan seguir con sus vidas…Fatalismo, ironía y humanidad de los que nunca pretendieron ser héroes e intentaron ser felices a pesar de todo”.

Este libro nos habla de la absurda destrucción que es la guerra en pleno siglo XX, del reverso horaciano que sirvió al poeta inglés Wilfred Owen como modelo para un memorable poema. Pero también nos habla de la felicidad de escribir, de alguien que disfruta enormemente con lo que hace. Jesús parece haber nacido para contar historias y la escritura deviene él una necesidad vital. Estructuralmente, una idea a tener en cuenta es la del mosaico, formado por teselas de diferentes materiales. A veces, al dar vida a un personaje, Jesús cuenta su historia, como si fuera una anécdota, y pasa a otra cosa. Es otro de los elementos distintivos de su obra: el apunte, la anécdota, la sugerencia sin mayor explicación. Por utilizar algún símil cinematográfico, Jesús es un escritor que utiliza el zoom o el travelling de forma absolutamente lúcida. El fraseo y el ritmo de su prosa, ese lenguaje transparente a veces teñido por melancolía, son deudores de su capacidad poética. Algunas imágenes y la potencia expresiva denotan que el autor, en medio de ciénagas en las podría hundirse fácilmente, sabe muy bien donde pone el pie.

Me atrevo a decir que “De este pan y de esta guerra” es el libro más acabado de Jesús, el más unitario, y el que más a fondo y mejor introduce al lector, si se me permite el neologismo, en el universo zomeñesco. Es también su libro más personal. Un asombroso examen de conciencia de un autor que no deja de explorarse. Resumiendo les diría que estamos ante un libro de una intensidad tan directa e inmediata que se diría casi física.

Por volver al principio y a ese concepto de intensidad, les diré que, cuando colgué el teléfono sentí un algo frio al pensar en aquel bosque de Letonia. Frio como el que debió sentir el oficial al que pertenecieron aquellos botones con el águila de los Romanov, cuando se le doblaron las piernas para caer de bruces sobre la nieve sucia, antes de comprender que un proyectil acababa de impactarle en el pecho.

(Elche, 31 diciembre de 2015).

 

 

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