Diario de un cinéfilo (10: Armonías de Werckmeister).

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Armonís de Werckmeister

En la nueva y generosa remesa de diez películas que me proporciona mi amigo Manuel Susarte, me encuentro con una pequeña gran decepción. Una de las películas que más ansío ver, Armonías de Werckmeister, del húngaro Béla Tarr, viene sin subtítulos. ¿Qué hacer? Es cierto que el cine de este director no se apoya apenas en las palabras. También es lo que he llegado a entusiasmarme con alguna película que no entendía completamente. Mi caso paradigmático es el de El último tango en París, que vi precisamente en esa ciudad, antes de que se estrenara en España, y que me entusiasmó pese a no entender la mitad de lo que se decía. En aquella ocasión, me maravillaron sus imágenes, su música, lo gestos, las voces, todo eso que es la mayor parte del cine y que, si por sí mismo, tiene mucha calidad, dice infinitamente más que muchas películas completas. (Y no, lo que me llenó en aquella ocasión no fue el mejunje sexual que salpicaba parte de la película, no creo que fuera ese el impacto predominante, a pesar de la ardentía de mi adolescencia. Yo ya era un cinéfilo a mis diecinueve años recién cumplidos).

No podía ser que me quedara con la frustración de no ver esta película. Busqué en Internet y el DVD no estaba disponible; ni en los almacenes, ni en las Bibliotecas, ni en los videoclubs on-line. Ante el lamento que le transmití a mi amigo, este me respondió con unos aportes que han resultado decisivos. Primeramente, se ofreció a facilitarme la novela de László Krasznahorkai, en cuya segunda parte, está basada la película. Su título es Melancolía de la resistencia. No me convencía del todo esa propuesta, ya que ello me exigía ponerme a leer muchas páginas que se añadían a un momento en el que estaba ya inmerso en diversas lecturas. Mi tiempo libre es escaso y las expectativas de buenas lecturas son, afortunadamente, en algunos momentos, cuantiosas. Por otra parte, sé que muchas películas poco tienen que ver con las novelas originales y que este podría ser uno de estos casos, pues Béla Tarr es un director tan poderoso que transforma a un lenguaje único cualquier idea que recoja.

La segunda ayuda que me ofreció mi amigo fue la definitiva. En un correo me enviaba, aparte de la novela en pdf, un exhaustivo análisis de la película elaborado por una estudiante gandiense de Comunicación Audiovisual. Allí tenía una sinopsis bastante extensa del argumento, pero también un estudio de cada una de sus secuencias. Pertrechado por esta muleta, me atreví a introducirme en la película.

El cine de Béla Tarr es lento, se sostiene mucho en la imagen, en la configuración exacta de los planos, en una cámara que se mueve casi permanentemente, que es fisgona, que rodea a los personajes y se introduce sigilosamente en aquello que promete un limitado desvelamiento del misterio. Sus escasos diálogos están bien estructurados; y esto lo sé por las otras dos obras maestras que le he visto: El hombre de Londres y El caballo de Turín. Pero, en esos diálogos es propio un tono que revela claramente la intencionalidad de las palabras. Esto me ha ayudado a comprender esos tres o cuatro momentos de la película en que hubiera deseado una traducción. El tono, las actitudes de los personajes hablan por sí mismas. Hay una escena en la que una mujer, la señora Eszter, acude a visitar al protagonista. Y es cierto lo que dice la estudiante gandiense, que hay tres planos en ese discurso. Por una parte las palabras que dice (que las desconozco pero que parece que son de acorralamiento, de intencionalidad nada difusa, sino muy dirigida a la búsqueda de una capitulación); por otro lado, está el tono casi dulce con el que la mujer intenta disimular sus intenciones aviesas; y por último la gestualidad imperativa de ella, que no puede disimular.

Mis artículos parecen recomendaciones, y en buena parte lo son – con el miedo que tengo de equivocar a mis lectores –, pero también tienen una pretensión de validez intrínsecamente literaria. Acceder al objeto referido, valorado, es un riesgo que no tiene por qué necesariamente correrse. En este caso, la posibilidad de ver esta película en castellano parece remota. Se trata, además, de un cine muy particular, que gusta solo a una pequeña porción de espectadores, por su lentitud, por ser en blanco y negro, por su pesimismo. Pero es cine extraordinario que hay comentarlo, ponerlo en conocimiento de un público al que se le niegan estas posibilidades.

Béla Tarr ha cometido el crimen de renunciar a hacer más películas. Cada vez que ocurre algo así (recuerdo cuando lo hizo Bergman o David Lynch), estando aún en la cima de su potencia creativa, sus devotos nos sentimos despreciados, dolidos, pero sin poder llegar al rencor porque a este resorte emotivo se le opone tanta gratitud como hemos ido acumulando.

“A esa edad pensaba que todo lo que se veía en cine era mentira y quería enfáticamente llevar a la pantalla a hombres verdaderos.”, decía Tarr, hablando de sus inicios. Viendo sus películas, uno comprueba que sus personajes desprenden una fuerte realidad, aunque formen parte de una historia con elementos oníricos o simbólicos como lo es esta. Y me refiero, no a su apariencia común, sino a la verdad, a la pertinencia, a la coherente profundidad que nos transmiten. Armonías de Werckmeister no deja de ser una fábula, un relato con tintes sobrenaturales, misteriosos, que consigue reflejar el daño que hace el ejercicio del poder, su ominosa presencia, su implacable objetivo de dirigir y someter a los ciudadanos; y también la facilidad de manipulación de las masas, a través de la extorsión o del simple aprovechamiento de su miedo innato, de su insensibilidad latente.

El argumento se parece al de un cuento. Un circo – del que solo vemos que forme parte una enorme ballena que queda depositada por un tráiler en la plaza del pueblo – llega a una pequeña ciudad. Los habitantes sienten este hecho como una oscura amenaza, como un cambio en sus vidas que tal vez será terrible; pero también, probablemente, como una firme, aunque dura salvación frente a algunas de sus insatisfacciones, de sus tristezas. El personaje principal, Jànos Valuska, un joven en principio creyente de una armonía universal igual a la de los astros, contempla todos esos cambios con progresivo horror, hasta el enloquecimiento. Hay un personaje que llega con el circo, El Príncipe, que, con su presencia, con el imperativo e irascible tono de su voz, recuerda a los más terroríficos dictadores. Este conduce a la masa de hombres ociosos, vacíos, a atacar un hospital. Esa escena, con un largo travelling en el que la cámara antecede a un gran río humano, de rostros decididos por un mandato irracional, es absolutamente memorable. Pero la descerebrada masa, después de atacar cruelmente a los enfermos, ante un hombre viejo, desnudo, que se levanta en una bañera, retrocede. Es como si hubiera llegado al límite de su locura, como si esa imagen los hubiera despertado de un atroz hipnotismo. El río humano da media vuelta, regresa hacia sus casas, arrastrando los pies, desorientados en sus deseos, en sus pensamientos. Ante este poder de El Príncipe, se erige un nuevo contrapoder, en el que interviene la señora Ezstzer; un poder menos terrible pero no por ello más humano, menos manipulador de un pueblo mermado por la debilidad de su pensamiento.

Después de haber visto la película sin su traducción, en Internet encuentro una versión subtitulada en francés, idioma que por escrito entiendo bastante. Postergaré esa visión para después de este artículo, ya que no quiero que se contamine, con la tramposa injerencia de la facilidad, el experimento que he llevado a cabo. Es una desgracia – una vergüenza – que en España, ahora mismo, no se pueda acceder a ver esta película.

Finalmente, mi amigo, que no ha descansado en su desvelo por facilitarme mi cinéfila felicidad, me anuncia que a través de uno de sus conseguidores tiene disponible la versión subtitulada en inglés – otro idioma que entiendo en buena parte si es por escrito – y me la va a enviar. La veré de nuevo, esta vez como quiso Béla Tarr que la viéramos, captando también el significado de sus palabras. Aunque, creo que al director húngaro le gustaría mucho saber que yo he podido disfrutarla también de otra manera, lo que prueba la fuerza de sus valores más puramente cinematográficos.

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