Cruzar el cielo de Ada Soriano por Javier puig

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Cruzar el cieloEn Cruzar el cielo, la poeta oriolana Ada Soriano transita hacia la adivinación del mundo.

La poeta oriolana Ada Soriano atesora un excelente historial de libros de poesía publicados. Su obra siempre me ha parecido capaz de una mágica naturalidad que fuerza al lector a situarse por encima de su habitual mirada. Cruzar el cielo, editado por la editorial Celesta, es su quinto poemario. Ya desde su título – que es el de uno de sus poemas, el que dedica a la poeta suicida Sylvia Plath – nos advierte de su fascinación por la posibilidad de elevar la vista y alzarse sobre la opresión de las contradicciones. Aquí reconocemos su voz, ese don de la sencillez profunda, pero la encontramos más elaborada. Sin perder un ápice de sus antiguas cualidades, ha sido capaz de construir unos poemas de mayor envergadura creativa, con una alta complejidad estructural, con más inflexiones, con más ritmos; en definitiva, dotados de una mayor variedad en las técnicas y en los enfoques, que van de lo introspectivo a lo contemplativo, pasando por lo narrativo y lo biográfico.Ada Soriano

Y es que, en Cruzar el cielo, Ada Soriano ha pasado de un ritmo más pausado a otro más enérgico. Ahora sus versos son más contundentes, están ensamblados de modo que adquieren una tonalidad firme, una armonía densa, una sugerencia que se cumple. Parecen terminantes pero no lo son, simplemente expresan el ritmo del conocimiento, la pautada asunción de las sobrevenidas certezas. Ha sabido mezclar la fuerza y la fluidez, la severidad y el alivio de lo etéreo.

Aunque el liberador título del libro sea Cruzar el cielo, Ada Soriano no elude recorrer la tierra, su sinuosidad, con sus obstáculos, con las atenazadoras paradas o sus volátiles detenimientos. A menudo, se abre a lo asombroso: “Me quedé dormida y al despertar asistí al alumbramiento”. En sus visiones, suele aparecer el supremo poder de la naturaleza, de la que personifica sus elementos, que son compañías claras, convincentes, que se oponen al cúmulo de lo incierto. Es una constatación de la continua presencia de los ciclos, de las transformaciones, de todo lo que la rodea: la luna de siempre, el cielo, el sol, las constelaciones, los ríos, una naturaleza poderosa haciendo su trabajo inmenso.

Entre mis poemas favoritos está Ceremonia interior, que es un ejercicio de arte contemplativo, de cesación de la voluntad, de las ataduras, para alcanzar la posición del testigo, del espectador que siente lo que ve pero que no se deja atrapar por ello, porque se ha atrevido a saber la diversidad y lo precario de cada sentimiento. “A pesar de este desorden asisto a mi ceremonia:/a mis dudas y a mis afirmaciones. /Me invito sin autorización”. “Sólo yo soy dueña de mis cataclismos”.

El poema que da título al libro es una evocación de la poeta Sylvia Plath, la adhesión a su fuga de la vida. El cielo aquí significa la escapatoria de la pesadumbre, la bella elevación sobre los límites. Hay un ejercicio de intentar comprender una existencia claudicante, su definitivo y valeroso acto final: “No todos se atreven a subir, traspasar la línea, / cruzar el cielo. /No todos deciden su final. Normalmente aguardan”

En Te amo, la autora abunda en esta simpatía: “Y amo a los poetas suicidas, /a los catalogados y etiquetados.” Y nombra a unos cuantos de ellos. Los admira, porque: “Nada os detuvo”. Se trata de un ejercicio de empatía más que de identificación. Los poetas suicidas fueron dejando constancia de su atracción por la muerte a lo largo de toda su obra poética y de sus diarios. A pesar de la cercanía que la autora siente con esas historias, no parece este libro una premonición de sombras sino una celebración de contrastes, una aceptación de las discordancias. Su admiración es el feliz conocimiento de que estos hombres y mujeres escaparon de su irresoluble encierro: “Cruzasteis el cielo como estela de avión que parte de una nube,/ como estrellas que se fugan para volver a reencontrarse”. Salieron del laberinto en el que se puede convertir la vida y la poesía, en la lúgubre atracción de sus torbellinos. De manera distinta, la autora sabe mirar hacia fuera, vencer las trampas, atender los prodigios.

Pero Te amo es mucho más que eso, es también una revisión de filias rotundas y muy diversas, desde las de la naturaleza con sus inmensidades, hasta las de los poetas: “…por vuestros legados de soledad/ sobrecogedores y románticos”. Hay una aceptación de las turbulencias humanas: “Y a ti, hombre, a pesar de tus imperfecciones/ y mis imperfecciones”, a través de un conocerse en su complejidad: “Y saberme una y doble, perfecto ensamblaje”. Y una declaración de gratitud, de una entrega: “Y a ti, poesía/ por las contradicciones que me creas”.

Hacia la concreción es otro de mis poemas favoritos. “Esperé tu rostro, tus facciones, tu voz/tu condición de hombre. / Tu palabra de amigo como tierra que aspira / a ser plural con la caída de la lluvia”. Visión extensiva del ser, acogimiento, voluntad de comprensión de las oposiciones. Un lamento por quienes no supieron vivir: “¿Pero qué fue de nuestras almas?” “No supieron armarse de valor/ mostrarse ante el espejo,/ desasirse del lamentable abrazo de la duda”. Y una disposición a decidir lo cierto: “No se ama cuando se venera, / sino al compartir venturas y miserias”.

Nonagenaria es una buena muestra de la habilidad de la autora para describir la profundidad de una imagen, para extraer la plenitud de lo sugestivo. “Su indiferencia es aparente”, percibe, y a partir de ahí construye un emotivo retrato. Desde esa mirada que se adentra, intuye los invisibles seres que la acompañan. “Su incomunicación es aparente”, insiste. Y se pone en lugar, en esa proximidad de la vivencia del cielo. “Al contemplarle admiro su templanza, / su resignación de ave migratoria”. Es una imagen hermosa, un tránsito ganado, una parte de la vida, incluso un renacimiento.

La maestría en el manejo de la yuxtaposición de los versos se hace especialmente notoria en el más largo de los poemas, aquel que termina el libro: Vuelta. Es una de esas composiciones que, por sus características, por su fuerza, su explosiva musicalidad, su fondo asumible, destaca desde un primer momento, y se incorpora al ámbito de la mejor poesía. La poeta revierte el hecho moroso del acompañamiento a su padre en el hospital, y sale de su detenido presente viajando hacia sus recuerdos. Se recuerda a sí misma y recuerda a su padre, que pasa a existir a un nivel más trascendente que el de su simple yacer en la cama hospitalaria, para entonar de nuevo el canto de la vida. En los versos emerge poderoso el recurso de su recuperada voz, la voz infantil, confiada, hambrienta: “Dibuja un nazareno, papá”. Lejos del lugar habitado, en la mente todo ocurre como vívida rememoración en ese cruce de caminos en el que se halla: “Entretanto permanezco inmersa en la inevitable abstracción”. “Canta aquella de El Bardo, papá, / la triste historia de un payaso y su chica de alto rango”. Todo se torna ferviente homenaje: “Tu voz, la más bella jamás grabada”. Es la desposesión del momento: “Aquí el tiempo es un peregrino extraviado”,

Cruzar el cielo es un libro denso, de una luz que está hecha de contrastes, de sombras y de reflejos, y que contiene unos cuantos poemas memorables, unas visiones que nos sitúan ante una amplia concepción de la vida, un evocación de impresiones que, plasmadas con audacia, nacen de la diversidad pero no caen en la dispersión. Cada verso es como una sacudida que despierta, que busca la elevación de las más preciadas partículas de la realidad, significándolas. Y, para construir este nítido entramado, para verterse tan sinceramente, Ada Soriano no ha recurrido a deslumbrantes artificios sino al dominio de una compleja claridad. Desde la hermosa sucesión de sus alcanzadas palabras, se ha puesto a adivinar el mundo, con todo su ser.

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