Diario de un cinéfilo (11. La habitación), por Javier Puig

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La habitaciónLa habitación (2015) nos acerca a los horrores del sometimiento, nos sumerge en la terrible sombra del cautiverio, pero también nos invita a presenciar la enorme potencia del amor maternal, la capacidad de respuesta de la mente, de adaptación a lo irremisible sin abandonar la resistencia que espera vencer lo intolerable.

La madre lleva siete años encerrada en la caseta de la vivienda del secuestrador. El caso es perfectamente verosímil. Se han descubierto situaciones incluso más horribles en los últimos años. El secuestrador es un hombre cruel que se disfraza de ciertas bondades, tal vez porque necesite imaginarse alguna gratitud en esa mujer de la que piensa que le debe a él la subsistencia de su hijo y la de ella misma. Lo que obtiene es una relación – aunque forzada – con una mujer que le gusta; consigue, en un nivel muy inferior al deseable, el sexo y la sensación de que existe en ella cierto sentimiento de dependencia, incluso una posible compasión o empatía.

La madre sabe lo que es el mundo, su extensión, la belleza de los árboles, el interés por los encuentros, la amplia posibilidad de decidir y, sobre todo, no tener que transigir con los deseos de un hombre monstruoso, no tener que dejarse violar cada noche. El niño, por el contrario, ha crecido allí adentro. Para él, el exterior es el mundo de los extraterrestres; la tele, un universo aparte, cerrado, donde “los hombres y las mujeres planos” que salen son lo mismo que los dibujos animados que ve, una invención de no se sabe quién, una extraña forma de realidad impalpable.

Solo el amor puede hacer sostenible esa situación, solo una madre esforzándose en sobreponerse a la inducida depresión, remontándose a sí misma, inventando juegos a cada momento, estimulando la mente de un niño que no dispone de las infinitas variantes de la realidad, de la enorme fuerza que supone la interacción en las relaciones humanas, esas presencias que harían por sí mismas ese trabajo que tan arduo se le hace a ella, que resulta tan limitado a su día a día, a su palmo a palmo. El hijo se siente protegido, feliz, apenas frustrado. Solo por las noches, cuando entra el viejo Nick – nombre que le da la madre al secuestrador, para suavizar su figura – , tiene que permanecer durmiendo dentro del armario. Entonces sí, las veces en que aún está despierto y lo oye, y lo entrevé, siente algo que no sabe nombrar, pero que nosotros sabemos que es incertidumbre, temor, desasosiego.

Cuando madre e hijo consiguen escapar, pasados los primeros momentos, no es una inmensa alegría lo que sienten. El proceso de inserción en el mundo libre les resulta costoso, tal vez porque esa nueva realidad plantea otras limitaciones, otro tipo de luchas. En ese espacio más amplio aumenta la dificultad de controlar lo que afecta a la propia vida. La madre se encuentra con una situación distinta en su casa. Sus padres se han divorciado. Hay un nuevo ocupante, un apoyo humano que ha encontrado su madre. Es como si sintiera envidia o un reproche hacia quienes, sin ella, han sabido seguir adelante. Tal vez, ya salvada, ha bajado la guardia, ha plegado sus batallas, ha desistido de su exhaustiva creatividad, y eso la hace entrar en depresión. Cuando el problema más grave de nuestra vida desaparece, pensamos que ese lugar terrible va a quedar vacante, pero pronto es ocupado por preocupaciones de las que no éramos conscientes, que estaban solapadas por las que entonces eran más graves. El niño, por su parte, añora aquella protección continua y sólo, muy poco a poco, empezará a saborear las recompensas de la vida social, el continuo alimento a su curiosidad infantil.

Todo esto nos lo muestra el director, Lenny Abrahamson, con una gran sensibilidad. Las escenas de la primera hora de la película, en el interior de la habitación, sin inserción de imágenes foráneas, muestran perfectamente el ambiente claustrofóbico, relativamente seguro, pero tenso, terrible en su imposición absoluta. Relatan perfectamente la estimulación artificial, la batalla mental contra lo irresistible. Pero las escenas del exterior también describen, con profunda delicadeza, los conflictos que se generan en la nueva ubicación de esas vidas, las mutuas dificultades de adaptación que se establecen con sus familiares, la complicada reinserción en una sociedad que etiqueta a sus víctimas.

Hay un momento en que la madre acepta ser entrevistada. La periodista busca el morbo amarillista. Las preguntas, pronunciadas bajo una falsa amabilidad, son duras, ponen el dedo en la llaga. Insisten en el tema de la violación cotidiana. La más terrible es la que la cuestiona sobre el sentimiento que tiene hacia su hijo, hacia ese niño que es el resultado de un acto involuntario, que está constituido también por la genética de ese ser terrible. La madre se defiende, repite, repite que ese hijo es solo suyo; porque los hijos son de quienes los quieren, de quienes los conforman con su amor, y no del horrible ser que vertió su esperma. Pero, la periodista va más allá. No ha conseguido suficiente carnaza para el espectador. Le pregunta si no hubiera sido mejor propiciar la salida de su hijo, que hubiese sido depositado a las puertas de un hospital, para que pudiera escapar de ese encierro y vivir una vida libre, protegida por el Estado o unos padres adoptivos. La madre no comprende. Nunca ha pensado en esa posibilidad de perderlo. Ella sabe que lo ha querido sin descanso, que se ha esforzado al máximo para que fuera feliz, para que se sintiera protegido, para que su mente estuviera despierta y limpia. ¿Qué es eso de desprenderse de él, lanzarlo a una vida libre pero incierta?

Aunque lo haga con aviesas intenciones, lo que la periodista plantea es un problema moral: el egoísmo del amor. Indudablemente, ella ha ayudado a su hijo pero él también la ha ayudado a ella a resistir. Es así, el amor. Incluso el más sacrificado, el que aparentemente no ofrece recompensas, pues aporta la coartada moral, la satisfacción por el deber cumplido. Solo, si se es capaz de una más alta espiritualidad, será posible la sensación de haber entrado en una dimensión distinta, en la que ya no importan las inherentes satisfacciones que apelan al egoísmo.

Tal vez ahora, en la amplitud del mundo, en la extrañeza que siente hacia quienes han continuado otro tipo de existencia, la madre ya no sepa vivir. Tendrá que aprender de nuevo a ser abordada por la numerosa complejidad de las situaciones y no por aquella sola, terrorífica, sí, pero domeñable hasta cierto punto, siempre que el secuestrador no enloqueciese más y se mantuviese en una situación de estable dependencia.

La habitación es una película capaz de poner en tensión al espectador, de emocionarlo, y de hacerle pensar sobre la precaria naturaleza de sus certidumbres; todo ello a través de dos actuaciones memorables, la de la madre (Brie Larson, recompensada con el Óscar a la mejor actriz, así como el Globo de Oro y otros premios) y la del niño (Jacob Tremblay, un prodigio infantil).

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