Mentira de Francisco Gómez

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9788461344130Vivimos un tiempo perfectamente engañoso. El contacto con el otro se ha convertido en una carrera de obstáculos sin ganadores. Es el triunfo del mundo virtual, el universo ficticio que ha suplantado los sentimientos reales por el reflejo de la caverna. La televisión nos envía su ración diaria de tubos catódicos en forma de líneas imaginarias. Ya casi nadie se envía por correo cartas de amor o de afecto familiar. Contamos con el correo electrónico, más directo y eficaz. Mil veces más rápido pero trescientas mil veces más frío. ¿Cuántos escriben hoy a mano, si tenemos el ordenador para redactar textos y guardar documentos?
Nuestro héroe prefiere ver la imagen de una playa sentado cómodamente en su sofá a pringarse en la arena, percibir el contacto del sol con su piel y escuchar las olas mientras piensa en nada. El protagonista de esta historia ya no cree en la incierta posibilidad de conocer a una mujer en los resbaladizos garitos de la noche. Observa al personal amurallado en sus propias posiciones y él también ha decidido construir un castillo tortuoso alrededor de su persona. Se derraman las horas nocturnas, una detrás de otra y la sensación de estar haciendo el primo se apodera más y más de su ser derrotado. Al filo de la madrugada vuelve a su casa solo y vencido. Ha   visto cómo algunos otros sí han conquistado el fortín de aéreas princesas pero él ha salido vencido y tocado. ¿Acaso es tan feo, tan tonto o  tan escasamente sociable hacia las féminas? ¿No está tocado por la gracia de la conquista? Las dudas se apoderan de su pensamiento…
Es curioso que no crea en la comunicación virtual a través del chateo por internete. Piensa que es un método engañoso para desconocer a los otros y otras. Siempre o casi, te dirán todo lo contrario a la realidad de sus vidas. Él mismo también puede inventarse una vida imaginada en la red coaxial. Puede arreglarse, bien peinarse para que las mujeres cibernáuticas vean su mejor imagen, su arquetipo soñado: hombre de 30 años, guapo, de clase media, quiere conocer mujer para charlar, salir a tomar copas, cenar, bailar y lo que se tercie. Me gusta la lectura (cuando no ha leído un libro en su puta vida), gustando el cine y el teatro (maldito uso del gerundio que bendita falta hace). Mido 1.85 y peso 70 kilos. Luego vienen las conversaciones vía chat en foros restringidos. Se identifica con un alias, se convierte en un tipo interesante dentro del mundo virtual de la red. Algunas mujeres pican su anzuelo y le contestan en charlas nocturnas hasta el amanecer. Juegan a engañarse. Imagina que es un recurso último de la desesperación para combatir las almenas de la soledad. Bueno, aún queda un agónico resorte, las agencias matrimoniales, la claudicación de su voluntad para conocer a alguien por sus propios medios, reducirla y enamorarla.
Se imagina un ser interesante en el universo virtual de la red, algunas mujeres pican su anzuelo y le contestan en charlas nocturnas. Él inventa su propio mundo; joven de éxito, un jasp tardío, triunfador en el mundo de los negocios aunque no dispone de tiempo para cultivar las relaciones sociales. Su vida real de todos los días es la de un currante del calzado, con un sueldo que apenas le alcanza para pagar el piso, comer y las letras del coche. Menos alto, menos jasp, menos dichoso en una vida colmada de imaginada felicidad. A la altura de la treintena, el fantasma del vacío y la solitud comienzan su acoso y busca una compañera satisfactoria. Ellas, algunas, responden a sus cantos con melodías veleidosas y pintureras. Virtuales, como la suya. Mujeres guapas, liberales y aburridas, sin tiempo para relacionarse, buscan un hombre como él, bello, triunfante, de sonrisa dentífrica y mirada demoledora. ¡Oh, es él! Están hablando de su persona. Mujeres insatisfechas con su vida chatean con él; el batín puesto y los rulos en la cabeza. Señoras casadas y aburridas que buscan el amparo nocturno para escapar de la monotonía, de su rutina diaria, novias que pretenden un rollete cibernáutico para conocer el mercado de los peces hambrientos y cachondearse de este escenario. Mujeres auténticamente desesperadas pero que no entran en sus planes de conquistador del chat. Han superado la edad prevista o tienen cargas familiares, hijos de otras relaciones que él no quiere de ninguna manera arrastrar. Ellas (y lo peor es que él no llegará a saber nunca) son las auténticas correspondencias de posible amor. Estas féminas no buscan engañarle. Pretenden verdadero amor y él las rehúsa y ambos se pierden. En cambio, las mujeres ficticias con quienes pretende quedar, le engañan una y otra vez: hoy no puedo, tengo mucho trabajo. Mañana debo salir de viaje a Sebastopol. El fin de semana salgo de fiesta con mis amigas. Así una proposición y otra caen en la derrota hasta que él decide una tarde colgar la red en el armario de los olvidos.
Pero la soledad y la falta de amor y cariño muerden su alma. Un día de ésos mientras hojea un periódico, observa un anuncio en las páginas de contactos (primer error que no percibe pues es altamente sospechoso que aparezca un aviso para conocer mujeres en páginas donde se ofrece sexo a cambio de dinero). Está visto que sus ojos no ven. No son capaces de apreciar la mentira que se les avecina y por donde meterá la cabeza hasta las pezuñas. Apunta el teléfono y guarda la servilleta en el bolsillo. Duda entre tirarla en la primera papelera o sucumbir a la esperanza de la llamada. Piensa: “Esto no puede ser como el chat. Aquí hablo directamente con ellas y si me engañan, me daré cuenta. Sabré si me miente por su forma de hablar, la modulación de sus sonidos”.
Deja pasar los días, pesados como interrogantes que le carcomen la conciencia, hasta que una noche vacía decide marcar el número de teléfono. Al otro lado del hilo surge una voz aburrida y automática:

-Hola, estás llamando al Fly Company. Este es un foro donde podrás conocer a mujeres para ligar y dar rienda suelta a tus más oscuras fantasías sexuales. La comunicación que te proporcionamos es secreta y real. Este sistema está garantizado por Price United y su fiabilidad no te decepcionará. El coste de esta llamada es de 1.09 euros desde teléfono fijo y 1.51 euros desde móvil. Marca uno si quieres hablar con una chica para conocerla y tomar una copa. Marca dos si deseas hacer realidad tus más escondidas fantasías sexuales.

Marcabas un número de este menú principal y este te derivaba a otros  números auxiliares, subordinados en una carretera plena de derivaciones. De esta manera, si accedías al número dos, la repetidora femenina volvía a entonar una cantinela inacabable.

-Pulsa uno si quieres hablar con mujeres exhibicionistas a quienes les gusta mostrarse en lugares públicos. Pulsa dos si tú eres el exhibicionista y quieres mostrarte a ella pero sin que se produzca contacto entre vosotros. Pulsa tres si quieres conocer a mujeres que necesiten follar por lo menos tres veces al día, pulsa cuatro si deseas contactar con mujeres infieles que quieren poner los cuernos al capullo de su marido, pulsa cinco si buscas mujeres sumisas que complazcan tus deseos.

La  trampa estaba echada y caíste en el anzuelo como un gilipollas. Para que no pensaran los promotores del ingenio que eras un obseso sexual, pulsaste uno en el menú principal aunque los dedos se te iban volitivamente al dos.

-Muy bien. Has decidido hablar con mujeres que quieren conocer a chicos para hablar, salir y tomar una copa. En este momento, tenemos a veintiocho chicas en línea. Te pasamos con una de ellas. Aguarda un momento.

Esos instantes suponían un discurso imparable en la aguja del reloj y abrir un cada vez mayor agujero en las arcas de tu bolsillo. Hola, ¿qué tal? –surgió una voz sensual al otro extremo del hilo telefónico. Hola, soy Pedro. ¿Y tú? Yo soy Sandra. Hola, Sandra, ¿de dónde eres? De Alicante, ¿y tú? Yo también. ¡Oh, qué bien! ¡qué casualidad! ¿Casualidad por qué? Porque casi todos los hombres con quienes hablo en esta línea son de fuera de Alicante y ésa es una dificultad para conocernos. Pues mira, qué bien. Estamos cerquita ¿Y tú cómo eres? Pues yo soy moreno (cierto), mido 1.85 (mentira podrida). Tengo los ojos marrones (verdad obligada por la genética), peso 70 kilos (y alguno más que se deja por el camino). Tengo 30 años (en la cuestión de la edad, fíjate por dónde, no le agradaba inventarse datos ficticios). Me gusta leer (cuando los únicos volúmenes que tenía en casa eran la guía telefónica y las páginas amarillas), el cine e ir a la playa para tomar el sol. Y tú ¿cómo eres? Yo soy castaña, de pelo liso hasta los hombros. Mi cuerpo es proporcionado. Los ojos son de color miel y mis labios carnosos. Mido 1,69 centímetros y peso 55 kilos. Así soy yo.
Aquella voz tan femenina y agradable le sonaba a verdad necesaria y decidió continuar la conversación y el gasto telefónico para su maltrecha economía. Muy bien, Sandra, muy bien. Oye, ¿a qué te dedicas? Soy higienista dental. ¿Eso qué es? Trabajo en una clínica donde arreglamos muelas, dentaduras, hacemos empastes, limpiezas bucales. Sí, sí (la limpieza que yo quisiera que me hicieras…). Pero no pareces tener acento   valenciano. No. Es que no soy de aquí. Vengo de Sevilla. ¿Sevillana? ¡Vaya!, anda la gracia. Sí, pero tampoco tengo acento andaluz. Me fui muy pequeña de allí y he vivido por muchos sitios. En Navidades vine de Palma de Mallorca. Allí están mis padres y mi jefe tenía la clínica dental. Vaya, una chica viajera y seguro que interesante. Pues no lo sé. Algunos dicen que sí. Y tú, ¿a qué te dedicas? Yo soy empresario. Tengo una empresa dedicada a la importación y exportación de calzado (la falsedad más enredadora de todas, cuando era un simple currante que se las veía y deseaba para llegar a fin de mes. Supermentira elevada a la enésima potencia). Quería hacerte una pregunta. Dime, dime. Hay algo que no entiendo. ¿Cómo una mujer como tú, que se adivina simpática, interesante y guapa, tiene que recurrir a estos teléfonos para conocer a chicos. Seguro que cuando sales por ahí, los tíos se rifan por conocerte y los separas a manotazos. Las mujeres sólo tenéis que chispear los dedos para elegir al hombre con quien queréis estar. No es tan fácil, ¿sabes? Hoy mucha gente sale a buscar el rollo por el rollo y yo no busco eso. Me gustaría conocer a alguien que me parezca interesante no sólo por el físico. Me fijo mucho en el interior de las personas porque para mí el físico no es lo más importante. Además, llevo muy poco tiempo en Alicante y no conozco a casi nadie. Muchos fines de semana no salgo porque no tengo con quién. Voy mucho a la playa. Me gusta pasear por la orilla y tomar el sol. Estupendo, estupendo. Yo, por mi trabajo, dispongo de poco tiempo para salir y relacionarme (embuste pues todos los weekend era un pájaro de la noche a la búsqueda de mujeres deseosas de rollo). Aunque la verdad no soy un latin lover seductor. Me cuesta mucho conocer mujeres (verdad indudable). Soy un hombre normal y no llamo especialmente la atención entre vosotras. Eso, a mí no me importa. Te puedo asegurar que he conocido a tíos guapos, físicamente atractivos y luego es gente aburrida y sin ningún interés.
¿Cómo eres tú? (Esta pregunta le incomodaba a Pedro de forma muy especial). Definirse a sí mismo le resultaba harto difícil. Conocer tu propia personalidad y proyectarla con fidelidad al exterior era un ejercicio, como mínimo temerario. La personalidad y el modo de ser fluctuaba con el meandro de los años. El niño que fue a los 10 años, no era el adolescente de los quince, ni la primera juventud veinteañera, ni su actual visión de sí mismo a los treinta. ¿Cómo sería en la cuarentena? También creía que su carácter  le deparaba extrañas sorpresas en momentos de tensión emocional, de poner a prueba su fortaleza de espíritu. El hombre y la bestia que cohabitaban en él. El ángel y el demonio. ¿Cómo explicarle a Sandra, que era una mujer que empezaba a interesarle, a imaginarla a través de su voz y dibujar su rostro, su figura, sus contornos, sus volúmenes femeninos. Bueno, Sandra, ya te he dicho que soy un hombre normal. Creo que no soy muy mala gente, amigo de mis amigos. No soy especialmente culto pero tampoco tonto del bote. Tú, ya sabes que en el mundo de hoy, los ingenuos se han finiquitado. Pienso que soy amable y simpático. Sincero. Me gusta decir las cosas a la cara. ¿Te gustan los niños? Sí, me parecen lo más maravilloso de la Tierra. ¿Por qué me lo preguntas? Por nada, por nada. Creo que soy un hombre que puede hacer feliz a la mujer que esté conmigo.
En efecto, Pedro había trazado el mejor semblante de él mismo sin caretas. ¿Por qué le resultaba más hipotéticamente fácil explicar su espíritu interno que definir su arquitectura externa donde mentía como un bellaco? Pareces un chico interesante. No me importaría conocerte. Pues conozcámonos. Dame tu número de teléfono, te llamo y quedamos un día en un sitio que los dos conozcamos. ¿Okey? Perdona,  pero no me gusta dar mi número de teléfono a un chico al que apenas conozco y con quien sólo he hablado por teléfono. Tienes pinta de ser majo pero preferiría dártelo cuando nos veamos. Entonces, ¿cómo podemos quedar y conocernos? Te doy mi código en esta línea y me llamas otro día para quedar, ¿te parece? De acuerdo (si no queda otro remedio).
Reconózcalo o no, Pedro quedó atrapado en las arenas del amor ficticio. Le enamoró aquella voz, su sensualidad, las caricias de las sílabas que seducían sus oídos hasta llegar al corazón sin hacer parada franca en la cabeza. Se estaba haciendo una imagen, digámoslo, incluso idílica de aquella mujer tan sonoramente interesante. Al día siguiente volvió a llamarla para hablar de todo y de nada. Lo peor fue cuando ella se internó en el terreno cultural, aguas cenagosas y escurridizas para Pedro. Me dijiste que te gusta leer, ¿verdad? Sí, sí, claro. ¿Qué estás leyendo? (dita sea, qué le digo ahora) Una luz se encendió en el magín de Pedro. ¿No estábamos en el centenario de El Quijote por no se qué historia? Ahora estoy leyendo El Quijote. ¿El Quijote? Muy bien. Yo ya me lo he leído tres veces (joer, ¿tres veces?, pensó él) ¿Por dónde vas ahora? Sí, por una parte en que El Quijote va caminando por las tierras de la Mancha con Sancho Panza y les entran ganas de comer. Pero si Alonso Quijano no iba andando. Recorría los caminos a lomos de Rocinante. Claro, claro, pero a veces el caballo también tenía que descansar de llevar a sus hombros a un tío que pesaba lo suyo. Dirás a la grupa del caballo y Don Quijote pesaba más bien poco, aunque su rocín estaba bastante escuchimizado. Muy bien, pero yo te preguntaba, ¿qué situación del Quijote te ha resultado más fascinante? (Joder, joder, ¡qué preguntas más comprometidas me hace esta chica si sólo quiero conocerla y si nos gustamos echar un polvo) Una lucecita se le iluminó en su cerebro sobre el particular. Un recuerdo de la infancia. Sí, mira, me ha gustado mucho la escena esa del Quijote metiéndoles caña a los molinos de viento porque se piensa que son espíritus locuelos. ¿Dirás gigantes? Claro, gigantes. Te quería pillar en un renuncio. ¿Y qué más libros has leído últimamente o te han llamado la atención? (Mecagüen en la leche, ¿es que no podemos hablar de otra cosa?) Dime tú libros que hayas leído y yo te diré si los he visto también y qué me han parecido. Vale. El último que he leído es “La sombra del viento” de Carlos Ruiz Zafón y me ha parecido impresionante. Estoy de acuerdo contigo. También he leído “Dios vuelve en una Hartley” de Joan Brady. Un libro interior y muy espiritual. Sí, yo tengo la misma opinión que tú. Pero, ¿por qué no hablamos de otra cosa? Como quieras. ¿Te gusta el cine? ¿Cómo no? (Aquí sí no me pillará. Veo todas las películas interesante de la cartelera. Yo voy mucho a ver cine de autor a una sala independiente. Me apasionan los filmes de Ingman Bergman, el neorrealismo, las películas de Garci. A ti, ¿qué te parecen? Muy chulas, interesantes aunque yo prefiero las de romanos. Pedro se estaba agobiando con tanto discurso cultural y decidió cortar por lo sano. Sandra, te llamo mañana. Debo ir al trabajo. De acuerdo. Un beso muy especial. Otro para ti.
Aquella voz y aquella conversación le habían enganchado. La mujer imaginada a golpe de sonidos se le antojó un ser ideal. Guapa, femenina, simpática, inteligente, alegre, atractiva. El bombón que buscaba desde hacía tiempo y nunca se cumplía, nunca llegaba. Intuía que aquella podía ser una trampa, una jornalera de la palabra conectada a un hilo telefónico que exprimía a los tíos solos como él, hambrientos de amor, compañía y esperanza. Una empresa desalmada que aprovechaba el desamparo sentimental del náufrago, de tantos hombres perdidos como él para hacer negocio, ganar pasta y ahondar en su desequilibrio económico. Pedro mantenía una lucha contradictoria entre su cabeza y corazón: “No, no puede ser que me engañen. Esto no es un chat. Aquí hablo directamente con la persona y no me pueden estar mintiendo. Lo notaría en las inflexiones de su voz, en la entonación forzada. Lo descubriría”. Luchaba y luchaba. ¿La vuelvo a llamar? ¿No? Venció el sí.
Hola, Sandra, soy Pedro. ¿Te acuerdas de mí? ¿Cómo no? ¿Cómo estás? Mira, me he acordado de ti y he decidido llamarte. Espero que no te importe. Para nada. Quería comentarte una cosa. Me gustaría conocerte, Sandra. Quedar en un sitio, tomarnos algo y si se tercia, cenar y después salir a bailar y tomar unas copas. Me parece bien, Pedro. Pero también quería decirte que soy un hombre con deseos y necesidades. Quizás si salimos por ahí, quiera besarte, acariciarte y tocarte en la primera cita que concertemos. A lo mejor piensas que soy un tío salido y desesperado que sólo voy al rollo y pillar cacho como sea, como tantos y tantos tiburones de la noche. ¿Y quién te ha dicho que yo no tenga necesidades? Puede que te conozca y me gustes y si surge el feeling, ¿quién sabe si no nos liamos ese mismo día? Sandra, ¿te importaría que hablásemos de sexo? Como quieras. A mí no me importa. Yo soy un hombre sensual y hace tiempo que no me como una rosca con una mujer. Yo también estoy en esa situación, pero me extraña. Pareces un hombre interesante y cuando sales por ahí, seguro que mujeres no te faltarán si te insinúas. A ti, Sandra, ¿qué te gusta en el  terreno sexual? Dímelo tú, primero. Pues a mí me gusta lo normal, nada de cosas raras. De tríos o sadomasoquismo o lluvias doradas, nada. Ni pegar a mi pareja ni que me peguen. Te digo que me considero apasionado. Añoro besar y acariciar a una mujer, hacer con ella el amor en las posturas de siempre, el misionero, que nos comamos mutuamente. Desearía probar con ella el sexo anal. ¿A ti que te parece? Lo normal entre un hombre y una mujer que se quieren y se desean. No me asusta ni ruboriza lo que dices. Hay algo que no me agrada mucho. ¿Qué? Que mi pareja se ponga encima de mí cuando follamos. ¿Por qué? Dirás que es machista pero profiero estar yo encima. Verle su cara de placer debajo de la mía cuando le hago el amor y quiere más y más. ¿Tú no serás de los que descarga la escopeta enseguida? No, no. Yo aguanto y no me voy nada más meterla. No seas tan ordinario hablando. Perdona, perdona. Una cosa sí que quería decir. ¿Qué? No soporto que mi pareja me sea infiel y se acueste con otro u otros. Si está conmigo, está conmigo. Me jodería muchísimo que me pusiera los cuernos. Creo que te estás precipitando. Aún no nos conocemos y ya hablas de pareja y fidelidades. Tienes razón. He hablado demasiado. ¿Por qué no quedamos ya y seguimos hablando pero cara a cara? Vale, como quieras. Un buen lugar sería el sábado al mediodía en la fachada principal de los pubs del puerto. Habrá poca gente. Yo llevará una camisa azul y un pantalón blanco con un clavel rojo en la mesa donde estaré sentado. Así me identificarás más fácilmente. Tomamos algo y luego podemos ir a comer. ¿Hace? Bien, es un buen plan. De acuerdo, nos vemos el sábado por la mañana en el puerto a la una. Un beso muy especial. Otro para ti, Sandra.
Nuestro héroe hipocondríaco, insustancial, inmaduro, temeroso al compromiso, colgó. Feliz y triunfante. Había quedado con una mujer interesante que estaba seguro no le defraudaría. La red estaba echada y ahora habría de lucir sus mejores artes para conquistar a la chica de sus desvelos. Esperaba no errar en el empeño.
Las horas del viernes al sábado se le antojaron eternas, interminables. Las agujas del reloj no se movían y le consumía la impaciencia. ¿Cómo sería ella? ¿Cómo lo vería a él? ¿Se gustarían? Cuántos interrogantes se acumulaban en su cabeza y se enroscaban en su corazón. La noche fronteriza transcurrió en permanente estado de duermevela. Las dudas revoloteaban en el techo. Trazaba castillos imaginarios con Sandra, la mujer fascinante y fascinada con su persona, que apenas nunca había merecido la atención de una fémina en sus múltiples salidas nocturnas. Amaneció agotado. Nuestro héroe impaciente decidió tomarse una ducha, perfumarse, acicalarse y ofrecerle la mejor imagen a Sandra. Se acercaba la hora de la cita y aumentaba su nerviosismo. ¿Lo aceptaría o nada más verle ella daría media vuelta sin dirigirle la palabra? Incluso en estos encuentros a ciegas, las mujeres partían en situación de superioridad o al menos así pensaba él, pues podía desechar conocerle si su figura no le despertaba a ella la atención, si su conversación no le resultaba agradable, si ella no se reía con sus ocurrencias, si no se sentía dichosa y protegida con su presencia…Todo esto y más pensaba Pedro cuando llegó al punto concertado. Todavía era pronto. La mañana se había despertado luminosa. Radiante. Una ligera brisa peinaba el aire, levantaba los rizos del mar en la dársena del puerto. Los garitos presentaban un aspecto solitario, vacío, tras la marcha nocturna. Los pubs emanaban un fuerte aroma a tabaco y alcohol. Pedro se preguntaba cuántos romances efímeros se habrían cumplido la noche anterior. Cuántas copas no habrían desembocado en una ruta precipitada al hotel próximo, al coche cercano, cuántas sorpresas no llegarían al cabo de nueve meses. Él mismo hervía en dudas sobre su posible relación con Sandra. Mientras esperaba, observaba a su alrededor. La vida, indiferente a él, sentado en una mesa olvidada, con el único abrigo de una cerveza. Una rubia con él. Veía a los jubilados del norte de Europa, estúpidamente dichosos en su recién conquistada calidad de vida, que no es igual a la felicidad, dando vueltas por el paseo del puerto. Las parejas de enamorados, sentados en los bancos dedicándose besos y caricias mientras miraban la mar y quién sabe si pensaban en el futuro que estaría por llegar. Aquí sentía un punto de envidia melancólico. Pensaba cómo podrían aquellos tíos haber conquistado a esas mujeres y por qué esa felicidad no le estaba reservada a él.
Contemplaba los grupos de inmigrantes magrebíes que deambulaban inquietos por la zona. Vagaban de un lugar a otro, sin dirigirse a punto fijo alguno, como buscando algo inconcreto. Muchos les miraban con recelo. Él reflexionaba sobre el brutal contraste entre la miseria y la desesperación de unos, sin trabajo, sin casa, expulsados del reino de la calidad de vida y otros, turistas dichosos en su felicidad vacía. El tiempo pasaba y ella no venía. Comenzó a mascarse lo peor. El engaño. La mentira de Sandra. Un dolor conocido empezó a subirle desde abajo. El sabor del desengaño sentimental con esencia a hiel, por repetida no menos amarga. Fijó su mirada en los yates atracados en la dársena, con sus banderitas ondeando al compás del viento. Pensaba que si fuera el dueño de alguno de esos yates anclados, otra suerte le cantaría. Sería un tío rico y las mujeres se lo rifarían. Ninguna le haría esperar y ellas irían detrás de él y no al revés como ahora. Podría comprarse todo lo que le apeteciera (él que era un devoto de la sociedad de consumo) y no como ahora que llegaba lampando a fin de mes, con un sueldo escaso que cada vez daba para menos y ya apenas podía permitirse sus caprichos. Enredado en el ovillo de sus pensamientos, los minutos caminaban  y Sandra no se acercaba a su vera. Una hora. Empezó a llamar al teléfono maldito donde la conoció y ella no contestaba. Dos horas. Sus llamadas compulsivas eras más frecuentes pero la susodicha N.P.C. (ni puto caso). Cansado de esperar, se largó ridículo y derrotado. Se sentía humillado y engañado. Aun así inventaba excusas para ella: “Algo habrá fallado. Algún motivo tendrá para no haber venido”.
Pasaron días tratando de comunicarse con ella sin éxito. La cuenta de su factura sería ese mes bastante larga pero él ya no pensaba en eso. Sólo en el mes absurdo, indefinido, sin un rostro concreto que ya profesaba a esa mujer sin conocerla. Una mañana Pedro decidió cambiar de táctica. Llamaría pero permanecería en silencio al otro extremo de la línea. Esperaría que ella hablara.

-Sí, soy Pedro. Por fin puedo hablar contigo. Estoy molesto porque no fuiste a nuestra cita en el puerto. ¿Qué te pasó? Ya, perdona. No quería hablar mucho porque sentí mucha vergüenza. No me atrevía a hablar contigo después de fallarte. Tuve problemas con mi familia de Mallorca y no pude ir. Lo siento (Ya sabía yo que esa fémina tenía algún motivo para no acudir a nuestra cita) Te dije que llamases a este teléfono antes de venir y no lo hiciste. Si ya habíamos quedado…Ya, pero es la mejor manera de asegurarnos que vamos a  ir. Sandra … ¿Qué…? ¿Tú quieres conocerme? Te  he dicho que sí… Pues demuéstramelo. ¿Quedamos para vernos en la entrada de los cines Panoramix? No me falles… No te preocupes que allí estaré. Caminaron los días por la cuerda floja de la incertidumbre hasta llegar el más esperado. Faltaban cuatro horas para el encuentro del conocimiento y alguien llamó a su móvil.

-Hola, Pedro. Soy una amiga de Sandra. Mira, te llamo para decirte que ella no puede acudir a la cita que había concertado contigo esta tarde. No sé si te comento que ella tenía una pareja con quien estuvo dos años. Ahora están intentando arreglarse. Te pide disculpas y espera que le comprendas.
-Pero, usted, ¿quién es? Una amiga de Sandra. ¿Y cómo llama a mi móvil? ¿Quién le ha dado mi número? –clamó rojo de ira y dolor Pedro. Oiga, no quiero intermediarios que me cuenten las cosas. Váyase ella y usted a la mierda.
La segunda derrota dejó a Pedro tocado mas no hundido. No era la primera vez que había ocurrido aunque sí a través de ese teléfono que agujereaba su cuenta corriente. Sin embargo, decidió darle otra oportunidad. No todas las mujeres de esa línea serían iguales. No todas le engañarían. “La voz no puede mentirme”. Y apostó por darse otra posibilidad. Por si acaso creyó conveniente dejar morir los días. Desde la tranquilidad podría pensar mejor… si seguir llamando a ese teléfono dudoso le convenía o no. Imaginó su inexistente relación con Sandra. Había quedado con una mujer de la que no sabía casi nada de su vida y quizás todos los datos que le proporcionó eran inventados. Una chica de quien no conocía su rostro, sus manías, su carácter. Casi nada de nada. Un amigo a quien le confesó sus cuitas le advirtió: “Llévate cuidado que esas mujeres suelen estar empleadas en empresas sin escrúpulos que abusan de la soledad de muchos hombres. Una amiga mía trabaja en una de ellas y llega a sacarse mil ochocientos euros al mes”. La cabeza de nuestro héroe sabía que podían engañarle si continuaba con sus llamadas pero otorgó una opción a la esperanza que necesitaba. Eso sí, en otra ocasión pediría más datos personales a la mujer receptora de sus ansias hasta decidirse a quedar con ella.
Se sucedieron las llamadas con mujeres improbables que no le convencieron; con señoritas de su provincia y del resto de las Españas, con sus supuestas inquietudes. Unas para conocer a un chico. Otras sólo buscaban en teoría el rollo o el folleteo. De variadas ocupaciones; desde estudiantes hasta peluqueras, amas de casa aburridas e insatisfechas con maridos a quienes les deseaban poner los cuernos, bien por cabrones o “por no atenderme”. Otra “porque no nos llevamos bien y tener una experiencia nueva con otro hombre”.
Una mujer que sorprendió extrañamente a Pedro fue Esther. Una habitante de las tierras del norte que había arribado al sur por motivos laborales, o al menos así decía ella. Esther le contestó que acudía a este teléfono sentimental de la esperanza porque en la ciudad mediterránea no conocía apenas a nadie. No tenía amigos con quienes compartir los fines de semana, largos y solitarios. Uno de sus pocos medios para entablar contacto con el mundo era aquel hilo telefónico. El trabajo de Esther sorprendió a Pedro pese a que no debería en la sociedad liberal de hoy en día donde aquellos negocios proliferaban sin el aura de secretismo y misterio de otras épocas. Ella era dependiente de un sex-shop. Trató de imaginarla rodeada de aquel arsenal de artilugios de sexo vacío. A su cohorte de fieles devotos, algunos falsamente avergonzados, otros animadamente decididos, que entraban al recinto de los paraísos falsos para comprar todo tipo de productos mientras ella asistía, en apariencia, indiferente a la ceremonia de la confusión. Desde los reprimidos falsarios, a los curiosones insoportables, los adictos al sexo esclavo, a los oportunistas de las despedidas de soltero o casado/a,  a los viejos verdosos, los babosos y los libidinosos. Gente con la que ella no quería ningún contacto, salvo el estrictamente comercial. Así las cosas, su círculo de relaciones sociales se estrechaba considerablemente y sus noches, sábados y domingos se convertían en caminos callados sin una mano amiga al lado. Esther, harta de sexo, buscaba un buen amor que iluminara su vida dormida, anhelante de encontrar una luz acogedora y cariñosa. Todas estas razones y más empujaron a Esther al deseo de agarrarse a esta incierta tabla de salvación del teléfono mentiroso. Por supuesto, Pedro no sabía nada de nada de las congojas que atribulaban el corazón de Esther. La comunicación telefónica no llegó a estos niveles de intimidad ni llegaría  pues descartó la posibilidad de conocerla.
Este narrador panorámico que todo lo ve pero no se atreve a juzgar, lamentó la decisión de Pedro. Esther era (y es) una buena chica, atrapada por las circunstancias y nuestro héroe inmaduro dejó escapar la oportunidad de conocerla. ¿Cuántas y cuántas relaciones se truncan antes de nacer porque una o las dos partes desconfían del otro, de sus ansias de amor y conocimiento?
El amor en los tiempos de la prisa, la competencia y el sida es una flor rara, difícil de conquistar por todos, buscada pero por pocos encontrada. La bella flor de la correspondencia y el compromiso.
-Bueno, Esther, me pareces una chica maja. Ya te llamaré otro día. Cuando quieras. Ya sabes mi código. Vale, ya sabrás de mí. (Hasta hoy…) Ninguna le convencía, ninguna pasaba el filtro de su desconfianza hasta que llegó Marta…
La voz de Marta le arrebató desde el principio. Sugerente, femenina, inteligente. Prevenido por la derrota anterior, adoptaría mayores medidas de seguridad. No la conocería hasta que entablase múltiples diálogos con ella a través de ese teléfono que le perforaba su economía. Trataría de sonsacarle más información, buscar más posibilidades hasta convencerse que Marta iría a la cita cuando ésta se produjera.
En efecto, ejerció tareas de investigador, de los tiempos cercanos y antiguos cuando conocía chicas en las noches dislocadas. Ellas siempre le negaron su conocimiento, pero nuestro héroe inseguro e hipocondríaco se las apañaba para que alguna amiga o enemiga, conocida o exnovio despechado le contase detalles de su última conquista perdida. Nombre, profesión, aficiones o en qué gastaba el tiempo libre, domicilio, rasgos de carácter, cómo le gustaban los hombres (si era devota del sexo masculino, claro está)
Con Marta nuestro intrépido Pedro siguió la misma táctica, aunque en esta ocasión por medio del arte de la oratoria. Sabía comerle el oído a una mujer a pesar que este don no le había reportado excesivas victorias sentimentales. Ahora estaba empleando con astucia esa habilidad suya. Gracias al método mayeútico, Pedro supo que Marta era una mujer separada a la altura de la treintena, madre de una niña preciosa que vivía con ella. Dependienta de una tienda de ropa, oficio que ejercía por las tardes. Había roto su vínculo sentimental hacía dos años y declaraba abiertamente que “estoy desencantada del amor y de una relación estable con un hombre”. Eso sí, el apetito sexual no había abandonado a Marta y repetía por oriente y occidente que necesitaba que la “apoyasen”.
Aquello mosqueó sin límite a Pedro. Sin derecho a sentirse cornudo, ya notaba la corona en su frontal merced a las insinuaciones de la dama de sus desvelos. No dudaba, en absoluto, que Marta era una mujer guapa y femenina. Sabría vestir bien como señalaba el hecho de tener una boutique. Sería coqueta, sabría bailar y desenvolverse por la noche rodeada de lobos hambrientos. Con sólo chasquear sus dedos tendría a su alrededor una legión de encendidos pretendientes. ¿Entonces por seguía hablando con él cuando tendría a los tipos que quisiera?
La primera respuesta tenía un carácter pragmático: cuanto más parlamentara Marta con él y con otros infelices similares, sedientos de amor y sueños, más pasta les sacaría y de más dinero dispondría ella para sus cosas (incluido aquel viaje a Marraketch, que ella en una confidencia, le reveló que soñaba cumplir) Ella cada día más feliz al aumentar su cuenta corriente mientras a él se le desangraban los bolsillos. La segunda contestación alcanzaba un tono sentimental-afectivo con muy probables ribetes falsarios. Marta le aseguraba que utilizaba este teléfono “porque me aburro por las mañanas” y de Pedro afirmaba sin conocerle que “eres un hombre muy especial”.
Tras muchas conversaciones y reiteradas facturas desorbitadas, nuestro héroe descreído, logró quedar con Marta. Sería ese fin de semana. Estábamos a miércoles tarde y acordaron quedar y conocerse el viernes noche en el centro comercial Panoramix a la entrada de La Biblioteca, en el mismo puerto. “Alea jacta est”, pensó Pedro, como diría El Quijote. “No, eso lo dijo Julio César cuando cruzó el Rublicón”, le corrigió Marta. “La cuestión es que alguien lo dijo”, “Pues ya nos vemos”.
Pedro temblaba: “¿Y si le volvía a fallar? ¿Y si no se presentaba de nuevo? ¿Y si tornaba a repetirse otra derrota en su paisaje sentimental? Aquellas citas virtuales le atemorizaban pero se aferraba a ellas como a una tabla hirviente. Aquel encuentro a oscuras quizás fuera un antídoto para calmar su soledad, colmar sus carencias afectivas, llenar sus huecos como lagos sentimentales, sus ansias de comunicación con el resbaladizo mundo femenino, su deseo de iniciar un proyecto de convivencia en común, compartir cama, lavadora, frigorífico, latas de congelados, películas y cds. Sabía que era un error pero comenzó una vez más a diseñar castillos en el aire hasta el viernes noche.
El tiempo entre el miércoles y viernes noche corrió con una velocidad eterna, anormalmente reducida. Como si minutos y horas no pasaran. Ya conocía él de sobra que el tiempo de las emociones y los sentimientos no corrían parejos al tiempo de las manecillas del reloj. Al fin llegó el día H. Aún faltaban dos horas para el encuentro definitivo que podía marcar el rumbo de su futuro amoroso. Se arregló adecuadamente y ya lucía sus mejores galas. Abrió la puerta de la calle y ya corría escaleras abajo cuando la puerta del segundo B se abría en el momento que nuestro héroe atribulado bajaba con el corazón en un pálpito. Era Mar-Maris (al dicho latino), la bella vecina morena, enfermera del centro de salud cercano, natural de Córdoba (ya comentamos antes que Pedro es un sabueso para indagar en lo que le interesa). Lo que nuestro intrépido capitán no sabía era que Mar se había fijado en él. Casualidades del destino, que alguno o muchos niegan, pero en el que nosotros creemos y juega con los hombres con las cartas marcadas. Señalado por el destino, incógnita absoluta para las personas. Fíjaos por donde, Mar, que había alquilado un piso en el mismo edificio donde vivía Pedro, también se sentía sola. Al parecer aquella comunidad de vecinos se había convertido en un archipiélago de solitarios. Mar había logrado plaza definitiva en aquella ciudad desconocida para ella. Allí no tenía amigos. Los compañeros del centro sanitario eran sólo eso, compañeros. Y cuando terminaban su jornada se largaban con sus familias, ocupaciones o soledades. Como decíamos, Mar echó las redes de sus ojos en Pedro, pero éste aún no advertía la extensión de la malla. Mar pensó: “O todo o nada. De esta noche no pasa”.

-¡Hola, Pedro! ¿Dónde vas tan guapo esta noche?
-¡Hola, Mar! Iba a tomar una cerveza con mis amigos.
-¡Qué casualidad! Yo también iba a tomar una cerveza con una amiga.
-Pedro, espera. Tengo algo de tiempo. Quizás podríamos tomar algo tú y yo…
-Sí, quizás… (Aquí es donde los hombres se la juegan. Pedro no esperaba ni de broma ese movimiento de Mar. Nunca se hubiera imaginado que ella tendiera su mirada en él. Claro que se había fijado en ella pero la veía inaccesible). ¡Oh, el milagro del amor  traicionero! La fortuna inesperada que también ocupaba una porción de espacio en la vida de cada día.
-Venga, vamos. Ya quedaré más tarde con mis amigos –respondió Pedro (mentira)
-Yo también llamaré a mi amiga para decirle que iré más tarde (mentirosilla)

Ahora sería una mujer quien tendría que preguntarse dónde estaba él y no al revés (en el supuesto que ella acudiera a la cita). El aire olía a cierto cambio en la fortuna, como si los hados se hubieran dignado a uncirle de bendiciones inesperadas. Quizás Mar viniera a traerle un mar de calmadas espumas a sus orillas solitarias y cansadas. La mar de la caricia, el beso de la arena y la espuma, mar de la esperanza y el sueño, la mar real hecha carne y besos, forma y ser de mujer, esencia curvilínea, deseada y deseante y no el espejismo de la virtualidad improbable.

Del libro “Sueños de nadie” (Colección Picudo Blanco)

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