Diario de un cinéfilo (14. Una paloma se posó en una rama …) por Javier Puig

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Una paloma... (2)Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (2014), del sueco Roy Andersson, es una de esas películas que, por su anunciada singularidad, no produce expectativas claras, sino más bien cierta cautela. Si, además, en las críticas me hablan de un posible parentesco con Antonioni, del que me irritan varias de sus películas más pedantes, me pongo a verla sin ninguna ilusión. Pero me ocurre que ya muy pronto conecto fuertemente con la sensibilidad que desprende, que sus escenas absurdas no me parecen gratuitas, que su comicidad la siento ahogada en la comprensión de unas vidas dañadas por los engranajes de la existencia. Es una película kafkiana, con inserciones de humor y de sobrio surrealismo. Un extraño humor que apenas mueve a risa, salvo que desconectemos de nuestra capacidad para la empatía. Son los payasos tristes, la melancolía de la vida mancillada por la extrema desesperanza.

La película está formada por diversos cuadros habitados por personajes que se mueven levemente para transmitir su triste seriedad. La cámara está fija y constituye un único plano. La ilación entre las escenas se produce de forma discontinua; en medio, otros cuadros se desvían del posible argumento pero no desentonan de la atmósfera dominante, del sentimiento envolvente. La contraída posición de los personajes es la de la angustia, la de haber caído en una certeza terrible, en una amenaza concreta que, desde su aparente pequeñez, lo ocupa todo.

El conjunto se enriquece con la sucesión de las numerosas e independientes escenas, a cuál más lograda, más sorprendente. Entre las secuencias surrealistas hay una en la que, desde su extremo interior, la cámara nos muestra un amplio bar; al fondo, está la calle. Allí, pronto nos sorprende el desfile de unos soldados dieciochescos. Un rey entra a tomar un agua mineral. El bar tiene esa indefectible tonalidad de la desolación. El rey, por boca de sus soldados, manda evacuar a todas las mujeres. Es el encuentro entre dos épocas. Más tarde, vemos retornar a las tropas derrotadas. En otra escena completamente distinta, unos soldados con pantalones cortos y salacots obligan a introducirse a unos negros africanos en un inmenso barril, que está en posición horizontal y lleno de orificios de los que sobresalen pabellones de trompetas. A continuación, los soldados, bajo el barril, encienden un fuego mientras este gira sobre sí mismo, como si estuvieran cociendo a esos seres despreciados. Enfrente, un grupo de mujeres y hombres distinguidos, vestidos de gala, aunque decrépitos, contempla la escena con solemnidad.

Los personajes que se repiten, que permanecen en el hilo conductor de la casi innecesaria trama, son dos patéticos vendedores de artículos de broma, que nunca tienen éxito en sus exposiciones y luego tienen que rendir cuentas a sus proveedores. Sin desmayo, repiten la salmodia de sus discursos de venta, que culminan con un mismo final, dicho con la contradicción de su tono circunspecto: “Queremos ayudar a que la gente se lo pase bien”. Ese es el lema del que se han convencido, el que tal vez les pudiera aportar un mínimo sentido a sus vidas. Pero no es así, pues están sumidos en la depresión. Reposan en las habitaciones de un hostal agresivo de sordidez, con ese pasillo de puertas que parecen de emergencia o que podrían dar a un oscuro cuarto de máquinas y no al dormitorio en el que intentan dormir. En él, se respira la tristeza en la boca de esos hombres arrasados; es como la celda de una cárcel que no necesitara rejas para acogotar cualquier perspectiva de libertad.

Tal vez a algunos esta película les pueda parecer irritante por su tono tan anticonvencional, pero pocas veces una película tan rara me ha parecido tan pertinente. Hay mucha poesía en esos tristes enfoques de la realidad. En muchas de las escenas, en el fondo del plano, transcurre otra acción que resulta contradictoria con la principal, una visión que nos habla de la simultaneidad de lo distante. Estos cuadros podrían estar creados por Edward Hopper si hubiera sido escandinavo. La imaginación desbordante de esta insólita película siempre tiende a plasmar el absurdo de una vida ahogada por el cumplimiento de deberes terroríficos que inciden en una mecánica de los hechos, en la que se ha ausentado la verdadera alegría de lo transgresor.

Me entero de que esta es la tercera película de una trilogía. Tendré que hacerme con esas otras dos piezas de Roy Andersson, este director sueco que me ha cautivado con una obra tan insólita. Me informo de que las tres películas más representativas de sus devociones son: Ladrón de bicicletas, Viridiana y Hiroshima, mon amour. Ahora comprendo por qué me ha gustado tanto esta película, que no se parece a ninguna de ellas pero que está a la altura de sus sublimes sensibilidades.

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