Diario de un cinéfilo 15: Blind, por Javier Puig

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BlindEn Blind (2014), del noruego Eskil Vogt, todo lo que vemos adquiere un relieve inusitado. La visión de los objetos que le está vedada a la protagonista la percibimos desde la consciencia de un milagro. El entorno hogareño de esa mujer, que recientemente ha caído en la ceguera, es un estallido que se impone al vacío, una aquietada y silente realidad de la que brotan exultantes sus matices. Esas imágenes que la envuelven corroboran su invidencia mucho más que sus tropiezos en el mapa de su oscuridad. La realidad que se nutre de la luz parece un ser que ella adivinase, una compañía que se ha ausentado pero que aún resulta influyente.

Ingrid, esa mujer ciega, reclusa de sí misma, náufraga en su recién adquirida ignorancia, ensaya vivencias ajenas, produce mundos propios, explora simulacros de realidad con los que resarcirse del apagamiento que ha sufrido. Las imágenes que vemos son casi siempre las de su mente, no las que le niega una realidad de cuyas presencias se ha desconectado. Ella las va modificando, las improvisa, según el apremio de sus sentimientos, forjando bifurcaciones, superposiciones, en ese vano discurrir por lo increíble, por las sustituciones de una realidad difícilmente alcanzable.

Ella crea soledades, realiza desencuentros en el escenario de su mente, inventa razones para la culpabilidad, ocasiones para la venganza. Así, entre sus personajes, Einar, el hombre asiduo a la pornografía, a aquello a lo que se ha visto reducida la expresión de sus deseos, herido por la ejercitación de una severa soledad. Esas obscenas imágenes que persigue son la apoteosis del ver, pero también el abrupto límite de su mirada insaciable, la dolorosa orfandad del roce, la ausencia de la reciprocidad. Y, por otro lado, la creación de esa joven sueca, Elin, que allí, en Noruega, divorciada y expulsada del enlace afectivo con su entorno, no puede disimular su desolación ante su hija, el único ser al que aferrarse. Su soledad no es solo doliente sino también vergonzosa, un desprestigio ante ese ser frágil que requeriría arrimarse a una mayor pericia en el vivir.

Ingrid acerca a esos dos seres abandonados pero no llega a unirlos. A través de los ventanales, Einar la observa habitar levemente el apartamento de enfrente. Ahora no hay sino apagados atisbos de erotismo. Lo que prevalece es la tristeza del televisor encendido. Él lo enciende también. Pone el mismo canal. Elin está hundida ante la gelidez que despide la pantalla. Él intenta compartir alguna reacción, algún acto que los una. Ella abre una bolsa de fritos y se dispone a masticar su contenido con decidida displicencia. Él hace lo mismo para que, en lejana consonancia, su mandíbula trabaje en un simulacro de armonía.

Son imágenes que Ingrid proyecta en el fondo de su oscuridad, que dirige desde la improvisación de sus inseguros sentimientos, desde la torpeza de habitar un espacio apagado, de vivir en la difícil renuncia a saber lo que sucede. La cambiante luz en vano. La ventana abierta a la nada. Ingrid se desnuda, aplasta su cuerpo contra el cristal. La miramos desde un mundo autónomo o desde el vacío de alguien. Es una mujer ajena. Ser vista es también existir. Quedar expuesta ante la mirada de nadie o ante la sorpresa de cualquiera. Modificar el mundo sin saber cómo, sin saber si lo ha captado alguna consciencia. Ella sigue allí, recluida, escuchando música en sus auriculares, porque ya es como si todo tuviera que ocurrir dentro de los límites de su mente, sin necesidad de interferir con el exterior.

Las historias que inventa Ingrid definen sus miedos, su vejación, su desesperanza. Cómo seguir siendo más allá de uno mismo, cómo no temer que quien te quiere se pueda ir de tu lado. Y nosotros, espectadores fisgones, nos damos cuenta de nuestro injusto privilegio. Ingrid se agarra a la frágil supervivencia de los recuerdos. Vive en el miedo a que se desvanezcan las contraídas imágenes. Sabe que ya se le están difuminando los detalles, que acabarán emborronándose. Se desharán las formas y solo quedará la boca de una hondura donde inquirir tímidamente.

Ingrid se ciñe al oprobio de la soledad, a la sospecha de una rareza inasumible. Mientras, hace sufrir a sus personajes. A Elin, la joven sueca, le arranca las migajas de su último calor. Su exmarido le arrebata ese fin de semana a su hijo o a su hija, ese ser que cambia de género sucesivamente, porque da igual lo accesorio, la contingencia del ser. De lo que se trata es de expresar lo íntimo, la raíz de los sentimientos. Tendrá que hacerse con una vida rebosante de silencio, de tiempo dolorosamente detallado.

En la siguiente invención junta a Einar y a Morten, su marido. Decide que ambos son viejos conocidos de la universidad y que ahora se reencuentran. Así tendrán que exponer sus recorridos. Lo que le interesa a la creadora de esta historia es que ese ser terriblemente solitario deba exponerse a la compasión, que tenga que decir: “Nadie quiere estar con un tío con problemas”. Y que su marido se sienta incómodo.

Sí, ella a todos sus personajes los hace sufrir. La madre sueca, después de haber chateado lujuriosamente con su Morten, tiene un encuentro con él. Están en un restaurante. De pronto, Elin pierde la visión. Se siente desconcertada. Él se decepciona. Le ha salido mal ese prometedor proyecto de relación. Eso es precisamente lo que Ingrid siente que él pueda pensar de una relación con un ser limitado como lo es ella ahora. Se sabe ya otra mujer, y concibe que él no tenga por qué seguirla. Ella es otra por su invalidez, y porque se retrae hasta la custodia de sus incomunicables deserciones.

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