PRESENTACIÓN DE ESTE PAN Y DE ESTA GUERRA (1916), por José Luis Zerón

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Librería Códex de Orihuela 16-6- 2016

Conocí a Jesús Zomeño a mediados de la década de 1980 y seguí su trayectoria como poeta (ha publicado siete poemarios) y su labor al frente de la editorial Diarios de Helena que él fundó y donde publicó algunos de sus libros de poesía. También leí relatos breves suyos y alguno publicamos en la revista Empireuma. Recuerdo su poesía exquisita, elegante, sentimental, nostálgica y ligeramente culuralista, inspirada en la primera mitad del siglo XX, con abundantes referencias musicales y cinematográficas. Esta misma temática se refleja en su primer libro de cuentos Lengua azul (Editorial Slopper, 2008), que agrupa relatos escritos en la década de 1990.

Fotografía de Ada Zerón Soriano

Fotografía de Ada Zerón Soriano

Por esos vaivenes de la vida perdimos el contacto durante un tiempo, y hace dos años volvimos a encontrarnos y retomamos la amistad aplazada por las distintas y absorbentes circunstancias de cada uno. Fue en una presentación de su libro Piedras negras (Editorial Lengua de trapo, 2014). Cuál fue mi sorpresa al comprobar que la temática y la forma de narrar de Jesús Zomeño habían cambiado radicalmente. La Primera Guerra Mundial era el tema predominante de su narrativa, y no solo de sus relatos, también de su vida, pues Jesús se había entregado al estudio de este terrible suceso histórico con un entusiasmo obsesivo. De esta peculiar afición da fe Juan Carlos Lozano Felices en el prólogo del libro que presentamos: “Jesús Zomeño es especialista en la Primera Guerra Mundial y un coleccionista de objetos de aquella época. Tiene una amplia colección de cascos, fotografías, condecoraciones, y documentos de todo tipo y es capaz de discutir durante horas si la pintura de un casco es original o no. Yo tengo la certeza de que Jesús, más que en la literatura o en la historia, encuentra su inspiración en esa naturaleza muerta, o en esos objetos que un día pertenecieron a alguien, insuflando nueva vida a quienes fueron sus dueños hace ahora justo un siglo”. La prosa de Jesús se había endurecido hasta alcanzar una precisión áspera y perturbadora. A Piedras negras le precedió otro libro dedicado también a la Primera Guerra Mundial: Cerillas mojadas (Editorial Denes, 2012), de modo que este año se completa la trilogía con De este de este pan y de esta guerra. Este nuevo libro de Jesús Zomeño libro consta de dieciocho relatos de extensión desigual pero con una visión unitaria, escritos en su mayoría antes de Piedras negras. Por diversos motivos no encontraron acomodo en aquel volumen, sin embargo, y he aquí la paradoja, De este pan y de esta guerra, es en mi opinión el mejor libro de Jesús Zomeño.

Yo, que no tengo madera de coleccionista ni de historiador, tengo un especial interés por la Primera Guerra Mundial, de ahí que me identifique con la fascinación de nuestro amigo. La Gran Guerra representa un periodo crepuscular de la historia lleno de contrastes. Se mezclan dos formas de hacer la guerra: Una primitiva: las cargas de los lanceros a caballo, la lucha sin cuartel en lo asaltos a las trincheras con mazas, cuchillos de carnicero, machetes y martillos, los avances suicidas de masas de soldados indefensos antes las nidos de ametralladoras o las baterías de artillería de los enemigos; y otra moderna, con los avances técnicos de la revolución industrial al servicio de la salvajada bélica habitual: ametralladoras, aeroplanos, submarinos, cañones de largo alcance, tanques, tanquetas, gases tóxicos y otras armas letales que provocaron la mayor masacre hasta entonces conocida. Al final del conflicto el número de muertos ascendió a casi diez millones de combatientes y una cantidad superior de civiles. Pero el inconcebible poder destructor de las armas permitió el avance vertiginoso de la medicina, cuyos logros salvaron a heridos con mutilaciones terribles. Por otra parte, aquella guerra de consecuencias apocalípticas acabó con lo que quedaba del ancien regime, pulverizando imperios tan sonoramente evocadores como el austrohúngaro o el otomano, propiciando la revolución rusa y el avance mundial del comunismo, así como el asentamiento de un capitalismo feroz y el inicio de los conflictos coloniales. La victoria fue mal gestionada por la Entente, o sea, los vencedores, que no cerraron la puerta definitivamente al horror de la guerra, sino que la dejaron entornada, de modo que veintiún años después entraría por el umbral no clausurado el mismo monstruo más desarrollado y destructor.

Cuando vemos filmaciones y fotografías del inicio de la Gran Guerra nos conmueve la euforia de los dos bandos alborozados, como si de una celebración se tratara. Los soldados marchaban al frente con uniformes carnavalescos de guerra decimonónica, completamente vulnerables a las balas de gran calibre y los obuses de la metralla. Pocos intelectuales, muy pocos, fueron clarividentes y avisaron de lo que iba a suceder: que la guerra sería una gran carnicería y llegaría a prolongarse durante cinco años. Incluso escritores y poetas celebraron la guerra como quien asiste a una fiesta. Véase el ejemplo de algunos poemas de guerra de Apollinaire, precisamente una de las víctimas ilustres del conflicto. El autor de Caligramas, como tantos otros escritores, cantó la guerra con un esnobismo extremado y peligroso, y no lo hizo por patriotismo, sino como estética. Pero Apollinaire fue al frente y conoció las trincheras, y precisamente en 1916 la esquirla de un obús le horadó el cráneo. Como consecuencia de esta herida moriría dos años más tarde.

A los pocos meses de iniciarse la contienda, las matanzas se sucedían sin tregua y poilus franceses, boches alemanes, tommys ingleses, mitakeres italianos y jóvenes soldados de otras nacionalidades enfrentadas conocían el pánico de la nueva guerra y se convencían de que no era nada glorioso batallar encajonados en las sucias e indignas trincheras rodeadas de alambres de espinos y concertinas, anegadas de agua corrompida, ceniza, barro y excrementos, teniendo que soportar la presencia abundante de ratas, piojos, chinches y otros parásitos. Los combatientes perdían el entusiasmo inicial cuando veían pueblos arrasados, cuya población sobrevivía hambrienta y aterrorizada, y muchos de sus compañeros de armas morían despedazados por un obús o eran heridos de gravedad pasando a formar parte de esa cofradía de supervivientes fantasmagóricos llamados guelues caseé (véase el célebre filme de Abel Gance J’acusse), o de los miles de mutilados y tullidos que vagaban por los pueblos y ciudades de la retaguardia. La desilusión, la terrible soledad, el miedo, el hambre, las enfermedades y el desarraigo fueron haciendo mella en los combatientes de todas las potencias enfrentadas. Y en 1916, año en el que están ambientados los relatos del libro que presentamos, se sucedieron las batallas más largas y sangrientas de la Gran Guerra: Verdum y El Somme, convirtieron a Europa en un inmenso matadero.

De todo ello hablan los cuentos de Jesús Zomeño, pero no son, como veremos, relatos bélicos. La guerra aparece con su infernal contexto como decorado de fondo, pero es la cotidiana lucha por la supervivencia de unos personajes sin ardor guerrero, completamente desencantados y expuestos a una deriva cruel física y psicológica, el verdadero leimotiv de este libro. La escenografía bélica sirve para resaltar la conducta espantosamente humana de unos personajes al borde del precipicio, dispuestos a sobrevivir aún a costa de las peores vilezas exhibidas sin pudor ni alarde, con espontaneidad unas veces, con calculada frialdad otras. Hay mucha literatura, y buena, sobre la primera Guerra mundial: yo gocé y me espanté leyendo durante mi adolescencia tres libros que despertaron mi fascinación por este conflicto global: París bombardeado de Azorín y Los cuatro jinetes del apocalipsis y Crónicas de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) del olvidado Vicente Blasco Ibáñez. Ya en mi juventud leería el objetivo y glacial Tempestades de acero de Jünger, el sarcástico El buen soldado Swejk de Jarsolav Hasek, los antibelicistas Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque y Adiós a las armas de Hemingway, los perturbadores El miedo de Gabriel Chevallier y Johnny cogió su fusil de Dalton Trumbo, y el cínico y escalofriante Viaje al fin de la noche de Celine. También leí con profundo interés los poemas sobre la guerra del suicida austriaco Trakl escritos al comienzo de la contienda, y los primeros poemas italiano Ungaretti (solía decir que había nacido como poeta en las trincheras). Hubo muchos grandes escritores que participaron en la Primera Guerra Mundial y nos dejaron testimonio de sus vivencias en novelas, cuentos, poemas, autobiografías, memorias y diarios; estos que he nombrado y otros, como Robert Graves, Henri Barbuse, E.E. Cummings, Lowel Thomas Jackson, Thomas Edward Lawrence, Siegfried Sassoon, Mijaíl Shólojov, etc. Pero Jesús Zomeño, que probablemente haya bebido en las fuentes de muchos de los libros y autores nombrados, adopta en este su último volumen de cuentos, y en lo anteriores de la trilogía, una visión completamente personal del conflicto que asoló Europa hace cien años, pues un rango distintivo de la escritura que nos ocupa, como destaca Juan Carlos Lozano, es la capacidad para estructurar un mosaico formado por teselas de diferentes materiales. Jesús Zomeño cuenta la vida de sus desgraciados personajes, partiendo de anécdotas accesorias que suceden en el escenario bélico de las trincheras o en la retaguardia y que sirven para conectar con las zonas más abismales del ser humano.

De este pan y de esta guerra contiene, además, once sobrecogedoras ilustraciones de Miracoloso en perfecta sintonía con el tono pesimista y desolado de los cuentos. Recuerdan a las pinturas negras de Goya, a El grito de Edvard Munch y a los grabados de pintores expresionistas Como Emil Nolde, James Ensor y George Grosz.

En la mayoría de relatos predominan la primera persona y el monólogo y están ambientados en numerosas ciudades: París, Londres, Helsinki, India, Dublín, Moscú, Verdún, Viena o Madrid y en lugares concretos, como urinarios, paradas de metro, hoteles de mala muerte, trenes, iglesias y trincheras. Planteados de forma circular y con un final abierto, parten, como decía, de una anécdota que marca el desarrollo de la historia. Ejemplos: el reparto de naranjas a los combatientes poco antes de un ataque y lo que estas, a la manera de la magdalena de Proust, evocan en el personaje protagonista, quien, en un despliegue evocador, hace un repaso de su sórdido pasado. O el soldado atribulado por la necesidad de ocultar un queso que le ha regalado su familia, anteponiendo la preocupación por si sus compañeros y superiores descubren el queso al temor a la muerte en la batalla inminente. O el dramatismo grotesco de un soldado que, tras sobrevivir a un ataque y rodeado de muertos y moribundos y empapado en sangre, barro y mugre, busca ansiosamente un abrelatas porque se le resiste una lata de conservas. O el personaje que ocupa sus siete días de permiso subiendo y bajando escaleras, símbolo pesimista de la vida misma como epífisis (“Esta escalera no conduce a ningún lugar, nada en ella tiene trascendencia”, nos dice el narrador), mientras recuerda a dos personajes, con los que convivió en la trinchera, El cocinero siempre en vela Markus, quien imaginaba en las burbujas del puchero a los enemigos a los que aplastaba con una cuchara, y el carnicero Heinke, quien por orden de su padre fabricaba embutidos con las propias entrañas del ya fallecido progenitor. O el pobre diablo que trabaja recogiendo propinas en los urinarios más sórdidos de Dublín. O el psicópata-asesino que vive en Florencia y asegura no tenerle miedo a nada. O el atildado farmacéutico Florence Pascal a quien nadie obedece. Cuando muera de un disparo en la cabeza, dejara como único testimonio de su existencia una mochila en la que nadie, salvo el narrador, deparara. O los jóvenes que se ven obligados a alistarse para no sufrir el rechazo por deshonor. O el analfabeto de los dos dientes de oro, cuya distracción, matar a las ratas de su trinchera, le librará de entrar en combate.

Los personajes de De este pan y de esta guerra son tipos que han agudizado el sentido de supervivencia y se mantienen en la realidad gracias a ocurrencias insólitas, modestos anhelos y rutinas obsesivas. Se comportan como ángeles caídos, ángeles fieramente humanos. Así pues, no hay asomo alguno de heroísmo, no hay grandes hazañas bélicas, ni aposturas marciales. Ninguno de los protagonistas pertenece a clases sociales altas, forman parte tropa, la llamada carne de cañón, obreros en su mayoría arrancados de sus miserables trabajos para recalar en un lugar aún más miserable al que pronto se acostumbran, hombres en general nada ambiciosos, conformistas, apáticos, extremadamente sencillos, “Soy un hombre simple, sin muchas aspiraciones” dice el protagonista de uno de los cuentos. Muchos de ellos aceptan la guerra con resignación e incluso algunos se acomodan a ella. En este friso apocalíptico, la extrema realidad descarnada y cruel se nos muestra sin excesos ni énfasis, con la calma y la naturalidad con que dos amigos charlarían junto a una chimenea; pero debajo de esa apariencia trivial de normalidad envolvente se esconde la tensión del trágico infortunio provocado por una guerra absurda. Así, la trágica condición humana queda atrapada en una red inflexible de muerte y desolación de la que solo es posible escapar despojándose precisamente de los buenos sentimientos y las grandes creencias. Por eso en estos relatos no encontraremos valores solidarios, ni intentos de redención, ni especulaciones metafísicas, ni efusiones afectivas. No hay tiempo para ello, los personajes están en un escenario en el que cualquier descuido, distracción o debilidad sentimental puede costarles la vida. Para sobrevivir solo es posible estar en vilo, continuamente alerta, sin apegos afectivos, ni motivos para la esperanza. Los personajes de Zomeño solo son capaces de aferrarse a sus mejores recuerdos.

A pesar del clima pesimista que transmite De este pan y de esta guerra, la lectura no es un suplicio. Jesús Zomeño es implacable y descarnado, su prosa perturba al lector, pero también le causa un paliativo placer estético, dado que es densa, irónica –en ocasiones tragicómica- y tiene un aliento lírico. Juan Carlos Lozano escribe en el prólogo de este libro: “El fraseo y el ritmo de su prosa, ese lenguaje transparente a veces teñido por melancolía, son deudores de su capacidad poética. Algunas imágenes y la potencia expresiva denotan que el autor, en medio de ciénagas en las que podría hundirse fácilmente, sabe muy bien donde pone el pie”. Y Javier Puig dice en una reseña de este libro publicada recientemente en el blog Frutos del tiempo: “A veces, la tensión lírica que subyace vence y se proclama: lo que nos hace descubrir diversas inserciones poemáticas, frases que destacan como versos vibrantes que iluminaran los interiores de la realidad”. Estoy completamente de acuerdo con ambos. No obstante, alguien podría puntualizar que no es posible hallar lirismo en la fealdad, la abyección, la vileza y la miseria. Y sí, es posible, como demostró Baudelaire y todos los poetas que han seguido su estela. El fino poeta que es Jesús Zomeño asoma en estos cuentos a través de la precisión del lenguaje, las imágenes sorprendentes, los desenlaces abiertos, la intensidad rítmica, el humor ácido y la capacidad de mirar, porque Zomeño, a través de sus personajes, mira aquello que nadie mira. Y al mismo tiempo el autor es un excelente narrador que cuenta historias complejas y eficaces a partir de anécdotas triviales o descabelladas, con personajes tan reales que nos provocan compasión.

En definitiva, De este pan y de esta guerra me parece un libro envolvente de excelente factura. Habla de la Primera Guerra Mundial y concretamente del fatídico año 1916, pero también de la desconcertante condición humana en situaciones de desastre y de la vitalidad que surge en los lugares más arrasados por el dolor.

Por último, quiero añadir un dato importante: los nombres de todos los personajes que aparecen en estos cuentos pertenecen a soldados de la Primera Guerra Mundial que fueron enterrados sin ser reclamados por familiares o amigos. Este es el particular homenaje que el autor rinde a las víctimas olvidadas de la primera gran guerra del siglo XX.

Fotpgrafía de Juan Lozano Felices

Fotografía de Juan Lozano Felices

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