PARÁBOLA DEL HÉROE, por Francisco Gómez

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hands-918774_960_720 A mi padre Francisco Gómez Bermúdez

A los trabajadores de las residencias públicas para mayores de Onil y Elche

El héroe no tiene perfecta conciencia de que lo es aunque en su interior germinan semillas que le indican que está haciendo algo grande. Un leve atisbo de sus proezas que él mismo es incapaz de intuir entre la maraña de los días sucesivos.

Podríamos decir que es un tipo perfectamente reconocible entre los congéneres que transitan cada mañana por las aceras, como usted y como yo. Nada en su porte, en sus andares, en su mirada perdida, indica que estamos ante un ser que merece inscribirse en los anales de los días imborrables. Quizás el libro de arena tendrá piedad con su cronología.

Esta persona ha logrado el gran propósito de no vivir para él, enclaustrarse y fagocitarse en sí mismo, evitar el narcisismo incontrolable y abrir su vida al núcleo sobre el que nuestro héroe orbita. Un buen día se enamoró y fue correspondido. Tuvo el atrevimiento de casarse con la mujer a quien regaló su corazón y hoy pasados múltiples calendarios, el amor crepita en su ser de hombre en llamas.

Ya nunca más fue suyo. Completamente. Primero siguió la senda de su mujer, el mejor camino donde perderse y encontrarse en las revueltas de los sentimientos. Luego vinieron los hijos. La prolongación de él mismo, pero que no eran él, sino otros, personajes independientes de su historia que volarían algún día. La hipoteca le esclavizó al banco. El yugo que estaría pendiente de su cabeza hasta que un buen día que logró liberarse de ella. Pero él pensaba que aquella deuda esclava no importaba. Tenía algo que el dinero no podía comprar. El amor de ella, incondicional y permanente y la alegría de sus hijos en los parques, al volver del colegio, en los cumpleaños, en Reyes, los dibujos que le dedicaron. ¿Cuánto valen las alegrías regaladas al corazón?

Cada mañana madrugaba para trabajar como un currante más en un trabajo que le reventaba el cuerpo en las máquinas de La Legión, como a otros en el andamio, la fábrica, en el taller, tras la barra de un bar o con los ojos combustionados ante la pantalla del ordenador pero él no decía nada. Todo valía si lograba la felicidad de los suyos, el aprecio de sus compañeros de trabajo. La conciencia limpia de las cosas bien hechas esa jornada.

Su economía personal estaba en quiebra permanente. El sueldo semanal o mensual lo entregaba periódicamente a la reina de sus pensamientos y a él apenas le quedaba para echarse unas cervezas en el bar, a la vuelta del trabajo mientras comentaba las últimas proezas de las estrellas futbolísticas del momento. No disponer de parné en la cartera no le inquietaba. Tenía algo más poderoso que el sumo pontífice de nuestro tiempo.

Y era su amor por los demás que le hacía grande, muy grande.

Francisco Gómez

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