Pincelito de J.A. Muñoz Grau, por Javier Puig

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Pincelito portadaEn Pincelito, J.A. Muñoz Grau nos sumerge con maestría en el terror de la guerra civil española

La segunda novela de José Antonio Muñoz Grau, Pincelito (Lacre Ediciones. Madrid, 2016), ya no es una gratísima sorpresa como lo fuera Un republicano en la Orihuela del Señor, sino que es una feliz confirmación de todas aquellas virtudes primeras, aplicadas esta vez a una historia distinta, aunque ubicada en el mismo territorio, el de la Vega Baja alicantina, y en un mismo tiempo, el de la Guerra Civil. Si, en su primer libro, el personaje central, el que vertebraba las distintas y concurridas escenas, era un benefactor, Paco Ros Alifa, un hombre que imponía su bondad ante la resistencia de aquellos tiempos difíciles; ahora, el protagonista es un hombre altamente despreciable, alguien, que al socaire del clima de la guerra, se crece en su carácter violento y, con esa pistola que es una prolongación de los brotes de su insania, pasa rutinariamente a mayores. Por encargo o por febril apetencia, se dispara en una numerosísima sucesión de crímenes que lo harán temible y despreciable hasta para sus propios correligionarios.

Una de las diferencias de Pincelito con la anterior novela de Muñoz Grau es la de que, en aquella, la historia estaba dividida en sesenta cortos capítulos, mientras que aquí nos encontramos con un relato que, salvo en su última parte, no es lineal, sino que se forma con el cruce de diversos segmentos, con lo intrincado de distintos planos temporales. La novela se mueve así con un dinamismo que no decae, aun a riesgo de exponer al lector poco atento a una posible confusión en algunos muy determinados pasajes.

Al hilo de los acontecimientos, el lector va penetrando en las circunstancias de aquel tiempo, en la cotidianidad de un vivir trastornado por una convivencia fratricida. El relato pretende ser exhaustivo, y lo es; poner el foco en las diferentes manifestaciones de aquella sociedad, y lo logra. Nos acerca a eventos muy representativos de la época, como la actuación de Celia Gámez en Orihuela, una corrida de toros, con la plenitud su ambiente, o a un juicio colectivo sumarísimo.

El mayor mérito que encuentro en la prosa que Muñoz Grau desarrolla en sus novelas está en su maestría para los diálogos y en esa narración tan certera y musical, con toques humorísticos que atenúan la dureza del relato, y que se nutre de un estilo muy libre, original, eximido de gastados formulismos. Busca siempre la sensación de espontaneidad, enfatizando la viveza de cada tránsito. Además, la narración, sin que se aprecien inserciones forzadas, sugiere un conocimiento documental muy amplio de la época y el lugar en los que se desarrollan los hechos.

Como en la anterior, esta novela tiene una vocación claramente coral. De hecho, su protagonista, Pincelito, aparece de forma muy sucinta y desperdigada en las primeras cien páginas. Y, sin embargo, la oscuridad de ese campante personaje está presente en el fondo de muchas escenas en las que no interviene, o en las que está momentáneamente minimizado, como si fuera la latente composición de un escenario siniestro. En cada instante de esta historia está presente el terror como estrategia bélica o como forma de padecer una realidad asfixiante. La narración actúa como una crónica que se adhiere a los protagonistas desde las perspectivas que promueven una perplejidad carente de moralismos o ingenuidades. No se complace en ninguna condescendencia, en contemplaciones puras, sino que avanza en una ineludible y sucia inmersión que retrata todas las bajezas. El tono se ajusta a una realidad muy viva, muy del pueblo, con unas voces que reflejan la mente de aquellos hombres y mujeres que nos introducen en un mundo ajeno, nos inmiscuyen en otros días, aquellos en los que nosotros no sabríamos vivir.

El primer capítulo se enmarca en la población de Redován. Las familias en las que se pone el foco pertenecen al bando nacional. Son las primeras semanas de la Guerra Civil. Los paseos están a la orden del día. Los organizan los republicanos. De Benejúzar llega, el que muy probablemente es, el más terrible de la zona, un tal Pincelito. El narrador nos muestra sin tapujos el modus operandi de esos descerebrados. Nos informamos de sus trágicos efectos acercándonos a unas sencillas familias de esa población. Y, entre esos personajes representativos del pueblo atónito por la cruel dinámica que ha adquirido la vida, encontramos un hombre que piensa más, una mirada elevada sobre la ofuscación. Es la de Federo. Su voz es lo más parecido a una toma de postura de un relato que se resiste a tener una mirada parcial, un mensaje reductor; y esa visión ecuánime es uno de sus grandes méritos. Pero Federo sería la conciencia menos contaminada, el punto equidistante entre dos locuras que se enfrentan sin saber que van contra sí mismas.

Buena parte de este capítulo transcurre bajo una tormenta. Esta actúa como un personaje envolvente que marca el rigor y la trágica solemnidad del tiempo que se vive. “Esto es una tormenta de…de odio; parece agua pero… ¡ya me gustaría a mí que solo fuese agua!”, dice uno de los sufridos personajes. En los dos capítulos siguientes, seguiremos las evoluciones de Pincelito, lo conoceremos más ampliamente: sus inicios como matón, su detención, su fuga, su reingreso en la cárcel, su ejecución.

En la seguridad del ámbito familiar, Federo dice sus verdades necesarias: “Todo el que mata es un criminal, ¿me oyes? …Odio los catecismos y las banderas que necesitan de la sangre para explicarse”. Las puede pronunciar porque está entre quienes lo quieren, entre aquellos que no se disparan contra la inoportunidad de sus afirmaciones. No se calla: “No puede haber libertad si antes no hemos aprendido a pensar”. Y le responden: “A veces usted me da miedo. Si lo oyeran…dirían que es usted un rojo”. Y Federo le espeta a quien ha osado decirle lo que los otros también piensan: “¿Y por qué crees que con los rojos tengo tantos problemas? ¡Pregúntatelo! Que esa pregunta son muchas respuestas…” Y, cuando los demás se reafirman en sus urgentes y compartidas verdades, les dice: “¿Motivos? Nunca hay motivos…Lo de estos es una revolución. Eso sí, una revolución con cunetas. Y lo vuestro, vaya por Dios, lo vuestro es mucho más trascendente: una Cruzada, una Santa y Gloriosa Cruzada”.

Cuando Federo habla del criminal en el que los suyos ponen la estrechez de su mirada, no se olvida de contraponerlo al que pertenece al bando antagonista: “¿Hacemos memoria de todos los muertos que lleva Pincelito?” Y añade: ¿Qué diferencia hay entre ese criminal y el Barón de la Linde, por poner un ejemplo? “En una guerra, cada uno tenéis vuestras razones. ¡Pero que nadie me pida que las entienda!” No ignora el terrible equilibrio de lo dañino: “El discurso de la política o de la Iglesia, que a mí me suenan a lo mismo…Los dos pretenden obediencia absoluta. Y el futuro, que yo no lo veré, es la libertad.”

A lo largo de la novela, encontramos que las mujeres tienen un papel distinto al de los hombres. Sufren mucho, a su modo más silencioso, más íntimo. El narrador nos acerca con bellas expresiones al dolor de las madres, de las esposas. Ellas sufren, filosofan en silencio: “Dicen que el tiempo lo cura todo, pero… ¿quién, Dios mío, nos cura de estos tiempos?”, se lamenta Concha, entre los pucheros.

De Pincelito, dice el narrador: “Hay nombres que estallan en la boca como un infierno llamando a la puerta”. Este hombre pequeñito, tan joven (había nacido en 1914), se ha convertido en el terror incluso de los suyos. Se nos habla de los trabajos que le encargaban en Madrid y en otras ciudades. Era un sicario, sí, pero más acá de esos trabajos que extendían el ejercicio de su maldad, no precisaba de ninguna indicación exterior para resolver el hambre de sangre que le pedía el cuerpo. Se nos muestra bravucón, pendenciero, procaz, arrollador, machista, obstinado, mujeriego, burlón, con una gran capacidad para el odio. Tras abatir a sus víctimas, se meaba encima de ellas, humillación que había sufrido antes de un guardia civil que le había dado una paliza, lo que podría haber sido el detonante de su terrible carrera vengativa. No era un soldado, era un monstruo. Era un terrorista. Como dice el lúcido Federo: “Viven de nuestro miedo. Sin miedo no existiría ninguno…ni Pincelito”.

Varias escenas describen vívidamente el silencio aterrado tras las ventanas, tras los visillos, cuando, fuera, en la calle, los violentos campan a sus anchas, cumplen con sus asesinas cobardías: “Persianas con el susto detrás de la oreja, balcones hacia dentro, ventanales que se cierran con retranca y bocas de lobo a pleno sol”. Como muy bien se dijo en la presentación del libro que tuvo lugar en la Lonja de Orihuela – por parte de la magnífica y admirativa intervención de José Ruiz Cases, Sesca, y de los apasionados comentarios del autor -, este libro es muy rico en imágenes, de tal manera que esta novela, como la anterior, Un republicano en la Orihuela del Señor, podrían llevarse al cine. Pero, como también muy acertadamente dijera Sesca, esta novela es un homenaje a la palabra, y así me lo parece también a mí. No hay frase que resulte rutinaria sino que todas buscan una pertinente y armoniosa brillantez. Pincelito es el retrato de un personaje funesto, cuyas acciones asesinas fueron propiciadas por el entorno bélico que le tocó vivir, pero también de una sociedad nublada por la sinrazón. Leer este libro es trasladarse a un tiempo distinto, sumergirse en el verídico y detallado terror que termina venciendo al potente paliativo de una prosa admirable.

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