DIARIO DE 2007 (XII) por Javier Puig

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elisabeth kubler ross

7 de julio

“El que quiera estar de buen humor que haga pocas cosas”, frase de Demócrito que cita Marco Aurelio, y que yo secundo, como nunca, en días como estos de cansancio infinito. Aunque es verdad que, en tiempos más benévolos, no comparto esa peligrosa predisposición sino la de estar activo; eso sí, sin agobios, sin superposición de tareas.

12 de julio

El viernes pasado, en el Fnac, en uno de los muchos estantes de libros que revisé, se me apareció, cruzado, provocativo, un pequeño libro que tomé para hojear y que pertenecía a un poeta de no me acuerdo de qué nacionalidad centroeuropea. Era una novela, de la que, en la contraportada, se decía que poseía una prosa exquisita –que es lo que se suele esperar de un poeta, aunque a veces los excesos la desgracian-, pero lo que me llamó más la atención fue el tema. El argumento trataba de la relación entre un maestro y su discípulo, con la particularidad de que el maestro había llegado a una edad en la que – en lugar de rozar ya la absoluta sabiduría- había experimentado, en los últimos años, un fuerte retroceso, hallándose en esos momentos en un proceso de degeneración y de nihilismo. El encontrar ese libro –del que no recuerdo el título, ni el autor, ni la editorial- me pareció algo mágico. Al leer la sinopsis, sentí que era un mensaje que me estaba destinado, como una advertencia. No compré ese libro, tal vez para que lo mágico subsistiese, para que ninguna ulterior prosaica lectura diluyera tal revelación.

Ayer, en Barcelona, viendo el documental sobre Elisabeth Kübler-Ross, otro signo. Se le reprochaba a esa mujer –que tantas veces había ejercido de ayudante para el bien morir de los otros- el que no fuera capaz, una vez llegada a una situación final de parálisis, de administrarse ella misma sus remedios. Relataba esta psiquiatra y escritora que había sido muy rebelde toda su vida y que, ahora, postrada en la cama, también se rebelaba contra esa situación. Pero luego conoció a un tal Joseph, el cual, durante sus últimos años, ejerció de maestro con ella. Le indicaba que debía ser más paciente, y, finalmente, que dejara de sufrir, es decir: que se rindiese. Viendo esto recordé que, efectivamente, esa puede ser una vía ante situaciones en las que no se puede ganar y que también Marco Aurelio – que releo casi devotamente en estos días – decía algo parecido, algo que da mucha rabia aceptarlo pero que puede ser la única solución cuando resulta estéril cualquier grado de lucha. Lo que ocurre es que no es lo mismo perder ante la Vida que ante alguien concreto, porque consideramos que esa personalización es un muestra no significativa de la inmensa existencia, que ese alguien es un soldado de la injusticia, un representante del horror, y no un infinitesimal punto del Todo, un personaje más que representa el variopinto y amplio sentido de nuestra trayectoria vital.

15 de julio

Acabo de leer, en el muy interesante libro de Daniel Goleman, Inteligencia Social, que son más importantes las maneras de decir algo – la sonrisa, la cordialidad – que lo que se dice, que puede ser incluso una muy fuerte crítica. No sé por qué, me he acordado de la imagen de algunos vendedores que se han cruzado momentáneamente en mi vida –trajeados, repeinados – que interrumpían su tristeza, su hastío, su decepción vital, con una sonrisa profesional y un tono de voz que los hacía peligrosa y estúpidamente persuasivos.

También me ha vuelto a venir a la memoria la imagen de un compañero con el coincidí en una reunión en Valencia, que siempre me acude como ejemplo de demostración de la negatividad que puede irradiar una persona. (Al poco tiempo, supe que se había ido de la empresa; estaría muy harto en esa época y no hacía mucho por disimularlo).

Dicen que es más agradable un ser sonriente que otro con buenas palabras y acciones. Tal vez, eso me afecte a mí en las dos direcciones. A mí me verán excesivamente serio, parco en gestualidad amistosa, y resultarán insuficientes mis cortesías, mi lealtad. (Hay quienes sí las valoran. Hay sensibilidades para todo). Yo, por el contrario, valoro más las acciones verdaderamente justas y solidarias que las palmaditas en la espalda. Algunos criticarán mi reticencia a la promiscuidad social y otros valorarán mi retraída discreción.

En definitiva, la pregunta sería si me gustaría un mundo en el que todos sus habitantes fuesen como yo. Yo creo que sí; al menos, si lo fueran como yo lo soy ahora. Me sentiría más cómodo, y menos alerta, actitud que me gusta muy poco. De este modo, creo que incluso las peores facetas de mi carácter no necesitarían manifestarse, con lo que tendría relación con personas (mis reflejos) incluso más aceptables que quien yo soy ahora. Ahora bien, como eso no es posible, habré de aceptar la diversidad, las limitaciones, las decisivas influencias. Tal vez así me esté librando de cierto aburrimiento de falta de competencia, de estimulantes enfrentamientos y observaciones.

20 de julio

Estas vacaciones están siendo marcadas por los muchos kilómetros en coche, el sacrificarnos por los demás, pero también por las buenas vibraciones con las gentes que hemos conocido o con las que conocíamos ya. A pesar de tantos contratiempos, llevo cinco horas de tenis, algunas playas, el viaje a Barcelona, muchos hermosos paseos nocturnos con Sole y el maravilloso concierto de Wynton Marsalis.

23 de julio

Para mí, las fotos no son las personas. Ese retrato familiar que algunos ponen en la mesa de su oficina, a mí no me diría nada apenas. O sí, sería un recordatorio de la existencia de mi familia, recuerdo que apenas me acude en esas horas de laboriosidad a menudo estresante. Es lo mismo que me ocurre ahora, en vacaciones, que no me acuerdo y, si lo hago, me resulta difícil imaginar la oficina. Recordar en mi trabajo a Sole, a Marta y a Ana, incluso a mis padres, no me haría ningún bien, sino que sentiría algo parecido a observarlos desde el espacio de una prisión, desde la distorsión de una mente poseída por los requerimientos, por la inercia que, de todos modos, iba a obstruir mi ser más sensible. Cada cosa en su lugar, en su momento.

Tampoco comprendo mucho la posible efectividad emocional de observar en un retrato a un ser querido desaparecido. Los de mi hermano, de mis abuelos, apenas me hablan de ellos mismos. A ellos, los encuentro más en mi recuerdo, en determinados momentos compartidos, en algunas vibraciones que me dejaron huella para siempre. Sin embargo, un buen retrato de un desconocido me dice más, porque me habla del semblante de la humanidad esencial. O tal vez sea que habría que contratar a un artista que, de verdad, supiera fotografiar el alma de nuestros seres queridos, para poder visualizarla eternamente en unos rasgos profundos.

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