CUANDO CRUCÉ EL CIELO CON ADA SORIANO, por Fernando Pastor Pons

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Cruzar el cielo

En ocasiones, se tiene la suerte de conocer personalmente a poetas cuya sensibilidad nos toca en nuestro más profundo interior; poetas que unen, a una obra ya sobradamente asentada y reconocida entre la crítica, una forma tan hermosa de ser, que hace palidecer a esos otros tan pagados de sí mismos y de su propia egolatría y vanidad que muestran una disidencia absoluta con su obra y de los que, lo mejor que puede uno hacer, es olvidar a la persona y centrarse en lo escrito porque, la persona, apesta por sus bajos valores personales.

Pero, como digo, hay esas maravillosas excepciones y, sin dudarlo, la poeta Ada Soriano (Orihuela, 1963), que fue Premio Nacional de Poesía “Montesinos 2000”, codirectora de la revista de creación “Empireuma” y autora de poemarios como ‘Anúteba’ (Ed. Autor, Orihuela 1987); ‘Luna esplendente o sol que no se oculta’ (Ed. Empireuma, Orihuela 1993); ‘Como abrir una puerta que da al mar’ (BB.PP. Fernando de Loazes, Generalitat Valenciana, Orihuela 2000); ‘Poemas de amor’ (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010); ‘Principio y fin de la soledad’ (Cátedra Arzobispo de Loazes, UA, 2011) une al hecho de ser una excelente poeta la feliz coincidencia de una personalidad y carácter acorde con su poesía.

Es por ello que, al llegar a mis manos su último poemario ‘Cruzar el Cielo’ (Ed. Celesta 2016 – ISBN 9788494391033) me he regodeado en el poemario. Como el oso glotón con un panal, así he disfrutado ‘Cruzar el Cielo’. No sólo lo he leído repetidas veces sino que, además, gracias a una grabación que me enviaron de Ada recitando varios de los poemas en la presentación que hicieron de su libro en Orihuela, he podido releer aquellos textos a la par que escuchaba el recitativo lo que me ha permitido entrar un poco más en los recovecos de la autora y captar sus inflexiones, sus silencios, su respirar con cada palabra. Como digo, miel a mis labios adustos. Así que compartiré contigo, que has dado en tener el detalle de leer estas mis insípidas palabras, mi experiencia, mi sentimiento del poemario; no un análisis sesudo e intelectual que dejo a los críticos sino la visceral, la sanguínea que refleja lo que he sentido como lector y poeta; así que perdona de antemano la extensión, porque comentaré muchos poemas y, de los que no comento, no es porque no me atraigan sino porque reiteraría lo ya dicho en otros y por contenerme un poco (eso sí, poquito…)

No se cómo lo ven los críticos u otros poetas pero, para mí, el primer poema del libro me parece que debe ser como el primer párrafo de un relato, debe ser la trampa, el anzuelo, que enganche al lector. En ‘Luna de Invierno’ cuando arranca Ada con:

“Aquella vez estabas tan cerca que pude sentir
tu aliento gélido y contemplar la mirada irónica
de tus cicatrices”

inicia con tan buen oficio el poemario que uno se relame con epicúreo placer; y luego:

“Quedaste atrapada entre los brazos de un árbol
y lo nombraste rey ante los desolados cañaverales
Así, encajada, parecías distinta.”

Esa figura, esa imagen poética y fotográfica, de la luna brillando entre las desnudas ramas del árbol, es bellísima y me conmueve; y el “encajada” que tan bien refleja y fortalece la figura del primer verso completa un inicio exquisito que se completa con esa referencia a la mítica Avalón celta que nos traslada a tiempos y lugares indefinidos, oníricos, épicos y dice: “querrían para ellos el aroma / de tu cuerpo afrutado”, lo que me devuelve a otra imagen bellísima del amor cortesano y a la ligereza de un verso lleno de sensualismo y erótica (¡eso también!) Un poema bellísimo.

No menos bello me parece ‘Rocío del Mar’ con esos paralelismos entre el mar, las olas y la espuma y el amor “vertiendo en su extensión rocío” que menciona en I; o cuando en II hace ese paralelismo tan hermoso y sensual con la espuma, las algas, el caballito de mar y, finalmente, ese alumbramiento del sol, hermoso retoño de un amor prohibido; en III me parece muy bella la imagen de la mariposa sosteniéndose en su agitada fragilidad; y en IV, por fin, esa ceremonia, esa procesión de los animales, a modo de corolario, podría confundirte y parecer el final de ‘Rocío del Mar’ error que no ayuda a evitar el que V y VI estén en la contra página pero, entonces te encuentras con:

“Hay un momento en que la luz comienza
a desvestirse, al igual que la llama no sobrevive a la vela”

que me vuelve a extasiar y lo leo y lo releo y lo subrayo con el lápiz y lo vuelvo a leer y pienso “¡qué imagen más bella!” y acabo “en la melancolía que destilan los ojos de la luna” y mi corazón se llena de esa melancolía que tantas veces he vivido como vive la casa que menciona la poeta; y ¡qué decirte de VI! con:

“…esa nube que se arrastra con cautela imitando el paso de la /culebra,
y se acerca a la luna y la rodea con su forma de cinta.
En su aparente quietud acaricia el cuerpo desnudo…”

donde se crea una tensión lírica tan penetrante, es una imagen tan expresiva y tan bella que resulta ¡de nuevo! sensual e intensa y me hace percibir mi epidermis y expande un sentimiento de placer y gozo en mi pecho. Ya sé que suena exagerado, pero es lo que hay; es lo que siento con su lectura cada vez que lo retomo.

En ‘El Beso’ ese “Tus labios y mis labios desnudos encontrándose” del inicio siguen marcando, a mi modo de ver, una línea conductiva del poemario. Es un verso bellísimo que me retrae a nuestro barroco por su construcción y me vuelve a hacer suspirar con emoción. “Mi boca bebe de tu boca o Mis labios y tus labios inmersos en su creación, / se alejan del mundo” son versos que me producen iguales sensaciones por su belleza y porque no sigue caminos trillados de la poesía amatoria.

De ‘Venus Cabalga Sobre el Arco de la Luna’ no hablaré mucho porque me magnetiza demasiado y esa sensualidad, usada para expresar tres cosas diferentes, desde la propia figura poética de Venus y la luna, la de la labor creativa del artista o la del amor físico y animal, me parecen de un nivel creativo altísimo y de una tensión sensual tremenda. Me encanta.

En ‘Ceremonia Interior’ me hechiza esa imagen del colibrí como violentador (digo bien al usar una palabra no aceptada por la RAE), consentido o no, de la fragilidad de las corolas de la flor y esa declaración de individualidad del “Sólo yo soy dueña de mis cataclismos.” que es un grito de esta excepcional poeta revelándose contra el mundo, contra la sociedad que la oprime y que la encorseta y juzga por ser eso que nos hace únicos, que es la humanidad y que implica el ser contradictorios, el ir contra nosotros mismos, el cometer acciones que no queremos que sean conocidas por los demás, etc.

En ‘Mariposas’ me embruja toda esa descripción del proceso. No sé si se trata de un paralelismo o es meramente descriptivo porque cuando dice “La princesa, recluida, crece dentro de su torre…” a mí me trae a la mente el propio yo de la poeta, recluida en sus propias maldiciones, en sus monstruos. No se si es así o me equivoco pero, sea o no sea, me encanta su “Rozar el cielo es su ambición. / Conseguirlo, un desafío” y me suena muy personal. ¡Ah! ¡Y ese sol ayudando como comadrona, bella y acertada imagen de la que congratularle!.

En ‘Una Tarde de Primavera’ me ha atraído el juego de palabras con amor, Omar, Mario, mar y río y ese bello:

“Morir en ti bajo los pilares de tu cuerpo
morir en mi ocupando mis espacios”

En ‘Te Amo’ que me parece una Declaración formal de sus amores, disfruté con ese argumentario de porqués y cómos de sus filias.

De ‘La Espada del Arcángel’ me atrajo esa “satanidad” que nos atribuye Ada al hacernos hijos del “deslenguado, el lascivo, el lujurioso” aunque no es mi poema favorito por sintonía personal, por temática, no por ninguna otra razón, no deja de parecerme excelente.

En ‘Agorafobia’ me gusta ese arranque con “Cuando el viento arrecia con aullidos de lobo / el viento se apelmaza” me parece una expresión muy agraciada y muy acertada; al leerlo, te parece escuchar esos lobos aullando en la lejanía y la imagen se ha fijado en la mente ya de forma definitiva.

De las descripciones de ‘Viaje’ me atrae especialmente la de esa roca que, “saciada, le devuelve el agua espumosa” y me queda la pregunta en cuanto a qué ciudad se trata; me magnetiza la descripción.

Otro hermosísimo ‘Carpas en el Río’ donde la prosopopeya de “El río se ha resignado a vivir entre paredes de cemento” o las metáforas de “Reptil que arrastra una capa de fango, / lazo que cruza la ciudad con ritmo pausado” me parecieron muy sugestivas y volvieron a hacerme parar y releerlas varias veces. Y luego ese:

“Hay restos de naranja flotando en la superficie.
Toman el sol, aun sabiendo que perdieron su virginidad.
Ya no recobrarán su tersura.
No alumbrarán los cestos de mimbre.
Ahora son un festín para las carpas hambrientas…”

Ese paralelismo con la virginidad me empuja a entender que las naranjas flotando son las personas que, perdida la inocencia, caen en manos de los devoradores, las sanguijuelas sociales y emocionales que nos absorben. Seguramente, uno de mis favoritos.

De ‘Hacia la Concreción’ además de ese ubi sunt que revuela por el poema (tema que siempre amo y al que soy adicto) llegados a versos como:

“Quedaron lejos las diosas, en sus altares,
sin celebrar la dignidad de lo cotidiano”

y ese “No se ama cuando se hurga en los contenedores de la fama” me hicieron meditar sobre lo que refleja el poema y las preocupaciones que plantea.

De ‘Una Ciudad del Sur’ me encanta ese “Piedras blancas como ovejas dormían / sobre la aspereza de las montañas” y uno se pregunta si habla de Sierra Nevada, si habla de El Albaicín o de otro onírico paralelo; o esos autobuses “dejando una estela de rojo londinense” o cuando afirma “La puerta del paraíso está abierta: una ciudad sometida a otra ciudad” son imágenes e ideas que me hacen especular; releo los versos y me embeleso con la descripción de esos micros granadinos o, me pregunto, si esa puerta del paraíso que está abierta es la que conozco de acceso a la Alhambra, cerca de Plaza Nueva; o esos “leones estáticos durante siglos” que te miran o te rehúyen la mirada, beodos, hastiados de beber y llenos de odio; o la visita a la casa de Federico, parada obligada para los que amamos la poesía; y por fin, ese volver a “aquellas piedras blancas, con su disposición de ovejas” que son el corolario del poema y de las que, cuando dice:

“Conservaban la pureza de no haber sido
manipuladas ni estudiadas”

no podía evitar al recordar que en ‘Carpas en el Rio’ Ada nos habla de otra pureza, virginidad, en ese caso perdida, que es la de las cáscaras de naranja, esas mondas que flotan en las aguas.

En ‘Atardecer en una Plaza’ me llamó enseguida la atención dos versos:

“Farolas de luto la escoltaban.
Soldados de la guardia real al servicio de los viandantes”

Agraciada metáfora con esas filas perfectamente alineadas como militares de gala en día de desfiles. “El tiempo es un ogro que peca de gula” para expresar la brevedad de la vida y la rápida transición de las eras y que “se va devorando a sí mismo” y ese “pisando a la inversa” que expresa el regreso sobre tus propios pasos de forma tan acertada.

Me imagino que ‘Cruzar el Cielo’ es un poema importante para Ada pero no está entre mis favoritos; aun cuando me llaman la atención algunos versos, como los que dicen:

“Comenzaste temprano la tarea de asomarte al vacío
y a la blanca condición del folio ”

Y ello porque, en mi propia poesía, siempre hablo de ‘el papel virgen’ al referirme a esa sensación de vértigo del creador. Me gusta mucha la imagen porque es poderosa y retrotrae a esa sensación de vértigo, de mariposas en el estómago. También, “…tu orfandad fue el principio de tu nueva ideología” o cuando dice “…el dolor es un espacio sin contornos” que me obliga a detenerme y a releerlo, a masticarlo y decirme: “Si. Es eso; es así”; o cuando dice “…El mar es el aliado perfecto para quien sabe de temores” porque a los que somos costeros, ese verso no nos resulta descubridor sino cotidiano, imbricado en nuestro ADN.

De ‘Nonagenaria’ me encantan versos como “Ha decidido prescindir del futuro y vivir con su pasado” que refleja esa condición, no sólo de los ancianos sino, en casos como el mío particular, un locus amoenus del propio ubi sunt. Así cuando dice “toda una memoria guardada y precintada” me parece una pulcrísima manera de expresar esa condición de embeleso en que nos refugiamos; además, me crea una cierta tristeza cuando dice:

“Todavía es consciente
todavía hay belleza en ella.”

y me hace preguntarme si la belleza es algo emanado de la mente, de los recuerdos y de la conciencia. En fin, bello; muy bello.

En ‘El Despertar de la Memoria’ ese desdoblamiento que hace Ada o, como he expresado yo mismo en mis poemarios, esa consciencia superior, lo o la consigue cuando vuelve a usar para sus metáforas las acequias y los cañaverales que forman parte, también, de mis recuerdos de infancia y juventud (soy más almeriense que madrileño pese a haber nacido capitalino) y las menciones a las acequias y los cañaverales, mecidos a la brisa, contoneándose, vibrando, engrandecen mi corazón y me traen muchas nostalgias del mi pasado. Dice Ada:

“Y me hallé de nuevo en aquella casa
con su escalón de siete pulgadas”

Mientras que yo digo:

“El viejo caserón sigue allí tenso,
pero no dice nada: nunca lo dijo.
Siempre fue un silencio profundo en mi interior.
Un galimatías de esperas muertas
entre un viaje y otro”

O, en otra ocasión:

“Pervive aún la vieja pensión cutre
en la que un día durmiera,
por vez primera, en tu regazo:
La puerta carcomida y repintada,
la empinada escalera,
la negrura interior y el vapor del olvido;”

Y entonces creo entender ese sentimiento de la casa con su escalón de siete pulgadas porque Ada recrea mis propios recuerdos y retrae dulzuras olvidadas hace muchos años. Así nos cuenta que:

“Recuerdo la vieja escalera
la que conducía al altillo, donde yacía”

¡Cuántas soledades me traen esos versos!¡cuánta nostalgia y cuánto daño por la pérdida de esa aetate aurea!

Llegando a ‘Vuelta’ debo decir que me parece un hermosísimo homenaje. No tengo memorias de mi padre que murió siendo yo un recién nacido pero me gustaría que así fuesen los recuerdos que mis hijos tuvieran de mí.

“Vuelve a cantar la de El Bardo, papá,
la de El Bardo”

Es como un acorde de viola o chelo, largo, majestuoso, nostálgico y doliente.

En fin, espero no haberme pasado con la extensión. Si es así, querida lectora o lector, disculpa mi entusiasmo pero la culpa es suya, sólo suya, por crear este poemario tan pulcro, tan acertado, tan bello, que destila tantísima lírica. Podría seguir dándote pinceladas de cómo lo he sentido pero creo que ya he dado pinceladas de más; sólo decir que “Cruzar el Cielo” estará en un lugar especial de mi biblioteca y de mi corazón y que recomiendo seriamente que lo busques (te he puesto hasta el ISBN al inicio del tercer párrafo) lo consigas y disfrutes de esta voz privilegiada de la poesía levantina y española. No debes perdértelo.

@Fernando Pastor Pons 2016Pastor Pons, Fernando 006

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