DIARIO DE 2007 (XIV), por Javier Puig

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Smokin room10 de septiembre

Estaba esta tarde en el apeadero de Elche-Carrús, esperando largamente el retrasado tren de Orihuela, en el que venían Sole y Ana. Deambulaba yo por un extremo del andén, por un suelo que tal vez nunca hasta ahora había pisado en ninguna de mis más de setecientas u ochocientas comparecencias en esa estación. Miraba las paredes sucias, el aspecto de cuarto de máquinas de ese extremo del andén, contiguo a la salida pero desviado del cercano tránsito peatonal.

Me aburría. Me acordaba de esos presos –especialmente los secuestrados en un ínfimo zulo- que, cuando salen a la incierta libertad, declaran que sobrevivieron gracias a una estricta estrategia de disciplina mental y gimnástica que los hacía escapar de la ancha caída hacia el anquilosamiento y la desesperación.

Cerca de mí –de pie, estático- se hallaba el guardia jurado y, como me pasa mucho en los últimos tiempos –y me alegro por ello-, ha surgido un sentimiento de empatía en mí, y he pensado cuánto peor sería para él, que no tiene que soportar esto solo veinte minutos sino tal vez muchas horas. He pensado en lo mortalmente cansado que me sentiría yo en esa postura de pie que tan poco soporta mi físico, y en lo infinitamente aburrido que estaría, a pesar de conseguir, en parte, alguna firme actitud de bien nutrida observación del paisanaje.

En esos momentos he logrado pensar alguna cosa interesante de la que no me acuerdo. No disponía en ese momento de un objeto útil, como un teléfono móvil que registrase mi voz. De tenerlo, para no asustar al personal, hubiera simulado una conversación que resguardase la seria creación de mi íntimo monólogo. Esto me hace recordar ahora los primeros tiempos de las casetes, cuando a veces registraba mi voz –allá por mis quince años- escuchándola después, apenas reconociéndola, asustándome de mi tono tétrico. Eran formas de soledad en mi habitación, el lugar donde yo existía sin tiempo.

11 de septiembre

Esta mañana –muy oscura todavía-, en la estación de Orihuela, al ver a un grupo de gente cruzar las vías para tomar un tren, me he sentido a salvo de estar comprendido en esa situación, libre de no conocer a nadie, de no tener que dar lentos pasos y pensar cautas frases que intercambiar, mientras escucho, tal vez simpáticos, pero superficiales comentarios. Y peor aún el seguimiento –que no he hecho, pero que me sé- de esa escena: los cinco o seis conocidos sentados en sus asientos, juntos, prisioneros de la duración preestablecida del trayecto, con la obligación de seguir hurgando en los propios archivos mentales para no caer en un silencio vergonzoso.

Lo que menos me apetece es esa aparente conjunción con conocidos con los que guardo poca afinidad, poco interés y, probablemente, demasiadas secretas divergencias. Igual que Séneca se alegraba, al visitar un mercado, de no necesitar nada de los numerosísimos artículos que había allí, yo también me felicito a veces de no necesitar compañías. Puede ser tenido esto como un gesto de autosuficiencia, pero es la realidad que, especialmente cuando estoy inmerso en el mundo tan poblado del trabajo, necesito poco la relación ociosa con otras personas, y que me reservo para la que pueda tener con mis seres más próximos o tal vez –muy de vez en cuando- con alguien que de verdad sea capaz de vibrar con alguna conversación, sea esta medianamente culta o limpiamente sencilla y sensible.

16 de septiembre

En un debate de CNN+, Nativel Preciado ha dicho una cosa que me ha encantado: “Un preso me dijo en la cárcel que entre él y yo no había apenas diferencia, que lo mirase como a un igual, ya que lo único diferente, lo que lo hacía estar a él del otro lado, era tan sólo un segundo de vida, aquel en que perpetró el delito que lo había conducido a prisión.”

22 de septiembre

Lo que más añoro en el veraneo son buenas sesiones cinematográficas. Iríamos a algún cine, pero lo que ofrecen las multisalas, salvo en algunas pocas pantallas de las grandes ciudades, suele ser pueril o manifiestamente subnormal. Hay que ir a Barcelona o a Madrid. Entre La 2 y los canales de Ono uno puede ir conservando la fe en el cine, prolongar esos amplios disfrutes que iniciara a mis diez años, cuando me sentía atrapado por la antigua pantalla de televisión en aquellos ciclos de los martes, en los que se programaban las grandes películas americanas de los años cuarenta y los cincuenta. Es curioso, pero no recuerdo, en aquellos tiempos, de ninguna emoción igual en ningún cine, tal vez porque a las salas iba conducido por mi padre, quien elegía películas supuestamente apropiadas para mí; pero, los James Bond y demás películas de aventuras no conseguían atraparme. Fue ya más tarde, a mis dieciséis o a mis diecisiete años, cuando empecé a ir por mi cuenta a los cines de estreno, a los de arte y ensayo, el momento en que renové, de forma más rica, mi pasión por el cine. Luego, durante épocas la he perdido, sobre todo por estar lejos de Barcelona y esperar en vano que se estrenasen películas que me seducían desde las críticas o anuncios leídos en los periódicos nacionales.

Estos días, en DVD, hemos visto dos películas muy interesantes. Smoking room me ha impresionado hondamente. Una de las cosas que valoro más en una película es que sea muy creativa, original, y no el producto de los mimetismos de moda. Resultan indignantes esas películas americanas actuales que calcan sus recursos narrativos unas de otras, una y otra vez. Smoking room es muy original, dentro de lo posible. Es verdad que contiene muchos elementos del grupo Dogma, pero, sin embargo, huele a autenticidad, a película necesaria. El guion es de los más perfectos que recuerdo. Los diálogos son de una verdad impresionante. El tratamiento de la cámara al hombro, con primerísimos planos, nos acerca íntimamente a los personajes, nos da la sensación de que estamos penetrando en ellos. Los actores hacen un trabajo prodigioso. La historia es muy reveladora, habla del desconocimiento, de la desconfianza en el otro. Relata perfectamente la intimidad psicológica –neurótica- de los personajes. Nos descubre, con valiosos detalles, el ambiente insano de una hermética oficina. Un sorprendente peliculón.

Ayer vimos Vete de mí, de un joven director español, Víctor García León. Una interesante película con una excelente actuación de Juan Diego y de Cristina Plazas. También interviene Juan Diego Botto, al que llaman mucho, pero a mí me gusta poco. Es otra de esas películas que narran historias muy corrientes, nada del otro mundo sino de este, mostrando los conflictos de relación, las frustraciones, las emociones diarias. Quizá hay un exceso en la prolongación de las borracheras del protagonista, que ocupan demasiados minutos, sin los necesarios contrastes. Pero tiene muchos aciertos, como es el discreto toque humorístico, los actores secundarios, el personaje de la novia del padre, el de la madre del hijo, el mínimo que hace Sazatornil. Las escenas intercaladas de la pésima obra de teatro resultan muy pertinentes. Una buena película.

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