NIÑO DE ELCHE: SALVAJE, por Andreu Cañadas, en Voces del extremo

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La Antropología Social es una disciplina que en sus inicios, desde finales del siglo XIX, se centró casi exclusivamente en el estudio de las sociedades que entonces llamaron ‘primitivas’. Hablamos de comunidades poco o nada capitalizadas en las que los investigadores occidentales no pudieron quedar indiferentes ante la diversidad de formas de trueque y don, sexualidades, chamanismo,  narratividad mítica.

Esa fascinación y reconocimiento en un Otro extremado es un movimiento que ha acorralado a la Modernidad casi desde sus inicios, como un síntoma inevitable. Múltiples escritores se lamentarían, ya desde el romanticismo, de la frialdad del mundo moderno que había abandonado el mito. Los vanguardistas partirían del “arte primitivo”. Weber habló del desencantamiento del mundo moderno; Freud encendió la caja de los truenos; Nietzsche había reventado el moralismo positivista y sus retoños postmodernos, harían el resto. Hasta la fecha, se han ido sucediendo las voces que han ido reconociendo esa parte impulsiva y común de lo humano que la cultura occidental había intentado dejar de lado sin éxito.

Dicha fascinación hacia ese Otro extremado que rompe las costuras de nuestros códigos no puede sino mantenerse. Ante la creciente comercialización de lo alterno convertido, por ejemplo, en producto turístico, ese impulso común sobrevive en rincones excepcionales dentro de amplios campos culturales como son el arte contemporáneo, el jazz, los cantes populares, el teatro, el arte callejero…

Hay que irse al extremo, tocar el caos y volver trasformado para contar esa parte irrenunciable de nosotros, imbuido en algo intempestivo. Alguien que ha vuelto y nos lo cuenta es Francisco Contreras, “Niño de Elche”. En su música, habla el pensamiento cortante que es el verso. Desgarra la jaula de hierro del Mercado y planta nuevas semillas con poemas de autores como Antonio Orihuela o Bernardo Santos. ‘Informe para Costa Rica’ sobre un poema de Antidio Cabal y pulso inquietante, nos avisa de los males que se rearman entre nosotros. ‘Han sido treinta años’, a partir del poema homónimo de Jorge Riechmann, nos recuerda la catástrofe de un Crecimiento irreflexivo en una especie de ‘day after’ atmosférico. ‘Que os follen’, con versos de José Luis Checa, no necesita ninguna explicación.

Estas canciones citadas forman parte del último disco completo de “Niño de Elche” titulado ‘Voces del Extremo’. El título supone un homenaje al festival de poesía homónimo que se viene celebrando anualmente desde 1999, organizado por Antonio Orihuela y que ha ido arremolinando diversas poéticas poco usuales que la crítica ha englobado bajo la etiqueta ‘poesía de la conciencia’.

Habla el Niño de Elche sintiendo la escisión que nos traspasa, creando mil ruidos onomatopéyicos que nacen de su prodigiosa garganta y pueden expresar el grito afónico del preso, el arrojo de la bestia, la destrucción o el miedo. Cuando menos te lo esperas, su voz vuelve al discurso poético entre graves de rave y agudos de cante, con una versatilidad y una firmeza melódica asombrosas.

La prodigalidad del guitarrista Raúl Cantizano acaba de transformar el flujo, instrumentista camaleónico que hace que sus cuerdas suenen como el delirio de una peña de cante jondo o como el traqueteo de una industria. Si hubiera alguien entre el público que no hubiera acabado de conectar con la orgía densa que plantea el Niño de Elche, si alguien quiere hacer como que no se acuerda del impulso colectivo que nos traspasa, queda la traca final: los pedales de efectos, ruideras varias y otros proyectiles sonoros, acabarán de suspender, aunque sea por unos minutos, el sujeto kantiano que llevamos dentro y que  – como apuntó Jacques Lacan – no puede vivir sin una proporción de Sade.

Nos aporrea y desmonta ver al chamán Niño de Elche encima del escenario cantando sus visiones, imbuido en trance y haciéndonos reconocer ese salvajismo común que nos traspasa y esa lucha contra quienes intentan tapar nuestros cantes, nuestras Voces del Extremo.

Texto: Andreu Cañadas Cuadrado
Fotografía: Demian Ortíz

 

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