DIARIO DE 2007 XV, por Javier Puig

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Siete mesas

29 de septiembre

Toda la semana se salda con mucho trabajo, estrés, pero, en medio de todo ello, buenas lecturas (Tristana, de Galdós; La buena vida, de Ayllón) y atentas, amorosas, perplejas miradas a los seres desfavorecidos, al chico que cada mañana coge el tren en Callosa bajo la tutela de su meritoria madre, que sobrelleva con dignidad la deficiencia mental de esa humanidad imprevista; y a otros seres que veo por la calle, de esos de los que luego alguna vez me cuentan que no tienen amigos, que no tienen pareja.

El lunes, en El Forjador, tuve una de esas visiones fugaces, de las que, de vez en cuando, me acaecen. A menudo dudo de su realidad, sospecho que esa imagen tan solo pueda ser un signo, un recordatorio o un anuncio de algo auténticamente importante. Lo que vi – o se me apareció -, mientras comía con mis compañeros, fue a una mujer que estaba sentada en una de las mesas próximas, una mujer joven, de un rostro grisáceo, nada bello, feo de una manera inimaginable, como un ser humano que tuviera un código distinto que hubiese que interpretar, como un ser humano que fuera otro desconocido animal al mismo tiempo, un triste y –ahí sí- bello animal.

Se levantó antes de que pudiera observarla más profundamente, se perdió en el interior del local y ya no la vi más. Su mirada era triste, como no podía ser de otra manera, e inmediatamente sentí a ese ser como a una prueba, alguien a quien es debido amar profundamente y no hacerlo objeto de burla, de peldaño para erigir la jactanciosa demostración de nuestra superioridad.

Curiosamente ayer empezamos a ver –el sueño nos vencía, el cansancio de otra fuerte semana- El año que vivimos peligrosamente, una película sobre la que tenía mis dudas, pero que, finalmente, me decidí a grabar. Y qué sorpresa la de encontrarme con un personaje interesantísimo, un enano que es un ser sabio, que dice ver el interior de las personas y que quiere ayudarlas a medida que se le presenten, excluyendo otras estrategias teóricas. Estoy deseando continuar con esta película.

30 de septiembre

El adicto a una ideología –ya sea esta social, política, deportiva o religiosa, por ejemplo- defiende hasta el ridículo lo indefendible, lo dudoso, lo cuestionable o lo falso. No quiere bajarse del burro, reconocer las limitaciones, las incongruencias, las injusticias de lo que globalmente está defendiendo. Cuando uno es simpatizante de algo –o incluso de alguien- y lo defiende y lo justifica en todos sus momentos, no puede dejar de sentir –aunque sea muy débilmente- que está yendo mucho más allá de lo que la honestidad –hacia los de más y hacia sí mismo- le permite. Sentarse entonces a revisar las propias consideraciones se hace una tarea incómoda, indeseable, supuestamente desestabilizadora, pero necesaria.

Me salen estas palabras leyendo el libro de José Ramón Ayllón La buena vida, libro que, bajo la engañosa apariencia de la ética, se me está colando, avanzando las páginas, como un libro de moral religiosa. Sin embargo, no por ello me está resultando menor el placer de su lectura, siendo la provocación de algunas de sus afirmaciones estímulo para la vocación discutidora que como lector me gusta prodigar.

Llegado al capítulo de La Providencia y el dolor uno percibe cómo el autor empieza a realizar complicadas y forzadas piruetas con tal de defender a Dios de todos los ataques, incluso de aquellos tan generalizados y naturales, como el de reprocharle su inmenso silencio ante el dolor y las atrocidades humanas.

La religión cristiana –aparte de grandes obras artísticas y, por otra parte, de innumerables, pasadas, actuales y futuras guerras, y otras influencias nefastas- ha aportado bellas sugerencias, actitudes dignas y formas muy profundas del amor. Pero también se ha quedado en las puertas de la explicación a muchas eternas perplejidades, puertas que pretende traspasables con dogmas, con fe y con éxtasis, cosas que nadie debería osar explicar y ni siquiera defender públicamente.

9 de octubre

Estamos viendo últimamente bastantes películas españolas. No de este año –que muy probablemente seleccionando solo uno habría muy poco que ver- sino de los últimos cinco o seis, o incluso retrotrayéndonos más en el tiempo, recuperando películas que fueron valoradas en su día y no vimos. Y nos gusta este cine –al menos lo mejor del mismo- . De hecho, se parece mucho al que se está haciendo en otros países: en Argentina (aunque con la ayuda de capital español casi siempre); o en Francia, por ejemplo. Tienden los cineastas de estos países a ofrecer películas modestas, honradas, realistas, sin escenas sorprendentes y memorables, pero con una sana insistencia en profundizar en las cotidianas vidas humanas, prevaleciendo claramente las emociones sobre la acción, los encuentros cercanos ineludibles frente a las búsquedas aventureras.

El sábado fuimos al cine en Orihuela, para ver Siete mesas de billar francés, de Gracia Querejeta, con Maribel Verdú y Blanca Portillo. Nos gustó. Tiene un buen guion que desarrolla muy bien una enriquecedora variedad de personajes. Los actores están muy bien elegidos y realizan una excelente interpretación. ¿Qué le falta a esta película para llegar al gran público? (Éramos 10 personas en la sala, en pleno sábado a las 19:30) Quizá, para empezar, un buen título. Una mejor promoción: su paso y sus premios en el festival de San Sebastián no son suficientes. Faltan chicos y chicas guapos, con glamur; coches bonitos (solo sale un autobús); pisos de lujo (los que salen son absolutamente vulgares); una aventura que resulte más atractiva, menos de andar por casa.

En las películas norteamericanas mediocres –actualmente, la inmensa mayoría- todo eso se da para deleite del espectador que se pasa la hora y media mirando muebles, coches, vestiditos y caritas monas. También les falta a las buenas películas españolas otro atractivo: no suelen ser violentas. La violencia tiene un público necesario en el que habría que pensar y darles su carnaza, para canjearla por los deseados euros.

También hemos visto, grabado de TCM, Missing, una película no precisamente de contenido pro americano, pero que tiene una factura y unos intérpretes que la hacen muy afín a la forma de hacer cine en ese país. Porque también hay buenas películas hechas allí. Cada vez menos, me parece. Babel es una buena película, claro que se beneficia de la presencia de actores archifamosos y de escenarios casi insólitos y un guion y dirección mejicanos. Missing es una buena película que también goza de un condicionamiento previo que la hace atractiva: la vistosa y dramática historia que cuenta, incluso la circunstancia de estar basada en un hecho real. Al espectador le gustan estas historias que lo reconfortan porque le hacen pensar que pueden ayudarle a conocer mejor la realidad mundial, y lo pueden hacer, además, de una forma convencida, sin dudas de planteamiento. En esta película está muy claro quiénes son los buenos y los malos. Solo hay un personaje, el del padre, que, en principio, se nos muestra como engañado y que, al final, abdica de sus convicciones y acaba viendo aquello que al espectador se le muestra desde el principio.

En la película de Gracia Querejeta no queda muy claro si hay buenos o malos. Hasta los peores personajes parecen perdonables, y mucho menos hay un enfrentamiento entre dos clases antagonistas de personas. Cada uno de ellos es complejo y se enfrenta a otros seres complejos también. Deciden tirar hacia delante, pero no tienen un camino prefijado, ningún enemigo que los guíe, sino que avanzan a tientas, a golpe de sentimientos.

La típica película americana es la reproducción de nuestras ensoñaciones adolescentes. Las demás películas –solo las que son buenas- representan la madurez, la valentía de ponerse irreflexivamente de un solo lado cuando las circunstancias no son apabullantes, el intento, siempre un poco frustrado, de comprender las relaciones humanas, la complejidad de la vida.

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