De sueños y entrañas, acerca de “De Exilios y moradas” de José Luis Zerón por Elías Cortés

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DE SUEÑOS Y ENTRAÑAS

 Lorena Aniorte Pagán

Lorena Aniorte Pagán

Tiempo implacable

un poeta se asombra

y se resigna.

Con este humilde “hayku”, a los que tan aficionado soy dentro de un orden, quise interpretar el poema “MIENTRAS TANTO” la primera vez que lo leí, tras sacudirme las preguntas y ceniza que sobre mí había arrojado José Luis Zerón cuando me lo envió. Ahora, tiempo después, luego de reponerme de las experiencias vividas con su última obra –donde aparece el poema-, sentí en mis vísceras la incontenible orden que me conminaba a exponer públicamente las impresiones apreciadas al finalizar tan excitante, turbadora y didáctica lectura. A ello me obliga –además del mandato referido-, no sólo la tolerante perseverancia de quién sabe qué posible lector mío sino, sobre todo, un profundo sentimiento de cariño, de amistad y agradecimiento al autor del poemario “DE EXILIOS Y MORADAS”.

¡Pero cielo santo! Releo el prólogo de Alberto Chessa –esa literatura ambulante- y se me caen los palos del sombrajo: Tanta reflexión erudita, semejante acumulación de palabras teñidas de certitud, tamaña tormenta de ideas como exhalaciones que iluminan el camino donde todo confluye inexorablemente hacia un análisis culto, exhaustivo y magistral sobre la obra de José Luis, visto así, de entrada y sin avisar, te llena la mente de imágenes inseguras, donde centellea con la dolorosa insistencia de un anuncio luminoso la orden: ¡Olvídalo! ¡Olvídalo!

Encima, anda, repasa posteriormente como el que no quiere la cosa, lee con arruinada delectación y acojónate con lo que han parido escritores de la categoría y calidad de Mateo Marco Amorós, Octavio Ferrero, Manuel García Pérez, Javier Puig y algunos otros sobre lo que quisiera yo tratar aquí. Hazlo y entonces notas que por la caja del cuerpo te sube una extraña sensación, mezcla de impotencia y decrepitud intelectual, que te inmoviliza frente a la crueldad impasible del papel y frena en seco tu bolígrafo. En ese momento eres un anélido afligido que bordea el precipicio de la amargura. Cuentas hasta más de cien, rezas “cuatro esquinitas tiene mi cama” cuando el insomnio, cantas “Resistiré” del Dúo Dinámico y, con cierto atraso debido a imponderables y dudas, ¡pobre de mí!, te lanzas donde las emociones:

Todo exilio es una obsesiva e irrefrenable búsqueda de senderos que conduzcan de vuelta a un hogar, a una Íthaca omnipresente que puede que nunca sea la misma que se dejó porque las experiencias, los deseos, los errores, el dolor del alejamiento, la ansiedad, la nostalgia y, en fin, el paso del tiempo desembarcan en la desesperada e inútil melancolía, a veces; mientras otras alzan el vuelo, regresan y se posan en las entrañas como morada definitiva, triunfante al margen de místicas teresianas o de Juan de la Cruz, pero con las ventanas abiertas a temores inciertos y a ineludibles postrimerías. A esto último presiento yo que nos ha llevado José Luis: ese fraseo poético que muerde a destajo, esos versos que te interrogan severamente, esas estrofas que te inundan de sombras luminosas. De todas formas, lo que está claro es que, tanto si el exilio es externo o interno, ese camino de regreso está plagado de lobos hambrientos, de recuerdos, de noches que apagan el alma, de miedos cargados de galácticas preguntas; pero también –como fruto inherente a la heterogénea naturaleza humana-, de lucha esperanzada, de indagación perpetua, de acecho continuo y hasta de una escéptica conformidad espiritual.

En el uróboros creativamente desalentador que emana de esta singular obra, el poeta nos devuelve al principio de todo, al “Moloch” iniciático en cuyos brazos abiertos al fuego y al sacrificio deposita sus párvulo verbo que nos redime de la vulgaridad y nos enfrenta al migajón de la vida: “Nosotros, obstinados/ en permanecer/ en el umbral de la vida/ esclavos e insumisos/ del olvido y la memoria,/ nos entregamos a la voracidad.”, por una parte; mientras que por otra, tras bañarnos en la mitología hindú en “La danza de Shiva”: “No hay quietud sin movimiento/ ni silencio sin alboroto”, uno se siente trasladado a Grecia, al Ágora de Atenas: escucha absorto a Eráclito sobre su río; habla con Hesiodo acerca de “La esfinge” de su “Teogonía”; padece la sed sin fondo de las “Danaides” –“una sed que arde,/ un fuego de estar vivas/ y una certeza de brasa/(…)-; presagia el inevitable destino tejido por las “Moiras-Parcas” –“Al atardecer las tres viejas damas/ tejen en su jardín;/ prolongan con la danza de sus dedos/ la débil vibración de la vida/(…); se sorprende ante los callados y secretos ojos del carnero Amón-Ra-Sol muerto –“En el altar del crepúsculo,/ una ofrenda muda/ aguarda la ceniza.”-; vuela como cuervo dogmático -“Con la misma negritud de la noche,/ enloquece y libera/ la lucidez de su graznido.”; oye el lamento desolado de la sibila –“oh certidumbre, duerme por un tiempo./ Oh boca mía, no respondas a todas las preguntas./ Acógeme, olvido, y concédeme la pureza del sueño.”-; removido por una empatía estéril se encadena junto a Prometeo –“Sé que el dolor inicia el viaje al alba/ y que la certidumbre no admite redención.”, y, en fin, se desconsuela con Orfeo porque tras acompañarlo en la inútil, confusa y mistérica búsqueda de su amada Eurídice se queda en la confusión “Soy feliz y desdichado/ y no sé si estoy vivo o muerto”.

De modo que en esas estamos. Porque “DE EXILIOS Y MORADAS” expande el vómito cósmico de sus versos desde cada página que abres, y lo cubre todo de asombro feliz, de gozosa satisfacción, de perturbadora inquietud y de palmarias alarmas ante la infalible realidad. Nos trae José Luis con más convicción que nunca desde “las ruinas acumuladas de la memoria” de sus primeras obras, hasta la desmesura de los sueños que gritan aquí y no encuentran abrigo ni en el silencio. Y por si faltara poco, también nos introduce en una soledad que planea sobre las páginas de su libro como un buitre esplendoroso que, además de la carroña inexorable, huele un alba bajo cuyo sombrío fulgor merece la pena sentarse a esperar la vida como cualquier hijo pródigo: “Vuelves a casa y los tuyos te acogen/ sin hacerte preguntas./ Han percibido tu olor a intemperie/ (…) “Tu piel tiene el color de la errancia/ pero te has quedado sin huellas./ (…) “Mientras resbalas al fondo de ti mismo/ te abrazas a ellos/ y ríes con ellos/ y brindas con ellos.”

Frente a tanta sublimidad que te llena de afligida alegría el alma, ante esa abundancia de inclementes palabras que deslumbran como relámpagos no me explico, ¡maldita sea!, cómo en “El Cultural” del ABC –pongamos por caso- no se hacen eco del profundo mensaje de un poeta como este. Así que no me queda otra que despedir su “DE EXILIOS Y MORADAS” –tras agradecerle a la editorial “Polibea” que lo haya acogido, para nuestro deleite, en su colección “el levitador”- señalando lo siguiente:

Llueven poemas

Exilios y moradas

José Luis grita.

ELÍAS CORTÉS

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