DIARIO DE 2007 (XVI), por Javier Puig

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1413581894854011 de octubre

Ayer vimos un programa de Redes. Trataba sobre las ventajas y las desventajas de las ciudades. Tema muy interesante, a priori. Eduardo Punset, exhibiendo en primeros planos su rostro envejecido, con su inglés demasiado inteligible, y un poco menos vivo que otros años, le hacía, a un especialista americano, que me recordaba a Walt Disney, preguntas más cortas y menos retóricas de lo que en él es habitual, preguntas que ese señor respondía con resultados de sus investigaciones que apenas decían nada significativo, y que consistían muchas veces en afirmaciones del tipo de que lo trabajado no había servido para llegar a conclusiones concretas, y que lo uno y lo contrario eran posibles, dependiendo de no se sabía muy qué características de las diferentes situaciones.
Lo que me sigue asombrando son esos rostros iluminados, esa pasión con la que hablan todos los científicos (al menos los anglosajones, los españoles suelen ser mucho más serios) y que resulta muy reconfortante de ver. Es como cuando daban aquel programa, Qué grande es el cine. Los cinéfilos contertulios exhalaban un apasionamiento que luego a menudo no se correspondía – en mi apreciación- con la bondad de las películas que estaban comentando. En los libros que ha publicado últimamente Punset –cada vez más superventas- están más seleccionadas las apreciaciones que nos dicen verdaderamente algo. Es curioso cómo estos libros pueden tener tanto éxito. Parece que hay una gran fe en la ciencia como salvadora de nuestras tinieblas. Sus veloces progresos la convierten en algo siempre noticiable. Su explicación de los sentimientos humanos nos hace sentirnos a unos pocos pasos de la revelación del gran secreto divino.

12 de octubre

Anoche, por fin, después de algunos contratiempos habidos en estos últimos meses (fuimos a Murcia y la habían quitado, luego no funcionada el aparato Dvix que me habían dejado, no estaba en la Biblioteca y en el videoclub siempre estaba ocupada.) vimos La vida de los otros. Y valió la pena la espera.
La película recrea, con excelente eficacia, un ambiente frío, claustrofóbico, triste, peligroso. El autor dramático vigilado está perfectamente interpretado por Sebastián Koch. Pero hay un personaje que es uno de esos que destacan en la historia del cine, y es el de quien lo espía, el cual está maravillosamente interpretado por Ulrich Mühe (murió este verano, de cáncer de estómago) quien dibuja especialmente bien en rostro gris el paso de la dureza, de la maldad, la insensibilidad, a la compasión, la recuperación de los sentimientos y de la dignidad. Este personaje acaba renunciando al poder, al prestigio, la admiración de sus jefes, la seguridad en una sociedad tan amenazante, y todo porque de repente siente la empatía con los personajes a quienes observa y le resulta imposible acometer su obligación de denunciarlos por sus faltas contra el sistema. Frente a ese terrorífico poder, al autor teatral se le ve en una posición pragmática, manteniendo el equilibrio como puede, sin traicionar a sus amigos disidentes pero, al mismo tiempo, reverenciando al poder. Después, ante el suicidio de un amigo que había sido defenestrado, reacciona, y pasa –con lo que él cree que son las cautelas oportunas- a cuestionar, mediante un artículo, los regímenes comunistas. Su novia, por otra parte, es tan dependiente de su fragilidad psicológica – que la hace adicta a las drogas y a su necesidad de ser valorada y encumbrada permanentemente como actriz -o que acaba denunciando a su propio novio. Películas como esta (como Missing, como Fahrenheit 451, que tanto se parecen en esos personajes que, de repente, ven una luz y dejan de ser los perfectos soldados del estado) pueden hacer plantearnos honestamente qué haríamos si nos cayese encima un estado totalitario, represor, asesino; si seríamos capaces de la heroicidad de ser leales a nuestros amigos, compañeros, vecinos, de permanecer limpios del mal, de ayudar a los perseguidos, de no querer nada que pudiera empañar nuestra conciencia.

14 de octubre

Ayer comprobamos qué es lo que atrae al público a los cines. Frente a las diez personas de Siete mesas de billar francés, anoche la sala estaba absolutamente llena con El orfanato. Está claro que el público busca historias extraordinarias que causen emociones intensas y no intenten filosofar con la realidad de las profundidades humanas.
Durante un buen rato estuve medio aburrido. Después, los impactos sonoros y visuales de los sustos debidamente programados, junto con los alaridos del público –irrespetuoso, palomitero y guarro -, me despertaron, de tal manera que, a falta de otro interés superior, me dispuse a analizar cómo el director resolvía las escenas, la consistencia del guion, el mérito de las interpretaciones.
No soy precisamente asiduo a las películas de terror, por lo que mis posibilidades de comparación son escasas. De hecho, aparte de El resplandor, La habitación del pánico, La noche de los muertos vivientes y Los otros, no recuerdo haber visto más. Sé por mis hijas que, entre la primera juventud, hay mucha afición a este género.
De todos esos títulos, solo uno no incluye elementos sobrenaturales, La habitación…, película que me parece muy efectiva y excelentemente desarrollada. Las demás se apoyan en esas fantasías sobre presencias inmortales. No me acuerdo muy bien por qué me gustó La noche de…, tal vez por su honestidad y por las bien descritas reacciones que se producen en los personajes. El resplandor es una película que busca, sobre todo, el impacto visual de unos grandes escenarios desangelados. Los otros es una magnífica película que apenas se nutre de sustos o escenas escabrosas, y que se basa principalmente en la consistencia de una permanente sensación de inseguridad, de perplejidad frente al discreto pero intenso misterio de una humanidad diferente. El internado está claramente emparentada con la película de Amenábar y también con los tópicos de casi cualquier película de terror: la casa inmensa y solitaria, la lluvia, la noche, la soledad, los rostros horrendos, las puertas que lenta e inexorablemente se cierran, la inverosimilitud de que el protagonista no abandone el terrorífico escenario, la presencia de los muertos. Tiene algunos logros, más de los que yo pretendía encontrar: el personaje de Benigna, la escena en que esta es atropellada, aquella en que está con la médium, la bien ilustrada relación entre dos tiempos distintos, la excelente interpretación de Belén Rueda, la buena creación de los personajes –excepto la del marido-.
Para completar nuestra actual sobredosis cinéfila, ya en casa, terminamos de ver Sang Woo y su abuela, una película coreana muy de allá, muy en la onda de las del gran Kim Ki-duk, con un personaje silente, una historia que relata una relación entre la paciencia, la bondad, y la ansiedad, el egoísmo. Una emocionante historia, en la que una abuela, solitaria, abandonada, maltrecha por la edad, muda, ascética, inhábil para la vida moderna, tiene que convivir con su nieto, que proviene de ese otro mundo materialista, caprichoso, maleducado. El choque es terrible. El niño no soporta a su abuela, que es incapaz –aunque lo intenta servilmente- de satisfacer los caprichos del nieto. Éste la insulta, patalea, expresa su asco, su odio, su desprecio, pero la abuela no se inmuta, le pide disculpas con un gesto de sus manos, insiste en sacrificarse, en conseguir alguna alegría para su nieto. Y, finalmente, se lo gana, con paciencia, con infinito amor. Una historia verídica, poética, reveladora.

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