DIARIO DE 2007 (XVII), por Javier Puig

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coppola21 de octubre

José María estaba hecho de una manera que, de entrada, lo ponía fuera de toda competencia en la que la disimulación, la apariencia, la representación prevalecieran sobre las convicciones o los principios. Eso hacía de él un fracasado irremediable, pese a su talento, coherencia y honestidad. No se puede ser un puro en un mundo de impuros ni ganar guerras renunciando a matar…”

Este es un pequeño extracto del artículo que Mario Vargas Llosa publica hoy en El País. Recuerda este autor a un amigo español, pintor y director de cine, que conoció en París y que era muy inhábil para vender sus productos, con lo que acabó viviendo prácticamente en la indigencia.

Por otra parte, en una entrevista que le hacen a Francis Ford Coppola, este, después de recordar los éxitos y los fracasos y las batallitas con la industria del cine, acaba diciendo: “Porque morir, todos moriremos solos, pero la diferencia es ese momento de gracia, en el que podré pensar en la vida tan interesante que he tenido y así no me daré cuenta de que me estoy muriendo”

Mario Vargas Llosa recordaba las disquisiciones con su amigo sobre el tema del destino. “Según Sartre todo destino se elige, por comisión u omisión, y por eso nadie tiene derecho a quejarse, a sentirse sólo víctima. Aun en las peores circunstancias es posible elegir… José María dudaba…”

Es indudable que hay personas que al llegar a edades avanzadas pueden mirar hacia atrás con orgullo –un orgullo, por otra parte, a menudo discutible-, hacer recuento de victorias, de progresos, de peldaños ascendidos con dolor muy superado y muy prestigioso. A menudo, es el resultado de visiones sesgadas, de manipulaciones de los archivos de la memoria. Yo siempre he sentido cierta prevención ante esa idea –yo creo que reaccionaria- de marcarme objetivos de trascendencia social, es decir, de repercusión del propio prestigio sobre los demás, de emersión sobre el vulgo. Algunos psicólogos sostienen el buen aporte de fortaleza que da la fijación de metas. Probablemente sea así, pero yo quiero que respondan a una necesidad de superación íntima y no de comparación con los demás. Sabemos que el estar encarrilados en un proyecto nos hace aprovechar mejor los estímulos que se nos van presentando, ver todo aquello ante lo que, de otra manera, permanecemos ciegos, porque ahora nuestra sensibilidad está más dispuesta a encontrar.

Frente a una minoría que puede exhibir una trayectoria vital llamativa, la mayoría nos moriremos después de la grisura de una vida escasamente vistosa, carente de heroicas experiencias, de logros destacables. Porque la mayoría apenas elegimos nuestro destino sino que nos dejamos llevar por impulsos innatos que se adaptan a las circunstancias, heredadas o sobrevenidas, de nuestra vida. Y nuestros esfuerzos no son para acceder a más elevadas posiciones que nos hagan divisar otras tierras fecundas que no habíamos sabido imaginar, sino para defendernos de un exceso de impiedad de las realidades que nos circundan. Nos conformamos, tal vez, con no ser señalados, relegados a los guetos de los fracasados, de los indigentes, de los rabiosos. Para aliviarnos de nuestra consentida limitación, nos basta con sentir que hay quienes no llegan a donde hemos llegado, a esas celebradas pequeñas cúspides de la mediocridad; con poder mirar hacia abajo y sentirnos más arriba, obviando las verdaderas superaciones.

El problema es desde qué perspectiva uno se tiene que autovalorar. Hay trayectorias exitosas que han arrasado a demasiados y hay vidas que se han movido entre titubeos y, sobre todo, entre supervivencias. Aproximándome ya a la mítica edad de la cincuentena podría aprovechar la ocasión para mirar atrás y valorar mi vida. La verdad es que es algo que no me apetece hacer. No veo la pertinencia de valorarme en el pasado y sí en mi presente. Si me miro hacia atrás, me veo como a otro que no soy enteramente yo, del que no puedo responder, por el que siento cariño o al que serenamente repruebo, pero del que no me considero más que parcialmente responsable. Dudo de que mi vida me la haya dirigido yo. Me la han dirigido otros yoes míos anteriores, que poseían una más reducida visión y unas circunstancias distintas. Si miro hacia atrás, me veo como a un hijo mío, como a un ser un tanto desvalido que no tiene culpa de no haber alcanzado cierta edad, de andar a tientas por un mundo demasiado ancho en el que encuentra muy pocas cosas a las que agarrarse. Yo no soy aquel, no soy aquellos. Comprendo a veces esas teorías que hablan de la ilusión que es creer en el propio yo, en una personalidad continua, indestructible mientras existe la vida, la creencia en la permanente transformación de todo (“que pasando los tiempos / yo me sucedo a mí mismo”). Aunque otros resortes extremadamente familiares me recuerdan que siempre estoy acompañado de mi propio estilo, solo ligeramente matizado por la versátil lucha con los tiempos.

Estos días, en los noticiarios, se ha hablado del padre que se dejó olvidada a su hija pequeña en el coche, dando como resultado su muerte por deshidratación. Una psicóloga decía que, lo primero que se tenía que hacer con ese hombre, era erradicarle el consiguiente sentimiento de culpa. Cometió un error, una negligencia, pero no se puede detener ahí, ha de continuar lúcido, relajado, dispuesto para afrontar los sucesivos problemas que presenta la vida. Es decir, ha de sustraerse de esos fatídicos minutos y considerar ajena la desproporcionada trascendencia de sus errores. Cosa difícil y mal vista, mal entendida.

Solo me preocupa mi yo actual. A veces, se cuelan fugaces inercias anteriores, pero aquí está, mayoritario, mi periodo presente, este conjunto de gestos, de palabras, de fuerzas que estoy promoviendo. A este hombre sí que lo vigilo, lo controlo, lo rectifico. Este sí debe responder. Luego llegará otro. Pero, mientras tanto, a este de hoy lo sigo, sin agobios, sin forzar grandes derivaciones, procurando automatizar la buena dirección para no tener que atenderla de continuo y poder dedicarme a las búsquedas, por territorios delimitados pero, aun así, excesivos. .

1 de noviembre

No sé si ya lo he dicho alguna vez aquí (es el problema de los diarios: las repeticiones inconscientes, las omisiones engañadas) pero me importa mucho registrar que no estoy de acuerdo con algunas de las opiniones que he vertido en estas páginas. Muchas de ellas pecan de precipitadas, de coger el rábano por las hojas, de valorar un libro cuando tan solo lo he iniciado; o porque me he pasado en mi contundencia opositora a una idea, porque he tomado un poco y me he empeñado en considerarlo un todo.

No estoy hablando de aquellas impresiones que, pasado bastante tiempo, me parecen ajenas (libros, músicas, películas, que me entusiasmaron y que, al cabo de un tiempo, al intentar retomar esa emoción me he quedado con el vacío entre las manos), sino que me estoy refiriendo a opiniones que en muy pocos días ya me parecen mal fundamentadas, producto de una injustificable urgencia por fijar mi postura ante algo. (Lo que, por otra parte, veo que hacen todos los opinantes oficiales).

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