El hombre que llovía, por Francisco Gómez

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watercolor-488003_960_720Estaba acostado pero a punto de iniciar el día con el toque de sirena del despertador para iniciar sus obligaciones laborales cuando percibió que las palmas de sus manos se humedecían al contacto con unas ligeras gotas de rocío mañanero. Sus cabellos aún negros a pesar de la edad, se vestían de una fina capa de micropartículas de agua. Sobresaltado, sin entender a qué podía deberse este extraño fenómeno nunca vivido, se levantó de la cama y observó a su mujer, despreocupada y feliz en el paraíso de los sueños plácidos.

Alzó la mirada al techo y contempló asombrado cómo una tímida nubecilla se levantaba a escasos metros del suelo, sobre su cabeza, en un huidizo chirimiri que descargaba sobre él con mansedumbre.9788461344130

¿Qué pasa aquí? ¿Por qué llueve sobre mi cabeza? ¿Acaso ha amanecido el día nuboso y la humedad del aire se ha filtrado por las paredes hasta llegar a nuestra habitación? El piso ya es viejo y voy a tener que dirigirme al presidente de la comunidad para rehabilitar el inmueble. Así no se puede vivir”

Quien así hablaba no era otro que Pedro Cifuentes, humilde servidor de Dios y el ciudadano en

la Oficina de Aduanas de la Autoridad Portuaria donde se ganaba las lentejas y el pan de su prole cada mañana desde hacía ya más de veinte años. Vivía una vida normal, como la de usted. Diligente y servidor en el registro de mercancías, su existencia transcurría sin marcados contratiempos. Una vida monótona de un hombre rutinario en un acontecer pacífico. Trabajar, comer, dormir, descansar los fines de semana con excursiones domingueras con los hijos, tomarse unas cañas con los amigos, hacer el amor con su mujer cuando a ella le apetecía y no le dolía la santa y maldita cabeza.

La nubecilla cesó con la lluvia intermitente sobre su azotea. “Ya ha mejorado el día. Menos mal. Empezaba a ponerme sobre ascuas esta agüilla sobre mi calva. Ahora a ducharme y desayunar”.

Pedro salió rápido de su casa en dirección al trabajo. Como siempre, iba andando. Miró al cielo y apenas había nubes. La mañana se despertaba clara con los primeros rayos de sol en el horizonte. De repente, una traición acuosa le recomenzaba a precipitar desde su humanidad de 1.75 metros de estatura. Confuso, echó a correr acera adelante pero cuantos más pasos aceleraba, más ágil se desplazaba la masa nubosa sobre él. No sabía qué hacer. La gente, lejos de ayudarle y pedirle que se tranquilizara, levantaba la vista y señalaba con el dedo tan extraño fenómeno. Se parapetó en un portal y creyó haber esquivado tan inquietante amenaza. Sacó la cabeza por el portal y el fenómeno errante había desaparecido. El día seguía claro y cada segundo más luminoso.

Llegó al trabajo. La jornada laboral comenzaba en el interior de la nave donde enviaba y expedía los productos que las diversas empresas de la ciudad importaban y exportaban. Sus compañeros se afanaban en la misma tarea pero de improviso sintió que sus manos se mojaban y su bata se empapaba con finas lágrimas de lluvia. Miró hacia arriba y abrió los ojos y la boca con gesto desconcertado. El mismo cirro seguía sobre él, desafiante, descargando una precipitación firma y continua.

De improviso, la nube inició una danza de sacudidas y movimientos en su interior. Se dividió en varias y comenzó a tronar con fuerza y llover con furia sobre Pedro que en ese momento ya no sabía qué hacer y cayó desmayado al suelo mientras una precipitación continua le embadurnaba su indumentaria.

Los compañeros le reanimaron como pudieron y el director de la aduana comentó la posibilidad de que se tomase el día libre para descansar

-Manaña será otro día y ya verá usted que sólo es un incidente pasajero.

-No sé qué pasa, don Luis. Estoy extrañado y asustado. Nunca me había ocurrido nada parecido. Hace un día luminoso y azul y llueve sobre mi cabeza y no lo entiendo.

-Tranquilo, tranquilo. Esto no es nada. Cosas de la caprichosa meteorología y de este agujero de la capa de ozono que estamos creando con tanta contaminación y desodorantes sin protección. Váyase y mañana todo volverá a la normalidad.

Salió del almacén y las nubes de marras bailaban a su alrededor pese a que en las inmediaciones las primeras luces transcurrían sin incidencias atmosféricas. Trató de andar a paso ligero, correr, caminar a paso de cangrejo, hacer zigzags. Nada servía. Las persistentes masas nubosas y la lluvia tensa descargaba sobre su persona hecha sopa y nervios.

Al final, llegó a su casa y cuando su mujer le vio mojado, desmoralizado y asustado, quiso calmarlo con templanza y severidad le recomendó que si aquella nubes seguían lloviendo sobre él, no podría quedarse porque el piso se echaría a perder, las paredes se bufarían y el mobiliario que tan costosamente habían comprado, estaría para tirarlo a la basura.

-Pero, Susana. ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy a ir? No sé por qué me está ocurriendo esta situación. Tengo miedo.

-Mira, Pedro. Lo siento mucho pero aquí no te puedes quedar. ¿Qué dirán nuestras amistades y vecinos cuando vean que llueve sobre tus hombros? ¡Qué vergüenza, por favor! Y nuestros niños, los padres de los otros se reirán de ellos. ¡Mirar, por ahí van los hijos del hombre que llueve! Créeme, Pedro, lo mejor es que te vayas a un sitio abierto durante una temporada y seguro que esto se te pasará. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante.

Pedro aceptó resignado esta decisión familiar, sabedor de que quizás era lo mejor que podía hacer. Tomó ropas limpias que al instante volvieron a humedecerse, cogió la maleta y cuatro fotos y encaminó sus pasos hacia el puente más cercano con el propósito de guarecerse y esquivar las odiosas nubes.

La noticia corría como la pólvora sobre la ciudad. Por supuesto, los sabuesos de la actualidad olieron que allí había mecha que cortar y tema para llenar las páginas de los periódicos y minutos en las ondas audiovisuales. La cadena TVO KH55 mandó dos sagaces periodistas a la búsqueda del hombre que llovía para hacerle una entrevista y seguimiento de sus peripecias tormentosas. Tras incesante seguimiento de sus andanzas, avistaron al atribulado Pedro, sólo y asustado, debajo de un puente mientras la lluvia caía inmisericorde sobre su desolada cabeza. Le bombardearon a preguntas mas él no quería, no podía responder, abrigado y protegido por una manta a cuadros completamente mojada. Filmaron las nubes que poblaban su techo a cielo cubierto. A la hora siguiente, Pedro Cifuentes era protagonista del noticiario, él que siempre había odiado ser el centro de cualquier atención.


Un hombre-lluvia vive bajo un puente en Pandomiro del Río

El citado señor afirma desconocer las causas de las continuas precipitaciones sobre su cabeza


Los días seguían alternándose en la vida de nuestro amigo Pedro Cifuentes, aislado de la sociedad bajo el puente, mientras la lluvia seguía su descarga de un manto de H20 fina y firmemente. Casi nadie se quería acercar a él por temor a resultar contagiados del “mal de la lluvia”. Una tarde azul y tranquila para todos, excepto para Pedro, un grupo de agricultores se atrevió a encaminar sus pasos hacia el lugar en que este humilde conciudadano vivía exiliado.

-Señor, Pedro, ¿podemos hablar con usted?

-Claro, claro. Hace ya muchos días que no hablo con nadie –sonaba la voz de nuestro desarbolado personaje, rota y constipada ante la lluvia pertinaz que le atenazaba la voluntad.

-Mire, como nos hemos enterado que es usted el hombre-lluvia, veníamos a pedirle, si no es mucho molestar, que viniese con nosotros a nuestra comarca para que pasease por los campos. A ver si usted hace que diluvie y salvamos nuestras cosechas y ganado. Si no es mucho pedir, claro está.

-Me darán ustedes conversación, ropa limpia y un techo para cobijarme aunque se mojen las paredes.

-Delo usted por hecho.

Dicho y hecho. Pedro Cifuentes abandonó la lóbrega compañía del puente de los dos ojos y tomó el coche de los amables habitantes de Sedfelices. La lluvia se posesionó en el capó del vehículo mientras devoraban kilómetros en dirección a este pacífico municipio que no conocía el llanto del cielo desde hacía más de tres años con el consiguiente empobrecimiento de sus cosechas y el raquitismo de sus árboles frutales. Los labradores sonreían esperanzados mientras veían funcionar el limpiaparabrisas que tanto tiempo había estado en situación de paro forzoso. Al fin, llegaron a Sedfelices y Pedro decidió dar una vuelta por aquellas sedientas huertas. La nube que pendía sobre él como una sombra perenne e inevitable inició una subdivisión de sus partes como una división celular en porciones perfectamente separadas. Primero dos, luego cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos nubarrones poblaron el horizonte y tomaron un color cobrizo, amenazante. Hasta que llegó el vals de las tronadas empezando su danza rítmica, atronadora. Los vecinos del pueblo salieron de sus casas alborozados. No se lo podían creer. Llovía. Llovía. Aquel hombre taciturno y desencajado había traído el milagro de las lágrimas en torrente, en precipitación continua, en manantial necesario. Lo que ninguno de los lugareños observaba era que mientras diluviaba, Pedro tenía el rostro cubierto de una fina capa de lágrimas que brotaban de sus ojos.

Hacia la medianoche cuando todos dormían, una señora se acercó a la casa que ocupaba el hombre-lluvia. Las nubes habían devuelto el olor a humedad y las primeras hierbas a las viviendas y a la de Pedro con más razón. La mujer a la hora de la cena se imaginó el padecimiento que albergaría el corazón de aquel hombre, desarraigado de sus apegos familiares por aquel extraño fenómeno que provocaba la admiración y el temor entre quienes estaban a su alrededor y decidió ayudarle.

-Perdone, señor. He venido aquí porque me imaginó que se sentirá triste y solo por la maldita lluvia que cae siempre sobre su cabeza.

-No sé por qué me pasa esto.

-Quizás yo sepa quién puede ayudarle. En el otro extremo del pueblo, en la cima de una cumbre vive un hombre mayor apartado de la sociedad pero tiene la solución a un montón de males. Sabe ver las heridas de las personas. Mirarles el corazón por dentro nada más verles los ojos. Vaya allí y él seguro podrá ayudarle.

A la mañana siguiente, Pedro encaminó sus pasos hacia aquel monte, ahora frondoso y verde gracias al maná del agua. La lluvia seguía cayendo sobre su ropa empapada, su alma presa de negros y trágicos presagios. Cruzó senderos, matorrales y pinares hasta que llegó a un lugar abierto donde se erguía una casa construida con troncos de madera. Un viejo de barba blanca y desgreñada le esperaba en la puerta y nada más verlo le hizo una señal para que se acercara hasta él.

-Hola, Pedro. Te estaba esperando.

-¿Cómo sabe mi nombre?

-¿No te han dicho mi nombre? Yo soy el viejo que todo lo ve. La conciencia errante de los que viven inquietos.

-¿Qué me pasa? ¿Por qué llueve siempre sobre mi cabeza?

-¿Te has preguntado cómo ha sido tu vida hasta ahora?

-¿Por qué tenía que preguntármelo?

-Mira, Pedro, nunca has estado conforme con los caminos por los que ha discurrido tu vida. Tu estado vital siempre ha sido la disconformidad. De niño querías ser mayor, de adulto volver al paraíso de la infancia. Cuando estudiabas querías trabajar y cuando currabas, echabas de menos tu tiempo de formación sin obligaciones profesionales ni tiempos marcados. ¿No te has dado nunca cuenta? No estabas conforme con el momento que atravesabas. En el trabajo, en el amor. Pensabas que la vida te debía deparar sendas más importantes, espacios más grandes. Hasta que tu conciencia no ha podido más y es tu misma conciencia quien llora amarga pena sobre tu cuerpo en guerra. Es ni más ni menos todo lo que te ocurre.

-¿Y qué puedo hacer?

-Aceptar tu vida como es. Quererte como eres y lo demás vendrá dado.

Pedro dio las gracias al viejo que todo lo ve y desandó los pasos caminados hasta llegar de nuevo a Sedfelices. “Me parece que ese hombre sabio tiene razón. No recuerdo haber estado conforme nunca con mi vida. Siempre he sido un quejita sentimental cuando la vida ha desplegado tantas sensualidades a mi alrededor. Claro, si no me quería, mi conciencia no ha podido aguantar más y por eso llueve sobre mi vida. Esto debe acabar ya”.

Mientras sus pensamientos divagaban sobre los nuevos rumbos que tomaría a partir de aquel momento, Pedro advirtió cómo la tormenta amainaba sobre sus hombros. Las recias ráfagas se diluían en mansas gotas de rocío. La espesura de los cirros clareaba. La luz se abría paso entre tanta sombra. El sol volvía a brillar sobre su vida. Su conciencia se iluminaba con los nuevo derroteros que tomaba su nueva forma de pensar y quererse. El nuevo Pedro Cifuentes estaba en marcha y de improviso, como había llegado, la lluvia cesó.

 

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