DE EXILIOS Y MORADAS de JOSÉ LUIS ZERÓN (por Juan Lozano) en La Galla Ciencia

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http://www.lagallaciencia.com/2016/09/de-exilios-y-moradas-de-jose-luis-zeron.html

Llámesele destino, albur o coincidencia, el caso es que, en lo que va de año han saltado a la palestra de la poesía en castellano  tres libros cuyos autores, con diferentes voces y presupuestos,  tienen en común un espacio, la ciudad de Orihuela, y el haber sido fundadores en el ecuador de los ochenta de la revista literaria y de pensamiento Empireuma. Esta revista, que alcanzó una importancia inusitada a nivel nacional,  canalizó buena parte de la primera hora poética de estos autores y de otros que hoy están en la primera línea de la creación literaria en España. A saber, estos poemarios y sus creadores son, por orden de aparición: “La senda honda” de José Manuel Ramón (Ed. Devenir), “Cruzar el cielo” de Ada Soriano (Ed. Celesta) y el que ahora nos ocupa, “De exilios y moradas” de José Luis Zerón (Ed. Polibea – Colección El levitador).

Según me dice su autor, los poemas que conforman “De exilios y moradas” están escritos en su mayoría  entre 2014 y 2015; esto es, tras la publicación de “Sin lugar seguro” (Ed. Germania, Valencia 2013). Si bien no todos los poemas son inéditos, pues algunos aparecieron en distintas publicaciones: La Galla Ciencia, Opticks Magazine, el blog de Antonio Gracia “Mientras mi vida fluye hacia la muerte” o la revista El alambique. A última hora se incluyeron, algo remozados,   cuatro poemas más antiguos que estaban exentos y que, por su temática, encajaban en el libro;  “Alto voltaje”, escrito en la década de los noventa y publicado inicialmente en la revista almeriense Batarro; “Un carnero muerto” incluido en la antología Nuevos poetas, ed. Seuba de Barcelona,1994; “El lamento de la Sibila” y “El desconsuelo de Orfeo”  se escribieron para Empireuma, apareciendo en un número doble de 2007.

Una vez establecida la cronología comencemos por el principio, el título. Sin perder de vista la referencia teresiana, muy bien traída por Alberto Chessa en el prólogo y por Rafael González Serrano en una reciente reseña, el díptico que forma el título adquiere una relevancia exegética y constituye el verdadero umbral de nuestra lectura. Conjuga un elemento tradicionalmente usado en positivo como la morada, sinónimo de hogar y de seguridad, de certezas y de confianza con otro en negativo. El exilio representaría  la duda y la incertidumbre, la frustración,  la inseguridad, el desarraigo y la intemperie. Y, enlazando ambos, el paso del tiempo como eje: “Pasa el tiempo con su carga de belleza y veneno” y “No hay cuerdas que aten el tiempo, lo sabes”  dirá en el memorable “Mientras tanto”.

Por muchas razones, este libro, para mí,  tiene valor de síntesis de toda la obra de José Luis Zerón, una obra de gran intensidad, una aventura estética y conceptual en la que va definiendo una mirada lírica caracterizada por el conflicto entre los dos conceptos antedichos. En este sentido cobra un especial significado y quizás una nueva lectura su excelente anterior trabajo, “Sin lugar seguro”. Escuchemos lo que dice acerca del título el propio poeta en una reciente entrevista, pues la dualidad lo es también frente a la experiencia poética:

El título viene a ser una metáfora de la existencia del ser humano, incapaz de renunciar a la intemperie a pesar de los refugios que levanta contra ella, y de la naturaleza paradójica de la poesía misma, tan acogedora como inhóspita.

Tras un prólogo como el de Alberto Chessa, bajo el título “El vértigo de la espesura”, poco ni mejor se puede decir de este libro ni de su autor. Más que prólogo, constituye el de Chessa un extenso y lúcido estudio pormenorizado de la poética de José Luis Zerón, dando a conocer sus resortes y claves cardinales; lo cual en una obra como la que nos ocupa, con un sustrato tan rico en fuentes literarias, filosóficas y simbólicas (el “riquísimo acervo cultural” del que habla el prologuista), es muy de agradecer.

En cuanto a estructura y sin menoscabo de su coherencia interna,  el libro está dividido en cuatro partes encabezadas por una cita de Breton y un largo poema-pórtico “Moloch”.  Los títulos de cada una de las partes son: El ruido del mundoLe dur désir de durer, Razones del corazón y Hic et nunc, respondiendo cada conjunto a unas intenciones y un material temático determinados.

Detengámonos unos momentos para reflexionar acerca del poema que sirve de pórtico, pues nos da una de las claves de su poética, la revisión de los mitos. Moloch es un dios sacrifical pero también símbolo del fuego purificante, el alma. A esta cruel divinidad cananea, que vino a enseñorearse de los pueblos mediterráneos, también le dedicó un texto nuestro admirado Rafael Argullol, como símbolo de la sociedad moderna. “Lo que exige este nuevo orden al hombre actual es la inacción”. Nuestra inacción, la obediencia, la comodidad frente al pensamiento único, el mirar hacia otro lado, nos convierte en cómplices y constituye el actual tributo de sangre a la bestia. Instalados en nuestras casas, protegidos por los objetos caros que nos rodean, Alepo es sólo un punto que ni siquiera sabríamos situar en el mapa.  Por ello, la auténtica poesía estaría también del lado del exilio y la intemperie. La poesía es resistencia frente al nuevo orden. También me viene a la memoria el pensamiento de Hölderlin a través de Heidegger: “poéticamente hace el hombre, de la tierra su morada”.

José Luis Zerón posee una de las voces más personales y ricas del actual panorama de la poesía escrita en castellano, una voz hecha y personal que ha alcanzado su plenitud vital, temática y expresiva.  Sentado esto, también digo que el poemario de Zerón no es para todos los paladares. Al contrario de lo que suele ocurrir con  un determinado tipo de poesía muy en boga donde abunda lo previsible y lo plano,  no es el de José Luis un libro de  cómoda ni fácil lectura. En un tiempo donde se le exige a la poesía que sea legible y se acomode a alguno de los modelos imperantes, el poeta oriolano es plenamente consciente de haberse situado en un espacio difícilmente abordable, pero es su espacio. Él mismo se definía como un poeta que siempre ha estado a la intemperie. Habrá quien diga, en forma negativa, que la poesía de José Luis es “demasiado hermética”, “que no se entiende”. No han de preocuparnos esas voces. Como dejó dicho el gran Juan Ramón Jiménez: “La gran poesía “difícil” comunica por soplo, imán, majia, fatalismo, como fue creada, y no por análisis metódico, su secreto profundo.” Pese a lo dicho, cuando escribo estas líneas me dice el poeta que, prácticamente, la primera edición está agotada y está en vías de salir una segunda, lo cual se traduce en que la poesía, cuando es auténtica y no lo que comúnmente pasa por ser,  tiene la virtud de conectar con el lector y de  ser reconocida por los suyos.

Desde el punto de vista formal es una poesía de acabada factura, perfectamente  modulada,  de un fraseo elegante y fluido que en ocasiones deriva hacia la salmodia; “Insomnio”  o “Cantata para un poeta naufrago”, dedicada a L.Mª Panero, serían el ejemplo más claro de la inflexión versicular. Una poesía que ha asumido la tradición y la lleva incorporada en su cadena de ADN.  Por otra parte, si vamos al fondo, es una poesía trascendente, de honda raíz elegiaca  y existencial, conectada a la sensibilidad romántica. Una poesía del conocimiento que intenta, al decir de Caballero Bonald, dar forma a lo invisible. O mejor, citando otra vez a Juan Ramón, “suma conciliadora de realidad visible e invisible”.

Un estudio profundo del libro, con comentario de los poemas, aunque fuese de los más destacados dentro del nivel altísimo del conjunto, sobrepasaría con creces el propósito de una reseña. Baste decir que no he encontrado poemas de los llamados de relleno. Todos, prácticamente, rayan, como he dicho,  a una altura poética muy alta. La primera parte, “El ruido del mundo”, quizás sea la parte más arriesgada, donde se adentra en un territorio apenas balizado y  donde encontraremos los poemas más conectados con la revisión de los mitos, significativamente de origen hebreo y con ideas-espejo muy sugestivas. Estamos ante la mitología “creativa” de la que hablaba Joseph Campbell:

Los símbolos mitológicos tocan y excitan centros vitales que están fuera del alcance de los vocabularios de la razón y la coacción.

También, en este primer segmento, encontramos el poema “Aún somos” que prorroga la entonación del libro anterior, al decir: “No hay lugar seguro/ni centro, solo fauces”.

En la segunda parte, nominada con el eluardiano título “Le dur désir de durer” el tema principal podría ser la temporalidad de la existencia y el Misterio de lo sagrado; lo numinoso, lo que no se concibe ni se entiende, salvo por alguna fulguración mística;  con poemas dedicados a Novalis, Juan de la Cruz, la voz oracular de la Sibila y con referencias también a la obra del teólogo protestante Rudolf Otto en “Mysterium tremendum et fascinans”, autor que influyó de forma notable en el pensamiento religioso de una jovencísima María Zambrano. También encontramos en este segmento uno de los poemas más hermosos del libro, “Vida”:

Cualquier nombre resulta inexacto

para definir aquello que nos acaricia

mientras nos destruye

En  “Razones del corazón” encontraremos los poemas que hacen referencia a su entorno más cercano, quizás sobresaliendo en esta parte los “Cuatro poemas para Ada” escritos con un lirismo intimista que resuena en nuestro interior. En la cuarta parte, como su nombre indica, “Hic et nunc”, hace un replanteamiento del momento presente, el poeta siente la necesidad de situarse aquí y ahora frente a la realidad temporal, particular y social. Es la parte más celebratoria, poemas de tono hímnico de muy hermosa factura que vivifican como sol de invierno. Destaco “Palabra no dicha”, “Apoyados en la ventana” o, cerrando el libro, el poema “Celebración”:

Nombra la imagen que te nombra, nómbrala

Nombra los jardines de su piel sin dioses

y concédele eternidad.

Hemos de estar de enhorabuena. La anacrónica pervivencia de la poesía en el siglo XXI nos depara sorpresas como la este libro. José Luis Zerón  no es un poeta que se prodigue en demasía y es que, un poeta, cuando lo es de verdad,  cuando ser poeta es una forma de vida y de conocimiento, no pueden ni deben ser muchos los libros de poemas escritos. Cada libro ha de tener su justificación y su periodo de maceración, en lo personal y en lo poético. La historia de la poesía está llena de pasos en falso. José Luis Zerón camina con paso seguro y luminoso por terrenos pantanosos en los que otros se hundirían fácilmente. Para terminar, la edición de Polibea constituye un digno continente para un contenido extraordinario. No quisiera cerrar este texto sin hacer una mención al artista José Luis Rayos, cuya obra forma parte inherente de este poemario. Encontramos tanto en la portada como en las guardas, magníficamente reproducidas, fotografías de sus maravillosas  esculturas de alambre  con el motivo de las manos alzadas o extendidas, significando, “la llamada a la acción”.  El anterior trabajo de José Luis Zerón,  “Sin lugar seguro”, siendo un poemario de gran voltaje, resultaba lastrado por una edición que no le hacía justicia, por lo que ya, desde aquí, sugiero a quien corresponda, una nueva y digna edición de este, tan hermoso como fundamental libro en la producción del poeta oriolano.

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