DIARIO DE 2007 (XIX) por Javier Puig

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11 de noviembreorihuela

Ayer, en la calle, el espectáculo del dolor casi físico, el alarido de la infelicidad, el laberinto ajeno que se hace propio, los recuerdos y los temores, el mundo exhibiendo sus malestares, el no poder llegar a alguien, humanidades que no reciben la bondad, que no entienden las palabras, que se saben tocadas por la desgracia.

12 de noviembre

Ayer, en La noche temática, emitían un par de documentales sobre el cine porno. No los grabé, no los vi, porque si algún interés me quedaba por ello, ya lo he perdido, creo. Según decía el periódico, en el primero de los documentales se iba a tratar de si la afición a lo pornográfico podía llegar a ser o no una enfermedad. Seguramente que sí, que así podrá acabar siendo en algunos casos, una adicción igual que la del juego, la droga, Internet, o la propia práctica del sexo en frecuencias insaciables. Pero, aunque no llegara a ser una adicción, la búsqueda y contemplación frecuente de esas imágenes, es cuando menos una aberración de la sensibilidad, la misma que puede tener alguien que escucha continuamente música inmunda, ve malas telenovelas, cotilleos denigrantes o excesivas sesiones de fútbol que imposibilitan el disfrute del tiempo para otras actividades, como mínimo necesarias por su complementariedad.

En su momento –hace ya muchísimos años- quise darle una oportunidad a ese cine, y pretendí encontrar en él –como en el restante- sus ejemplos dignos. Recuerdo haber visto alguna película de presentación más lujosa, mejor fotografía, actores menos ridículos, guiones con un ápice de creatividad. Pienso que películas así –no tengo idea de si son muchas o si las hay mejores- se podrían salvar para que fuesen vistas unas cuantas veces en la vida, mayoritariamente en los primeros años de la juventud, con el objetivo de conocer ilustradamente algunas técnicas convenientes para la mejora de la propia práctica sexual. Pero creo que la inmensa mayoría de las películas pornográficas son auténtica bazofia, productos que convierten a algo tan hermoso como el sexo en algo horrendo, ridículo y denigrante.

Es muy preferible una escena erótica rodada por un buen director en una buena película. No es necesario que se muestre muy explícitamente el acto sexual, pero es muy estimulante que –sin remilgos puritanos- se poetice. Prefiero observar la divina desnudez de una mujer muy digna que la ocupación de la pantalla por el epicentro de un mete-saca frenético. Me encantaría que los directores sensibles se dedicaran, de vez en cuando, a hacer cine erótico. Resultaría imprescindible una película formada por diferentes cortos dirigidos por los directores más aptos para mostrar la belleza del erotismo. Tampoco estaría nada mal que alguien se dedicara a recortar todas las películas existentes, extrayendo de ellas los momentos eróticos más sublimes, que no tendrían por qué incorporar obligatoriamente desnudeces.

23 de noviembre

Esta tarde –por casualidad, que no por ociosidad- he encontrado un papel manuscrito en mi cartera. Algunas veces, muy pocas, a primerísima hora de la mañana, en el trabajo, escribo algo, inspirado tal vez por la lectura en el tren o por mis pensamientos peripatéticos. Entonces me acuerdo siempre de Antonio Machado, al que, cuando murió, se le encontró en su chaqueta un papel en el que había escrito dos nuevos versos. Pienso yo, en esas raras mañanas, que tal vez a mí me podría dar algún síncope y que, indebidamente cacheado, se me encontrara algún reciente escrito, por otra parte inofensivo. Voy a transcribir ahora lo que escribí en esos papeles hace –creo yo- aproximadamente una semana:

“El paisaje vacío de pensamientos. ¿Es benéfico por eso, como una meditación? Yo tengo la necesidad psicológica de tenerlos, como si huyera así del vacío, un vacío que me enajena, me resta la oportunidad de avanzar en mi construcción, que siempre la siento un poco retrasada, frente a la siempre demasiado cercana muerte.”

“Veo en los debates de televisión a la gente que habla mucho, que tiene mucho que decir, porque piensa mucho, no desperdicia datos; pero la mayoría utiliza esas urdimbres de ideas para negar otras, para disponerlas en una sola dirección, para la hostilidad y progresar sobre unos cuantos grados de fanatismo. Cuando un contertulio transmite serenidad y reconoce errores de sus defendidos, siento un gran placer en esa contemplación….”

Alguna vez, también me encuentro en mi cartera o en el bolsillo de mi camisa, una pequeña anotación, a veces tan escueta, que resulta poco menos que críptica, y que me cuesta descifrar o, incluso, me ha resultado imposible hacerlo. A veces, es una pequeña frase, o una palabra, o unos números. Cuando lo escribo, me imagino que he dejado ahí la llave para un cajón del que seguro me acordaré que existe.

Hoy me he encontrado tres notas. La primera dice: “Abundancia”. La segunda dice: “Día anterior” y, a continuación, “Chad”. La tercera es una fecha: 26-11-88. Menos de la palabra “Chad” que me sugiere menos pensamientos propios, esta vez sí que recuerdo los textos que quería que no se me olvidasen desarrollar en torno a los conceptos que apuntan esas palabras. Lo haré.

24 de noviembre de 2.007, sábado

“26-11-88”. Aniversario muy próximo. Hace 19 años me vine a vivir definitivamente a Orihuela. Probablemente ya habré hablado de esto otra vez en este diario, es lo que tiene este género, que uno se repite, aunque, si consigue hacerlo de forma variada y el tema es interesante, no está mal.

Venir aquí tenía una doble repercusión. Una buena, deseada, feliz: vivir con Sole; y otra, que me sumía en la incertidumbre, en alguna extrañeza. Vivir en Orihuela, incorporarme a un mundo distinto, suponía que me pesaba, incluso más que el alejamiento de mi familia y de Barcelona, a lo que ya estaba entrenado después de cinco años de estancia en Gerona, la adaptación a unas nuevas costumbres.

No puedo tener queja de la gente que me recibió, siempre muy hospitalariamente. Extranjero, ya lo era en Cataluña, y lo hubiera sido, en distinta medida, en todas partes. Y no sé si aún lo soy. Probablemente, no; ser extranjero es algo más notorio, más sufrible, que el solo hecho de sentirse distinto a la mayoría en algunas sensibilidades importantes. Por lo demás, en las interpelaciones políticas que se me hacen aún me sale cierta defensa de las posturas catalanistas no extremas, una reacción que no me apetece pero que me parece justa como equilibradora. También me parecen equivocados algunos papanatismos que oigo aquí ensalzando ciertas virtudes catalanas. Tal vez, mi condición de haber estado allí y aquí me permite tener una visión más real que la que ofrecen los medios de comunicación de ambos lados que se dedican a intoxicar con verdades sesgadas. Creo que mi posición es equidistante, de reconocimiento de la estulticia de los fanatismos antagónicos.

De mis primeros tiempos recuerdo, sobre todo, un cierto síndrome de abstinencia por no encontrar fácilmente la cerveza a la que durante tantos años había sido adepto: la Voll-Damm. Curiosamente, ahora creo que ya hace meses que no la pruebo, y no la echo a faltar. Mi régimen de vida, próximo a la abstinencia, me hace más libre y me permite vivir ajeno a suministros concretos.

No me arrepiento de haber venido a vivir aquí. La verdadera vida hay que buscarla allí donde están los seres queridos y los amigos más estimulantes, y lo demás son adornos para cuando se tiene eso. Además, aquí he encontrado una vida cultural inopinada, casi clandestina pero muy potente, que me compensa de ciertos tradicionalismos que no comparto.

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