Sobre la intensidad poética de Las exploraciones, de Manuel García Pérez, por Javier Puig

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Las exploraciones, el segundo poemario de Manuel García Pérez, editado por Neopàtria, es la confirmación de una voz poética inconfundible y genuina. En la muy concurrida presentación del libro en Orihuela, Luisa Pastor, Álvaro Giménez y el ilustrador del libro, el pintor Roberto Ferrández, así como el propio poeta, a través de sus comentarios, trataron de acercar al variopinto público un libro de poesía capaz de producir una indeleble emoción en el lector, pero al que no se accede suficientemente si no se toma con la adecuada disposición y las precisas insistencias. Como allí se comentara, se trata de un libro abierto ante el que no hay que aspirar a una exacta comprensión, sino dejarse conmover por sus páginas, nutrirse de las muchas sugerencias que promueve, abordar nuestra propia interpretación, que será diferente pero no distante de la de los demás lectores.

Como en Luz de los escombros, su anterior libro, el recorrido por sus poemas se me presenta como la intermitente iluminación de un paisaje herido. Es esta una poesía de misteriosas referencias. Su último misterio no resulta desvelado, pero los versos crecen con cada lectura sucesiva, aumentando su fuerza reveladora. En un principio, los versos extraídos, en su aislamiento, no resultan muy significativos, pues forman parte de un todo indivisible, de unos poemas que participan abiertamente de una voz irrenunciable; pero, a la vez, sentimos su potencia concentrada, los percibimos como si fueran el expansivo detalle de un cuadro, como unas coherentes y holísticas pinceladas. Y es que yo siento esta poesía como la traducción a la palabra de unas pinturas imaginarias, el definitivo detenimiento de un relato dramático en su punto más álgido. Lo pictórico le es afín y por ello las magníficas ilustraciones de Roberto Ferrández resultan tan armonizables.

Los poemas de Manuel García Pérez provocan una sensación que nos aísla de nuestra cotidianidad, nos desplaza hacia lugares insólitos que no tardamos en reconocer como la ubicación de la génesis del común de todos nuestros terrores. Los versos que conforman este poemario acaecen en nosotros como oscuras fulguraciones, como incisivos fragmentos que se enlazan en conexiones inopinadas. Hay innegable belleza en cada cuadro-poema, hay una llamada, una voz que nos reconduce por terrenos desechados. Es como un recordatorio de lo íntimo del mundo, una invitación a una escrupulosa manera de mirar que destapa lo enterrado bajo la implantación de lo obvio.

Luisa Pastor, en su corto pero precioso y orientador prólogo, ya nos advierte de la dureza del libro: “No hallarás la claridad en estos repechos, no hallarás respuestas”. En el Casino de Orihuela, se nos invitaba a atrevernos a lo recóndito, a aquello que guarda, inagotable, lo intenso; a lo que se aviene a la distinta aprehensión de un lector que, arrastrado por una fuerte corriente poética, con valor tendrá que arribar a los lugares de su realidad, aquella que en verdad lo concierne. Como dijera el autor, este poemario nace de la huella que ha dejado en él la conciencia de tanto sufrimiento; del dolor callado de las gentes, asumido sin apenas gestos, sin restañar; acogido como si fuera una sola presencia, una realidad celular, una constante interferencia. Manuel García nos habló de la invisibilidad de la violencia en nuestra sociedad. Y yo pensé que lo invisible se construye a menudo con las más burdas evidencias. Y lo violento no es solo lo abrupto, lo inesperado, lo cruento, sino también la propia existencia, siempre a expensas de un vivir amenazado.

El inicio de cada poema es como la prolongación de unas músicas silenciosas que estaban allí, de unas vibraciones que se transmutan en luz tamizada por el dolor. En las imágenes predomina un eco de gritos silentes. Hay una multitud de seres no identificados, que forman un solo personaje plural, en el que a menudo se distingue el hálito femenino. Esa mujer que, herida de saber, sobrevive a las batallas; que infinitamente reproduce hacia dentro los precisos acontecimientos que la marcan, que habita la extrema hondura de la oscuridad y conoce el despiadado rostro de la vida.

El poemario recorre las materias de la naturaleza, los elementos de los campos. Y también los animales. El perro recurrente, como presencia que ronda el círculo de la desgracia. Los perros que imaginamos cabizbajos y tristes, acallados para siempre, testigos de los extravíos humanos, de sus torpes confrontaciones. El perro como animal inocente pero terrible a la vez.

Es esta un poesía radical, un descontaminado ejercicio de potenciación de cada palabra. Su propósito no es explicar, no es ligar las distintas construcciones de un pensamiento casi enajenado, sino retrotraerse hasta el lugar en el que coincide el flujo que intimida a los seres frente a la vida rigurosa. Los apuntes paisajísticos, con su asfixiante dureza, actúan aquí como detonante de un sentimiento que se desvirtuaría con las muchas palabras. Las sucesivas escenificaciones irrumpen en un lector que ya se ha situado sobre esa tierra en la que se refleja la contumacia con que el hombre perpetra su ignorancia. Lo que predomina son las sombras, el dolor de sus dispersos habitantes, el pálpito de los inútiles escondrijos y la debilidad de cada amanecer.

La exigencia del libro no resulta liviana. No podemos negar su pesimismo: “Mis hijos no saben/todavía quién los entregó a este lugar/inexplicable”, pero tampoco renunciar a su extrema belleza. Las exploraciones consolida una poesía necesaria, que se atreve con una temática sombría, elevándola, como esos hombres que elevaron el tótem: “Los hombres/ que lo elevaron eran hombres dignos”. Aunque: “Los signos/residen ahora en el barro, / son heridas frescas y vivas, / sangran en la luz”. No hay tregua: “Los hombres que lo elevaron/ fueron hombres perseguidos hasta la extenuación”. Hay que mirar, pero, ¡cuidado!: “Quien quiso contar las cicatrices/ fue extirpado de la luz”.

Para finalizar el poemario, unos versos dramáticos, pero tal vez esperanzados: “No queda ningún animal/ que en la desolación resurja. / Solamente las larvas/ en el interior de esta quietud”. Las larvas como promesas de un nuevo ser, la quietud como frágil tránsito en la rueda de la existencia. La quietud de la desolación, el final de lo avanzado y el tímido fulgor de lo incipiente. El acierto del libro, su gran validación, es su capacidad para poetizar al lector, para activar su sensibilidad y deponerlo de su inconsciencia ante el dolor del mundo.

http://neopatria.es/es/

 

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