HIPOCONDRIACUS MAN, por Francisco Gómez

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-Hola, doctor, buenos días.

-Buenos días. ¿Cómo se llama usted, por favor?

-Luis Perezgil. ¿No lo sabía usted?

-Lo siento pero no. Soy nuevo aquí y aún no estoy al tanto de las historias clínicas de mis nuevos pacientes.

-Yo creía que ya conocería mi caso.

-Lamento tener que decirle que no me ha sido posible. Disculpe, ¿dígame qué le ocurre?

-Siento como unos pinchazos a la altura del pecho, en el corazón, que no me dejan dormir por la noche. Noto como unas palpitaciones y una sensación de ahogo que me causan gran inquietud. Hace dos días, andando en plena calle, me pegó una arritmia y me dejó K.O. en el bordillo de una escalera. Estoy muy preocupado, doctor. Temo que pueda pegarme un infarto o una angina de pecho.

-¿Le han vuelto a dar más arritmias?

-No, señor, pero las palpitaciones y los pinchazos continúan cuando me acuesto en el sofá o voy a la

cama. A veces siento miedo de ir a descansar y echarme en mi habitación.

-Tranquilícese, tranquilícese. Probablemente sea un típico cuadro de ansiedad motivado por preocupaciones que tenga usted.

-O quizás sean los prolegómenos de algo peor que me lleve al otro barrio. Por favor, háganme los análisis correspondientes, los electrocardiogramas necesarios y las consultas con el especialista pertinentes. Ahora vivo en un estado de intranquilidad permanente que no le deseo a nadie.

-¡Está bien!, ¡está bien! Le tomaré la tensión…Yo la veo bien, quizás un poquito alta la baja, 9-12.

-¡¡¡Auscúlteme, por favor!!!

-De acuerdo, de acuerdo…pero mantenga usted la calma. Ya le he dicho que muy probablemente no sea nada. Traiciones de nuestro subconsciente. Tenga usted en cuenta que muchos de nuestros supuestos problemas vienen de nuestra mente y son cuadros psicosomáticos que no tienen correspondencia con nuestro funcionamiento fisiológico.

Pasan unos días, los suficientes para que nuestro amigo Luis Perezgil, al que a partir de ahora rebautizaremos como el enfermo imaginario, se impaciente aún más a la espera de resultados de sus análisis de sangre y electros varios. Llega el día de la consulta. Aguarda en la sala con expectativa inusitada el momento de entrar en el santuario del galeno y conocer de primera mano el veredicto sobre su destino.

-¡Está usted como una rosa, don Luis! Los niveles de colesterol, glucosa, transaminasas y otros indicadores son perfectos. El electrocardiograma que le realizó el doctor Pérez ha salido correcto. Incluso el especialista, si me permite que se lo diga, se molestó un poco porque comprobó que el funcionamiento cardiovascular de su corazón era el adecuado y me recomendó que él no podía perder el tiempo pues tiene pacientes más urgentes de los que ocuparse.

-Sí…¡pero yo siento esas palpitaciones y pinchazos en el corazón y no estoy tranquilo!

-Ya le dije que esas sensaciones podían deberse al estrés o la ansiedad que usted tenga por el motivo que sea. Si quiere, le receto un anxiolítico que le tranquilizara. Pero yo le recomiendo que se tome la vida con más calma.

-Ya, doctor, ya…pero yo no me voy tranquilo. ¡Mire que si se han equivocado de análisis o de electros…! ¿No me los podían repetir otra vez, por favor?

-No se preocupe. Todo está bien. No tiene motivos para estar intranquilo.

-Lo que usted diga pero no me han hecho una esfimografía.

-¿Cómo tengo que repetírselo, hombre? Si el especialista no lo ha considerado necesario, pues no sería pertinente hacerla. No se agobie, por favor. Todo está bajo control. Tómese este tranquilizante y ya verá cómo se encuentra mejor.

-No sé…no sé…A ver si voy a tener una miocarditis o son las primeras señales de un ictus o un aneurisma.

-Las tragedias para la Grecia clásica. Vuelvo a repetirle que su corazón está de maravilla y su sistema circulatorio no presenta ninguna anomalía. Tranquilidad y disfrute de la vida que está ahí fuera a la espera de que probemos su ambrosía.

-Me voy preocupado, señor. No me convence cuanto me dice.

Nuestro amigo Luis Perezgil salió de la consulta médica con una gran mosca tras la oreja. Las razones del facultativo no le habían acabado de convencer y seguía creyendo que su necesitado corazón le podía tender una jugarreta en el momento más inesperado. Aún no hemos presentado a nuestro héroe, para que tú, querido lector, puedas conocer un poquito mejor las circunstancias que rodean la vida de tan singular personaje. Luis es un hombre normal, solterón a carta cabal, que ya ha sobrepasado la cuarentena sin sobresaltos ni balances vitales que desestabilicen su vida y armoniosa. Vive en una ciudad de tamaño mediano, lo que le convierte en un ciudadano perfectamente anónimo entre otros miles que le circundan sin conocerle. Incluso para sus vecinos más cercanos es considerado un “poquita cosa” pues ningún rasgo físico ni de carácter sobresale en su personalidad. Su estado civil, como ya hemos dicho, es la soltería que él considera continua a perpetuidad. Una forma como otra cualquiera de andar por la vida. Nunca tuvo novia oficial con la que imaginase proyectos de futuro y ahora que apenas hace vida social más allá de los cuatro amigotes del trabajo y las partidas de mus los sábados y domingos por la tarde, esta tarea se le antoja misión imposible como las pelis de Tom Cruise. Él dice que se siente a gusto con su soledad, aunque ésta pueda ser una afirmación falsa con la que engañar a su conciencia. Siempre busca el beneplácito de sus superiores laborales, el consenso en las decisiones vecinales y los besos furtivos y ocasionales de señoritas que le ofrecen su amor pagado y minutado.

Aquí la moral de nuestro protagonista sufre un crujido ya que su vida demuestra no ser tan armoniosa y apacible como se presuponía. Cuando sobre su cabeza e instintos aterriza el fantasma del deseo, esta fuerza impulsiva y esclava le hace plegarse a sus dominios. Y cae y recae y requetevuelveacaer. El hombre de sólidas convicciones se hunde en las arenas movedizas de la sensualidad y acaba por reconocer que es un poco hipócrita (como todos se autojustifica) y bajo la epidermis de hombre apacible y ordenado, asoma el lobo estepario que aúlla besos y desea comerse coños en las noches desoladas sin amor ni verdadera presencia femenina.

Tras consumar los actos impulsivos que le dejan exhausto y preocupado por si hubiera contraído alguna enfermedad a pesar de las precauciones debidamente adoptadas, el maldito pepito grillo de su conciencia hace acto de presencia y empieza otra lucha interior: “¿Soy un putero, un salío, un ser incapaz de conquistar a una mujer por los cauces normales y tiene que buscar el consuelo de señoritas fáciles a cambio monsieur dinero? ¿Entonces todo lo que digo y pienso es sólo una máscara de mi auténtico rostro? Un hombre que ha huido de las tierras del amor para buscar refugio en los laberintos del sexo? Yo no hago mal a nadie si busco consuelo de esa manera. Todo el mundo tiene derecho a buscarse momentos de felicidad y si yo trato de buscármelos así, ¿qué mal hago a nadie? Su pensamiento navega por un mar de contradicciones íntimas que le dejan agotado. La realidad y el deseo. Los sentimientos encontrados. El peso de la culpa. El reconocimiento de la derrota. Los objetivos incumplidos. El tiempo que ya no le espera. La autojustificación de sus acciones.

Cae la noche sobre la casa de nuestro amigo y parece habitar entre los dominios de la soledad. Sus padres faltan desde hace casi una década y su hermano mayor hincó sus reales en Alemania con su futuro de ingeniero industrial en el horizonte. Su hermana menor casó con un habitante de las tierras del norte del país patrio allí donde la lluvia es invitada omnipresente y formó su familia y vivencias. ¿Vive solo, pues? ¡No amigos! Tiene dos compañeros de fatigas. Euclides y Fumanchú, aunque el lenguaje articulado que el triunvirato maneja no siempre les permite una perfecta comunicación. Euclides es el compañero que desde hace años marcha con él en la travesía por el desierto de su vida. Su amigo emplumado ha aprendido palabras del diccionario humano gracias a Luis. ¡Calabaza gorda, calabaza gorda! Cuando se refiere al cráneo de su amo. Los silbidos admirativos que propina a las mujeres apetecibles que pasan por debajo del balcón. ¡No tienes ni puta idea! Cuando no está de acuerdo con alguna afirmación o decisión de Luis o ¡Estás más “pa” ya que aquí! Si observa las incongruencias de nuestro héroe perfectamente anónimo. Euclides es verdiblanco de cabeza y plumas verdes y cuello blanco, ojos pequeños y vivaces y pico traicionero si alguien se atreve a poner su dedo en las cercanías de su jaula.

Fumanchú, el segundo compañero de Luis, entró de prestado por su casa. Un día improbable se coló de rondón por la puerta de la escalera y decidió hacer en aquella guarida su morada. Él es un gato común, de colores corrientes, pardo, negro, como con una manchita de leche en uno de sus ojos y en el otro una mota dorada. Las relaciones entre Euclides y Fumanchú no son tan malas como pudiera pensarse. El gato no ansía las carnes del loro, sino que al contrario, se complace en las ocurrencias sonoras del pájaro. Es más la carrera de los días, meses y años, los ha convertido en amigos y este hecho es motivo que llena a Luis de íntima felicidad pues en su hogar gravita el trono de la convivencia entre el reino humano y animal y entre las distintas especies que pueblan este planeta de ojos azules.

Pero la perdición de Luis es que tiene demasiado tiempo para sí mismo. Esta circunstancia que podría ser causa de alegría le provoca profundas divergencias internas. Demasiados minutos de su reloj vital los ocupa y preocupa en mirarse a su ombligo. Es Luiscentrista y el universo gira alrededor de él. Nada hay si él no está. Nada es importante si él no es el núcleo del episodio. La observancia minuciosa y obsesiva de su cuerpo y los consiguientes mecanismos fisiológicos centran gran parte de su atención diaria. De ahí a que aparezcan los supuestos problemas de salud media menos que la atracción de una abeja por el polen de una flor.

-Hola, doctor, ¿se acuerda de mí?

-¡Cómo no voy a acordarme hombre…! Si hace tres días que estuvo usted aquí. ¿Se encuentra ya mejor?

-De lo otro sí. Mire, me he dado cuenta que me han salido unas manchas en la piel que me dan mala espina. A ver si de tomar el sol, estas alteraciones cutáneas pueden ser principio de un melanoma y estoy preocupado.

-Déjeme que las vea…(una pausa mientras el médico se dedica a observar la epidermis de nuestro enfermo imaginario). En principio, yo no detecto nada extraño. La piel adquiere tonalidades más caprichosas a medida que transcurre el tiempo.

-¡Exijo que se me tome una muestra de mi piel! No me siento tranquilo. Y si fuera el comienzo de un tumor cancerígeno. Aún estamos a tiempo de cogerlo en sus inicios.

-Le vuelvo a repetir que yo no detecto nada malo

Nuestro héroe permanece en un estado de eretismo hasta que se le hace la biopsia que exige reiteradamente. Una vez que su estado hígido es el recomendable por la OMS y todos los organismos sanitarios internacionales que pilla a mano en los diccionarios médicos y en la red de redes, vuelve a una situación de ataraxia temporal y relativa. Sus compañeros de piso asisten muertos de risa al espectáculo de sus hipotéticas enfermedades. A veces no saben si menear desaforadamente la mandíbula o echarse a llorar, compadecidos por las vicisitudes de Luis. Euclides le repite: ¡Calabaza gorda, estás más “pa” ya que aquí! ¡Tienes mala cara, tienes mala cara! Y nuestro amigo sale disparado al lavabo para verse el rostro y comprueba el estado de su tez más bien blancuzca porque el sol es más bien un morador intermitente de su cuerpo. Pálido, sale del aseo y arrastrándose llega hasta la farmacia de la esquina donde el buen profesional de la farmacopea le dice que no pasa nada, que sólo ha sido una broma del bicho. Le recomienda encarecidamente que no se toma tan a pecho el estado de su salud a pesar de que esta indicación le pueda acarrear un quebranto económico, imagínense el porqué.

A los pocos días:

-Buenas tardes, doctor. (el médico muestra un gesto enfurruñado)

-Sí, mire, he notado que tengo un bulto en mi cabeza a la altura del lóbulo temporal, que antes no tenía. Me lo toco y siento cierto dolor. ¿No será un tumor? Me gustaría que lo examinara.

-Tranquilo, hombre, lo más probable es que sea un bulto de grasa. No se ponga nervioso. Ya lo examino yo.

Luis se tumba en el diván de la consulta y su nuevo amigo el médico comprueba que no se detecta nada extraño alrededor de su periferia craneal.

-Todo está bien. No tiene por qué preocuparse.

-Pero así…con una simple exploración visual. No podrían hacerme un escáner y las pruebas que sean necesarias.

-(ya con sorna) La Seguridad Social va a generar múltiples pérdidas con usted. ¿Puedo tutearte, Luis?

-Sí, claro, ya nos vamos conociendo.

-Permíteme que a la salida del trabajo te invite a un café.

Se hacen las siete de la tarde y nuestro querido hipocondríaco espera en la puerta del centro de salud al galeno, de nombre Pedro. El médico le busca con la mirada, se encuentran y buscan la cafetería más cercana. Llegan al pub Sildavia y se sientan en un apartado.

-¿Puedo hacerte unas preguntas, digamos que personales, Luis?

-Como quieras…ya nos vamos conociendo.

-¿Vives solo?

-Y quien no vive solo en los tiempos que corren. Si te refieres a vivir solo en mi casa, sí.

-¿Cuántos años tienes?

-43, camino de los 44, en septiembre próximos.

-¿Quizás te has casado y ahora estás separado?

-No, nunca me he casado.

-¿Pero habrás tenido novias, ligues, rollos…

-No, nunca tuve novia y rollos más bien pocos (aquí Luis omite, como sabemos, sus encuentros ocasionales con señoritas de vida relajada)

-Supongo que tendrás familia…

-Viven lejos de aquí y el trato se reduce a los encuentros navideños y algún viajecito de ellos o mío para vernos.

-Ya…pero amigos, ¿sí tendrás para salir por ahí y divertirte un poco y quién sabe si echar una cana al aire?

-Amigos tengo bien pocos, por no decir casi ninguno. Están mis compañeros de trabajo, con los que alguna vez salgo a comer. Pero de fiesta con ellos nunca, salvo si alguno se casa y me invita a la despedida de soltero. Salgo a jugar los fines de semana con unos conocidos del barrio y si me animo incluso practico con ellos la petanca.

-Ya…ya…pero…¿harás vida social?, ¿te relacionarás con las mujeres? Deberías salir más por ahí, hacerte amigos…te convendría.

-Yo soy mi mejor amigo. No necesito a nadie más. ¿Usted conoce algún amigo que nunca le haya fallado o traicionado? Al final, todo el mundo va a la suya y tú te quedas solo.

-Hombre, Luis, no seas tan extremista.

-La vida es quedarte más solo a medida que ganas en edad. ¿Cuántos amigos conservas de la infancia, de la primera juventud, de tu paso por la mili, de la Facultad…?

-La amistad hay que trabajársela, si no, puede desaparecer.

-La amistad también falla, como el amor, la familia, la confianza en las instituciones. Al final estás tú solo.

-Las cosas no son tan negras como las pintas. Te invito a que salgas más, a que trates a nuevas personas, te apuntes a asociaciones que sean de tu agrado. ¿Por qué no te inscribes en un club de baile o te metes en un gimnasio o haces tai-chi?

-En realidad, tengo dos buenos amigos que no me fallan y están conmigo. Euclides y Fumanchú.

-¿Quién es Fumanchú?

-El apodo de un ser que siempre está conmigo (En ese momento, el gato está poniendo de vuelta y media la casa mientras persigue como un loco a un ratón que entrado por las cañerías).

-Está bien, está bien. Hazme caso, ya verás cómo cuando salgas más fuera de ti, no estarás tan preocupado por tu estado de salud y serás más feliz.

-¿A ti te ha ido bien la vida, verdad? Seguro que te has casado, una mujer que te adora, tienes hijos, personas que te aprecian y valoran. Trabajas en lo que te gusta y todo eso, ¿no?

-No me puedo quejar. (con suficiencia)

-Pues a mí no me ha ido como yo quería. (Dicha esta frase, Luis se levanta, estrecha la mano de Pedro, paga las consumiciones en la barra y se larga)

El espectáculo al llegar a su reino personal es lamentable. Las cortinas rayadas, el sofá malherido, dos bombillas de las lámparas por el suelo hechas añicos, tres jarrones rotos…Fumanchú muestra orgulloso entre su hocico la cola del ratón deglutido. Luis no tiene ganas de nada y se acuesta en su habitación. Fija la mirada en la pared y suena el teléfono. Es Dorita, la profesional del amor que le ha regalado en los últimos tiempos más consuelo que nadie.

-¿Luis? Soy Dorita. ¿Cómo estás?

-¿Dorita…? Sí, sí, ¿cómo sabes mi teléfono?

-Queda registrado en mi móvil cada vez que llamas.

-Ya, vale. ¿Qué querías?

-Me gustaría que nos viéramos fuera del trabajo. Tengo que hablar contigo de ciertas cosas…¿Te parece que quedemos esta noche a cenar? Invito yo.

-De acuerdo. Como quieras.

Noche cerrada. Día entre semana. Soledad en las calles levemente interrumpida por los relampagueos de los semáforos. Los niños ya duermen en sus camas a la espera de buenos sueños que naveguen su velada. Los currantes de las fábricas y las oficinas han vuelto del tajo que les permite sobrevivir a la hipoteca y los gastos familiares. Los amantes esperan su oportunidad para cumplir sus sueños. Las prostitutas aguardan en las carreteras de los extrarradios. Los ancianos hacen rosarios con sus recuerdos. Luis y Dorita se citan a las puertas de un mejicano en la Avenida de la Alegría (véamos si se cumple el nombre alegórico),

-Hola, Luis, ¡qué guapo estás!

-Eso se lo dirás a todos, Dorita. No me engañes.

-¡Hay que ver qué gruñón eres! Te lo digo de buena gana, tonto más que tonto.

-Luis, tenemos que hablar

-¿De qué?

-¿No te das cuenta que somos como dos náufragos en medio de un mar indiferente? Tú llevas una vida triste y lamentable. Solo, sin nadie a tu lado que te quiera y te haga mimitos por las noches y espere tu regreso a casa del trabajo. Vas de flor en flor pagada, claro está, porque si es verdad lo que me dices, no te comes una rosca por la vía normal y no sé…pero ahora a lo mejor estás cansado de esa forma de caminar. Yo también estoy sola. Nadie me dice cosas bonitas y sentidas al oído. Sólo buscan mi sexo para satisfacer sus instintos y luego si te he visto tararí.

-¿Y qué te hace pensar que yo sea diferente a los demás?

-Tú me tratas con delicadeza y no me ves como una prostituta sino como una mujer. Buscas el cariño y la conversación con la persona que no tienes a tu lado.

-¿Qué sabrás tú de soledades?

-Pues a lo mejor más que tú. En este oficio nos sentimos muchas veces utilizadas por los hombres y luego nos quedamos solas, muy solas. Sin un amor donde cobijarnos y sentirnos queridas. A medida que pasa el tiempo esta sensación crece, el invierno de la soledad, el manto del silencio, la ausencia de alguien que nos ame y cuide.

-Yo no sé si podré darte lo que pides. Para mí sería una gran novedad vivir en pareja. Nunca he convivido con una mujer.

-¡Atrévete, Luis! Unamos nuestros barcos en la travesía. Antes que sea demasiado tarde. Cásate conmigo y busquemos el cobarde pájaro de la felicidad.

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

Sueños de Nadie, El picudo blanco, 2009

-¿Te casarías con un hombre imperfecto, un hombre que tiene más fallos que pelos en su cabeza?

-Me casaría con el hombre del que estoy enamorada. Cásate conmigo. No lo pienses más.

Se besaron allí mismo y no cenaron. Fueron a casa de Luis y se amaron. Con increíble sorpresa de Euclides y Fumanchú que no estaban acostumbrados a presencia femenina entre aquellas paredes. A los tres meses se casaron y Pedro, el médico, ejerció de padrino. Luis nunca supo que el destino entreteje sus redes con lazos inescrutables. Pedro también era cliente de Dorita y en una de estas conversaciones íntimas que mantenían en el lecho, el facultativo explicó a la chica que tenía un paciente muy particular y hete aquí que Dorita supo enseguida de quién estaba hablando. Nuestro amigo nunca vislumbró que la amistad se había fraguado entre él y el médico y el amor llamaba a las puertas de su vida desde hacía tiempo. Estaba ciego de soledad, desesperanza y ensimismamiento. Su ángel guardián había venido a salvarle de las nieblas de la derrota.

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