DIARIO DE 2007 (XX), por Javier Puig

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2 de diciembrecarlos-fuentes

Un diario también debe reflejar los deseos. No solo lo vivido sino también lo que se quiere vivir, lo que a menudo se incumple, y, en otro tiempo, leerse uno aquí y comprobar las trayectorias cercenadas o las coherencias con nuestros proyectos.

Leyendo esta mañana el libro de Carlos Fuentes, En esto creo, al tropezarme con el artículo que habla de Buñuel, he sentido un fuerte deseo de ver sus películas; en realidad, un nuevo impulso –esta vez más fuerte- a una recurrente idea de que debía recuperar el contacto con su cine.

De Buñuel vi unas cuantas películas en mis años mozos y muy cinéfilos. Ninguna me disgustó; sin embargo, las que se grabaron en mí como más luminosas, fueron tal vez sus películas menos surrealistas, más clásicas: Tristana y Viridiana, sobre todo. Aunque también otras suyas me habían gustado mucho: El ángel exterminador, Simón del desierto, Los olvidados, Un perro andaluz y esas otras obras de su época mejicana, de esas en las que –a pesar de que sus argumentos eran de lo más clásico- él sabía poner su inimitable toque personal.

Ahora que he empezado a leer a Galdós, me gustaría mucho ver Nazarín. También quisiera volver a sus películas francesas (La Vía Láctea, El discreto encanto de la burguesía, Belle de jour, Ese oscuro objeto del deseo), esas obras iconoclastas, esa lúcida mirada que ve la ridiculez de todas las convenciones sociales, la mentira de tantos desvelos y la verdad de los gestos sencillos. Pero estoy hablando de memoria, esperando extraer de esas películas tal vez una correspondencia con mi necesidad actual de desbaratar las hipocresías y premiar la asunción de la verdadera condición humana, hecha de bondades y de excrecencias.

6 de diciembre

Sí, el mundo es un poliedro de infinitas caras, que va girando, se nos va mostrando y, a veces, algunas de ellas, las más hostiles, brillan más, se adelantan y nos dificultan ver las restantes, se nos graban en la retina y el reflejo de su visión se superpone a otras caras más bondadosas.

Con el paso de los años he ido percibiendo más los conflictos humanos, no sé si porque los he teniendo más cerca o porque me he hecho más consciente de ellos. En mi juventud, me quedaba mucho menos atrapado en los encontronazos que se producían, me detenía menos en ellos y, si acaso, los juzgaba más globalmente, como una característica innata de la humanidad que no acababa de concretárseme demasiado en ninguna persona cercana.

Supongo que otra diferencia importantísima era que yo era un ser solitario y egoísta y que solo sentía las afrentas que se me podían hacer a mí. Ahora mismo aquello de entonces es multiplicable por cuatro – o por más – , porque sentiría, más que las mías, las injusticias que pudieran sufrir mi mujer y mis hijas u otros seres cuyo destino me preocupa.

¡Qué verdad sigue siendo aquello de que “buscar la belleza es la única protesta que vale la pena en este asqueroso mundo”! Ayer, continuando con el libro de Carlos Fuentes, este escritor mejicano hablaba de los terribles disparates que ocurren en nuestras sociedades. Decía, por ejemplo, que si se redujese en un uno por ciento el presupuesto militar mundial, se podría escolarizar a todos los niños del mundo, y que, con lo que cuesta un avión de caza, se podrían comprar ochenta millones de libros. A nivel global, el mundo sigue siendo asqueroso: consumismo, desigualdades enormes, hipocresías, profundos daños ecológicos…y a nivel particular también suele serlo; para comprobarlo, basta con poner a alguien en situación en la que deba sacrificar algo, por poco que sea: en una buena parte de los casos nos dará ahí su verdadera liliputiense medida. Hay demasiada proliferación de egos enfermos motivados por alguna discreta infelicidad muy arraigada.

Hace un momento leía el relato de Kapuscinski, de cuando estaba viajando, en el año 58, desde China, en el Transiberiano. Intentaba cruzar la frontera soviética. Hablaba de cómo le impresionó la extrema rigidez, la severidad, el desprecio que se respiraba entre los soldados de la aduana. Cuenta que buscaba entre ellos “caras de rasgos suaves y benignos, relajados y abiertos; olvidarme por un momento de que nos rodean alambradas y torres de control, perros rabiosos y rostros hieráticos; me gustaría establecer algún contacto humano, intercambiar fórmulas de cortesía, charlar…” En ocasiones tan extremas como esas, cualquier gesto de humanidad –aunque sea distante- nos puede aliviar mucho, pero, en épocas más cálidas y más seguras, como la actual, en las que apenas sentimos amenazadas nuestra libertad y nuestras pertenencias, mantener relaciones de cortesía no nos es suficiente, porque las intuimos falsas, simples formas de expulsar o de mantener a raya la temida soledad. Necesitamos sentir, de vez en cuando, una verdadera fraternidad con alguien.

Aunque siempre podemos ejercer nuestro derecho a consolarnos. Cuenta también este periodista polaco, que, en el año 39, cuando era niño y había guerra, se pasó –junto a otros muchos niños- una noche entera haciendo cola con la promesa de que, a la mañana siguiente, podría comprar dulces. Luego no hubo tales dulces sino solo las latas que los habían contenido y, en cuyas paredes, permanecían pequeños restos de su sabor. Tras la primera decepción, esos niños se alegraron de pensar que, en ellas, podrían hervir agua y así obtener un líquido dulce.

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