Sobre Octubre de luciérnagas, la gran novela corta de Manuel García Pérez, por Javier Puig

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octubre-650Esta vez, Manuel García Pérez, cuando aún no están apagados los ecos de su segundo libro de poesía, Las exploraciones, pone a nuestra disposición, a través del más novedoso canal digital, en Amazon, una novela corta que tampoco está carente del aliento poético, pero que lo devuelve al terreno de la narrativa que ya exploró exitosamente con sus novelas destinadas a un público juvenil. El nuevo canal de distribución que ensaya el autor todavía despierta reticencias en ese público que se resiste a abandonar la condición palpable de las páginas de papel, que echa a faltar la más fácil posibilidad de hojear o subrayar, que aprecia en la visibilidad de un lomo en la biblioteca personal una mayor sensación de pertenencia, A mí particularmente, no me disgusta leer en ese dispositivo que es el Kindle, que hace de la lectura algo mucho más amigable que si la afrontamos en un ordenador o en un teléfono móvil, inmersa entre el alud de comunicaciones que vamos recibiendo, injerencias a las que nos cuesta resistir. Tener un ebook en la mano es casi como tener un libro tradicional, predispone de la misma manera a una lectura entregada, profunda. Tengo buenos recuerdos de lecturas que he hecho en este dispositivo. En algunos casos, como la de El Quijote o Doctor Zhivago, me he ahorrado cargar con el peso de sus muchas páginas y de castigarme la vista con una letra demasiado pequeña.

Octubre de luciérnagas es una novela corta que se lee en poco más de media hora pero que inmediatamente deseamos releer, pues su densidad literaria, su brillantez, el placer estético y moral que nos ofrece, así lo demandan. La novela, tras una introducción que nos sitúa en el avanzado punto de la trama del relato que elige, se desarrolla en unas breves cartas que la autora escribe junto al lecho de muerte de su amada. No hay un nombre: “No tienes nombre, mi amiga. No debes tenerlo”. No hay la concreción del lugar del presente: “La escritura es anónima siempre, imborrable y tan evocadora como engañosa”. La amante que sobrevive inicia un ejercicio literario que es un simulacro de un acercamiento imposible, un ejercicio que transcurre en esa interioridad que protege de las incontroladas desavenencias con el mundo.

Nos hallamos pues, ante un texto dramático: la muerte inminente de la amada es lo que lo origina. Y su tema principal es el amor. Su motor es esa fuerte unión que, lastimosamente, está siendo definitivamente disgregada. Pero este relato va mucho más allá y es, sobre todo, una desesperada reflexión sobre quién se es en relación al otro que hacemos nuestro.

Este drama origina unas palabras que quieren ser profundas, cerrilmente iluminadoras, irrevocables. Son, desde la contemplación de la muerte ya segura, una evocación de los instantes muy vívidos, milagrosamente libres de sombras, puros en su explosión independiente: “La fuente está ahí, tan cerca. Puedo tocarla y el recuerdo tuyo es tan vivo de repente, que puedo recuperarlo”. La amante que sobrevive, de alguna incontestable manera, también muere.

Se suceden las reflexiones que pretenden abrigar el desamparo de unos duros sentimientos sobrevenidos. “No merecías morir ahora”, dice la voz temblorosa, la voz que avanza desnudándose, aclimatándose al rápido apagamiento de sus antiguas, simples y regaladas sabidurías. Como he dicho antes, no se describe el lugar presente, que es tan solo una inubicable hendidura en la existencia, pero sí los lugares del recuerdo, el exotismo que ayuda a grabar los instantes, los disuade de perecer, los alienta hasta el infinito: Tokio, Roma, Iron Peaks, Montpellier. La imagen de una calle de Tokio, de ese escenario del retrato de un rostro efímero, se repite, como una foto fija, como un instante eterno.

Estos simulacros de cartas, estas oraciones veladas, están hechas de intensa emotividad no exenta de perpleja atención a la rotundidad de la vida. La poesía está presente intrínsecamente, en el tono, en la forma de rasgar la realidad que se acepta, pero también rodea a las mujeres protagonistas. La poesía de Silvia Plath en el momento de la muerte, los poemas leídos junto al mar, Alejandra Pizarnik, la aparente vaguedad de la fina concreción forjada en la mente.

La relación entre las dos amantes es una búsqueda de “la belleza que nos hace tan vulnerables”, una intromisión en los secretos de la existencia, una aventura confiada y ardiente. La muerte de los demás es también el extravío en uno mismo, en quien se fue, ya ilocalizable en ese acabamiento de la mirada que contemplamos: “Pero a mí no me buscabas, buscabas las aguas, las profundas aguas donde sumergirte”. Es para la sobreviviente estar sola ya, saber a la otra ilesamente ignorante de una misma, tener que permanecer recreando un hecho que ya no prospera más allá de la mente.

El lenguaje que disfrutamos es ese tan emotivo, tan fructífero literariamente: el de la carta imposible. Esa voz que interpela sin esperanza, esas palabras que caen en el abismo y solo permanecen sus restos escuetos, adheridos a la oscura humedad de los sentimientos. Y en él se nos revela la separación, la distancia que hay que salvar con un afecto herido, lastrado por el silencio; la ventaja de pronunciar sin la interrupción, sin la respuesta que nos sume en el equívoco inesperado; y la desventaja de hablar para estrellarnos en los límites, como nuestro propio eco.

Y se nos habla de la contradicción del amor, de su frustración y de su endeble permanencia: “Sentía asco. Asco de ti, aunque no fueses tú esa realidad, sino una fingida y desagradable forma de parecerte a la que unos meses atrás…” La enfermedad mortal que distancia, que incumple las antiguas reglas establecidas, que desvía hacia los sumideros el inquisitivo tránsito del deseo. “Aún luchas desde mi interior contra la luz que alumbra el mundo del que te has ausentado”. La necesidad de llamarla, de atraerla: “Aunque no pueda reconocerte”.

“Estas cartas son una mentira”, reconoce quien las escribe. Se interroga sobre su acción baldía, no comunicativa, sobre esa escritura intransitiva, contra las apariencias: “Soy un ser despreciable, que busca un apoyo en las palabras para sobrevivir”. Lo más verdadero es el reproche: “No acepto que te hayas vencido, que, en los últimos momentos, no me quisieras…Tu resignación fue mi muerte, la tuya también”.

La palabra como interposición entre dos realidades, entre lo otro y lo que uno es: “Recordar a través de las palabras es olvidarte. Olvidar tu cuerpo tal y como era”. “Escribir es olvidar, volver a encontrarte en aquella mujer que no fuiste”. La palabra como puente que transgrede el peso de lo reciente e impulsa más allá, a una reconstrucción del pasado, un pasado fidedigno pero finalmente estéril. La palabra como conocimiento y como difícil comunicación en este caso de monólogo extremo.

Considero que Octubre de luciérnagas es una novela que admite una satisfactoria lectura más superficial, apoyada en su densa urdimbre emotiva, pero también ofrece la hermosa posibilidad de una sumersión más profunda, de una propuesta meditativa acerca de los significados de la escritura y sobre la verdadera relación con el otro, la cambiante composición del sentimiento del amor. Este es uno de esos textos que a uno lo enamoran y – si se tiene tendencia a ello – lo impelen a escribir, a intentar prolongar con la acción propia ese sobrio embeleso. Con obras como esta – que podría ocupar perfectamente la franja de los mejores relatos que hayamos leído – o, como las que nos promete el autor para un futuro muy cercano, si aún no disponemos de un libro electrónico, hagámonos pronto con él. Es un delito literario perdérselas.

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