Bagatelas de Carlos Javier Cebrián

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En 2005 publiqué este artículo cuando salió a la luz mi poemario CELEBRACIÓN DEL MILAGRO, Col. Generación del vértice, 41, Ed. Celya, 2005. Y ahora lo publico de nuevo en la publicación de mi nuevo poemario BAGATELAS, Pliegos de la palabra, 22, Ediciones Babilonia, Octubre 2016. Porque lo que dice es tan aplicable hoy como ayer…001

 

CELEBRACIÓN DEL MILAGRO

A riesgo de parecerles en exceso pretencioso, y solicitando sus disculpas por hacerles esta práctica de autobombo, queridos, desconocidos, invisibles lectores, quiero informarles que acabo de publicar un nuevo libro de poemas. Dicho esto, les digo también que no es esto lo que me induce a escribir el presente artículo, no es lo importante. No es un intento de publicidad gratuita, aunque de paso me sirva para ello. No, lo que quiero comentarles es la sensación empírica que produce la recepción del anunciado, la ansiedad en la espera de su arribada, el hecho inminente de su salida a la venta, de la llegada a tus manos y reconocerlo, acariciar su encuadernación, sus tapas, degustar su tacto, su olor, revisitar tus propias palabras, tus versos ya lejanos.

celebraNunca he igualado, como hacen algunos escritores, un libro a un hijo, no creo en ello, mis libros no son mis hijos, cada libro es o soy yo mismo. Ahí quedo yo, enmarañado en los versos.

Un libro ya publicado se convierte en un ajeno. Sus palabras, sus versos, parecen dichos por alguien ajeno a uno, por un extraño. Se aleja del autor, empieza su recorrido desprendido de su creador, independiente e insumiso. Cuando lo lees ya no es una relectura, pese a sabértelo de memoria, porque lo que lees aparece pervertido por una óptica desconocida, una significación totalmente extraña. El libro se consolida por sí mismo y empiezas a no reconocerte en él. Entonces te sientes, a veces, orgulloso y, en ocasiones, defraudado, decepcionado ante aquello que dijiste en su día, que hoy dirías de otra manera. Descubres, misteriosamente, las faltas gramaticales, las inexactitudes, los errores en las acepciones de los adjetivos, que no descubriste, corregiste o imaginaste cuando se entregaron las últimas galeradas a la imprenta. Y en ese momento crítico, te invade la vergüenza, el sonrojo; te reprochas el improbable despiste, el desconocimiento, la ignorancia, ahora que ya no tiene remedio. Todo a modo de espejismo porque, casi siempre, esas supuestas faltas son apariciones del miedo, creaciones de tu propio terror al desnudo, al exhibicionismo que supone la publicación de un libro. Tu fuero interno al descubierto. Ahora has pasado de ser un voyeur cuando lo escribiste, a ser la víctima, el observado, sujeto a las atentas miradas de los desconocidos lectores.

Y ahora, también, aparece la incertidumbre, el pánico a no llegar a nadie, a que no compren tu libro, a que no te entiendan, a las críticas, a que pase desapercibido, al orgullo herido. Un ejercicio de majestuosa contradicción, créanme, es editar y publicar un libro. Un hecho milagroso.

 

COSAS MÍNIMAS. Artículos y autorretratos, 2004-2015.

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