Fumando espero, por Francisco Gómez

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cigarette-166829__340Aquí estoy. Con mi amigo, mi compañero y confidente en tantas soledades recorridas juntos por tantos caminos de incertidumbres y esperanzas escasas. Él y yo, juntos, haciéndonos compañía por las rutas inciertas de la vida. Besando una y otra vez mis labios, impregnándome de su olor, su sabor, de su aroma subyugante, de su sensualidad sibilante en forma de volutas de humo que se van y anudan en las nubes.

Tengo rastros indelebles de tu presencia en mí que no me causan pesar. Al contrario, son roces de cariño que me enorgullezco marquen mis dedos de amarillo, los dedos índice y corazón. Los bronquios, bronquíolos y alvéolos pulmonares comparten su presencia en mi cuerpo con tus rastros de nicotina y alquitrán pero a mí no me importa.

Tú eres compañero de tantos instantes juntos, has sido amigo de tantos momentos alegres y otros desolados. Y tú, siempre has estado ahí alargado, afilado, blanco, elegante, sensitivo ¿Cuántos amigos no he hecho compartiéndote? Unos, con la carrera de la edad, se fueron pero otros han quedado. ¿Cuántos amores e historias conquistadas saboreando unos labios de carmín que dejaban su rastro en tu filtro? Compartiendo besos con tu sabor, mientras cruzábamos confidencias al oído con gusto a labios de tabaco, besos de tabaco, mirada de tabaco.

Luego vendrán los agoreros y los conversos –los seguidores de la nueva fe- echando pestes de tus bondades. Que si todos somos fumadores activos o pasivos, que a todos nos perjudica inhalar el humo del tabaco. Y todo tras el advenimiento de la ley inquisitorial antitabaco.
Los fumadores nos hemos convertido en perseguidos, apestados, señalados con el dedo por nuestra iniquidad. Nuestra maldad de contaminadores del ambiente cuando muchas veces quienes crean malos humos son otros de mentes recalentadas y lenguas viperinas.
Esta maldita manía de excluirnos, separarnos, señalarnos en bares, restaurantes, cafeterías y ahora, algunos ayuntamientos quieren dividirnos hasta en las playas. Cuando la vida es unión, fusión, multiplicidad…
Por favor, déjenme anegarme en la humareda del tabaco, en su sensualidad y en sus derrotas. Pero los aguafiestas están ahí, para soltar su manotazo a la altura de nuestros labios y disuadirnos con sus argumentos siniestros. Ahí está el tal David San José y su obra “El tabaco” donde el tío dice en la introducción que “En lo que se tarda en leer esta obra –media hora- doscientos fumadores más perderán la vida, la sanidad española gastara 200.000 euros para tratar enfermedades directamente relacionadas con el tabaco y se fumarán mil millones de cigarrillos en todo el mundo…”.

Vivimos acosados, asediados. Por unos inquisidores que no nos dejan consumirnos con nuestro placer, por un estado hipócrita que dicta qué es lo bueno y malo, lo legal, ilegal y alegal. Déjenme vivir mi vida y perderme por los caminos que yo quiera, joer, y si nos encontramos, tanto gusto. Pero déjenme fumar, exijo combustionarme con el aire infecto horadando mis pulmones, untando mis labios y papilas gustativas con el sabor del alquitrán. Déjenme naufragar en mi vicio hermoso.

Fumando espero al cigarrillo que más quiero pues él nunca me abandona y sí familiares, amigos y amores. Hasta el último día su aliento, aroma y sabor me acompañará con los labios y la nariz infestada de nicotina y aún ese día pediré que dejen a mi lado dos cajetillas para ser mis fieles compañeras en la travesía por el viaje definitivo.

A mi padre y tíos que se han dejado la vida y los pulmones calada a calada

Francisco Gómez

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