José Ruiz Cases, Sesca, ha escrito una muy interesante biografía de un hombre mediocre, por Javier puig

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sesca-650Un oriolano inédito. El poeta Eugenio de Pinumbrío (Biografía de J.Mª. Pina Brotóns) es el séptimo libro que ha escrito José Ruiz Cases, Sesca. Su originalidad está en que no ha elegido para escribir su biografía a un personaje muy notorio, ampliamente seguido y comentado, sino a un hombre gris, alguien, cuyo único soporte para progresar en la memoria de los tiempos, es su escasa y parcamente difundida producción literaria. Como muy bien dijera Pepe Aledo, en su amena presentación del libro, Sesca, como ya ha demostrado en varios de sus libros, es un defensor de los segundones. Prefiere dar mayor relevancia al personaje que ha permanecido semioculto en la vida que a aquel que ya se labró una considerable fama. En este caso, podría haber dedicado su libro a Francisco Pina, en lugar de a su hermano José María. El primero sí gozó de un importante prestigio en su exilio en Méjico, especialmente en su actividad de crítico cinematográfico, y en este mismo libro se reproducen algunos de sus textos. El segundo, siendo joven publicó unos pocos escritos en algunas revistas, a la sombra de otros escritores más importantes; y, en una fase muy posterior, distribuyó sus poemas individualmente entre el círculo de sus conocidos.

A Sesca le apasiona indagar en los recovecos históricos de la Orihuela del siglo pasado. Le interesan mucho sus personajes. Elige esta vez a José María Pina, o Eugenio de Pinumbrío, como se da a conocer en sus publicaciones literarias. Su interés se acrecienta considerablemente por pertenecer a la generación de Miguel Hernández y por haber tenido que cruzar el decisivo y revelador periodo de la Guerra Civil. Ya se sabe que muchas biografías valen tanto por el acercamiento al personaje protagonista, como por la descripción de su entorno, de adyacentes hombres y mujeres destacados, por la confluyente descripción de un periodo de la sociedad.

No hay mujeres en este relato. El aire que se respira es el de una sociedad encerrada en un clasismo y un machismo irreductibles. No sabemos si la posición primera de José María Pina, de inequívoco hombre de izquierdas, está forjada en lo meramente coyuntural y recomendable en el mundo que lo envuelve o en arraigadas y meditadas creencias. Aparentemente, sufre una transformación después del triunfo de Franco, en esa implantación de una nueva sociedad opresora y vengativa, de un régimen cuyo temor a una involución se manifestaba en una nerviosa y despiadada violencia.

Los testimonios que valoran la personalidad del biografiado coinciden en resaltar su virtudes de hombre modesto, su introversión; características que otros considerarían defectos, signos de un hombre débil, propenso a desdibujarse en situaciones adversas para rehacerse en adaptaciones sumisas. Y así se muestra en su periplo de salvación y subsistencia que le tocaría acometer después de la guerra. Todos los gestos que conocemos de él son de adulación a los miembros de la nueva sociedad que lo sostienen en su desesperado intento de supresión de un pasado inconveniente. Sus antiguas manifestaciones a favor de una izquierda política que luchaba por su preeminencia en el seno del régimen republicano se tornan pesados lastres que requieren, en la nueva situación, el fuerte contrapeso de una afección ostentosa y sin fisuras al nuevo régimen. La poesía que escribe, las dedicatorias en las que se deshace (en su mayoría, a los abogados de su círculo profesional, y en las que la palabra más usual es la de “ilustre”), se ciñen al ámbito asfixiante de una sociedad excluyente, protectora de privilegios, de hueros prestigios y miméticas poses. Tras esas palabras amistosas, se trasluce una angustiosa súplica de reconocimiento, de salvífica integración.

Como corresponde a un hombre apenas relevante socialmente y fallecido en el lejano 1973, los datos sobre su vida privada son pocos. El intento de una más amplia reconstrucción de su ámbito personal resulta fallido. La tenemos que completar con nuestra imaginación, hemos de añadir, a esas escasas referencias, a lo que se desprende de su palabra escrita, a los contados testimonios, nuestra intuición. Podemos basarnos también en las fotografías que ilustran la portada del libro, en esa juvenil, en la que su mirada parece apuntar a escondidos territorios que él solo tiene la capacidad de descubrir; o a esa foto de hombre maduro, de amplia frente, de mirada ya prisionera de lo que ha tenido que ver, de luz sombría que me recuerda al más angustiado Henry Fonda. Parece que haya dos hombres, pues: uno primero, de más altos ideales, que murió con la derrota del bando republicano, y otro más pragmático, más mezquino, devoto obligado de lo imperante, recompuesto con ahínco a partir de esa drástica inflexión en la sociedad que lo concierne. Es la transformación reaccionaria bastante común en el hombre, elevada en este caso a su exacerbación, alimentada por el miedo a perder un acogimiento muy trabajado. Hay que tener en cuenta que no parece que José María Pina hubiera vivido en el calor de una familia. Su matrimonio duró poco, no tuvo hijos, no se le conocen trascendentes amoríos. Su vida podría haber sido la triste de un solitario poco convencido. Vivió sus últimos años humildemente. Dijeron de él: “Era un hombre bueno, introvertido, de psicología un tanto extraña, con una gran dignidad y un excesivo orgullo… Fue un idealista que por su espíritu retraído, prefirió vivir en el anonimato y en la mediocridad.”

En la presentación del libro, insistían Sesca y Pepe Aledo en que no se consideraban críticos para valorar la calidad de la poesía -ampliamente recogida en este libro – que escribió Eugenio de Pinumbrío. Yo tampoco lo soy, sino un aficionado que procuro pensar y sentir lo que leo y luego, muchas veces, lo escribo. En principio, el soneto, que es el formato que emplea, no es el que más simpatía me produce. Por otra parte, la temática de sus poesías no es la que más me llega. Abunda – más que en lo religioso – en lo católico más recalcitrante, en localismos que poco conectan con el universo. Como dice Sesca, la poesía de Eugenio de Pinumbrío: “Es más bien fiel a lo que pudiéramos llamar estilo oriolano, señalado acertadamente por Vicente Ramos, que lo llamó estilo olecense, y está caracterizado por un barroquismo que refleja el del ambiente condicionador.” Y estoy de acuerdo con él cuando reflexiona: “Me queda la duda de si (sus poemas) no quedan un tanto castrados de espontánea e íntima sinceridad; si no son más poemas de exposición y convención que de convicción.”

Sin embargo – ¡oh ulterior sorpresa! – me encuentro, en la sección dedicada a su prosa, un relato, Simonete, en el que aprecio una brillante frescura, una muy digna sentimentalización, una descripción intensa, con gracia, con sensibilidad bondadosa que no empalaga. Miro la fecha del mismo y… – en efecto – es de 1930. De su juventud, de antes del traspaso de su precipitante frontera. Aunque también – es cierto que bastante afectado por el tamiz ideológico – encuentro otro relato de factura considerable: Dulce amargura. Esta vez publicado en 1962.

Sesca realiza el exhaustivo y generoso homenaje a un hombre sensible que se zambulló en la corriente de la mediocre anuencia: “Superados los momentos amargos de la persecución, me da la impresión que fue incapaz de apostar por un proyecto vital optimista. Y se limita a sobrevivir, a vegetar, a masticar sin hacer ruido. Al contrario que su hermano Paco, se oculta de los demás y hasta de sí. Su poesía – al margen de afición y entretenimiento íntimo – es un recurso de agradecimiento para los benefactores. Los benefactores pasan por ser todos de derechas.” Conocer a este hombre nos alecciona sobre los débiles resortes de la humanidad. No es esta biografía, pues, una mera rehabilitación de un miembro a añadir a la galería de ilustres personajes oriolanos, sino que también nos habla de un tiempo, de una sociedad, en la que, de nuevo, comprobamos las inhabilitaciones a que nos somete el miedo y la búsqueda de la seguridad. Esta interesante historia nos sugiere, a la vez, la censura y la comprensión; en definitiva, el humano acercamiento.

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