Leed, leed malditos de Eliseo Mora Ortega

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i-flip-flap-184343_960_720LEED, LEED, MALDITOS:

Allá a finales de 1985, con esta novelita obtuve el Primer Premio del I Certamen de Novela Corta “Juan Gil-Albert” 1985, ex aequo con otra obra…

Desde entonces, ha permanecido inédita, ya que la habrá leído apenas una docena de personas, incluidos los componentes del jurado…

Así que, porque me place, la comparto con todas/os aquellas/os que les apetezca leerla…

Pues eso, Salut i, al menos podréis presumir de que os ha tocado la pedrea!!!

Y te pasarás huyendo el resto de tu vida15673367_1092107844233914_480112442_n

El coche era un Mercedes 190 diesel, moderno, de color verde oliva. Los ocupantes, un matrimonio extranjero con aspecto de jubilados, comían galletas tranquilamente en su interior mientras consultaban una guía Michelín. El lugar también era apropiado: el aparcamiento al aire libre de un hipermercado, repleto de vehículos y de peatones que en su mayoría iban de un lado a otro intentando recordar el sitio donde aparcaron, entre la gran cantidad de automóviles congregados.

Había comenzado a oscurecer lentamente y las farolas que bordeaban los carriles de entrada y salida llevaban ya encendidos varios minutos.

Tiró la colilla a un charco formado por la lluvia caída durante la mañana y esquivándolo a continuación, caminó hacia el Mercedes, del que le separaban unos quince o veinte metros.

Miró a ambos lados, pero en la creciente oscuridad nadie se hubiera fijado en él aunque empuñara un bazooka. Tuvo que sortear un par de carritos metálicos que corrían solos hacia abajo, favorecidos por la pendiente y que acabaron chocando contra un cientoveintisiete amarillo, rompiéndole uno de los pilotos traseros

Nadie pareció darse cuenta del suceso, así que siguió adelante y al llegar a la ventanilla del conductor, esgrimió una navaja automática y la colocó en el cuello del sorprendido hombre.

-¡Rápido! ¡Dame las llaves!

La mujer soltó un ridículo gritito y se quedó quieta con la espalda pegada a la otra puerta.

El extranjero alargó lentamente la mano y tomó las llaves tendiéndoselas a través de la ventanilla.

-Ahora levante el seguro de la puerta de atrás. ¡Y no haga tonterías!

Le quitó la brillante hoja de acero del cuello para que el otro pudiera moverse y cumplir la orden. Abrió la puerta trasera y subió de un salto cerrando. Mientras tanto, los dos ocupantes del coche no habían abierto siquiera la boca.

Entonces, se apoyó en el respaldo del asiento delantero, con la navaja en la mano derecha.

-Ahora escúchenme bien -hablaba con suavidad, pronunciando lentamente las palabras para que le comprendieran perfectamente-. Si hacen caso a lo que voy a decirles, no les sucederá absolutamente nada y les dejaré marcharse. ¿Me han entendido?

El hombre le observé a través del espejo retrovisor con un evidente gesto de preocupación reflejado en el rostro. Por lo demás parecía mantenerse perfectamente sereno, como si fuera plenamente consciente de lo que pudiera ocurrirles en el caso de no obedecer a aquel desconocido que les abordó de manera tan inesperada, sorprendiéndoles.

-Ponga el coche en marcha y salga como si no hubiera ocurrido nada -Le dijo al tiempo que le devolvía las llaves-. Y no olvide que estoy detrás de usted y tengo una navaja en las manos. ¿De acuerdo?

El hombre dio al contacto y el motor se puso en marcha, y mirando una vez más por el espejo vio al joven que seguía luciendo las gafas de sol de cristales reflectantes, pese a que ya había oscurecido. Puso la marcha atrás y dejó el espacio que había ocupado para unirse a la larga caravana de vehículos que esperaban su turno para salir a la carretera general.

Sin decir nada, la mujer se sentó correctamente aunque manteniendo la cabeza más cercana a la ventanilla de su lado, que al centro del asiento.

-Podría decirnos qué es lo que quiere -se aventuró a preguntar el conductor después de meditarlo algunos instantes, con voz tranquila y pronunciando casi perfectamente el español, con un ligero acento alemán-. Tal vez podríamos ayudarle…

La mujer le miró de reojo, recriminándole haber abierto la boca y pronunciar esas palabras

En el interior del coche se produjo un sofocante silencio en el que sólo se percibía el rumor del aire frío saliendo a través de las rejillas de ventilación, puesto que el aislamiento era tan perfecto, que apenas se escuchaba el ruido del motor, y mucho menos el de los otros vehículos.

-No hace falta. Con que cumpla mis instrucciones es bastante -La respuesta fue contundente aunque carente de toda violencia y malos modos-. Salga cuando pueda, sin prisas y diríjase hacia la ciudad. Después ya le diré‚ qué tiene que hacer.

Se dejó caer hacia atrás apoyando la espalda en el mullido asiento. Sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa y lo encendió mirando por la ventanilla el aparcamiento y el edificio del hiper, ahora totalmente iluminados, que iban quedando atrás.

Siguió vigilándolos en todo momento, sin distraerse. Tenía la certeza de que no iban a ocasionarle ningún problema aunque, a decir verdad, le había sorprendido un poco la serenidad con que los dos encajaron el hecho. Se imaginó, cuando planeó la operación, que iban a ponerse histéricos o algo por el estilo y que le resultaría más difícil controlarlos, y que tendría que llegar a mostrarse duro con ellos para demostrarles quien mandaba allí. Pero con los extranjeros, pues no se sabe nunca…

-Atraviese ahora la ciudad, por el puerto y vaya hacia la salida.

-Oiga, si necesita dinero, podría dárselo -El hombre hablaba, eligiendo las palabras precisas y al mismo tiempo, procurando no irritar a su secuestrador-. Si quiere, puede llevarse el coche…

Sonreías, pensando que todo había salido a pedir de boca. Volviste a sonreír al recordar la cara que pusieron los viejos cuando les ordenaste que se bajaran del coche y que caminaran hacia el aeropuerto, distante dos o tres kilómetros del cruce de la carretera donde les habías dejado.

No podían quejarse puesto que fuiste bastante considerado con ellos y al aligerarle la cartera al hombre, se la devolviste después de quedarte con el dinero, menos un billete de cinco mil pesetas para que pudieran pagar el taxi de regreso.

Ahora, conducías a ciento veinte por la carretera de Cartagena el flamante Mercedes, con cincuenta y dos mil pesetas en el bolsillo y con la moral suficiente para no dejar que volviera a pescarte la bofia.

A esas horas, las diez y veinticinco según el reloj del tablero de instrumentos, los colegas estarían ya en las camas de sus chabolos comentando tu huida, si es que a alguno no lo habían encerrado en celdas de aislamiento. ¡Y la verdad fue que te había resultado mucho más sencillo de lo que pensaste! Nadie podría imaginarse que una fuga de la cárcel se llevara a cabo por la puerta principal, cuando ésta se abría para dejar paso a los visitantes.

Entonces fue cuando saliste corriendo, tirando el cubo de agua con el que estabas limpiando los cristales de la garita de los vigilantes. Corriste como un loco esquivando a unos y a otros hasta ganar la calle, esperando a cada zancada que un pedazo de plomo te lanzara violentamente hacia delante para acabar derrumbado en el suelo, a unos metros de la libertad. Pero segundo a segundo, el disparo no se producía -sin duda pensaste después-, porque tu carrera discurría entre personas que habían estado aguardando pacientemente la apertura de la puerta para visitar a sus familiares encerrados.

Atravesaste El Altet a poca velocidad porque no querías tener problemas con la policía de Tráfico, mientras recordabas el golpe que tuviste que darle al chaval que te recogió cuando hacías autoestop, a cuatro o cinco kilómetros de la prisión, esa misma tarde.

Y antes de que acabara el día, con toda la noche por delante, pensabas encontrarte a salvo, escondido por una temporada, hasta que se olvidase la movida que habías originado y dejases de ser tema de actualidad en las páginas de los periódicos y en las ondas de la radio.

.-.–.-.

Detuvo el coche en una céntrica calle de Santa Pola cuidándose de dejarlo bien aparcado. Luego, a pie, anduvo hasta unas manzanas del puerto y entró en un bar para cenar.

Dos horas después, cerca ya de la una de la madrugada, cuando la ciudad veraniega dormía tras un largo día de finales de primavera, salió a la calle para continuar su huida.

Caminó trescientos o cuatrocientos metros hasta encontrar un callejón oscuro, con coches aparcados a ambos lados de la calzada. Eligió un milcuatrocientostreinta blanco y, con la ayuda de un destornillador que tomara de las herramientas del Mercedes, forzó con suma facilidad la ventanilla triangular delantera sin hacer el mínimo ruido. Y una vez dentro, tanteó debajo del volante hasta encontrar el manojo de cables.

Los arrancó de un tirón y procedió a empalmarlos. Cuando lo tuvo todo dispuesto miró alrededor, por si había algún curioso que se entretuviera contemplando su faena.

Tomó el volante con ambas manos y comprobó que no estaba bloqueado. Con una sonrisa, recordó su alegría ante el mismo hecho la primera vez que robó un coche: el volante estaba libre, por lo que acabó el puente, puso el coche en marcha y salió a la calle. Pero cuando dio la primera vuelta a la derecha, se bloqueó la dirección y acabó estrellándose contra dos vehículos aparcados, ¡y tuvo que salir por piernas!.

Pero desde entonces había llovido mucho y su experiencia se había incrementado con cada una de las acciones delictivas en que intervino, hasta el punto que las dos o tres veces que había sido detenido por la policía, fue gracias a chivatazos de alguien que no le quería bien y pretendía que le metieran en chirona y así tener libre el camino, con menor competencia.

Tenía dos posibilidades para que no le ocurriera lo mismo que aquella primera vez: romper el bloqueo por las buenas, con lo que podía resultar dañado también el volante o simplemente desmontarlo con la ayuda del destornillador. Eligió la segunda, que aunque algo más entretenida era la más efectiva y silenciosa.

Quitó los tornillos que sostenían el encendido y sacando la pieza la dejó sobre la alfombrilla. Ahora sólo le faltaba tomar los cables debidamente empalmados y producir con un tercero la chispa que pondría en marcha el motor.

Realizó con éxito la operación, aceleró un par de veces para calentarlo y conectando las luces, salió tranquilamente.

Estabas tan contento porque tus planes marchaban tal y como habías previsto, que no te diste cuenta de que un coche siguió al tuyo apenas dejaste atrás el oscuro callejón.

Te vi justo cuando dejaste aparcado el Mercedes en la calle del Castillo y me dije que era extraño que un chorizo de poca monta como tú llevases un Mercedes nuevecito. Así que me dije que allí había gato encerrado y cogí mi coche y fui tras tus pasos hasta que entraste en el bar.

Estuve esperando hasta que saliste, fumando, protegido por la penumbra de la calle en que aparqué. Lo último que sabía de ti era que estabas en el maco en espera de juicio y con todas las papeletas a tu nombre para colocarte una larga condena. Por eso, cuando te vi en Santa Pola, pensé: ¡Coño, el bandarra éste se ha escapado y seguro que tiene preparado algún palo por ahí!

Así que te seguí, esperando que metieras la pata en algún momento y poder sacar algo de provecho con ello, porque en los últimos tiempos voy de puto culo, sin que me salga nada a derechas.

Y cuando te vi forzando el catorcetreinta y supe que habías abandonado el Mercedes, me convencí de que no andaba muy desencaminado en mis suposiciones. Como ya te conozco de algún tiempo y sé de tu afición a los buenos coches, pensé que no te desharías de un buga como el otro por las buenas, a menos que estuvieras huyendo.

Lo que ya no tenía tan claro era que estuvieras solo, puesto que podías tener algunos coleguillas que te esperaran para esconderte en cualquier agujero.

Dejé que tomaras un centenar de metros de ventaja, incluso que me adelantaran un par de vehículos, con tal de que no te dieras cuenta de que te seguía. Entramos en la carretera Alicante-Cartagena y allí aumentaste la velocidad y llenaste la noche con el tronar del escape de tu coche.

Pensaba que no tenías remedio, que te gustaba demasiado darle gusto al pie y lo hundías, pisando el acelerador al máximo, forzando el motor por el puro placer de escuchar el bramido que producía. Estaba completamente convencido de que acabarías tus días de chorizo empotrado entre los restos humeantes de un coche, después de dar varias vueltas de campana por un terraplén. Y, en el fondo, te lo merecías.

Me extrañó que volvieras hacia Alicante donde todavía te estaban buscando, pero como nunca habías demostrado tener demasiada mollera, tal vez creyeras que allí podrías esconderte, porque la policía no iba a imaginar que estuvieras tan loco para ocultarte a tan pocos kilómetros de la cárcel.

Por eso, cuando te desviaste hacia Los Arenales casi me sorprendiste, haciéndome pensar que alguien se había preocupado en organizarte la fuga. Y eso, podía ser muy interesante para mí.

Aparcó en una de las amplias avenidas que se abrían a la derecha sumidas en la más completa oscuridad. Esperó unos instantes y con el destornillador y una linterna que encontró en la guantera del Seat en el bolsillo, salió al exterior.

La temperatura había descendido ligeramente en las últimas horas y lo notó, después de varios meses sin estar en la calle ¡y menos durante la noche!. Temblando, cruzó la calzada hasta la isleta central y desde allí, buscó el camino más corto que le llevase hasta las luces que se extendían ante él, a unos trescientos metros de distancia.

Podría ir por la carretera, iluminada por abundantes farolas, pero no se atrevía ante el riesgo de que pasara un coche de policía y le parara para identificarle.

Prefirió caminar al amparo de la oscuridad hasta alcanzar los primeros edificios, y una vez allí se orientó hacia el que buscaba. Tuvo que recorrer todavía algunas manzanas antes de alcanzar el discreto bloque de apartamentos, en segunda línea, con vistas a la sierra.

La puerta de la calle estaba cerrada con llave y él no la tenía. Miró hacia arriba sin encontrar iluminada ninguna ventana. Por las fechas en que estaban, cabía la posibilidad de que alguno de los pisos estuviera ocupado, por lo que tenía que andarse con cautela.

Dio la vuelta a la calle y en la parte trasera descubrió luz en la quinta planta. También observó que, encaramándose en la tapia de obra que bordeaba el aparcamiento interior, podría trepar con facilidad hasta el balcón del primer piso.

Una vez en él, alzó la persiana procurando hacer el mínimo ruido posible y la sostuvo con la rodilla mientras introducía el destornillador entre las dos hojas de la puerta corredera, hasta que una de ellas se deslizó sobre sus raíles. La abrió lo suficiente para poder entrar y dejó caer con suavidad la persiana hasta su posición original.

Respiró el aire cerrado del interior, satisfecho por librarse del frío de la noche y encendió la linterna, estudiando el salón en que se encontraba, amueblado en estilo funcional y parco. Tomó un pasillo donde se abrían las puertas de la cocina, el aseo y dos dormitorios sin encontrar nada que mereciese la pena, a excepción de un radiocasete.

Lo tomó y abrió cuidadosamente la puerta que comunicaba con la escalera. Todo permanecía en la más absoluta calma, por lo que tras cerrarla a sus espaldas, ascendió hasta el tercer piso sin encender la luz y sin sufrir tropiezos inoportunos.

Abrir la puerta del piso me resultó un juego de niños. Una vez dentro, a salvo de cualquier perseguidor, me dejé caer sobre una de las camas, a oscuras. Enchufé el aparato que acababa de guindar y lo puse a muy poco volumen, antes de quedarme profundamente dormido arrullado por la música.

Desperté sin saber que hora era, acuciado por el hambre. En la radio escuché un boletín de noticias, pero no dijeron absolutamente nada relativo a mi huida.

Fui hasta la cocina y en el frigorífico encontró casi una docena de botellas de cerveza de litro, coca cola y vino; carne y fruta, así como tres paquetes de pan de molde.

La Lola había cumplido con su parte y no me dejó colgado como llegara a temer la noche anterior, al no encontrar abierta la puerta de la calle, como me había prometido.

Preparé un par de bocadillos de atún y otro de jamón york con queso y destapé una cerveza, sentándome a comer en el sofá a donde previamente había trasladado el aparato de música.

Por una emisora de Alicante me enteré, algo después, que eran las quince treinta y que continuaba sin conocerse el paradero del preso fugado la tarde anterior y al que consideraban altamente peligroso. No dijeron nada del matrimonio de extranjeros, ni del Mercedes por lo que pensé que no los habían relacionado conmigo.

Tumbado en el sofá, me acabé la cerveza disfrutando de mi primer día de libertad, sin que nadie me metiera prisa para comer, ni me dijeran lo que podía o no podía hacer. Aunque, de momento, tampoco podía ir a donde quisiera y era un gran riesgo salir a la calle, porque lo que estaba claro era que me buscaban, por muy seguro que me creyera.

Ahora solo tenía que esperar a que viniera la Lola y me hiciera compañía un rato, contándome cómo le habían ido las cosas durante mi ausencia, ya que apenas la vi un par de veces, y no pudimos hablar casi nada.

Y en ella estuve pensando el resto de la tarde.

Creíste que metiéndote por aquella carretera oscura nadie se daría cuenta de tu maniobra, aunque casi conseguiste despistarme cuando empezaste a andar. Tuve entonces que darme prisa y llegar a la población y aparcar en un lugar donde no pudieras verme y por el que tenías que pasar, casi a la fuerza.

Luego, fue pan comido seguirte hasta el edificio y ver como te introducías en él. Entonces me quedó la gran duda, puesto que no vi encenderse ninguna luz que me indicara si te habías quedado en el piso en el que entraste o si, por el contrario habías pasado a otro.

Esperé durante dos horas, pero no se produjo ninguna novedad. En ese tiempo pude rodear el bloque hasta llegar a la conclusión de que una vez dentro, podrías estar en cualquiera de los apartamentos y que en caso de salir, lo mismo podías hacerlo por la puerta principal, que por donde entraste.

La cosa se me había complicado sin querer, pero con un poco de paciencia, podría arreglármelas para dar contigo, porque tenía la certeza de que al final iba a resultarme provechoso el estar a tu alrededor. Así que me aposté en un punto desde el que podía observar los dos únicos caminos de huida, hasta que finalmente me quedé dormido.

Desperté con las primeras luces del día y con el frío metido en los huesos. Me di cuenta de que no podía permanecer allí por mucho tiempo, puesto que el mío era el único coche aparcado en toda la calle, con lo que resultaría muy sospechoso que yo permaneciese en su interior.

Sin mucho tiempo, decidí que lo mejor que podía hacer era buscar un escondite seguro desde el que poder seguir mi vigilancia, pero sin que esta resultara demasiado evidente.

Observé los edificios de los alrededores buscando ese lugar ideal, hasta encontrarlo en uno situado a mis espaldas. Dí la vuelta con el coche y lo estacioné en la parte de atrás. Las farolas continuaban encendidas pese a que la claridad del día avanzaba a marchas forzadas.

La puerta de la calle estaba abierta. Entré y subí por la escalera hasta el primer piso intentando localizar la puerta del que hacía esquina. Al encontrarla, presté atención, pero del interior no surgió el menor ruido. Corría el riesgo de que hubiera alguien dentro, pero estaba dispuesto a correrlo.

Con la ayuda de unas llaves y un puñado de habilidad y paciencia, forcé la cerradura sin excesivas dificultades. Esperé unos segundos por si se había escuchado el ruido que hice y al comprobar que todo seguía en orden, entré en la vivienda.

Me encontré con un oscuro vestíbulo sumido en el más profundo de los silencios. Avancé con precaución y con el mechero, inspeccioné todas las piezas sin encontrar a nadie. Por el polvo acumulado en los muebles y en el suelo, llegué a la conclusión de que llevaba meses deshabitado.

Levanté un poco una de las ventanas del salón y atisbé la calle y el edificio en que había entrado el Salva. El lugar no era el ideal para lo que yo pretendía, pero tenía que conformarme con eso, o quedarme en la calle montando guardia.

Acerqué un sillón al ventanal y me acomodé ya que presumía que la espera iba a ser larga.

.-.-.-.

Se cansó de no hacer nada a media tarde. El estar metido en aquel piso sin nadie que lo vigilara pero, al mismo tiempo sin poder salir, le resultaba mucho peor que la cárcel. Decidió salir esa misma noche, aunque fuera a dar una vuelta por los alrededores, para respirar y despejarse, y disfrutar por unos minutos de la libertad que tanto ansiara y que ahora que la había alcanzado, se veía en la obligación de permanecer encerrado como una rata, esperando que se fueran consumiendo las inacabables horas que se marcaban en su piel una tras otra, agobiándole con su peso.

Tomó una botella de Soberano de las tres que había en la caja, junto con otras dos de ginebra y dos de whisky y se tendió en el sofá. Buscó en una emisora con música fuerte, aunque no pudiera ponerla a todo volumen, puesto que se suponía que el piso estaba vacío y, según pudo comprobar la noche anterior, al menos tenía un vecino que no debía enterarse de su presencia.

Abrió un paquete de fortuna y encendió un cigarrillo. De lo que no podía quejarse era de lo bien que lo había preparado todo Lola, dejándolo bien surtido, además de la comida, de bebida y hasta dos cartones de tabaco, con lo que disponía de provisiones para pasar una semana sin echar de menos casi nada.

Acostado en el diván, fumando, deseaba fervientemente que llegara la noche y con ella viniera Lola. Hacía mucho tiempo que no estaban juntos, desde la misma noche que lo detuvieron, seis meses atrás.

Tiró la colilla al suelo, harto ya de esperar, pensando en las ganas que sentía de tener su cuerpo desnudo junto a él y recuperar el tiempo perdido.

Como en los buenos tiempos.

La oscuridad era ya casi total cuando te levantaste y fuiste al baño. Orinaste y te lavaste la cara y las manos, y te miraste en el espejo. No te habías afeitado, en parte porque no tenías ganas, y porque tampoco encontraste ni máquina eléctrica ni cuchillas.

Estabas semiaturdido después de toda la tarde acostado, sin apenas moverte, bebiendo coñac y fumando ininterrumpidamente. Al regresar al salón´ te diste cuenta por primera vez de lo cargado que estaba el ambiente. Abriste una de las ventanas para que se ventilara y continuaste a oscuras, incluso cuando se encendieron las farolas de la calle.

Decidiste salir a caminar un poco y, a la vez, para comprobar si había más pisos ocupados, pues cuando llegaste era bastante tarde y sólo viste encendida la luz de un apartamento. Ahora, con la caída de la noche era el momento ideal para averiguarlo, puesto que prácticamente ya no se veía nada en el interior, lo que obligaba a encender las luces.

Fuiste a la cocina y preparaste un par de bocadillos y los comiste acompañados con agua del grifo, que te resultó de sabor distinto a la de la cárcel, con menos cloro y más cristalina, con el gusto característico del agua corriente que ya habías olvidado por completo.

Después de la cena, esperaste casi una hora por si venía Lola, hasta que llegaste a la conclusión de que si ella tomaba precauciones, no lo haría hasta la media noche, cuando durmieran los posibles habitantes del edificio y los circundantes, para no levantar sospechas con idas y venidas a un apartamento presumiblemente vacío.

Miraste por la ventana unos minutos más, deseando verla aparecer al volante del coche verde que le regalaste el año pasado. Un cochecito de segunda mano en buen estado que te resultó una verdadera ganga y que le compraste porque te cogió con dinero caliente en aquellos momentos, y también porque te apetecía hacerlo.

Abriste la puerta unos centímetros, lo suficiente para ver si alguien transitaba por la escalera ya que no había ascensor. Ésta permanecía en silencio y a oscuras por lo que saliste, colocando un trocito de cartón en la pestaña del cierre para no tener problemas al regreso.

Encontraste abierta la de la calle, lo que indicaba que alguien había pasado por allí hacía poco tiempo. Una vez en el exterior, el aire fresco de la noche te reanimó hasta hacer que te estremecieras.

Eso te hizo pensar que tenías que pedirle a Lola que te trajera ropa, pues sólo tenías lo puesto, ya que el resto había quedado en la celda.

Miraste hacia arriba y hacia abajo encendiendo un fortuna, e iniciando un paseo, descendiste en dirección a la playa.

Había pasado una jornada asquerosa en todos los aspectos: estaba muerto de hambre, pues no había comido desde la noche anterior; desde las cuatro de la mañana me había quedado sin tabaco y me había hinchado a beber agua del grifo, después de abrir la llave de paso como único recurso para combatir los retortijones de estómago. Pero éstos, no habían hecho sino incrementarse con el paso de las horas.

Sentía la imperiosa necesidad de comer algo porque en aquellas condiciones no podría aguantar otra noche y, entonces, de nada me habrían servido tantas horas de espera y de vigilancia. Y si salía para comprar provisiones no sabiendo exactamente qué piso ocupaba, igual podría tirarme allí una semana más y él haberse largado, sin que yo me diera cuenta.

Decidí que lo único que podía hacer era aguardar hasta la noche y una vez estuviera dormido, salir a procurarme alimentos, tabaco y alguna botella para matar la espera, una espera que no tenía la menor idea de lo que pudiera prolongarse.

.-.-.-.

Camino de la playa, acercándose todo lo posible a las paredes de los edificios, tuvo la sensación de que alguien le seguía. Se introdujo con rapidez en un portal, al tiempo que tanteaba el bolsillo trasero del vaquero, aún sabiendo de sobra que llevaba la navaja allí. Sólo quería sentir el roce del mango en su piel para sentirse más seguro.

Permaneció unos segundos en el improvisado refugio, hasta que se convenció de que no eran más que imaginaciones suyas, algo lógico, al encontrarse en plena calle después de tantos meses de encierro, y de la tortura aún mayor que constituía el estar metido en el piso, sin saber a ciencia cierta si se encontraba a salvo o, si por el contrario, le habían localizado y esperaban pacientemente a que saliera para detenerle.

En un momento se le esfumaron todas las ganas de pasear, temeroso de que en cualquier momento pudieran saltar sobre él y devolverle al agujero del que creía haber escapado para siempre y al que, poco a poco se iba convenciendo de ello, estaba predestinado a volver.

Era carne de presidio y lo sabía, como también sabía que lo único que era capaz de hacer, aparte de dejarse lentamente la vida en una cadena de montado o en un andamio, era lo que había prohibido la sociedad. Pero a él nadie le había pedido opinión para establecer qué era lo que estaba bien y lo que estaba mal. Aquella sociedad que le repudiaba, se basaba en unas normas ya establecidas antes de que naciera, y no tenía más remedio que aceptarlas o convertirse directamente en un marginado, en un fugitivo que tendría que huir de unos y de otros durante toda su vida, hasta que apareciera muerto en un callejón oscuro; ante la ventanilla de un banco, navaja en mano; o en un rincón de una celda o un comedor, o en los aseos de una prisión, con el mango afilado de una cuchara clavado entre dos costillas.

Y lo que era peor, no habría nadie que lo sintiera por él.

Mirando con atención hacia atrás volvió a la calle, dudando si regresar al apartamento o, si por el contrario, continuar hasta la playa y que fuera lo que Dios quisiera.

En los alrededores sólo había unos pocos coches aparcados, sin ocupantes. Las luces de algunos pisos permanecían encendidas, pero también eran las menos. Sin embargo, la calle estaba completamente desierta en cuanto a paseantes.

Llegó a una amplia avenida bien iluminada por abundantes farolas y allí encontró a algunos viandantes, solos o en parejas, que iban arriba y abajo, paralelamente a la orilla del mar.

Por un momento no supo que hacer. Por una parte sabía que se estaba arriesgando demasiado por nada, puesto que si había aguantado encerrado durante seis meses, también podía pasar seis o siete días metido en el piso y sin salir a la calle. Pero por otra, su irracional forma de ser le impulsaba a seguir adelante, para comenzar a disfrutar ya de una vez de su recién estrenada libertad.

Caminaste con las manos en los bolsillos hacia un bar ante el que varios chavales, sentados en los escalones de entrada, fumaban un canuto. Pasaste junto a ellos sintiendo como te miraban de reojo, riendo por lo bajo y entraste en el local, dirigiéndote directamente a la barra ocupada por tres o cuatro personas.

Pediste un cubata al y mientras lo preparaba el camarero, encendiste un fortuna. Te dio la impresión de que éste se había quedado mirándote a la cara más tiempo del normal cuando lo pediste, pero enseguida desechaste la idea pensando que era otra manía más, de las muchas que se te habían metido en la cabeza en los últimos días.

Te tomaste la bebida en dos largos tragos y pediste otro. Observaste sin demasiado interés el local, decidiendo en ese momento que lo beberías más sosegadamente y te irías a dar una vuelta por la playa antes de regresar al piso, por si venia Lola esa noche.

Entraron los muchachos y en medio de risas y bromas comenzaron a jugar en una máquina tragaperras. Al poco lograron un premio y los gritos se intensificaron, hasta el punto que el camarero tuvo que llamarles la atención.

Viste que las cosas podían acabar mal si se ponían chungos. No es que tuvieras miedo por ti, pero si al de la barra se le ocurría llamar a la policía, tendrías que marcharte rápidamente, no fuera que te vieran por ahí y te pararan para hacerte una gracia.

Pediste la cuenta y el hombre dejó a los chavales que seguían jugando a la máquina y se dirigió a ti.

-Trescientas cincuenta -Contestó agriamente, mientras se secaba las manos en el delantal, volviendo a mirarte más detenidamente de lo que te hubiera gustado.

Le diste un billete de cinco mil y esperaste el cambio, observando disimuladamente como los que echaban monedas en la tragaperras volvían a armar jaleo por una pieza de cinco duros que se había tragado el aparato, sin dar la correspondiente jugada.

Tomaste las vueltas, apuraste el segundo cubata antes de que se liara el cacao y saliste a la calle. Bordeaste el edificio y ya en la parte trasera, percibiste el rumor del mar a menos de cincuenta metros, donde la oscuridad dominaba aquella parte, sumida en una espesa y profunda negrura.

Apenas había alguna luz encendida en los apartamentos que daban a la playa, lo que te alegró en gran parte, ya que habiendo tantos vacíos, la policía lo tendría mucho más difícil en el caso de tener que hacer un registro, si es que sospechaban que pudieras estar por allí.

A pesar del aire fresco que te molestaba, te sentaste en uno de los pilones de hormigón que impedían el paso de los coches a la arena y te quitaste los zapatos y los calcetines. Después, caminaste sobre ella, sintiendo su humedad en los pies mientras te dirigías a la orilla.

Estaba ya casi desesperado cuando te vi salir por la puerta principal y alejarte calle abajo, después de otear en todas direcciones.

De un salto abandoné el sillón y salí corriendo sin preocuparme en dejar abierta la puerta. Bajé las escaleras al galope y cuando llegué al exterior, ya te encontrabas a mitad del camino entre el edificio y la avenida principal que discurría paralela a la costa.

Aminoré el paso para que no me oyeras y, al mismo tiempo, para que tomaras una ligera ventaja con la que yo tuviera tiempo de reaccionar si te volvías. Desaparecer de en medio escondiéndome en algún sitio, con tal de que no me vieras.

Pero fuiste tú el que me sorprendió al meterte en un portal, ocultándote de mi vista. En ese instante, temí que todas las precauciones que había tomado fueran pocas, que no habían servido para nada.

Me pegué a la pared y poco a poco, procurando resaltar lo mínimo, fui retrocediendo hasta protegerme tras uno de los pilares que sobresalían de la fachada del edificio.

Permanecí completamente inmóvil durante unos segundos que me parecieron eternos, esperando escuchar a cada instante tus pasos alejándose o por el contrario, viniendo hacia arriba a mi encuentro.

Al cabo de un tiempo y en vista de que no sucedía nada, me atreví a asomar la cabeza. Lo hice con suma cautela, sólo lo suficiente para poder ver la calle desierta. Justo entonces abandonaste tú el portal, cuando ya me había decidido a salir.

Me mantuve a la expectativa viendo como mirabas arriba y abajo una y otra vez, hasta convencerte de que estabas solo. Después bajaste hacia la avenida, volviéndote de vez en cuando para mirar atrás, todavía no convencido del todo.

Dejé que llegaras al final de la calle y torcieras a la izquierda antes de abandonar definitivamente mi escondite.

A partir de ahí, la cosa cambiaría porque al llegar abajo me di cuenta de que había gente que iba y venia, coches que circulaban, mucha luz. En resumen, vida, en contraste con la soledad y tranquilidad de las calles adyacentes.

El hambre renació con la vuelta a la normalidad y sin perderte de vista, busqué cualquier establecimiento abierto donde pudiera aplacarla.

.-.-.-.

De regreso al piso se tumbó en la cama de matrimonio. No se había percatado hasta entonces de que todo estaba limpio, sin el menor rastro de polvo, a diferencia del otro, por el que accedió al edificio, cubierto de polvo en todas las habitaciones y en el pasillo, donde sin duda quedaron marcadas las huellas de su paso.

La cama estaba hecha y en una silla, a los pies, encontró una manta cuidadosamente doblada. Encendió un cigarrillo, sonriendo mientras pensaba que allí se veía la mano de Lola por todas partes, que se había preocupado en adecentarlo para que pudiera encontrarse a gusto y olvidara toda la suciedad y brutalidad que había vivido en la cárcel.

Tumbado boca arriba, con las manos reposando junto al cuerpo, repasó mentalmente los acontecimientos que se desarrollaron antes de su detención. Aquella noche, Lola le había estado esperando hasta muy tarde. Pero la espera habría de ser en vano, porque no volvió a verle hasta varios meses después, ya en prisión.

Por su parte, él se había comprometido con otros dos colegas para dar un golpe en un comercio de electrodomésticos. Particularmente, no le convencía demasiado puesto que ya tenía vídeo, pero no así sus amigos, que querían hacerse con alguno y de paso, vender unos el resto para sacarse unas perras.

Para ello robaron una SAVA sin excesivas dificultades y quedaron en encontrarse a las doce en un bar de la Avenida de la Libertad. Dejó a Lola acostada y la llamó por teléfono a las once y media para decirle que no le esperara despierta, que llegaría bastante tarde.

Se reunió con los otros a la hora indicada y tomaron unos cubatas antes de ponerse en marcha.

La tienda ya la habían visitado un par de ocasiones llegando a la conclusión de que era muy sencillo introducirse en ella a través de una puerta metálica, siempre cerrada, que daba a una calle lateral apenas transitada y con muy pocos vecinos, ya que la mayoría de los locales estaban ocupados por fábricas y almacenes de curtidos y pieles, talleres de troquelados, finisaje, aparado y cortado…

Aparcaron la furgoneta ante el vado permanente que prohibía el estacionamiento y sin demasiadas complicaciones, reventaron la cerradura y el candado de seguridad de la persiana metálica. Penetraron, levantando para ello la puerta enrollada, encontrándose en un almacén repleto de cajas de cartón de las más variadas marcas, con lo que el trabajo les resultó mucho más sencillo de lo que cabría esperar.

Izaron del todo la persiana y abriendo la trasera de la furgoneta, iniciaron el trasvase de los embalajes de videos y televisores, tras comprobar previamente que las cajas contenían en su interior los electrodomésticos reseñados.

Iban a marcharse, con la furgoneta cargada hasta los topes, cuando a uno de los colegas se le ocurrió pasar al interior de la tienda para hacerse con unas cuantas películas, en especial algunas cintas porno, para luego hacer copias y venderlas a su vez.

El otro salió y se sentó al volante poniendo el vehículo en marcha, mientras Salva encendía un cigarro mirando los alrededores, maldiciendo, porque de momento todo iba saliendo incluso mejor de lo que esperaban y podía irse al carajo por culpa de aquella chorrada.

Y, efectivamente. Cuando todavía pensaba en ello, comenzó a sonar una algarabía de alarmas procedentes del interior de la tienda.

Saltó a la parte de atrás de la furgoneta manteniendo abierta la puerta mientras esperaba que regresara el Vacas con las dichosas cintas que lo habían desbaratado todo.

Éste salió un momento después, con dos brazadas de videocasetes sostenidas contra el pecho, caminando con paso largo y sonriendo.

-¡Venga, coño, que todavía vas a liarla con las jodidas películas!

-Vale tío, vale. Si no ha pasao ná. ¡Vámonos! -Le contestó subiendo, al tiempo que la furgoneta arrancaba bruscamente, con la puerta abierta y sacudiendo a los dos que iban detrás, hasta el punto que estuvieron en un tris de caer a la calzada.

Te revolviste sobre la cama hasta despertar del todo. Te habías dormido mientras pensabas en el último golpe que diste, cuando todo se jodió por culpa de las manías del Vacas y su obsesión por las películas que mostraban tías en pelotas, follando como monas.

Te levantaste y fuiste a la cocina a beber agua. Siguiendo la costumbre que habías adquirido desde que te encerraste en el piso, te asomaste a la ventana que daba al patio, comprobando que no había luz en ninguna de las viviendas.

Tomaste una manzana del frigorífico y tras lavarla bajo el chorro del grifo, le diste un primer bocado y después, pasaste al salón donde se encontraba la radio. La enchufaste y te dejaste caer junto a ella, en el sofá. Apoyaste los pies sobre la piedra de mármol de la mesita que tenías enfrente y continuaste comiendo la fruta.

Quisiste ver la hora, pero no llevabas reloj, Pensaste que tenía que ser tarde puesto que estuviste más de una hora fuera cuando ya había oscurecido y después, tuviste la sensación de haber dormido bastante tiempo, ya que no tenías sueño y, normalmente, cuando te despertabas en mitad de la noche no te costaba absolutamente nada volver a quedarte dormido.

Pero sobre todo, lo que te pesaba era que Lola tampoco hubiera venido esa noche. Te resultaba difícil permanecer allí y no ir a buscarla en ese mismo momento. No sabías cuanto tiempo más podrías aguantar sin verla y más aún, sin hacer el amor con ella.

Abriste un poco la ventana y echaste los restos de la manzana. Estuviste un buen rato contemplando la calle y los edificios cercanos, sumidos en la más absoluta calma. Prestaste mayor atención y, por un momento, te pareció ver brillar la brasa de un cigarro a través de las cortinas del primer piso de un bloque algo más alejado, pero que formaba una línea perpendicular al que tú ocupabas.

Te agachaste con cuidado, observando detenidamente esa ventana, pero sin volver a ver nada más, por lo que pensaste que habrías sufrido una alucinación.

Permaneciste unos minutos más a la expectativa hasta que te cansaste, regresando al sofá. Después de reflexionar unos instantes llegaste a la conclusión de que podías estar siendo vigilado y tú, no haberte percatado de nada hasta ese preciso instante.

Fumaste un par de cigarros mientras te dabas múltiples razones que demostraban que no podía ser verdad lo que pensabas, porque en el caso de que te hubiese descubierto la policía, a esas horas ya estarías de nuevo detenido e incomunicado, después de haber recibido una buena somanta de palos.

Me acordé de todos tus muertos cuando vi que salías del bar en el que te metiste, y casi me tropiezo contigo. Tuve el tiempo justo de torcer la esquina y echar a correr hasta ocultarme en la parte del edificio que daba a la playa, que permanecía completamente a oscuras. Faltó muy poco para que tirara al suelo las bolsas de plástico donde llevaba lo que había comprado en otro bar, un poco más allá, y al que me expuse a acercarme, aún corriendo el riesgo de que te escaparas mientras tanto y se fueran a la mierda todos los trabajos que había pasado vigilándote.

Pero tuve verdadera suerte. Pasaste a muy pocos metros de donde me encontraba, rumbo a la playa, sin olerte nada. Ibas muy tranquilo confiando en tu buena estrella y te metiste casi en el agua, para después de más de un cuarto de hora chapoteando y haciendo el indio, regresar de nuevo a tu escondite, esta vez con un paso más apresurado, como si de repente te hubieran entrado las prisas por echarte a dormir, después del paseo playero que te habías dado.

Fui detrás de tí, a una prudente distancia y esperé a que entraras en el edificio, antes de cruzar ante la puerta de cristal, camino de mi refugio.

Una vez en él y tras forzar nuevamente la entrada, ya que en mi precipitada salida no tuve tiempo de dejarla entornada, me acomodé frente a la ventana que constituía mi principal puesto de observación, intentando inútilmente descubrir de una puñetera vez en que piso te ocultabas, mientras devoraba con ansia feroz los dos bocadillos de calamares que me había traído, dejando los de tortilla de patatas como reserva, hasta que pudiera hacer una escapada a una tienda o supermercado para proveerme de otros alimentos.

Durante el lapso que transcurrió desde que regresé‚ hasta las tres de la mañana en que me cansé de tanto esperar inútilmente, me bebí cuatro de los diez botes de cerveza con que había cargado, ante el asombro del propietario, que me vendió también una botella de doble W y cinco paquetes de ducados. En esta compra de urgencia había invertido buena parte del capital que me quedaba, que no era mucho, lo que no constituía precisamente un consuelo.

Pensaba si verdaderamente iba a servirme de algo lo que estaba haciendo, pues de lo contrario, me vería incluso peor que al principio y lo que era más grave, sin nada a la vista que hacer. En resumen, un panorama muy poco alentador.

Estaba ante la ventana, fumando, protegido por las cortinas, escrutando uno tras otro los balcones y los miradores del bloque que ocupabas, cuando en un de los pisos que hasta entonces había tenido las persianas cerradas, se abrió una de éstas y una mano arrojó algo que no pude distinguir a la calle.

Podría poner el brazo en el fuego, seguro de que no me quemaba, totalmente convencido de que eras tú el que abriera la ventana, porque cabían muy pocas posibilidades de que se tratara de cualquier otra persona.

Eufórico como estaba, abandoné mi posición, apagué el cigarro y con la botella de whisky en la mano, fui a acostarme contento de tenerte ya a mi merced, y con la moral mucho más alta.

.-.-.-.

Durmió muy poco y a intervalos. Le asaltaron dos o tres pesadillas de un realismo inusitado y todo su cuerpo quedó cubierto de una fina película de sudor. Abrió los ojos y quedó mirando al techo. Le dolían terriblemente los riñones y el cuello por haber permanecido tantas horas en el sofá.

El salón permanecía en una penumbra casi total, ya que sólo mantenía abierta, apenas unos treinta centímetros, la ventana que daba al balcón.

Fuera, debía ser poco más del mediodía porque el sol estaba muy alto. Los edificios parecían distintos a la luz del día, tanto, que le costó reconocer la ventana tras la que le pareció vislumbrar la brasa de un cigarro encendido la noche pasada. Cuando al fin creyó localizarla, seguía con la persiana medio levantada y la cortina en la misma posición.

La radio seguía a un volumen apenas perceptible, aunque durante la noche había sido suficiente para escucharla bien mientras se mantuvo despierto. Lo subió un poco y se sentó oyendo la música que en esos momentos emitían. Encendió un fortuna y la primera chupada le llegó hasta el estómago vacío, produciéndole una fuerte arcada, seguida de una progresiva sensación de ahogo. Lo dejó caer en el suelo y lo pisoteó hasta convertirlo en un revoltijo de papel, hebras de tabaco y cenizas.

Se levantó y respiró profundamente varias veces para intentar recuperarse. Con paso vacilante se dirigió al cuarto de baño porque veía que acabaría vomitando. Alzó la tapadera del váter y apoyó ambas manos en la cisterna, mientras su estómago sufría continuas y dolorosas convulsiones.

Unos minutos más tarde, cuando ya se encontraba mucho mejor, después de haber echado un poco de bilis, se miró en el espejo. Tenía los ojos enrojecidos y desorbitados y el rostro surcado por gruesas gotas de sudor. La barba comenzaba a cubrirle las mejillas, puesto que no se había afeitado desde la mañana anterior a su huida de la cárcel.

Decidió que dejársela durante algún tiempo tampoco estaría mal, al menos hasta que Lola le proporcionase útiles con los que rasurarse, cosa que haría nada más verlo pues no soportaba a los hombres con barba, hasta el punto que casi le obligaba a afeitarse cada vez que se acostaban juntos.

Al meterse en la ducha pensó en esa y en otras de las particulares manías de la chica, como no poder dormir si entraba alguna claridad en el dormitorio, cuando a él le sucedía todo lo contrario y por estar junto a ella tenía que aguantarse.

Mientras el agua fría recorría su cuerpo, se preguntó que habría visto en Lola para soportárselo todo, y perder el culo cada vez que abría la boca y se le ocurría pedir algo, para satisfacerla sin pérdida de tiempo. Era una mujer de lo más normal en cuanto al físico, y sin llegar a tener una gran belleza, había algo en ella que emanaba confianza y una gran e innata predisposición para el mando, como si estuviera siempre preparada para organizarlo todo sin cometer apenas errores.

Eso ya lo había demostrado varias veces, pero sobre todo fue en esa ocasión cuando se dio perfecta cuenta de ello. Unos días antes de su fuga, cuando ya tenía elegida la fecha y trazado el plan, le escribió para que fuera a visitarlo a la cárcel. Y cuando se presentó, le dijo:

-Prepárame un sitio para esconderme durante una semana o poco más. Te llamaré el martes por la tarde y me dirás el lugar. ¿De acuerdo?

Ella asintió con la cabeza y se marchó poco después, tras entregarle un paquete al vigilante para que se lo pasara a él más tarde, al finalizar el tiempo que concedido para la visita.

Incluso él mismo se sorprendió al ver que no exteriorizaba ningún sentimiento, ni de alegría, ni de miedo. Ni siquiera intentó hacerle desistir de su idea. Cuando la llamó desde una cabina, ya en la calle, ella le dio la dirección del apartamento y le dijo que había comida, tabaco y bebida, y que una o dos noches después iría a verlo, por si necesitaba algo más, recomendándole entonces que sería conveniente que no saliera a la calle, puesto que podía resultar peligroso.

Después de la ducha mientras se secaba, recordó que no tenía otra ropa que la que llevaba puesta hasta entonces y que tendría que lavarla, porque no era plan ir desnudo por la casa hasta que ella viniera, si es que se acordaba de traerle algo.

Los dos días siguientes continuaste con la misma monotonía en que te habías desenvuelto hasta entonces. No volviste a salir a la calle pensando que podría venir en cualquier momento y si no te encontraba, se alarmaría innecesariamente.

Pero habías llegado a un extremo en el que no soportabas permanecer encerrado mucho tiempo más o acabarías volviéndote loco.

Al principio te las apañaste bien, intentando convencerte de que todavía estabas en el talego, pero con mayores comodidades. Te pasabas el tiempo tumbado en el sofá escuchando música y durmiendo mayormente. Pero echabas en falta sobre todo el no hablar con nadie. Por eso, te empeñaste en creer que estabas en una celda de castigo.

Te metiste en el cuarto de baño, a oscuras, tendido sobre una manta, pero no tardaste mucho en mandarlo todo a tomar por culo, diciéndote, cabreado, que no te servía de nada comerte el coco tú mismo. Que si tenías a tres metros de tí la puerta de la calle y no salías, era porque no te pasaba por los cojones y no porque te lo impidiera alguien.

A partir de ese momento te sentiste mejor y conseguiste calmar tu nerviosismo. Acostado en el sofá o en la cama de matrimonio, bebías hasta emborracharte y quedar profundamente dormido. Y cuando despertabas y te encontrabas de nuevo solo, te cambiabas a otra pieza del piso e iniciabas de nuevo el juego, justificándote con que no tenías nada mejor que hacer, lo que era bien cierto. Y, al mismo tiempo, intentabas recuperar todo lo que no habías bebido estando en prisión, ahora que se te presentaba la oportunidad.

Los primeros días, achacaste a las precauciones más elementales el que Lola no hubiera aparecido todavía. Te parecía lógico, y recordaste que ella misma te dijo que no lo haría hasta dos noches después de tu llegada. Pero al cuarto día, a la tensión y los nervios propios del encierro, se unió la preocupación por su retraso.

Recorrías la casa como un tigre enjaulado en un estado próximo al paroxismo, preguntándote si estarían vigilándola o si, peor todavía, la había detenido la policía, acusándola de complicidad en tu fuga.

Y aunque querías autoconvencerte de que la pasma no tenía ni la menor idea de dónde vivía, puesto que al detenerte diste la dirección que constaba en tu carnet de identidad, un piso de alquiler que habías ocupado años atrás cuando renovaste el documento, pensaste que se habrían enterado de algún otro modo y le habrían tendido una trampa cuando venia a encontrarse contigo.

Estabas ya al borde de la histeria cuando escuchaste, en la calle, el chirrido de unos neumáticos al tomar una curva a excesiva velocidad. El corazón te dio un vuelco y pareció detenerse durante un instante.

-¡Ya está aquí! -Dijiste en voz alta, casi gritaste, caminando hacia la ventana, para verla.

Nunca podrás saber lo que te maldije durante aquellos interminables días. Te dije todas perrerías posibles e inimaginables, y cuando me cansé de maldecirte a tí, empecé a hacerlo conmigo mismo, por ser tan imbécil como para estar allí espiando a un prófugo que debía estar acojonadísimo, porque apenas se había atrevido a asomar los morros a la calle.

¡Y yo que pensaba que eras un tío con las pelotas bien puestas en su sitio!

Sólo por acabar de joderte del todo y como único recurso, pensé en llamar a la policía y delatarte, pero me contuvo el pensar que pasaría a convertirme en un soplón, y eso, en nuestro mundo es una cosa que acaba por saberse y tiene un futuro muy negro.

Conforme iba pasando el tiempo las posibilidades de que acabaras conduciéndome hasta algo que pudiera merecer la pena se iban acortando. Pensando en eso, estaba dispuesto a largarme para buscarme la vida por otra parte, dándome por vencido. Pero eso equivalía a convencerme a mí mismo de que la mala racha que venia arrastrando durante los últimos meses seguía persiguiéndome, haciéndome la vida imposible.

Eso era lo único que me impulsaba a permanecer junto a la ventana, aburrido como una ostra, consumiendo lentamente las esperanzas que tenía puestas en la ocasión, cada vez más seguro de que acabaría marchándome derrotado, con el rabo entre las piernas.

.-.-.-.

El Ford Fiesta verde se detuvo ante la puerta de cristal del edificio de apartamentos, con un fuerte chirrido de frenos. La mujer que lo conducía miró cuidadosamente en todas direcciones antes de salir del coche cargada con una bolsa de deportes azul marino en una mano y otra de plástico, repleta de comida.

Su estatura superaba ligeramente el metro setenta y cinco, Su cabello era castaño y corto, sin llegar a rozarle los hombros. Vestía una chaqueta de espiga de color crudo y unos pantalones vaqueros gastados, anchos en las caderas, formando dos grandes bolsas a cada lado y muy ceñidos a medio tobillo.

Cerró con llave el coche y antes de cruzar la puerta del inmueble, miró una vez más a su alrededor, encontrándolo todo a su satisfacción.

Cuando todavía no había terminado de subir el primer tramo de escaleras se encontró con Salva, de pie en el rellano.

La boca de la chica se abrió exhibiendo una amplia sonrisa. Se detuvo esperando hasta que él llegó a su altura. La abrazó fuertemente y las dos bocas se buscaron para unirse en un intenso beso.

-Hola, Salva -Empezó ella, cuando se separaron lo suficiente-. Tenía muchas ganas de verte…

-Yo también, tía. No puedes imaginarte lo que te he esperado…

Le tomó las dos bolsas con la mano derecha, mientras le pasaba el otro brazo por la cintura e iniciaban el ascenso.

Tan pronto se encontraron en el interior del piso, Salva cerró la puerta y se quedó apoyado de espaldas a esta.

-Lola… -Dijo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y con la voz rota por la emoción y la suma de tensiones que le habían dominado durante los últimos días-. Lola…

Dejó caer ambas bolsas al suelo, mientras abría los brazos, reclamándola para un nuevo y ahora más prolongado abrazo.

Ella le miró y después paseó la mirada por el pasillo hasta volver a posarla sobre él.

-¡Dios mío, como tienes ésto!

Avanzó a su encuentro y lo dejó llorar sobre su hombro, venciendo la repugnancia que le producía el hecho.

-¡Salva, Salva… No seas niño! -Le susurró al oído, mientras sus manos recorrían su sudorosa espalda por debajo de la sucia camisa.

Sintió de repente un extraño hedor que emanaba tanto del cuerpo de él, como de la casa y por un instante pensó en algo que se estaba descomponiendo, en un lugar no muy lejano.

Fue remolcándolo materialmente hasta el cuarto de baño y al llegar allí, faltó poco para que cayera al suelo, arrastrándolo con ella. Le asaltó un ambiente totalmente irrespirable. Una mezcla de sudor, alcohol, tabaco y comida en malas condiciones, componiendo una amalgama casi sofocante que penetró de forma brutal a través de sus fosas nasales, casi mareándola.

Dejó a Salva y con paso inseguro se dirigió hacia uno de los ventanales, cubriéndose la nariz con los dedos de la mano, y lo abrió completamente. La primera bocanada de aire puro hizo que en sus pulmones se formara una mezcla explosiva, hasta el extremo de tener que apoyarse en un sillón para no desplomarse.

Salva llegó hasta ella y la tomó por los hombros. Lola miraba fijamente algún punto inconcreto situado al otro lado de la calle, mientras recuperaba el ritmo de su respiración.

-¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?

Volvió la mirada hasta él, con intención de gritarle, de recriminarle por haberse abandonado tanto y por haber convertido el piso en un estercolero, pero se compadeció al verle la cara enrojecida por las lágrimas, sin afeitar y con la barba crecida y surcada por algunas marcas difíciles de identificar.

Era la primera vez que le veía llorando y nunca lo hubiera podido imaginar así, tan duro y fuerte como era, con una energía que a ella siempre le había parecido inagotable. Y ahora estaba allí, deshaciéndose en lágrimas y temblando como un pajarito mojado e indefenso.

Pensó que tenía que haberle ocurrido algo muy grave para quedar en ese estado, así que decidió que lo mejor era calmarlo y dejar para mejor ocasión lo que tenía pensado decirle.

-Anda. Ve a ducharte y luego te pones la ropa limpia que te he traído…

Bajo la ducha fuiste recuperando paulatinamente la normalidad. Ahora te debas cuenta de que habías hecho el ridículo delante de ella, recibiéndola de esa manera. De acuerdo que el llanto te surgió de una forma espontánea y natural que te sirvió de desahogo, pero nunca tendrías que haberlo hecho.

Ahora, quedarías ante ella como un ser débil, derrotado, y perderías todo el respeto que te habías creado en el pasado.

Abriste al máximo el grifo del agua fría y dejaste que esta rebotara despiadadamente contra tu piel, cerrando los ojos y apretando los dientes, conteniéndote para no escapar mientras una primera oleada de escalofríos y temblores se apoderaba de tu cuerpo, hasta que pasado un margen de tiempo que no sabrías precisar, te volviste completamente insensible.

La voz de Lola, desde la misma puerta del cuarto de baño, consiguió rescatarte del bloque de hielo en que te habías sumergido, resquebrajándolo por completo y arrastrando por el desagüe todo el malhumor, el miedo y los resentimientos que te habían acosado durante tantos días.

-¿Salva, te falta mucho?

Su voz era ahora más dulce, como si también ella se hubiera visto afectada por tu reacción. Sonreíste cerrando el agua y la viste frente a tí, mostrando una amplia sonrisa.

-Poco. Me queda lavarme la cabeza.

Se acercó tendiéndote una toalla grande, de playa.

-Toma. Sécate o vas a coger una pulmonía.

La tomaste y envolviéndote en ella saliste de la bañera. Le cogiste una mano y tiraste hacia tí, para luego, cuando la tuviste a la distancia apropiada, besarla ansiosamente.

Volvía a ser la de siempre. Y tú también. Te encontrabas ahora verdaderamente feliz y no hubieras cambiado ese instante por todo el dinero del mundo. La querías.

Se separó de tí cuando comenzaste a desabotonarle la camisa. Retrocedió y salió del aseo, riendo.

-No tengas tanta prisa, tío. Guarda algo para luego.

La miraste mientras se marchaba y soltaste un prolongado suspiro de satisfacción, pensando que ya estaba arreglada de nuevo la situación.

De repente, todo lo que habías deseado durante el tiempo que estuviste en la cárcel y en los últimos días, se te agolpó en el bajo vientre, haciendo que tu pene se pusiera en erección.

Pensaste que después de tanto tiempo sin ninguna relación sexual, no ibas a aguantar mucho rato con ella y serías víctima de una eyaculación precoz. Y estabas seguro de que eso no le iba a gustar a Lola, que se sentiría decepcionada, ya que la tenías acostumbrada a otros comportamientos mucho más efectivos.

Dejaste la toalla colgada de la percha y te sentaste en la taza del váter, decidiendo que la mejor solución era masturbarte, con lo que después todo sería mucho más sencillo, si conseguías concentrarte.

Y entonces, cuando ya me sentía del todo abatido, vi un coche verde, un Ford Fiesta, creo, que se detuvo delante del apartamento y se bajó una chica que al principio no pude reconocer, pero que cuando se dio la vuelta para cerrar la puerta, pude ver que se trataba de la zorra de la Lolita. ¡Menuda pieza!

¡Ahora si que me estaba convencido de que me costaría mucho trabajo sacaros algo, porque la chorba era una experta exprimidora y más seguro que estoy vivo, te habría chupado ya hasta las mismas entrañas!

De todas maneras y con un poco de suerte, todavía podía darle la vuelta a la tortilla, si era lo suficientemente hábil para manejaros por separado, aunque de sobra sabía que si ella era un hueso duro de roer, por su experiencia y por los rollos que se mantenía con quinquis y chorizos, tú, aunque no tan bien relacionado, eras mucho más peligroso que ella.

Desapareció de mi vista al subir y esperé unos minutos más. hasta que un leve resplandor y la ventana del balcón al abrirse, me confirmaron con exactitud el piso en que os encontrabais.

Casi dí un salto de alegría ante el ventanal desde donde os observaba, porque al menos, no había fracasado del todo y busqué un resto en la botella de whisky que reposaba sobre la mesita.

La vacié en dos tragos y dejé que el líquido me abrasara la garganta. Me sentía satisfecho de mí mismo por haber tenido la suficiente paciencia para esperar a que se produjera este acontecimiento, que al menos me permitía seguir manteniendo esperanzas de lograr algo positivo.

.-.-.-.

Se acostaron cuando ella terminó de adecentar mínimamente el piso. Antes, se dio una ducha rápida y salió envuelta en una toalla. Salva la esperaba en el dormitorio tumbado sobre la cama, mirando hacia el ángulo formado por dos líneas de escayola, con una estúpida sonrisa que le cruzaba el rostro convirtiéndoselo en una máscara representativa de la imbecilidad más absoluta. Lola contuvo las ganas que sentía de mandarlo de una vez a la mierda y fingió por el contrario una alegría que distaba mucho de sentir.

Se echó junto a él y dejó que deshiciera con mano temblorosa por el nerviosismo el nudo que sostenía la toalla. Después, Salva fue retirándola poco a poco de su cuerpo y Lola sintió como se le erizaba todo el vello.

Le pareció una tontería, pero se sentía tan excitada y a la vez tan asustada como la primera vez que lo hizo con él. Pensó que sería mejor que controlara sus reacciones y no se dejara arrastrar con tanta facilidad, pues, de lo contrario, nunca podría deshacerse de él.

Hicieron el amor más intensamente de lo que hubiera podido imaginar y, una vez más, inconscientemente, Salva había conseguido desmoronar el muro de frialdad tras el que ella intentaba protegerse, y la había llevado sucesivamente a superar las cotas mínimas que necesitaba para poder sentirse completamente satisfecha.

Después, durmieron algunas horas inmersos en un sueño preñado de fantasías eróticas, del que se vio bruscamente arrancada al sentir sobre ella la presión y el peso del cuerpo del hombre, que intentaba penetrarla de nuevo, sin conseguirlo y jadeaba por la excitación. De sobra sabía que si accedía y seguía haciéndose la dormida, Salva se cansaría pronto y lo dejaría e, indefectiblemente, acabaría yéndose al extremo más alejado de la cama y se quedaría dormido.

Separó lentamente los muslos, como si no fuera consciente de ello, sumida en un profundo sueño y todo se debiera al impulso que ejercía el pene de Salva. La fuerza se intensificó durante unas décimas de segundo y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gritar como una loca cuando entró en ella, pero pudo soportar la embestida…

Por eso, mientras él jadeaba y sudaba sobre ella, como amo y señor de su cuerpo, Lola fue aislándose de nuevo, pensando en el Lamas, un chaval jovencito que había conocido unas semanas atrás y que también follaba como los ángeles. Era guapo, alto, fuerte y bien dotado, pero para su gusto tenía un gran defecto: le tiraban tanto las tías como los tíos y por eso, nunca podría llegar a confiar plenamente en él, aunque le gustara y hubieran pasado muy buenos ratos juntos, hasta que le escribió Salva desde la cárcel para contarle que se escapaba y que necesitaba su ayuda. Entonces, se le cayó el mundo encima.

Apenas se acordaba ya de él, ni tampoco tenía ganas de hacerlo, pero poco después, pensó que no podía dejar colgado a su colega con un muerto así y que, por mucho que le reventara, lo mínimo que podía hacer era echarle un cable y luego, poner las cosas en claro. Y si te he visto, no me acuerdo.

Pero como siempre, Salva había tenido la virtud de liar las cosas una vez más y se encontraba en una disyuntiva de la que, de momento no sabía como salir.

Lo maldijo mentalmente, mientras le hacía llegar a un orgasmo no deseado y se juró que aquella sería, definitivamente la última vez.

La primera impresión que experimentaste fue la de sentirte detenidamente observado. Miraste a tu alrededor, pero no pudiste ver a nadie. No obstante, la misma sensación seguía oprimiéndote. Te incorporaste sobre la cama, apoyándote con las palmas de las manos muy abiertas, sintiendo palpitar tu corazón a través de ellas, en el tejido de las sábanas.

Recordaste, de pronto, que Lola era la única que podría estar allí puesto que había pasado la noche contigo y no la creías capaz de marcharse sin decir nada. La llamaste en voz alta para romper el silencio que te rodeaba, pero al contrario de lo que esperabas, éste se intensificó, estrangulando tus palabras, envolviéndolas con un pesado lastre de dudas y preguntas sin respuesta que te erizó todo el vello del cuerpo.

El miedo te inmovilizó por completo, tanto, que disminuiste el ritmo de la respiración hasta que ésta se volvió casi imperceptible. Te mordiste entonces los labios por haber hablado, traicionándote con ello, y comenzaste a temblar.

Permaneciste así por un espacio indeterminado de tiempo, esperando que en cualquier instante alguien saltara sobre tí y te pusiera el cañón de una pistola en la boca, mientras una tunda de golpes se abatía sobre tu cuerpo, hasta reducirlo a una masa de carne desgarrada y dolorida, sin fuerzas para oponer la menor resistencia.

Pero el silencio seguía siendo el único elemento extraño. Con lentitud, pensaste que si hubiera alguien más, quien quiera que fuese, en la casa, podrías incluso escuchar sus pasos y su respiración en la serena calma que te rodeaba. Mas no era así.

Te levantaste venciendo el temor, despreciándote a tí mismo por dejarte intimidar tan fácilmente y sin motivos, y con paso todavía vacilante saliste de la habitación sin encontrar a nadie en el pasillo, ni en el resto del piso, que registraste una pieza tras otra, hasta cerciorarte por completo.

Al asomarte a la ventana, tampoco viste el coche de Lola. Se te formó un nudo en el estómago que se hizo más y más tirante a cada segundo que pasaba. No cabía la menor duda de que te había abandonado, que te dejaba colgado, cuando más la necesitabas.

Diste una patada a un sillón, a punto de estallar y te hiciste daño en el pie desnudo. Sentías la perentoria necesidad de destrozar algo, de expulsar la tensión que se había ido acumulando en tu interior durante todo ese tiempo.

De haber tenido en esos momentos a Lola allí mismo, la hubieras pagado con ella, aunque después te arrepintieras e incluso llegaras a pedirle que te perdonara.

Te metiste bajo la ducha y sin moverte, dejaste que te envolviera el agua helada, conteniendo a duras penas el frío y las ganas de salir corriendo. Procuraste no pensar en ello y te concentraste en Lola, buscando algún motivo por el que hubiera podido marcharse sin decirte nada, de una manera tan rastrera y que estabas seguro de no merecer, pues siempre te habías portado bien con ella.

Que tú recordaras, la noche anterior no sucedió nada que pudiera haber propiciado la espantada. Te habías comportado como siempre que te acostabas con ella, y te pareció que tampoco Lola había demostrado encontrarse a disgusto.

Cerraste el grifo, tiritando y buscaste una toalla para secarte, pero no la encontraste a mano. Estuviste a punto de abrirte la cabeza contra el borde del lavabo al resbalar sobre el suelo mojado, pero conseguiste cogerte a tiempo, y todo quedó en un susto. Y sin saber exactamente porqué‚ tuviste un desfallecimiento y te deslizaste lentamente hasta acabar en el suelo.

Te quedaste allí, aterido, con los ojos llenos de lágrimas, cubriéndote la cara con ambas manos, mientras el sonido de tus propios dientes al chocar entre sí te iba llenando el cerebro.

Estuve pendiente de la ventana durante la mayor parte de la noche, rumiando en silencio, sopesando todas y cada una de las posibilidades que tenía ante mí, tal vez soñando con los ojos abiertos, disfrutando por anticipado con mi venganza y con unos beneficios que tal vez quedaran sólo en eso: sueños.

En esos momentos hubiera dado cualquier cosa por disponer de unos prismáticos para poder saber qué coño estabais haciendo, pues desde que había llegado la Lola, abriendo de par en par las ventanas y encendiendo las luces, el apartamento parecía una exposición, en contraste con la oscuridad y el hermetismo en que lo mantuviste hasta entonces.

Me chocó un tanto que estuviera tan convencida de que os encontrabais completamente a salvo y, a decir verdad, tenía razón, puesto que solamente yo, y de carambola, conocía vuestro escondite, mientras que la policía andaba completamente despistada, sin tener el menor indicio, a pesar de tratarse de un asunto delicado, ya que no todos los días se les escapa gente de la cárcel, y menos un desgraciado como tú, al que no concedían demasiada importancia y al que pensaban atrapar tan pronto le hubieran identificado. ¡Y ya hacía casi una semana que te fugaste!

Esa era mi última baza y estaba dispuesta a jugarla. Me había dado cuenta de que no tenía nada que hacer, porque ibas a quedarte escondido como una rata hasta que vinieran a pescarte, aunque con el despiste que llevaba la policía, podría pasar otra semana, o más tiempo, y yo, la verdad es que no tengo tanta paciencia ni tampoco estoy capacitado para aguantar tanto tiempo.

Pensé que lo más sensato sería propiciar el desenlace de los acontecimientos y estar a la expectativa para procurar salir lo mejor parado posible.

.-.-.-.

Permaneció tumbado sobre el piso del cuarto de baño, húmedo, hasta que un frío glacial que le atenazaba el cuerpo desde los pies a la cabeza, comenzó a imponerse a otras sensaciones menos acuciantes, haciéndole reaccionar.

A duras penas consiguió izarse, poco a poco, aferrándose primero al pie del lavabo, hasta conseguir sentarse al borde de la bañera. Se tambaleó adelante y atrás un par de veces, todavía inseguro, mientras un nuevo y más intenso frío le ascendía por las desnudas posaderas en contacto con el material de la tina.

No cesaba de preguntarse qué le había pasado para encontrarse así. Estaba hecho una piltrafa sin ningún aparente motivo. Por un momento, pensó que aquellos eran los síntomas del mono, del síndrome de abstinencia, pero lo rechazó al instante porque él no era adicto al caballo. Se había pinchado cinco o seis veces esporádicamente, con todo el miedo y el respeto que le tenía a la heroína. Desde siempre, se había propuesto que sería más fuerte que ella, que no se engancharía por nada del mundo y hasta entonces, lo había conseguido. Había visto a demasiados colegas arrastrándose por el suelo, aullando y retorciéndose de dolor, enajenados, convertidos en seres monstruosos y al mismo tiempo lastimeros, tíos que había valido mucho y que por el vacile o porque realmente no sabían lo que hacían, se habían convertido en las últimas mierdas del mundo, capaces de matar a su misma madre con las manos desnudas por conseguir una papelina adulterada, para postergar, aunque fuera por unas horas el temido mono. Y cada vez, el efecto del chute duraba menos y tenían que aumentar progresivamente las dosis.

Descartó mentalmente esos pensamientos que, como pesadillas, le asaltaban de vez en cuando, produciéndole un estado de agotamiento físico y mental tal, que se juraba a sí mismo que se metería un tiro en el brazo o se cortaría las venas, antes que volver a picarse una vez más.

Apoyándose en las paredes y con pasos vacilantes e inseguros, consiguió llegar al dormitorio, sin tener apenas noción del tiempo que invirtió en hacer el recorrido, de apenas unos metros.

Se dejó caer sobre la cama deshecha y buscó el cobijo de las sábanas arrugadas y manchadas. Se tapó hasta la cabeza y por unos momentos la tiritona aumentó de intensidad.

Ahora sentía que su cuerpo se iba agarrotando con una pasmosa rapidez. Todo su organismo parecía estar recorrido por legiones de hormigas que iban de un lado a otro, sin descanso, con una velocidad que le dio la impresión de intensificarse por segundos.

Se encogió sobre sí mismo y en posición fetal, permaneció llorando y gruñendo palabras inconexas, ahuyentando fantasmagóricas visiones que comenzaban a poblar el cuarto, surgiendo de los más insospechados rincones, vencido por un irrefrenable pánico que se iba apoderando lenta, pero cruelmente de él.

Seguro que ahora ya no te acuerdas de nada. Y tanto mejor para tí, porque si te hubieras visto, arrodillado a los pies de la cama, haciendo esfuerzos sobrehumanos para recordar una plegaria, mientras en tu cerebro se atropellaban difusas imágenes que perseguían implacablemente a los santos que tú pretendías invocar, sometiéndolos a las más degradantes torturas, seguro que se hubiera quebrado, sin la menor resistencia, el hilo que aún te mantenía sujeto a los dominios de la cordura.

Te levantabas, dabas un paso en busca de la manta que permanecía doblada sobre la silla y como si tus piernas fueran de goma, te desplomabas hacia el suelo como un pelele, como un muñeco roto, sin fuerzas y sin la ilusión mínima para seguir adelante e intentar salvarte de aquella alucinación continuada y sin límites, que te arrastraba implacablemente hasta hundirte en el último abismo, rebasado ya completamente el límite de la consciencia.

Quisiste volar en medio de la habitación, huir de ella porque entonces, superado ya del todo el frío, comenzabas a sentir un calor que se iba intensificando hasta casi ahogarte. Sudabas abundantemente y con toda seguridad, achacaste al sudor el que se pegaran entre sí las plumas que veías brotar, una tras otra, en tus brazos y piernas. Plumas de los más diversos colores y tonalidades que ante el espejo de la cómoda, te conferían el aspecto de una verdadera ave del paraíso, aunque en otra de las ocasiones que alcanzaste a verte, la imagen que te devolvió el pulido cristal, más bien se asemejaba a la de un buitre leonado.

Pero tus ansias de vuelo quedaron truncadas por la puerta del armario de pared, que alguien, pensaste entonces, había abierto con mala idea, sólo para que te estrellaras contra ella cuando iniciabas el picado desde la cama y, desarbolado, cayeses abatido como por una gigantesca e invisible red con la que pretendían atraparte.

Y desde el suelo, te reías, al ver que la figura que había a tu lado comenzaba a desangrarse por una brecha que le había surgido en la sien. Reíste, hasta que se te nubló la visión y te atragantaste con un líquido rojizo, espeso y salado, que te penetraba por la boca, sin que supieras a ciencia cierta de donde procedía.

Dormitaba plácidamente junto a la ventana abierta, cuando escuché un portazo y el ruido de un coche al que intentaban poner en marcha. Me levanté de un salto y vi a través del ventanal el Ford de la Lola y a ella dentro, pugnando con el contacto del vehículo.

Sin pensarlo dos veces, salí corriendo hacia la calle, mientras buscaba desesperadamente en los bolsillos las llaves del coche. Las encontré cuando ya se ponía definitivamente en movimiento, iniciando con suavidad el descenso de la cuesta.

Alcancé mi turismo y conseguí arrancarlo a la primera y lanzarme tras ella a una distancia prudencial. Mientras conducía y me restregaba los ojos para disipar del todo el sueño, pensaba si no me habría visto cuando corría, pues estaba demasiado abstraída en intentar poner en marcha su Fiesta, para fijarse en otra cosa.

De todas maneras, como no había amanecido, y pese a que las farolas permanecían encendidas, el portal por el que abandonó el edificio se encontraba sumido en una oscuridad total, que hacía poco probable el que le me hubiera distinguido.

Al poco de llegar a la Avenida de San Bartolomé de Tirajana, el coche se detuvo por un instante junto a unas cabinas telefónicas, lo que me obligó a ocultarme bruscamente tras una furgoneta aparcada, al tiempo que desconectaba los faros y permanecía a la expectativa de lo que pudiera acontecer.

Pero fue por poco tiempo ya que reanudó la marcha sin llegar a descender del vehículo y enfiló a buena velocidad hacia la salida de la población, si es que podía llamarse así a esa aglomeración de edificios de apartamentos, pero sin ninguna infraestructura de pueblo.

Ascendimos la cuesta y sin complicaciones, la seguí hasta la carretera general, a la que entró saltándose el stop. Como el camino estaba despejado, hice lo mismo y justo al llegar a la entrada de El Altet, pude ver como giraba a la izquierda en dirección a Elche.

Reduje la velocidad y la dejé tomar ventaja, pero sin llegar a perder en ningún momento de vista sus pilotos traseros.

Encendí un cigarro conduciendo a setenta kilómetros por hora e intentaba encontrar una solución definitiva para todo aquello. Y tenía que ser rápidamente, porque faltaba muy poco para llegar a Elche y, una vez allí, me sería más difícil seguirla, y Lola tendría mayores posibilidades de encontrar a alguno de sus amigotes que le echara un cable, con lo que me resultaría prácticamente imposible acercarme a ella.

Empezaban ya a divisarse a lo lejos las luces de la ciudad, cuando recordé la existencia de una explanada que se abría a la derecha de la carretera, y que servía de aparcamiento para un par de naves industriales y un restaurante.

Me pareció el lugar más apropiado para intentar abordarla, pues no veía que se pudiera hacer otra cosa más rápida y la vez más efectiva.

Aceleré y la adelanté poco después. Entré a bastante velocidad en la curva anterior al ensanche y una vez en él, apagué los faros, quedando con el morro del coche metido en la carretera.

Por ésta no circulaba nadie más en aquellos momentos, a excepción del Ford Fiesta verde, que no tardaría demasiado en hacer su aparición.

Esperé unos tensos segundos, tras los cuales lo vi aparecer en mitad de la curva. Sus luces iluminaron mi coche, al tiempo que yo conectaba mis faros e iniciaba la salida hacia la calzada, hasta ocuparla casi por completo.

Tocó el claxon un par de veces, pero yo permanecía casi parado, atravesado ya totalmente en la carretera, por lo que frenó bruscamente, deteniéndose a menos de dos metros de mi coche.

Sonreí, mientras con la navaja en la mano, me apeaba, acercándome hasta su ventanilla abierta, antes de que tuviera tiempo para reaccionar.

.-.-.-.

Un sudor frío te recorría de arriba abajo. La cabeza te deba vueltas y más vueltas y hasta tu estómago parecía haberse convertido en una batidora.

En el suelo, junto a la cama, apenas con las piernas cubiertas por los restos de una sábana, comenzaste a adquirir una leve conciencia de la situación en la que te encontrabas.

Frente a tí, la luna que cubría la parte interior de la puerta del armario, salpicada de sangre casi seca, te devolvía una imagen que tardaste bastante tiempo en reconocer como la tuya propia.

Tanteaste la frente y la herida, producida sin duda al chocar contra el borde cortante del tirador del ropero, todavía aparecía salpicada de sangre. Toda la cara y buena parte del cuerpo estaban manchados también, y un gran charco de la misma sustancia se extendía en todas direcciones, comenzando a secarse.

Te sentías débil, abotargado, con una persistente sensación de mareo que no dejaba de asediarte. Tu garganta reseca reclamaba agua para mitigar la sed que te atormentaba y que amenazaba con enloquecerte.

Quisiste arrastrarte, encontrar una escapatoria, pero estabas solo y abandonado. Por un momento pensaste que de encontrarte en el talego, algún colega te echaría una mano, e incluso te trasladarían a la enfermería, al darse cuenta de tu estado.

Pero no. Todo eso no eran más que imaginaciones tuyas. Estabas solo y tenías que ser tú mismo el que se las apañara para salir lo mejor librado posible. Ahora, podías darte cuenta de que en determinadas circunstancias, era mejor estar en la cárcel, entre amigos, que libre y a solas, donde podías morirte y nadie se enteraría, ni se preocuparía lo más mínimo,

Tras muchos esfuerzos conseguiste llegar al cuarto de baño, dejándote caer de nuevo, agotado. Comenzó a dolerte la herida de la sien de manera desesperada, como si te estuvieran clavando un hierro al rojo, a martillazos, en el centro del cráneo.

Sin saber cómo, te encontraste metido en la bañera, al recuperar el conocimiento después de una de las muchas veces que te desvaneciste. Alargaste el brazo y el agua brotó desde lo alto de la ducha como por arte de magia.

Esbozaste una sonrisa mientras chorros de agua fresca caían sobre tu cabeza, empapándote el cabello. Abriste la boca y dejaste que penetrara hasta tu sofocada garganta, sintiéndote estúpidamente feliz.

Se vio forzada a detener el coche, de golpe, cuando vio a aquel loco cruzado en la carretera, al final de la curva, cortándole el paso.

Ensimismada como iba, la había cogido de improviso, pero aún pudo reaccionar con tiempo suficiente para evitar la colisión.

Aturdida, vio que un hombre saltaba del ochocientoscincuenta cupé, con una navaja que brilló a la luz de los faros, en la mano derecha.

Miró a su alrededor, amedrentada, y descubrió a su lado una amplia explanada junto a la carretera por donde podía haber esquivado el coche atravesado, de haberse dado cuenta a tiempo. Pero ahora, con el motor calado después del fuerte frenazo, no pudo hacer nada, porque la mano del hombre se cerró en torno a su muñeca y la obligó a abandonar el Ford, amenazándola con la navaja, sin que llegara a ser del todo consciente de lo que le sucedía.

-Camina, o te rajo ¡Puta! ¡Métete en mi coche y estate quieta, si no quieres que te desgracie tu cara bonita!

Obedeció sin oponer la menor resistencia y al quedarse encerrada en el interior del otro coche, la fuerte tensión a que se había visto sometida en tan breve espacio de tiempo, desembocó en una crisis nerviosa que solamente pudo desahogar deshaciéndose en lágrimas.

Vio que el hombre sacaba su vehículo de la calzada y lo dejaba aparcado a un lado, en la todavía imperante oscuridad, que como una densa e imponente cortina lo envolvía todo, e incluso amenazaba con estrangular las escasas luces que pretendían romper su monopolio en la noche.

El otro regresó junto a ella y abrió la puerta, sentándose al volante. La miró con ojos cargados de desprecio y le devolvió las llaves de su Fiesta, arrojándoselas entre las piernas que mantenía pegadas la una a la otra, como imantadas entre sí.

El coche se puso en movimiento en dirección a Elche sin que ninguno de los dos dijera una sola palabra. Lola suspiró profundamente, enjugándose las lágrimas, e intentó sobreponerse. Miró al hombre abiertamente, pero no había suficiente luz para poder verlo bien. De todas maneras, estaba segura de que no lo conocía.

Por un instante, pensó que se trataba de un policía, que la habría seguido desde Los Arenales, pero lo descartó rápidamente, puesto que de ser guripa, hubiese utilizado una pistola para amenazarla y no una simple navaja. Por eso mismo dedujo que sería todo lo opuesto, algún chorizo o un buscavidas de los que tanto abundaban últimamente. Si era así, no estaba del todo perdida. Podría intentar averiguar qué quería de ella, y al mismo tiempo, manejarse de manera mucho más segura.

-Vamos colega, cuéntame qué mosca ta picao pa hacerme esta guarrada.

El hombre se volvió hacia ella y sin decir una sola palabra, soltó la mano derecha del volante y la abofeteó con fuerza, mandándola hasta el rincón formado por el asiento y la puerta.

-¡Cállate, zorra, que te conozco! ¡Y no me hables así, si no quieres que te raje la mui!

Se derrumbó de nuevo ante el violento estallido del otro. Le ardía la mejilla izquierda por el revés que le había lanzado, pero peor que el dolor físico, era para ella el que hubiera tratado de modo tan despectivo.

El coche se desvió a menos de un kilómetro de Elche por el camino de entrada al campo de fútbol. La gigantesca mole de hormigón ofrecía un aspecto tétrico, de moderno coliseo romano, en el que se podía escuchar el silbido del viento entre sus anchas columnas, que erizaba el vello, al pensar en los lamentos de agonía de los gladiadores o de los cristianos sacrificados a las fieras.

Cuando se detuvo definitivamente el vehículo, Lola ya había perdido la escasa serenidad que consiguiera reunir minutos antes y se encontraba totalmente vencida, a merced de su contrincante. Este se volvió y quedó encarado a ella, mientras encendía un cigarrillo sin molestarse siquiera en ofrecerle.

-Ahora vamos a concretar las cosas -Le espetó, expeliendo una larga bocanada de humo que fue a estrellarse contra su rostro-. Tú sabes donde está escondido el Salva, y yo también… Y a tí, no te interesa en absoluto que la pasma se entere. ¿No es así?

Siguieron mirándose, frente a frente, ella con los ojos todavía enrojecidos y él fumando, sin que la brasa del cigarro sirviera para delatar del todo sus facciones, cada vez que aspiraba el humo.

-Bueno, ¿qué me contestas? No tenemos toda la noche… ¿Te enteras? -Al mismo tiempo que decía eso, le tomó con fuerza la mano izquierda y se la retorció bruscamente, haciéndola gritar de dolor.

Pero la respuesta, fuera lo que fuera, tardaba demasiado en llegar y el hombre comenzaba a impacientarse, esperando, siempre sin estar nunca seguro, de cual iba a ser el resultado de la continua espera.

También él estaba a punto de derrumbarse, Eran ya muchos días los que había pasado en tensión, al acecho de su víctima, comiendo mal y durmiendo peor, soportando la tremenda presión que suponía saberse sin nada entre las manos y viendo que, a medida que transcurría el tiempo, se iban desvaneciendo una tras otra todas las ilusiones que se había hecho en un principio, tal vea vanas y efímeras…

Entonces, cuando más ensimismado se encontraba, la Lola lanzó un alarido salvaje y se abalanzó sobre él, intentando clavarle las uñas con saña, sorprendiéndole.

Apenas tuve tiempo de echar la cabeza hacia atrás cuando sus manos se lanzaron hacia mí, intentando aferrarse a mi cuello. Su grito retumbó dentro del coche y, a decir verdad, nunca hubiera esperado que reaccionara de esa manera, como un animal salvaje al que se está molestando con un palo.

De todas formas, me clavó las uñas en los hombros, aunque pude cogerla por las muñecas y separarla un tanto, pero en el escaso espacio que quedaba libre, entre el asiento, el freno de mano y la palanca de cambio, tampoco podíamos revolvernos demasiado.

Pataleó con fuerza, pero sus pies tropezaban contra todos los obstáculos, volviéndola totalmente ineficaz en su reacción.

Por mi parte, y a costa de un gran esfuerzo, le junté ambas manos, tomándolas con la derecha y tiré de ella hacia mí, al tiempo que le cruzaba la cara con dos sonoras bofetadas.

Su cabeza cayó sobre mis piernas, boca arriba, y el resto de su cuerpo se inmovilizó parcialmente. Jadeaba y su pecho subía y bajaba a un ritmo frenético. Sus ojos se anegaron de lágrimas que surgieron silenciosamente.

Yo no sabía qué mirar, si sus ojos llorosos o sus tetas, a punto de hacer estallar la blusa.

No sé bien lo que me impulsó, si su pasividad, o el grado de excitación que me produjo el golpearla, unido al largo tiempo que llevaba sin estar con una mujer. El caso es que la besé‚ con una furia y un apasionamiento tales, que aunque ella me mordió los labios varias veces, al final acabó cediendo y me devolvía los besos con una intensidad y una pasión que me sorprendió y me excitaba doblemente.

Mis manos liberaron de su prisión a los pechos y estos aparecieron, blancos y abundantes. Los acaricié sin dejar de besarla, mientras su cuerpo se estremecía a intervalos más o menos regulares.

Una de sus últimas lágrimas llegó hasta mi boca, deteniéndose en ella un instante, para desaparecer después en el torbellino formado por lenguas, salivas y labios que iban de una cavidad bucal a la otra, sin apenas descanso.

Me olvidé en esos momentos de todos los problemas que me acuciaban. Lo dejé todo de lado y me concentré en aquella mujer, mucho más ardiente de lo que nunca hubiera podido imaginar, aunque no por ello descuidé la vigilancia, porque podría tratarse de una treta, y no estaba dispuesto a dejarme sorprender, una vez más.

.-.-.-.

Tu cabeza, a duras penas se mantenía apoyada sobre el borde de la bañera y el agua seguía fluyendo desde la ducha, llenando la tina y desbordándola, hasta cubrir el suelo del cuarto de baño.

Cuando abriste los ojos, te preguntaste qué coño hacías tú allí, durmiendo, medio congelado por la frialdad del agua, hambriento y terriblemente cansado.

Conseguiste incorporarte, poniendo infinito empeño y cuidado en no resbalar. Cerraste los grifos y con los dedos del pie enganchaste la cadena unida al tapón abriendo el desagüe, que comenzó a engullir el agua a gran velocidad.

Te temblaba todo el cuerpo y la cabeza, no del todo despejada, trabajaba a marchas forzadas, intentando encontrar una explicación convincente para aquella situación.

Pusiste los desnudos pies sobre el piso de cerámica y un escalofrío te recorrió de arriba abajo, hasta fijarse en la nuca. Apoyándote en la pared, abandonaste el aseo y te dirigiste por el pasillo, también encharcado, hacia el dormitorio.

Al llegar allí te sorprendió descubrir una gran mancha de sangre, ya seca, cubriendo una parte del suelo. Miraste al interior y lo viste todo revuelto y lleno de salpicaduras. Entraste con cautela y tomaste la manta que descansaba en la silla que había junto a la cama y te la echaste sobre los hombros. Saliste al salón y te tumbaste en el sofá, tapándote con ella hasta el cuello.

Las tripas te gruñían de manera alarmante, pero el mero hecho de pensar en comida te provocaba nauseabundos temblores en todo el organismo. Seguías convulsionándote por el frío, y la cabeza iba ganando lucidez a medida que transcurría el tiempo.

Recordabas vagamente que Lola había estado allí, pero no tenías ni la menor idea de cuando había sido eso. Os acostasteis juntos y después, ella desapareció dejándote completamente colgado.

Alargaste un brazo y éste tropezó con el radio cassette. Pusiste en marcha la radio y la música surgió del altavoz como algo extraño para tí, carente de todo sentido. Al poco, una voz de mujer, demasiado conocida ya, comentó que las bajas presiones seguían concentradas en el sureste de la nación y que eran de esperar lluvias abundantes en puntos dispersos, tanto de la costa como del interior. Después, continuó una música metálica, estridente, similar a la que produciría una sierra mecánica cortando la chapa de un coche.

Sonreíste, pensando de qué manera varían los gustos de las personas, pues hasta hacía muy poco tiempo, esa música te entusiasmaba y ahora, lo calificabas de ruido insoportable, propio de idiotas y retrasados mentales.

Poco a poco, te fuiste sosegando, mientras escuchabas las primeras gotas de lluvia golpeando las ventanas. Pensaste que por una vez, no se habían equivocado en el parte meteorológico y casi te alegraste, pues era la primera lluvia que contemplabas en muchos meses, como no fuera a través de los barrotes de la celda. Y eso, aunque no te sirviera de mucho más, al menos te reconfortaba.

Las primeras luces del amanecer los sorprendieron tumbados el uno junto al otro, en los abatidos asientos delanteros del coche. La mujer fue la primera en abrir los ojos y se sorprendió ante su propia desnudez. Buscó sus ropas con la mirada y las encontró revueltas de cualquier manera en la parte de atrás.

Cuando terminó de vestirse, sólo una idea le rondaba la mente: escapar cuanto antes de allí antes de que despertase el hombre, pues todavía recordaba con nitidez cuando lo vio surgir en medio de la madrugada y el terrible susto que le produjo su inesperada aparición y la manera en que la interceptó.

Intentó recordar el punto exacto en que había quedado su Fiesta, pero éste distaba algunos kilómetros y era mucho más práctico intentar llegar a Elche, a poco más de uno.

En los bolsillos del pantalón encontró las llaves y por unos instantes, volvió a considerar la idea de regresar cuanto antes a recogerlo. Analizó la actitud del hombre, pero no pudo encontrar una razón lo suficientemente convincente para justificar lo que había hecho: pasar de una actitud completamente hostil, a mostrarse igualmente agresivo, pero en el terreno sexual.

Lo miró por última vez, antes de abandonar el coche y se preguntó por qué habría accedido a sus pretensiones, sin oponer la mínima resistencia. Casi con toda seguridad fue debido a que el desconcertante cambio que se produjo en el asaltante, la había cogido totalmente desprevenida y se dejó arrastrar por el impulso que le contagió el hombre, como la mejor salida posible para escapar de la fuerte presión a que se estaba viendo sometida.

Cerró con sumo cuidado la puerta y respiró con verdaderas ganas el aire del amanecer, intentando purificarse toda ella a través de los pulmones.

A su derecha, la inmensa y oscura mole de hormigón y hierro del estadio le ocultaba el incipiente brillo del sol.

Se alejó del coche mirando en todas direcciones, conservando un residuo de miedo todavía agazapado en el cuerpo, deseosa de llegar cuanto antes a casa y darse una ducha que la despojara de preocupaciones y dolores de cabeza y le pusiera el coco a tono para encontrar una solución al problema que, sin saber muy bien cómo, se le había echado encima, calándole hasta el tuétano.

Pocos minutos después, siguiendo la carretera, alcanzó el polígono industrial. Sintió un gran alivio al ver la amplia calle que lo atravesaba, iluminada por gran cantidad de farolas que luchaban por mantener el predominio de la luz artificial, ante los rápidos progresos que por el este alcanzaba el sol.

Dejó atrás la estación de servicio, desierta a esas horas y llegó poco después a la carretera de Alicante, siguiéndola hasta la avenida del mismo nombre, y respiró aliviada al divisar la cabina telefónica, en la misma acera por la que caminaba.

Recordó su indecisión, al salir de Los Arenales, al no atreverse a hacer la llamada que había deseado desde que dejara a Salva. Pero ese recuerdo se vio empañado por otro más reciente y que hasta entonces no supo encontrar su verdadero significado, enfrascada como había estado en las últimas horas en capear el temporal que la había acosado. Le había parecido escuchar que el hombre la había interrogado acerca de dónde estaba escondido Salva, o algo por el estilo.

Se detuvo ante la cabina porque creyó recordar más exactamente las palabras que le había dirigido el otro: había dicho poco más o menos que ella sabía donde estaba Salva y él también, y que no le interesaría nada que la policía se enterara de ese paradero.

La mano le tembló al marcar el número y no acertó a colocar las monedas adecuadas en la ranura del aparato. De repente, el nerviosismo había vuelto a hacer presa en ella, descontrolando sus acciones.

Y aquello, a esas horas de la mañana, no podía significar nada bueno.

SEGUNDA PARTE

Sumido entre dos sueños, tirado en el sofá mientras la lluvia percutía sobre los cristales, tuviste un instante de lucidez, entre pesadillas en las que creías perecer ahogado en la inundación de un edificio y eras arrastrado por la corriente hasta las cloacas, luchando denodada mente por mantenerte a flote entre excrementos, ratas y cosas mucho más difíciles de identificar.

Conseguiste incorporarte a duras penas y, sin darte perfecta cuenta de ello, llegaste a la cocina y tomaste un vaso de agua. Pero tras ese vaso, se te desencadenó una sed insoportable. Bebiste gran cantidad de líquido, pero éste parecía evaporarse apenas entraba en tu boca y en ningún momento llegó a aliviar la terrible sequedad que te atormentaba.

Cogiste la última botella de whisky que quedaba en la caja de cartón y tambaleándote, iniciaste el camino de regreso hacia la pieza que habías elegido como tu refugio, donde pasabas gran parte de las muchas horas muertas. Y desde hacía tanto tiempo, las sucesiones de sesenta minutos iban cayendo aniquiladas a tu alrededor, amontonándose unas sobre otras hasta formar un imponente muro que te separaba del mundo exterior.

Abriste despreocupadamente la botella y diste varios tragos seguidos, sintiendo como te abrasabas. Pero preferías sufrir eso, a seguir torturado por una sed absurda y pertinaz.

Un tiempo después, volviste a caer en el sopor producido por la mezcla del alcohol y el sueño que seguía acosándote por mucho que durmieras, y en ese estado intermedio permaneciste por un periodo difícilmente calculable.

En medio de absurdos pensamientos recordaste el final de tu última noche en libertad, que ahora te parecía perdida en la inmensidad del pasado.

Cuando se disparó la alarma y salisteis cortando en la furgoneta, tardó muy poco en atronar el silencio de la noche el ulular de la sirena de un coche de la policía, en una calle muy cercana a la que vosotros seguíais. El conductor detuvo el vehículo en una esquina a oscuras y paró el motor apagando las luces, al tiempo que se ocultaba en la cabina.

Vosotros, en la parte trasera, intercambiasteis una mirada de complicidad y permanecisteis a la expectativa, mientras el aullido de la sirena se acercaba peligrosamente.

Pasasteis unos minutos angustiosos, sobre todo tú, que te veías envuelto en el asunto sin estar del todo convencido y, más que nada, por no permanecer inactivo, porque dinero en efectivo tenías bastante en aquellos momentos, producto de unos afortunados golpes que diste en solitario, por lo que no habías tenido que repartir con nadie y habías corrido pocos riesgos.

Pero, al parecer, esa noche tenías el santo de cara, puesto que los bofiosos pasaron ante vosotros a toda velocidad sin reparar en la furgoneta, perdiéndose calle arriba entre destellos luminosos azules y blancos, rugidos de motor y el obsesionante bramar de su alarma sonora.

Respirasteis aliviados y pasasteis hasta la cabina donde cambiasteis impresiones, dejando correr el tiempo, hasta que dejó de oírse la lechera tragada por la noche.

Tuvisteis una ligera discusión antes de poneros de acuerdo sobre los pasos a seguir a partir de aquel momento. Tú proponías dejarlo todo por aquella noche y largaros cada uno a su casa, y si querían llevarse un video o dos, que lo hicieran. Pero al final te convencieron, haciéndote ver que si dejabais la furgoneta allí, robada y cargada de material igualmente robado, duraría lo mismo que un polo a la puerta de un colegio. Y para eso, no merecía la pena el trabajo que os habíais tomado. Por último, acordasteis ocultarlo todo en una casa de campo abandonada que ya habíais utilizado en otras ocasiones para idénticos menesteres.

Para ello, teníais que atravesar todo Elche por la Avenida de la Libertad, tomando después un camino hacia el norte que conducía a una zona de chalets y alguna fábrica aislada, que a esas horas de la madrugada estaría totalmente desierta.

Iniciasteis el camino conduciendo a velocidad moderada para no llamar la atención, puesto que entonces era más que probable que la policía estuviera ya en pie de guerra, dispuesta a detener a cualquiera que le pareciera mínimamente sospechoso.

Llegasteis sin tropiezos a la entrada del puente del ferrocarril y atravesándolo, seguisteis avenida adelante, deteniéndoos ante un semáforo en rojo, a la altura de la estación de autobuses.

Comenzabais ya a respirar tranquilos viéndoos a menos de tres kilómetros de la casa, cuando un vehículo del 092 apareció por la derecha y se paró, cediéndoos el paso.

El conductor se puso mosca porque los otros tenían preferencia y os hacían señas para que pasarais. Pero bien podía ser que fueran de bronca y os hicieran parar después, por no haber respetado la derecha. Titubeó unos instantes y para cuando quiso salir, el semáforo cambió de nuevo a rojo. Los polis debían estar cachondeándose a vuestra costa, mientras un creciente nerviosismo os consumía, al ver a la bofia todavía parada, observándoos a través de las ventanillas bajadas.

De cuclillas, en el fondo de la cabina, le diste un codazo al Juanma y le advertiste que arrancara tan pronto se encendiera el verde y que pasando del plan inicial, torciera a la derecha, por delante del coche patrulla, pues a estos les estaría empezando a parecer más que sospechosa vuestra actitud, y si os veían salir del pueblo, a horas tan avanzadas y con una furgoneta, tendrían motivos más que suficientes para deteneros y preguntaros dónde ibais, cuanto menos.

En ese momento se apeó uno de los guripas, poniéndose la gorra y enderezándose el correaje que sostenía la pistola a un costado y la porra al otro.

-¡La hemos cagao, machos! -Te pareció recordar que exclamó el Vacas, mientras con un gesto indicaba a Juanma que saliera cuanto antes de allí, a toda leche.

El poli tuvo el tiempo justo de dar un salto atrás y esquivar por muy poco la furgoneta que se le lanzaba encima y pasaba muy cerca del coche policial, sorprendiendo a los confiados agentes.

Tu primer pensamiento, y lo que hubiera resultado más lógico, fue abandonar cuanto antes el cacharro que ya estaba más que quemado para seguir circulando con él y daros a la fuga a pie, cada uno por su cuenta. Pero como sucediera anteriormente. el conductor parecía dispuesto a tomar el mando de la operación y se erigió en el único protagonista.

A vuestras espaldas y antes de que consiguierais bordear del todo la manzana de Uniroyal, la sirena volvió a atronar en medio de la noche y os persiguió como una verdadera obsesión, yendo siempre por delante del vehículo que la producía.

Entrasteis en una calle en dirección prohibida y por la esquina que tomasteis a continuación seguía manteniéndose la prohibición, pero al no encontrar tráfico de frente, avanzasteis sin tropiezos, pero esperando a cada instante ver aparecer a vuestros perseguidores, acortando la ya de por sí exigua distancia que os separaba, aumentando con ello vuestra angustia.

Descubristeis una calle que presentaba un gran tramo a oscuras y desviándoos hacia ella, detuvisteis el motor apagando también los faros.

Los tres estabais igual de nerviosos y conincidísteis enseguida en que lo mejor que podíais hacer era largaros y olvidaros del consumao, antes de que os pescaran y os hicieran cargar con el marrón.

Bajabais ya de la furgoneta y os alejabais de ella, cuando visteis que por la parte opuesta de la calle a la que habíais entrado, hacía su aparición un coche patrulla.

Os pegasteis todo lo posible a la pared, intentando pasar desapercibidos, pero sus luces batían prácticamente todos los ángulos, con la ayuda de un potente reflector móvil que manejaba uno de los agentes.

La primera reacción del Juanma y de Vacas fue salir corriendo en dirección contraria. Tú, por tu parte, te tendiste en el suelo, tras un coche aparcado, camuflándote con él, pensando que tal vez sin ser conscientes de ello, te estaban facilitando las cosas, puesto que al verlos huir, los guripas concentrarían en ellos su atención, ya que no sabían cuantos eran los ocupantes del furgón, Y mientras tanto, tú esperarías oculto a que te rebasaran y cuando desaparecieran de allí, podrías abrirte hacia casa, esperando que no les hubieran cogido.

Escuchaste aproximarse otra sirena y desde tu posición, viste aparecer un segundo coche de policía, por el mismo camino que vosotros habíais seguido.

Tus dos compañeros quedaron por un momento clavados en medio de la calle, con todas las luces convergiendo sobre ellos, sin saber qué hacer. Luego, vencida la reticencia inicial y con una rapidez que te pareció inusitada, saltaron tras uno de los vehículos estacionados y se parapetaron en él.

Los coches patrulla se detuvieron casi al unísono y bajaron dos hombres de cada uno. Seguramente habrían pedido refuerzos por radio y la zona no tardaría demasiado en convertirse en un hervidero de uniformes azul marino y marrones, máxime cuando en esas fechas había llegado a la población una compañía de refuerzo de la Policía Nacional, para ayudar a combatir la creciente ola de delincuencia que se abatía sobre Elche en los últimos tiempos

Tus colegas se encontraban en la acera opuesta a la tuya, por lo que no sería de extrañar que al menos uno de los polis viniera por donde tú estabas, mientras los otros intentarían acorralarlos, yendo unos por cada lado.

Todavía estabas pensando en eso y te disponías a arrastrarte para alejarte del lugar, cuando viste que, efectivamente, uno de ellos venia en tu dirección, caminando rápida y silenciosamente, con el arma en la mano. Te creíste entonces perdido, sin la menor escapatoria, cuando se te ocurrió deslizarte debajo mismo del coche que te amparaba y esperar a que el guardia se alejara unos metros, para intentar la huida a su espalda.

Tenías de tu parte el factor sorpresa, puesto que le habías visto venir y él ignoraba tu presencia, así que envuelto en la oscuridad que te rodeaba, propiciada en buena parte por la sombra que brindaban los automóviles aparcados, avanzaste hasta la parte delantera del que te protegía, para introducirte debajo, cuando escuchaste un par de gritos, una carrera seguida de un tiro y un aullido de dolor, al que se unieron otros de advertencia, proferidos estos por la pasma.

-¡Cuidado! ¡Están armados!

Quedaste paralizado, sin acabar de esconderte del todo. Sabías que el Juanma solía llevar un revólver, pero no le creías tan tonto como para disparar así sobre un policía.

¡Ahora si que os habíais caído con todo el equipo! Porque hasta entonces, sólo podían haberos acusado del robo de la furgoneta y de la tienda de electrodomésticos, e incluso y llegando a lo máximo, de desobedecer la orden de deteneros. Pero no de disparar contra la autoridad, cuando no se tiene la mínima probabilidad de escapatoria. Eso ya es harina de otro costal.

Te entró un acojono tal, que si hubieras podido, te hubiera gustado desintegrarte allí mismo. Desaparecer, hacerte invisible para librarte de lo que se te venia encima, sin apenas tener nada que ver con ello, arrastrado por las circunstancias y por dos gilipollas que estaban lo suficientemente tronados para meterte en el lío más grande que habías tenido en tu vida.

Y sin habértelo buscado directamente, porque una cosa es que lo cojan a uno por algo que ha hecho mal y se lo merezca, y otra muy distinta verse empujado, sin intervenir, y cargar con las mismas culpas que los demás.

Nuevas sirenas rasgaron la noche, mientras tú, hecho un ovillo sobre el asfalto, conservabas una mínima posibilidad de salir adelante, bien librado. Pero mezclados con las bocinas, volviste a escuchar el ladrido de varias pistolas, seguidas de nuevos gritos.

No pudiendo contenerte por más tiempo, diste un salto intentando parar aquello, mientras la cabeza te daba vueltas y más vueltas, como un tiovivo desbocado.

Corriste por la acera sin ver al guardia, pero eso ya no te decía nada. Estabas dispuesto a huir por encima de todo y de todos. Tú eras inocente. No querías saber nada de los tiros, ni de los colegas. Querías marcharte a casa donde te esperaba tu mujer…

Tu carrera quedó frenada por un muro invisible que te golpeó la boca del estómago, derribándote. Entonces viste un objeto metálico, oscuro y una mano que lo aferraba, mientras una voz decía:

-¿Dónde vas tan deprisa, chavar? ¿Se te ha perdío argo?

.-.-.-.

Desperté con un sobresalto, en medio de un agitado sueño, totalmente convencido de que otra vez me había equivocado. Miré desesperadamente a mi alrededor y me descubrí dentro del coche, solo y pensando cómo diablos había ido a parar allí.

Repasé la memoria, mientras me incorporaba buscando la ropa para vestirme, al tiempo que en mi cerebro, convertido en una provisional pantalla de cine se sucedían los últimos hechos que había protagonizado.

Di un fuerte golpe al volante con el puño cerrado, y éste vibró durante unos segundos, mientras un lacerante dolor se adueñó de mi mano y me recordó lo imbécil que podía llegar a ser cuando me dejaba arrastrar por impulsos no del todo claros.

Y allí estaba, a medio vestir, jurándome que me las pagaríais tanto tú, como la puta de Lola, que os iba a coger entre manos y a apretaros el cuello hasta que la lengua os asomara por la boca lo suficiente para hacer un nudo y colgaros a los dos de una lámpara.

Terminé de ponerme la ropa y miré a través del cristal los objetos que ya empezaban a tomar su forma habitual, después de haber permanecido sumidos por la oscuridad durante toda la noche.

Puse el coche en marcha y mi primera reacción fue intentar alcanzar a Lola, aunque era consciente de que tenía pocas probabilidades de encontrarla porque no sabía con seguridad el tiempo que me llevaba de ventaja. Y lo mismo podía haber caminado hacia Elche, que en busca de su coche, porque otra de las cosas que había hecho mal fue devolverle las llaves.

Al final, decidí que lo mejor que podía hacer era regresar cuanto antes a Los Arenales y aprovechando que solo yo y Lola sabíamos donde te encontrabas, atraparte y llevarte al apartamento que yo había utilizado, con lo que nadie más sabría donde estabas y podría presionarla a ella para obtener al fin algo concreto.

Sonriendo y felicitándome por la idea emprendí el camino de regreso, pensando que si llegaba temprano todavía estarías durmiendo y me resultaría mucho más sencillo reducirte y manejarte.

Casi daba saltos de alegría sobre el asiento al pensar que había sido una verdadera suerte que se me ocurriera aquello, aunque también podía haberlo hecho mucho antes, con lo que me habría ahorrado una espera tan larga y desesperante.

Pero, en fin, las cosas habían surgido así y por mucho que me calentara la testa, no podía hacer lo más mínimo por modificarlas, ¡Y aún podía darme por satisfecho!

Mi atención se desvió por unos momentos al extraño episodio que había tenido con Lola pocas horas antes, y todavía no acababa de comprender del todo el desarrollo que tomaron los acontecimientos y, mucho menos, el final que tuvo.

Si cuando planeé interceptarla en la carretera, con toda la furia y la mala leche que había ido acumulando, me hubiesen dicho que acabaría acostándome con ella, me habría reído con todas mis fuerzas y mis ganas, delante de las narices del profeta que hubiera tenido la ocurrencia de adelantármelo, diciéndole que estaba como una regadera, completamente chiflado. Y, sin embargo, había sucedido, como una jugarreta del destino.

Tampoco supe a qué achacar los motivos que hubiera podido tener ella para actuar de esa manera, pues me pareció verdaderamente asustada. Y era normal, después de la sorpresa que se llevó al verme surgir de la oscuridad y amenazarla de aquella forma. Y después, cuando intenté besarla, se defendió con saña, para acabar accediendo. Sus razones habría tenido porque de lo que estaba bien seguro era que no se habría sentido atraída por mí.

Cuando llegué a la altura del restaurante donde la abordé‚ descubrí, para mi sorpresa, que el Fiesta había desaparecido. La muy puta se había dado prisa en recuperarlo y, una vez más, lamenté haberle dado las llaves, en vez de tirarlas en la cuneta.

Me concentré en la conducción, aplazando para otro momento mis deducciones, porque me di cuenta de que el motor del coche comenzaba a fallar. A simple vista, los escasos indicadores del panel de mandos no registraban nada anormal, pero era evidente que el sonido del motor había cambiado y ahora producía unos extraños ruidos que variaban en intensidad, a medida que aceleraba o levantaba el pie del pedal.

¡Aquello era lo que me faltaba, ahora que comenzaban a encarrilarse mis planes!

Me encontraba prácticamente a mitad del camino y dudé por unos instantes si me convenía volver a Elche o si, por el contrario, seguir adelante, llegar a Los Arenales lo antes posible y una vez allí, intentar hacerme con otro coche y continuar con el plan que me había trazado, antes de que fuera demasiado tarde.

Sentada en el asiento trasero del coche, fumando un cigarrillo y haciendo un gran esfuerzo por no quedarse dormida, Lola escuchaba sin hacer mucho caso los reproches del Lamas, mientras discurrían por la carretera de El Altet para recoger su Ford Fiesta, si es que aquel cabrón no lo había destrozado, cuando se hubiera despertado, descubriendo que ella había volado.

Esbozó una sonrisa, tumbándose algo más, hasta alcanzar el cenicero de la puerta del lado opuesto.

Contestó con monosílabos alguna de las muchas preguntas que el conductor le formulaba, más que nada por no desairarlo del todo, después de haberlo hecho levantarse tan temprano, cuando nunca solía hacerlo antes de las doce, meterlo en el coche para que fuera a recogerla, y todavía no había terminado del todo con él…

Pensó en Salva y en la impresión que le causó el estado en que lo encontró, demacrado, sucio, derrotado, tan distinto a como lo había conocido siempre, convertido en una una sombra mala de sí mismo. Le asustó el abandono en que se había sumido, pues a partir de ahí, podría ponerse en peligro él mismo. Lo malo sería que la arrastrara a ella en su caída, lo que ya sería más grave, pues podrían acusarla de complicidad en la fuga y de ocultarlo, con lo que podría acabar también ella en la cárcel, lo que no le hacía ninguna gracia.

Dejó los pensamientos a un lado, cuando el muchacho le indicó que habían llegado hasta el coche. Lola se apeó y dándole un beso en la mejilla de despedida, le indicó que podía marcharse, porque no veía en el vehículo ningún daño aparente. El otro le obedeció a regañadientes diciendo un hosco “Tú sabrás lo que te haces”, pero acabó yéndose.

Al quedar sola, respiró profundamente el aire de la mañana, que de espléndida se estaba tornando en cubierta y amenazando lluvia, y con las llaves en la mano, rodeó el vehículo comprobando que las cuatro ruedas estaban intactas.

Abrió la puerta y se sentó al volante, introduciendo la llave en el contacto. Lo accionó y el motor se puso en marcha al tercer o cuarto intento, como venia siendo habitual en las últimas semanas, desde que le advirtieron en el taller que la batería tenía su vida contada.

Mantuvo pisado el acelerador durante un par de minutos, suavemente, mientras daba las últimas chupadas al cigarro, pensando en una manera fácil y al mismo tiempo práctica de desembarazarse de una vez por todas de Salva, para evitar que, en lo sucesivo pudiera causarle nuevos problemas.

Entonces se le ocurrió que tenía que hacerlo de forma que él no llegara a sospechar jamás que era ella la que estaba detrás de todo, y para ello, que mejor que utilizar al tipo que la había secuestrado a punta de navaja y que parecía interesado en averiguar su paradero.

Ahora. tenía que localizarlo y de una forma u otra, hacérselo saber, de la manera más discreta y desinteresada posible. Y una vez que estuvieran los dos juntos, esperar a ver como se desarrollaban los acontecimientos, y si tenía que hacerlo, dar ella misma la puntilla final.

Intentó desprenderse del cansancio que la acosaba y maniobró el Ford para enfilar la carretera en dirección al Altet y llegar cuanto antes a Los Arenales, para ver si sonaba la flauta y conseguía encontrar a aquel tío, cosa no demasiado difícil con un vehículo como el que llevaba, de los que quedaban muy pocos en circulación, y con muchas posibilidades de que anduviera rondando por las inmediaciones del apartamento que servía de escondrijo a Salva.

Por un instante, mientras te lavabas cuidadosamente la herida y el agua fresca reanimaba tus facciones adormecidas y torturadas, que tú mismo, inconsciente de ello, te habías infligido, te diste cuenta de la desnuda e inexorable verdad que en todo momento había estado allí, a tu alcance y que no habías acertado a descubrir en toda su cruda realidad.

Analizaste, ahora desde un prisma diferente. la actitud de Lola durante el tiempo que permaneció contigo: fría y ausente, distante, como si todos sus hechos y reacciones estuvieran motivados por un compromiso distinto al sentimiento que siempre la había unido a tí. Te pareció que había acudido a ayudarte porque era su obligación, por no dejarte colgado en un mal momento, en un instante crítico en que tanto la necesitabas, pero no porque en realidad estuviera convencida de que tenía que actuar de esa manera.

Pensaste que tal vez se había roto ya el hechizo que la mantenía unida a tí, y sin dudarlo, lo achacaste al tiempo que permanecisteis separados, obligatoriamente, durante tu estancia en la cárcel.

Por tanto, no podías culparla del todo, porque Lola era de las mujeres que necesitaban constantemente un hombre a su lado, no para sentirse segura, sino para volcarse en él y poder desarrollar ampliamente sus instintos femeninos.

Por eso, no te extrañaba en absoluto que durante tu ausencia hubiera conocido a otro y se hubiera enrollado con él, movida por la necesidad que sentía. Y cuando le escribiste para que fuera a visitarte, ella se viera en el dilema de acudir en tu ayuda u olvidarse definitivamente de tí y concentrarse en su nuevo amor, cerrando por completo un capítulo pasado de su vida.

Pero finalmente se había decidido a acudir a socorrerte, porque veía que verdaderamente lo necesitabas y, por encima de todo, querría cumplir el papel que había desempeñado hasta entonces, el de tu mujer, aunque fuera por última vez.

Terminaste de lavarte intentando olvidarlo todo de momento, porque querías concentrarte en tu futuro más inmediato. Ahora, tenías que ser tú solo el que velara por ti mismo, sin esperar ayudas de nadie. Estabas tú solo contra el mundo, contra los que querían cogerte y volver a encerrarte, contra los que apoyaban a estos, y también contra los que lo veían todo sin mover una mano, ni tan siquiera pestañear, dándoles exactamente lo mismo lo que hicieran o dejaran de hacer contigo.

Intentaste encasillar a Lola en alguno de esos grupos, pero te resultaba imposible, porque conociéndola como la conocías, sabías que no podría cuadrar perfectamente en ninguno de ellos, a menos que durante tu ausencia hubiera cambiado radicalmente su comportamiento.

Creías que tampoco podías considerarla como a un enemigo potencial, pero la forma en que se fue, de madrugada, sin despedirse siquiera, constituía toda una declaración de ruptura mucho más elocuente que varias horas de conversación encaminadas a ese fin. Y mucho menos doloroso para los dos.

De todas maneras, ya no podrías confiar plenamente en ella y ahora, lo único que importaba era tu propia seguridad. Eran tu vida y tu futuro lo que estaba en juego y por sentimentalismo, no podías dejarlo en manos de una mujer que ya no te quería, por mucho que lo hubiera hecho antes.

Y Lola, era la única que conocía tu paradero actual y en cualquier momento, podía ser presionada por la policía, o sentir miedo de verse involucrada en tu fuga y haberte cobijado. Y lo que podía ser peor, ahora ya no tenía ningún motivo para seguir haciéndolo, e incluso -llegaste a pensar- podía ver en ello una forma de deshacerse definitivamente de tí.

.-.-.-.

Llegue a Los Arenales hora y media después, tras haber cubierto andando casi la mitad del trayecto que me restaba, porque el coche había acabado parándose y no pude encontrar el modo de repararlo convenientemente, aunque logré averiguar la causa de la avería.

Lo empujé hasta dejarlo aparcado lo mejor que pude en la cuneta en un lugar donde no estorbara demasiado, en aquella estrecha carretera que discurría entre campos de cultivo, y tras recoger en una bolsa todo lo que pudiera serme útil, coloqué‚ en el salpicadero un letrerito de papel en el que había escrito AVERIADO. Y sabiendo lo poco transitada que estaba en aquella temporada y tan temprano la carretera, comencé a andar, con la esperanza de que más adelante pudiera recogerme algún despistado.

Y para colmo de males, cuando todavía no había cubierto la mitad del trayecto, comenzó a llover, de manera suave primero y después con mayor intensidad, coincidiendo con mi llegada a las primeras casas del Altet, por lo que busqué refugio en un bar que vi abierto y aproveché para tomarme un café con leche con el que desayunar y ahogar las maldiciones que afloraban desde lo más recóndito de mi cerebro.

Después, cuando amainó un tanto, me recogió una furgoneta de reparto que me dejó en el cruce de la carretera de Cartagena, ante un restaurante, pues iba a algunos kilómetros más abajo, a Los Balsares.

Mi mal humor se había ido calmando a medida que me di cuenta de que no servía de nada hacerme mala sangre cuando las cosas no tenían remedio. Continué caminando y, poco antes de llegar a la avenida principal, que constituía casi el cincuenta por ciento del núcleo urbano, recordé el catorce treinta que dejaras abandonado la noche en que me tropecé contigo y comenzara para mí el presente calvario.

Había transcurrido ya algún tiempo de eso y era más que probable que lo hubieran encontrado, ya que su dueño habría denunciado el robo al día siguiente. Y aunque la policía no solía ser muy eficaz en esos casos, y casi siempre era el mismo propietario el que acababa dando con él, a base de recorrer los pueblos cercanos, así como las carreteras y caminos poco concurridos.

Intenté orientarme en dirección a la calle en que lo dejaras, mientras pensaba en la inutilidad que a veces constituyen las obras de los hombres. Caminaba por una amplia acera que se adentraba en lo que antes fuera una loma, discurriendo junto a una calle asfaltada, con farolas a ambos lados que no iluminaban nada, puesto que los terrenos que la circundaban estaban abandonados, a la espera de que alguien se decidiera a edificarlos, pues en caso contrario, no me explicaba la finalidad de la urbanización de la zona, que hacía ya varios años se encontraba en idéntico estado.

Tuve verdadera suerte y, un poco más adelante, pude ver el Seat en el mismo lugar que lo aparcaras. Llegue hasta él sin dejar de contemplar los alrededores, completamente desiertos.

Probé a abrir la puerta y ésta, no ofreció la menor resistencia. Entré y comprobé que todo se encontraba en buen estado. Palpé debajo del volante hasta encontrar los cables sueltos. Los uní y establecí el contacto inmediatamente, poniéndose el motor en marcha al primer intento.

Pensé que lo más lógico sería llevármelo ya que estaba allí, y así lo hice. Ahora volvía a disponer de un medio de transporte y de posible huida si las cosas se presentaban mal y, al mismo tiempo, te lo ponía más difícil a tí, si intentabas recurrir a él en un momento dado.

Conduje hasta el apartamento que había ocupado esos días, pensando en la cara que pondrían los dueños cuando llegaran y se dieran cuenta de que allí había estado viviendo alguien durante un tiempo, mientras ellos lo suponían cerrado y seguro.

Aparqué a dos bloques de distancia, porque no me convenía que si llegaban a encontrar el coche y fuera la policía quien lo hiciera, pudieran relacionarme con él. Y tampoco quería que lo vieras tú y lo reconocieras, si es que te acordabas todavía de él.

Recorrí andando las dos manzanas y cuando ya llegaba, recordé que tenía que comprar algo que comer. Retrocedí y pasando de nuevo junto al coche, me encaminé al único supermercado que permanecía abierto, pensando que podías esperar perfectamente un poco más, que no ibas a irte precisamente ahora, si no lo habías hecho hasta entonces.

Llegó al extremo de la calle y se detuvo sólo un instante, extrañándose al ver dos coches aparcados ante la misma puerta de entrada del edificio donde estaba Salva. Uno de ellos era un Renault Fuego de color rojo, reluciente por la lluvia recién caída y el otro un Opel Corsa amarillo, con la chapa idénticamente cubierta por las gotas que todavía no se habían secado.

Siguió adelante y dio varias vueltas por los alrededores, ahora algo menos esperanzada de encontrar al tipo que la retuvo la madrugada anterior porque no veía por ningún lado el Ocho y medio amarillo cupé. Pensó que tal vez no habría llegado todavía o que habría cambiado definitivamente de planes y hubiera tirado para Elche.

Se sintió sumida en un mar de dudas, sin saber que hacer porque había basado el posible éxito de su estrategia en identificar su vehículo en las inmediaciones y esperar a que diera señales de vida, para intentar algo con un mínimo de garantías.

Se encontraba de nuevo en el punto de partida, sin la posibilidad de utilizarlo para deshacerse sutilmente de Salva y de él mismo, consiguiendo lo que vulgarmente se llama matar dos pájaros de un tiro. Ahora, tendría que buscar otro medio para lograrlo porque lo que no estaba dispuesta era a continuar con la espalda descubierta, arriesgándose en cualquier momento a ser detenida o, como mal menor, a que Salva intentara volver a inmiscuirse en su vida, cuando ya estaba plenamente decidida a olvidarlo por completo.

Ella ya había cumplido con él, socorriéndolo cuando se lo pidió. Pero lo que no quería era convertirse en su eterno ángel de la guarda. Salva ya era bastante mayorcito para intentar cuidarse él solo y resolver por sí mismo las papeletas que pudieran ir surgiéndole de ahora en adelante.

Dio la vuelta completa a la manzana y recorrió de nuevo el mismo camino, pensando ya en marcharse si no se le ocurría algo antes de llegar a la curva final de la gran avenida, que le conduciría a la carretera general.

Pensó que tal vez hubiera sido conveniente, al menos, intentar hablar con Salva y ponerle en claro sus propósitos de dejarlo definitivamente, para que no quedara lugar a equívocos. Esa era una posibilidad, tal vez la menos cruel que le venia a la cabeza de deshacerse de él. Y podía intentarlo en esos mismos momentos.

Estuvo dándole vueltas a la idea durante algunos minutos, fumando un cigarro y consultándolo con las volutas de humo, sin que le pareciera del todo mala. Lo único que la detenía un poco era la posible reacción de Salva, que le pareció psíquicamente desequilibrado durante la última vez que lo viera, desde que lo detuvieran y escapara de la prisión.

En circunstancias normales, no le hubiera inspirado el mínimo temor, pero el recuerdo de como lo encontró, con el piso convertido en una leonera y él mismo con un aspecto desastrado, de animal salvaje y encerrado, a la espera de que entrara su guardián a llevarle comida para saltar sobre él y poder ganar la libertad, le hacían retraerse un poco.

Se percató en ese instante de que estaba casi a la salida de la población. Detuvo el coche y salió a respirar un poco aire fresco. Se apoyó en uno de los costados del vehículo quedando encarada al mar esperando que la brisa, al envolverla, le aclarara las ideas y le brindara una solución que ella distaba todavía mucho de conocer. Permaneció unos minutos así, con la mente casi en blanco, aprovechando que el tiempo volvía a ser bueno después de los cambios de primeras horas de la mañana, dejando que el sol la calentara, contribuyendo a relajarla, que buena falta le hacía, hasta que regresó al interior del Fiesta para encender otro cigarro. Y al salir, vio a unos cuarenta o cincuenta metros de ella, al otro lado de la calle, al individuo que había deseado encontrar toda la mañana.

Caminaba acera abajo, cargado con dos bolsas de plástico, de forma despreocupada. Lola permaneció en el coche, mirando como el otro se alejaba, intentando convencerse de que era el mismo hombre y que no se trataba de una casualidad. Respiró de nuevo con tranquilidad, porque las aguas volvían a su cauce, al menos para ella, y las posibilidades de un buen fin se reproducían, aumentando considerablemente.

Puso el vehículo en marcha y entró en una calle que desembocaba en la playa para dar la vuelta y seguirlo a distancia, hasta averiguar donde se metía.

La avenida estaba completamente despejada, sin el menor tráfico y sólo con dos o tres coches aparcados aisladamente ante otros tantos inmuebles. Aquello podía perjudicarla puesto que si el tipo se volvía en cualquier momento, descubriría irremisiblemente el Ford Fiesta verde.

Disminuyó la marcha pensando qué sería lo mejor. Se mantuvo rumiando la duda durante algunos momentos, hasta que decidió que lo mejor era permanecer al margen, por ahora, hasta que ideara una forma infalible para acercarse a él, teniendo todas las garantías de éxito de su parte. Y para eso, nada mejor que la noche, donde ella se desenvolvía tan bien y las cosas solían marcharle sobre ruedas, porque era animal nocturno y en esas horas, podía desplegar mucho mejor sus dotes de mujer cautivadora y sensual.

Con una sonrisa en los labios, se contempló en el espejo retrovisor y aceleró un poco más, para no perder de vista al incauto que iba a servirle de señuelo para lograr sus propósitos.

.-.-.-.

Estabas ya decidido a marcharte cuanto antes, después de darle muchas vueltas en la perola al asunto. O al menos, te ocultarías en otro sitio que no conociera nadie. Te asomaste a la ventana al escuchar un motor y viste entonces un Opel Corsa detenido ante la entrada del edificio.

Casi al mismo tiempo, el golpe de la puerta de la calle al cerrarse llegó hasta tí y te sobresaltó. Fuiste lo más rápida y sigilosamente posible hasta la puerta y la abriste lo suficiente para poder atisbar por ella sin ser visto. Pensaste que podría ser cualquiera, incluso los propietarios de ese mismo piso que venían a echar un vistazo a su propiedad porque, entonces te percataste de ello, no tenías ni la menor idea de cómo lo había conseguido Lola, ni a quién había recurrido para que se lo proporcionara. Cerraste y por un instante, totalmente desconcertado, no supiste que hacer.

Si al menos hubieras podido ver quién subía o cuantos eran, podrías haber tomado alguna precaución, pero te acababan de coger en bragas. Y tenías suerte de que no era la bofia, porque esos no suelen llegar en un turismo y de incógnito, sino a golpe de sirena. Intentaste serenarte pensando que perfectamente podían dirigirse a otro piso y no a ese precisamente.

Te cagaste mil veces en tí mismo por no haberle preguntado a Lola de quien era el apartamento, si de algún colega o si lo había alquilado ella. Tal vez fuera todo una encerrona y tú, ingenuamente te habías dejado atrapar confiando ciegamente en ella.

Aguzaste el oído, al tiempo que abrías la mirilla y oteabas el rellano, esperando a cada instante ver aparecer a alguien en el mismo instante que se dirigiera llave en mano hasta la puerta tras la que te encontrabas. En ese preciso momento, te hubiera gustado tener entre manos una pistola con la que poder defenderte, pero estabas completamente inerme, puesto que siquiera recordabas dónde podía estar la navaja, desde que te cambiaste de ropa y te pusiste la que te trajo ella. ¿Y si se la había llevado para que no tuvieras la mínima posibilidad de defenderte, ni huir?

Cerraste los ojos cuando se iluminó la escalera, no queriendo ver nada, mientras todo tipo de ideas galopaban frenéticamente en tu mente, cerrando completamente el círculo de la muerte con que los indios, en tantas películas como habías visto a lo largo de tu vida, asediaban a los colonos hasta que acababan masacrándolos, si es que no aparecía en el último instante la salvadora caballería.

Y tú, precisamente lo único que no podías esperar eran refuerzos in extremis.

Estabas solo, y tú solo eras quien tenía que decidir por tí mismo. Es más, tendrías que desconfiar de todo posible apoyo exterior que se te ofreciera, pues desde el momento en que se marchó Lola, el único puente que te quedaba tendido al resto del mundo, estabas completamente aislado. ¡Y tenías que mentalizarte de que esa era la única y cruda realidad y no tenías otro remedio que darte por enterado y luchar contra ella, si es que esa te parecía la mejor solución!

Escuchaste a muy pocos metros de tí el taconeo de unos zapatos, que por la cadencia de las pisadas y el ruido que producía, no podía ser sino de una mujer.

Aquello te relajó un poco de la tensión a que te veías sometido. Abriste los ojos, justo cuando el sonido de los pasos aumentaba de volumen, lo que quería decir que quien quiera que fuese, estaba ya muy cerca.

Respirabas ruidosamente y siquiera te habías percatado de ello. Temiste que pudieran oírte desde el otro lado de la madera e inmediatamente, la contuviste, para reiniciarla poco después de manera menos evidente. Si hubiera tardado unos segundos más en aparecer la mujer dentro del campo de visión de la mirilla, tal vez te hubiera sobrevenido una crisis nerviosa. Pero cuando la viste, hermosa, atractiva, alta y bien proporcionada, con el cabello corto e intensamente negro, elegantemente vestida, pero sin prendas demasiado llamativas, tragaste saliva un par de veces y te contuviste, al ver sus ojos grandes y oscuros, ligeramente sombreados, que miraban por un instante en tu dirección, para luego dirigirse a la puerta del piso contiguo. Y tras hurgar durante unos instantes en la cerradura hasta dar con la llave adecuada, desapareció por completo de tu vista.

Permaneciste inmóvil, con el corazón acelerado al máximo, desde el mismo momento en que la viste, olvidando automáticamente los no pocos temores que te habían invadido hasta entonces.

La estuviste escuchando mientras recorría todo el apartamento, de arriba abajo, deslizándote silenciosamente junto a las paredes que te separaban de la vivienda vecina para no perderte ni un solo detalle de su discurrir de una pieza a otra, comprobando si todo se encontraba en orden, como la última vez que vino.

La mujer abrió las ventanas y de haberte asomado al balcón, hubieras podido verla de nuevo, satisfaciendo la curiosidad que te había inspirado su llegada. Estabas pensando en los motivos, cuando escuchaste el rugido de un motor de gran cilindrada que entraba en la calle con fuerte chirrido de neumáticos, al que siguió un no menos fuerte frenazo.

Miraste cautelosamente al exterior y viste un Renault Fuego de color rojo, y a un hombre de unos treinta y cinco a cuarenta años que miraba hacia arriba, desde la ventanilla del coche y sonreía, haciendo un gesto de saludo con la mano izquierda.

Te ocultaste, antes de que pudiera verte y comprendiste instantáneamente el porqué de la inesperada llegada de la belleza del piso de al lado.

El hombre aparcó delante del Corsa y se apeó, cerrándolo con llave. Subió con rapidez las escaleras y le oíste cuando la mujer le abrió la puerta y pasó al interior.

Poco después comenzó a sonar música suave, pero a un volumen tan elevado que le hacía perder todo el encanto que pudiera tener. Sin lugar a dudas, se creían completamente a solas y por eso no les preocupaba meter todo el escándalo que les viniera en gana, porque para eso estaban allí, para montárselo lo mejor posible, lejos de miradas y oídos que pudieran comprometerlos.

Te hubiera gustado poder ver lo que hacían, aunque no era necesaria demasiada imaginación para saberlo, pero siempre es mucho mejor poder comprobarlo directamente que andarse dándole vueltas a la cabeza, sobre todo teniendo una mente tan calenturienta y retorcida como la tuya.

Pero preferiste dejarte de tonterías que no iban a beneficiarte en absoluto y te concentraste en lo que más te interesaba en esos instantes, prepararte para marcharte cuanto antes de allí, pues a los riesgos que ya habías analizado anteriormente, se unía ahora uno nuevo: que pudieran presentarse los propietarios de ese mismo piso, pues no tenías ni la más remota idea de quienes pudieran ser.

Buscaste una bolsa para llevarte alguna ropa y cuando los de al lado se encontraban en plena juerga y era muy difícil que pudieran darse cuenta de nada, pensaste que era el momento propicio para largarte.

.-.-.-.

Tenía un hambre feroz, así que lo primero que hice fue devorar, prácticamente, un par de bocatas y beberme otras tantas cervezas antes de sentirme medianamente satisfecho.

Después me asomé a la calle y comprobé que todavía permanecían en el mismo lugar los dos vehículos que viera cuando llegue‚. Aquello me mosqueó un tanto, porque no sabía dónde podían encontrarse, si habían ido a verte a tí, cosa poco probable porque se suponía que todavía permanecías escondido, y nadie, a excepción de la Lola y yo mismo, sabía de tu paradero. Aunque tal vez fueran los propietarios de alguno de los pisos que habían ido a pasar el rato y ver como estaban las cosas por allí.

De todas maneras, pensaba continuar adelante con mis proyectos iniciales y, a ser posible, cuanto antes. Lo único malo era que al haber posibles testigos, aumentarían también las dificultades.

Me acomodé ante la ventana y por un instante y sin querer dar demasiado crédito a ese pensamiento, pensé, porqué no, que los coches pertenecían a algunos colegas tuyos que habían venido a por tí, pasado ya un tiempo prudencial y que ahora, cuando ya te considerabas a salvo, podría llegar el momento que tanto había esperado y os irías a hacer algo importante, porque si no, no comprendía a qué obedecía primero tu fuga y después, la cautela que habías mantenido todas esas jornadas.

Fumé pacientemente un cigarro mientras enterraba inmediatamente estos pensamientos, por descabellados, y porque no eran más que un fiel reflejo de lo que yo deseaba, pero que se quedaría en poco más que eso: meras ilusiones, contemplando el panorama que se divisaba desde mi posición, con la sierra totalmente desprovista de vegetación en la parte de arriba. Variando ligeramente de situación veía el mar al fondo, en el otro extremo, entre los bloques de apartamentos de diferentes alturas.

Realmente, aquello no era nada del otro mundo, pero me hubiera gustado pasar allí unas semanas y experimentar lo mismo que el resto de veraneantes que se hacinaban durante la temporada estival, dorándose lentamente al sol y disfrutando el no hacer nada, aunque fuese únicamente por unos días.

Pero dejé de soñar despierto, porque yo nunca podría lograr eso ni nada parecido, mientras siguiera llevando el tipo de vida que hasta ahora, siempre sin un puto duro en el bolsillo y con las perspectivas cada vez más negras de lograr algo seguro.

Tiré con fuerza la colilla al vacío y me levanté‚ dispuesto a terminar de una vez con todo. Y cuanto antes, pues mejor.

Busqué la navaja en los bolsillos hasta dar con ella y después de acariciar el mango repetidas veces, oprimí el botón y la hoja surgió como un relámpago metálico y reluciente, ávido de carne y sangre que mataran su maléfico brillo.

La devolví al bolsillo trasero del pantalón y preparé un par de cartoncitos que hallé en la galería para colocarlos entre la puerta y el marco, sobre la cerradura, para poder abrirla a mi regreso de un simple empujón, sin tener que recurrir a forzarla de nuevo.

Bajé rápidamente la escalera, con la inyección de moral y fuerza que me proporcionó la comida y al llegar a la calle, observé con cuidado el exterior y salí bordeando el edificio, evitando con ello que pudieras verme si estabas mirando a través de una de las ventanas.

Llegué así a tu bloque, tras cruzar la calle por la parte opuesta a la puerta principal. Encendí otro cigarro mientras estudiaba las posibilidades de trepar hasta el primer piso, apoyándome en la tapia que rodeaba el aparcamiento, como hicieras tú aquella primera y a la vez lejana noche.

No vi a nadie en los alrededores, así que decidí aprovechar la circunstancia y antes de que me hubiera dado perfecta cuenta, me encontraba ya en el balcón y tanteando la persiana que cubría la entrada que daba paso a la vivienda. Ésta no ofreció la menor resistencia, como tampoco lo hizo la cristalera corrediza, por lo que pasé al interior del piso.

Intenté orientarme para ir sobre seguro a la hora de identificar la puerta del piso que ocupabas, que según mis cálculos, después de comprobar las ventanas que daban a la calle de aquel apartamento, tenía que estar tres puertas a la derecha de esa, pero en la planta inmediatamente superior.

Saqué el juego de llaves que constituía una parte esencial de mi material de trabajo y antes de salir definitivamente, probé cual era la que mejor abría ese tipo de cerradura, hasta dar con un par de ellas que entraban bastante bien y eran de idénticas dimensiones a la original.

Cerré sin hacer ruido y subí pausadamente los escalones que me separaban de ti: el cabronazo que me había tenido en vilo durante la semana más larga e inacabable de toda mi existencia.

Ahora estaba plenamente convencido de que te iba a coger por sorpresa, porque de todas maneras no me esperabas, e iba a resultar mucho más fácil llevarte a mi camino, y no estaba dispuesto a dejarte escapar ahora que ya me había atrevido a cruzar la frontera y enfrentarte abiertamente.

Conté las puertas que daban al rellano y me dirigí directamente a la que correspondía al piso que ocupabas, según los cálculos previos que había efectuado.

Por unos momentos, mientras permanecía al acecho intentando escuchar algo en el interior, por encima de la música que llegaba a mis oídos, estuve tentado de entrar en el piso contiguo y desde allí, ver la manera de pasar a través de la galería o del balcón, evitando que pudieras sorprenderme en el momento de forzar la puerta, el más delicado de todos, si es que esta se resistía un poco. Pero al final, me decidí por actuar de una vez por todas, sin tanto rodeo inútil, aprovechando que con la radio puesta se disimularía mejor cualquier posible indiscreción.

Introduje la llave en la cerradura de la forma más silenciosa posible y con la paciencia que hay que tener en estos casos, comencé a buscar la posición adecuada para que girara dentro y cumpliera su cometido.

Me llevó apenas dos minutos lograrlo y para cuando la puerta giró sobre sus bisagras, hacia el interior, yo sudaba como si hubiera corrido varios kilómetros bajo un sol abrasador. Volví a cerrarla lentamente evitando el mínimo crujido que pudiera delatarme, mientras procuraba al mismo tiempo serenar mi respiración, para que no pareciera una vieja cafetera con el agua a punto de ebullición.

Observé el lugar en que me encontraba, sacando la navaja del bolsillo y empuñándola firmemente, con el pulgar muy cerca del botón, preparado para pulsarlo en cualquier momento. Seguí a través del vestíbulo hasta el pasillo y miré en todas las piezas que surgían a mi paso, hallándolas desiertas.

Con toda seguridad, estarías en una de las habitaciones que daban a la calle, de donde surgía la música que había percibido desde el exterior.

Me tomé un breve respiro para relajarme, observando el buen gusto con que estaba amueblado el apartamento, lo que indicaba que el propietario era un tío de pelas, y las había invertido bien, como lo demostraba la gran cantidad de madera que abundaba por todas partes, incluso en el suelo y las paredes de un salón, así como los marcos y las puertas de las ventanas, sustituyendo al aluminio que ahora tanto prolifera en las nuevas construcciones.

Pensé que aquel era un buen piso, y no el agujero donde vivía yo, con las paredes amarillentas por el tiempo y la suciedad y desconchadas de humedad y el roce de los muebles, con puertas que, o bien no abrían, o era imposible cerrarlas.

El largo pasillo acababa ante dos piezas con sendas puertas, una de ellas entornada y la otra cerrada. Abrí la que sin lugar a dudas daba a una salita, con sigilo, y le eché un rápido vistazo descubriendo muebles cubiertos con sábanas llenas de polvo, para protegerlos de la acción de éste.

Eso me extrañó muchísimo porque hasta el momento no había encontrado nada que me indicara tu presencia allí, pues el piso, aunque con la suciedad normal que se produce tras un largo periodo deshabitado, se encontraba bien ordenado, e incluso en la cocina tampoco hallé el menor resto de comida, ni nada que pareciera estar fuera de su sitio.

Comencé‚ entonces a mosquearme y pensé‚ que me había equivocado de piso.

Permanecí de pie, maldiciéndome, mientras contaba mentalmente las ventanas y balcones que había desde la esquina hasta el tuyo, y basándome en la distribución del apartamento de abajo, tenía que encontrarme exactamente en el que tú ocupabas.

Además, la música que llegaba hasta a mis oídos y un rumor que escuché‚ procedente del dormitorio que mantenía la puerta entrecerrada y que era la única que me restaba por ver, del que me separaba apenas un metro, me indicaba bien a las claras que allí había alguien. Y si no eras tú, ¿quien coño podía ser?

Escuché una risa de mujer y mis nervios se dispararon como un timbre de alarma. Alargué el brazo izquierdo avanzando apenas un paso y mi mano se cerró en torno al pomo de la puerta, mientras mi derecha, ligeramente temblorosa, aferraba la navaja.

Abrí un par de centímetros empleando cerca de un minuto en la tarea y me moví lo suficiente para poder atisbar el interior, sin ser visto.

Y lo que vi no me gustó nada, no por el espectáculo que se ofrecía ante mí, sino porque no era el lugar ni el momento para ello. Y desde luego, no era tampoco lo que yo había esperado encontrar.

Había una mujer, de espaldas a donde me encontraba, arrodillada sobre la cama, mostrándome un cuerpo bronceadísimo sin ninguna marca de bañador que hiciera su piel más blanca, y unos pies que sobresalían por debajo de ella, ligeramente separados y que se movían de un lado a otro incesantemente, al tiempo que la mujer también lo hacía de arriba abajo.

Eché‚ una mirada a la habitación, sobreponiéndome, y por las ropas que pude ver en una de las banquetas, quedaba bien claro que no eras tú el que estaba dándose el fenomenal lote, sino el dueño del Renault Fuego que había aparcado abajo.

Y yo, haciendo el primo, había estado muy cerca de meter el remo hasta la mismísima empuñadura.

.-.-.-.

Fue detrás del otro hasta que lo vio desaparecer en la entrada de un edificio muy cerca del que ocupaba Salva. Detuvo el coche algo más lejos, a una o dos calles de distancia, tras un milcuatrocientostreinta que aparentaba estar abandonado.

Hizo a pie el camino de regreso, tomando una calle que ascendía hasta la sierra, para dar un rodeo y bajar unas manzanas más allá, pero desde donde pudo observar las dos construcciones, haciéndose una composición de lugar.

Localizó inmediatamente las ventanas que correspondían al apartamento que le proporcionara a Salva. Luego, buscó el lado contrario de la calle y observó otro, encontrándose con un par de persianas que permanecían abiertas, en diferentes pisos.

Se detuvo durante unos minutos, fumando un cigarrillo, intentando hacerse una idea de cómo debía actuar a partir de entonces para que todo se desarrollase de la forma más satisfactoria posible para ella.

El principal problema radicaba en averiguar dónde estaba el tipo que le interesaba, llegar hasta él y convencerlo de que tenía que ver a Salva, cosa para la que le creía bastante predispuesto. Pero debía encontrar un modo que no la pusiera demasiado en evidencia a ella, a menos que fuera directamente a proponerle que lo que pretendía era deshacerse de Salva, sin más preámbulos. Si el tipo picaba sería debido, casi con toda seguridad, a que se había hecho alguna ilusión con respecto a ella, y pretendería ocupar directamente la vacante.

Pero, esa podía ser una buena forma de entrarle… Y estaba dispuesta a utilizarla si se presentaba la ocasión, aunque en lo que ella no tragaría, de ninguna de las maneras, sería en cargar con otro mochuelo, incluso antes de haberse quitado definitivamente de encima a Salva.

Pero lo que el otro no llegaría ni a imaginar era que en sus planes entraba el desembarazarse de los dos a un mismo tiempo. A uno por lo que le había hecho pasar hasta entonces y por los riesgos que podía ocasionarle el que siguiera en libertad, máxime cuando todavía podía verse acusada de complicidad y encubrimiento en su fuga. Y al segundo para que pagara por lo que se había visto obligada a hacer en el coche, ese mismo amanecer.

Fue entonces cuando adquirió consciencia, por primera vez, de que lo de Salva no era ninguna tontería. Se había escapado de la cárcel y la policía lo buscaría hasta encontrarlo. Tal vez él, en su locura, no se hubiera dado perfecta cuenta de lo que había hecho. Se había convertido en un prófugo y, a partir de entonces, tendría que pasarse huyendo el resto de su vida. Le acosarían sin descanso y en ningún sitio podría estar tranquilo, ante el temor de que lo reconocieran, escondiéndose una y otra vez, sin poder dormir pensando que durante el sueño podrían detenerlo.

Aquella suma de circunstancias adversas, acabarían derrumbando definitivamente su ya de por sí frágil equilibrio mental, y ante cualquier duda o temor, estaría dispuesto a matar antes que verse sorprendido. Y acabaría volviéndose completamente loco, incapaz de aguantar la tremenda presión que se vería obligado a soportar, sin la mínima oportunidad de defensa. Su mente sería una débil madera en medio del océano batido por una formidable tempestad.

Sintió escalofríos, a pleno sol del medio día, únicamente con pensar en ello, y ya le parecía estar sintiéndolo en sus propias carnes, por anticipado ¡Y eso que no iba a sucederle a ella!

Un gran sentimiento de compasión se fue apoderando de toda ella, porque no le odiaba tanto como para suponer, tan solo, que iba a sufrir así. El mal menor, para él, sería que lo atraparan cuanto antes, sin que su mente llegara a verse socavada por el atroz torbellino que tal vez hubiera comenzado ya a desencadenarse a su alrededor, sumiéndolo en el más negro de los pozos sin fondo imaginables. Sin otra escapatoria que la cárcel o la muerte. Y en el caso de que el tormento hubiese empezado ya, conociéndolo como lo conocía, tal vez fuera preferible la misma muerte, a verse enterrado en vida entre cuatro paredes, indefenso en un ambiente hostil y peligroso.

Nunca le había gustado sentir lástima por nadie y menos, actuar movida por ese sentimiento, pero en este caso sentía que era diferente. Ahora ya no era egoísmo, el afán de estar sola y no depender de nadie que le impusiera su criterio y sus gustos. Pero tampoco quería compartir con Salva ese futuro mas que inquietante, ni verlo deshacerse paulatinamente, hasta acabar convertido en una ruina humana, en el escalón más bajo a que pueda llegar un individuo, arrastrado por las consecuencias de sus propias actuaciones.

Y el motivo de su alarma era evidente, porque cuando lo vio en el apartamento, después de largos meses de encierro y del enclaustramiento en que se mantenía, incluso tras haber recuperado la libertad, su estado reflejaba ya los claros síntomas de esa enfermedad incalificable que conduce a los primeros estadios de la locura. Y si encima se es un tipo de naturaleza violenta, como Salva, las consecuencias podrían ser presumiblemente fatales.

Una solitaria lágrima llegó a correrle mejilla abajo, y se enfadó consigo misma por no ser capaz de controlar sus sentimientos, aunque como en el presente caso, no pudiera verla nadie.

Sofocó un grito cuando notó una quemadura entre los dedos de la mano derecha, producto del olvidado cigarrillo que lentamente se había ido consumiendo sin que le prestara la menor atención y sin apenas haber dado más que una o dos caladas, inconscientemente.

Se sintió como si estuviese concediendo su autorización a un médico para que practicase la eutanasia a un familiar muy allegado. Y sin embargo, se sentía satisfecha porque estaba convencida de que cumplía con su obligación, que era lo mínimo que podía hacer por Salva.

Levantó la cabeza y miró hacia el apartamento que seguía con las ventanas abiertas, como las dejara ella al marcharse. Dirigió la cabeza hasta el mismo centro de la calle y entonces vio al otro que la cruzaba por la parte de atrás, dando un rodeo para llegar justo enfrente de donde se encontraba ella. Y de allí, después de unos minutos de indecisión, trepar hasta el balcón del primer piso e introducirse en él tras forzar la persiana.

No supo como tomárselo, porque era evidente que aquel hombre, independientemente de todo lo que había pasado, se encaminaba por sí solo en busca de Salva, denotando que ya sabía dónde se ocultaba o tal vez tuviese una ligera idea de dónde encontrarlo.

Comenzó a atar cabos sueltos y poco después, obtuvo una visión mucho más clara y completa de como se habían ido desarrollando los acontecimientos hasta el momento presente.

Por alguna razón que ella desconocía, aquel tipo andaba detrás de Salva y al verla entrar en su edificio, le confirmaría el sitio donde se hallaba. Luego, cuando se marchó, él la interceptó en medio de la carretera, aunque ignoraba igualmente el motivo que le habría impulsado a hacerlo. Y después, se lo puso más difícil al escaparse mientras él dormía, y se quedó sin enterarse de por qué el otro había actuado de esa forma.

De todas maneras, lo que hacía ahora podía beneficiarle igualmente, y como los dos hombres ignoraban su presencia y la creían ya totalmente desvinculada del asunto, decidió que lo mejor que podía hacer era liarse la manta a la cabeza y lanzarse también ella a la arena, para ser espectadora de primera fila en los acontecimientos que iban a producirse casi inmediatamente.

Y si era preciso, echar un cable para que el desenlace final se decantase a su favor.

Por supuesto.

.-.-.-.

Al salir a la calle te asaltaron una serie de sensaciones ya olvidadas y que creías que nunca ibas a recuperar. Te encontrabas igual que cuando huiste de la cárcel y hasta el aire que respirabas te parecía distinto, mucho más puro y limpio, lejos del ambiente viciado que durante tanto tiempo habías respirado en el apartamento. En el aspecto físico te sentías espléndidamente, y atrás quedaba ya el bache mental que habías sufrido, un mal rollo y unas paranoias que te venían cada vez que te tomabas un tripi… Y por los restos del sello que descubriste en la mesita del dormitorio, antes de dejar el piso, te habías tomado alguno en un momento que no podrías precisar, como tampoco estabas en condiciones de decir si fue por propia voluntad o porque te los había hecho tragar la puta de la Lola.

Cruzaste a la acera de enfrente mirando en todas direcciones, jurándote que si volvías a verla, ibas a retorcerle el cuello hasta que los ojos se le salieran de las órbitas y la lengua le colgara como un trozo de carne amorfo y violáceo que se moviera espasmódicamente, y le abandonara el último aliento de vida.

Caminabas con paso relajado por la calle ascendente, porque pensaste que una buena táctica sería irte a otro sitio y con el dinero que todavía te quedaba, unas cuarenta y cinco mil pesetas, pasar tranquilamente unas semanas, hasta que se enfriara todo. Y después, sin comerte el coco, decidir si en realidad valía la pena ajustarle las cuentas a Lola o, si por el contrario, era mejor pasar completamente de ella y dejar que viviera su vida como le diera la gana, siempre y cuando no representara un peligro para tu seguridad.

Evitaste atravesar las calles paralelas a la playa, las únicas concurridas por el escaso tráfico y te dirigiste hacia las desiertas avenidas que se adentraban en la sierra, donde dejaras aparcado el coche que robaras en Santa Pola.

Ahora, te gustaría irte a algún piso de Elche o incluso de Alicante, porque estando tan cerca de la cárcel, la policía no sospecharía nunca que tuvieras el valor de esconderte allí. Lo malo sería hacerte con él, porque ya no podías confiar en nadie que te resolviera papeletas como esa. Y ante todo, desde entonces, dependías exclusivamente de tí mismo y tenías que mentalizarte de que era así, porque la menor indiscreción que cometieras, podía acabar contigo y con tu libertad.

Te sentías mucho más optimista que en días pasados, totalmente recuperado y con una visión mucho más clara de tu futuro inmediato. Te habías decidido a romper con todo y pensabas seguir adelante, sin preocuparte por los muchos obstáculos que pudieran surgir en tu camino. Y no dudarías ni un solo momento en pasar por encima de quien se opusiera a ello…

Cuando llevabas un buen rato caminando por aquellas interminables avenidas, te extrañó no ver el coche por ninguna parte. Estabas seguro de que aquella era la calle en que lo dejaste, aunque como fue durante la noche y se parecían tanto unas a otras, tampoco podrías jurarlo.

Cruzaste campo a través el terreno baldío y desigual que quedaba entre dos de las calzadas asfaltadas y entonces, te convenciste de que era la que acababas de dejar atrás donde lo aparcaras, porque al volverte, te diste cuenta de que se encontraban a diferente altura y desde aquella, más elevada, pudiste ver el mar al fondo, en el horizonte, y desde tu posición actual apenas podías alcanzabas a percibir alguno de los edificios más elevados.

Regresaste sobre tus pasos y caminaste cuesta arriba durante algunos metros más, hasta rendirte ante la evidencia: el coche había desaparecido. De eso no cabía la menor duda.

Si te faltaba algo para darte cuenta de que te encontrabas perfectamente, aquella fue la gota que colmó el vaso…

Te lo tomaste con la más absoluta calma, diciéndote que, total, el coche te había servido para salir del paso y ya había cumplido su cometido, además de que estaba muy quemado y no valía la pena preocuparse más por él.

Te acordaste del Fuego y, por un momento, pensaste que sería más apropiado hacerte con él y, al mismo tiempo, le gastarías una buena putada al maromo de al lado, que había ido tranquilamente a tirarse a la tía y tendría que volverse con ella en su cochecito, a menos que llamara a un taxi para que no los vieran regresar juntos.

Diste un nuevo rodeo por si en el camino veías otro que mereciera más la pena y fuera igualmente asequible, pero las calles por las que ahora discurrías, bordeadas esta vez por bloques de apartamentos, aparecían completamente despejadas de vehículos.

Pero la sorpresa te lo llevaste tú, unas manzanas más allá, muy cerca del edificio donde permaneciste oculto, al encontrarte de golpe con dos coches aparcados el uno detrás del otro, y los dos conocidos.

Delante estaba el catorcetreinta que habías buscado infructuosamente y que ahora, aparecía allí como por arte de magia, cuando lo más lógico era pensar que ya había sido recuperado por su dueño o localizado por la policía, pues de lo contrario, no te explicabas cómo y quién lo había cambiado de ubicación. Y justo detrás, el Ford Fiesta de la Lola, que conocías tan bien.

Pasaste junto a ellos, observándolos detenidamente y pudiste darte cuenta de que el Seat estaba abierto, como lo dejaste y con el puente hecho, aunque algo más disimulados los cables bajo el salpicadero. El de Lola estaba cerrado con llave a excepción del maletero, que seguramente habría olvidado. Levantaste la puerta y en su interior viste que todavía llevaba la bolsa de deportes que trajo el día anterior, cuando fue a verte.

Te alejaste de ellos y apoyado en un portal, encendiste un cigarro mientras reflexionabas. Te mosqueaba mucho, bastante, el que Lola permaneciese todavía por allí y te hubiera abandonado de esa manera.

Eso podría decir también otras muchas cosas, como por ejemplo, que no hubiera venido exclusivamente a visitarte a tí, sino que tenía también a otro por allí y había matado a dos pájaros de un tiro, con un mismo viaje.

Inhalaste el humo profundamente, reteniéndolo en los pulmones tanto tiempo que, al expulsarlo, de tu boca apenas surgió una débil nubecilla.

Tenía que haber cambiado mucho para comportarse así, aunque todo era posible, a lo largo de la prolongada temporada que estuviste sin verla y sin apenas tener noticias suyas. Te costaba creerlo, pero no tenías más remedio que aceptarlo, puesto que en tí mismo tenías la prueba más clara de que efectivamente, podía ser así.

Igualmente, quisiste creer también que, al marcharse y dejarte dormido, se hubiera encontrado con alguien conocido y se hubieran detenido para hablar, o cualquier otra cosa que escapaba a tu conocimiento.

Estudiaste los alrededores, fijándote en los pisos cercanos, porque de estar por allí, tenía que ser en uno de los apartamentos, ya que los bares abiertos quedaban lejos, y te parecía una tontería aparcar en un lugar tan distanciado, pudiendo hacerlo tranquilamente ante la misma puerta. Pero claro, también podría ser que, como les pasaba a los dos tortolitos del piso de al lado, no les interesaba que la vieran por allí.

¿Y quien, aparte de tí mismo, podía verla, cuando se suponía que estabas encerrado, amedrentado y comiéndote tú mismo el coco, sin atreverte siquiera a asomar los morros a la calle?

Aquello no te gustó nada, porque una cosa era que la Lola quisiera hacerse la loca y pasara de tí y te mandara a tomar por culo, si quería, pero el que comenzara a andarse con tonterías y a vigilarte, y quien sabe si también a intentar algo contra tí, eso ya era tocarte las pelotas…

Regresaste junto a los coches y, a través de la puerta trasera del Fiesta, conseguiste introducirte en él, y abriendo el capot, le quitaste la tapa del delco, con lo que lo dejaste inutilizado. Hiciste lo mismo con el otro, con menores dificultades, porque este estaba abierto.

Seguiste el primer presentimiento que habías tenido y guardando las dos piezas en la bolsa, te encaminaste hasta el que había sido tu refugio, tomando toda clase de precauciones para no dejarte sorprender.

La cabeza te bullía con ideas disparatadas y otras no tanto, e imaginabas mil complots planeados contra tí, por Lola. La veías a ella, sola, esperándote en el apartamento para matarte; con alguno de sus colegas a los que nunca pudiste tragar porque se dedicaban al trapicheo con heroína y estaban respaldados por una potente organización de tráfico; o a ella misma, trayendo a la policía de la mano, y sonriendo mientras te llevaban esposado de regreso al talego.

Diste un nuevo rodeo para llegar al edificio de apartamentos por la parte de atrás, deseando, ahora de todo corazón, ser tú el que la sorprendieras. Ibas a darle lo que se merecía y un poquito más y no podría librarla ni toda la mafia marsellesa-napolitano-siciliana-neoyorquina que viniera en su ayuda.

Te asomaste a la esquina y miraste a través de ella, esperando descubrir cualquier detalle que te confirmara o te desmintiera lo que habías pensado desde que te tropezaras con los coches. Pero sólo pudiste ver el Corsa y el Renault Fuego, en el mismo sitio que cuando saliste. Parecía que todos se habían puesto de acuerdo para venir el mismo día, en contraste con la tranquilidad que habías disfrutado hasta entonces, en cuanto a vehículos se refiere.

Por un momento y a la vista del llamativo deportivo rojo, te sentiste tentado de mandarlo todo a la mierda, de dejar a la Lola que se jodiera esperándote, mientras tú te largabas a bordo de aquella maravilla con cuatro ruedas que te atraía de manera irresistible. Fue un momento de debilidad, puesto que no eres de los que reflexionan demasiado, sino que prefieres moverte a golpe de impulso, y te dejas llevar por él hasta el límite, sin importarte demasiado las posibles consecuencias.

Tal vez eso hubiera sido lo más apropiado y sencillo, pero tu corazón te impulsaba a entrar en el edificio, desoyendo cualquier otro razonamiento que no fuera el de la venganza o el de un odio que se iba acrecentando a medida que transcurrían los segundos, expandiéndose por todo tu ser y dándote renovadas fuerzas para seguir adelante.

Escupiste con fuerza sobre la baldosa y te restregaste las manos mientras entornabas los ojos ante el firme sol de la tarde, disfrutando por anticipado de la satisfacción que ibas a darte, si encontrabas a Lola dentro.

-Y si me equivoco -pensaste en voz alta-, pues no pasa nada…

.-.-.-.

Cuando por fin di con el piso que habías estado ocupando y no te encontré, el alma se me cayó a los pies y me sentí más fracasado que si me hubieran descubierto los vecinos de al lado, en medio del polvo que estaban echando.

Recorrí inútilmente la vivienda y en ésta, si hallé clarísimas evidencias de que te había servido de guarida hasta muy poco antes.

Suciedad por todas partes, restos de comida y botellas vacías y rotas; hojas de periódico sueltas por aquí y por allá; manchas de humedad en el suelo y en la parte baja de las paredes del pasillo cercanas al cuarto de baño, y éste, con la bañera llena a rebosar y el pavimento cerámico todavía encharcado.

Aquello parecía la cueva de un loco, pero cuando llegue al dormitorio principal y descubrí la mancha de sangre ya seca que cubría parte del suelo y salpicaba hasta la luna del espejo del armario, pensé que allí había ocurrido algo muy grave. Por el estado en que se encontraba la habitación, parecía haber sido escenario de una batalla campal. La almohada destrozada, con el relleno esparcido por toda ella. La ropa de cama rasgada y una manta tirada de cualquier manera en un rincón, todavía mojada.

Me asomé cautelosamente por la ventana que tantas veces había acechado desde el otro extremo de la calle y descargué un fuerte patadón en la pared, porque te habías marchado en el único momento que había dejado de vigilarte.

En un momento, se fue a la mierda todo el tiempo que había esperado sin saber exactamente qué‚ como un inútil, detrás de aquella otra ventana, sin habérseme ocurrido antes que tenía que haber venido directamente a por tí…

Y lo demás, eran puñetas.

Me maldije quinientas veces, porque de nada servía hacerlo contra tí, que ni siquiera te habías enterado de nada y te habías ido tranquilamente, cuando te cansaste de estar escondido en este agujero de mierda.

Oculté la cabeza entre las manos, sentado en el sofá, sintiendo que una vez más había hecho el primo, el más espantoso de los ridículos, y no me servía como consuelo el no haber tenido espectadores que aumentaran mi sensación de inutilidad y fracaso.

A mi alrededor, los restos de tu estancia se me iban haciendo más y más presentes, acuciantes, acusadores, como si fueran el dedo de mi conciencia que me señalaba, diciéndome, entre graves carcajadas, que era un fracasado, un inútil que no servía para nada, que me pasaría la vida yendo de un lado para otro, dando tumbos un día y otro día, sin lograr jamás que me sonriera la suerte. Que no siguiera cebándose en mí la desgracia como hasta el momento, convirtiendo mi existencia en una invariable sucesión de situaciones desastrosas, que iban creciendo en frecuencia y magnitud.

Escuché voces, procedentes sin duda del piso vecino y me levanté, acercándome al tabique que nos separaba, a ver qué pasaba. Al otro lado, me pareció oír a la mujer llorando y al hombre intentando calmarla, diciéndole que no tenía que preocuparse, que absolutamente nadie sabía que se veían allí, que eran manías suyas eso de haber notado la presencia de alguien a sus espaldas, poco antes.

No pude reprimir una sonrisa que me supo más bien amarga, al pensar en la cara que hubieran puesto los dos de haber abierto de golpe la puerta y entrado en la habitación empuñando la navaja. Seguro que se habrían quedado mudos y congelados, y con el rollo que llevaban entre manos totalmente cortado.

Ahora, el hombre decía que para demostrarle que no había nadie en el apartamento ni en todo el edificio, iban a salir los dos y comprobarlo personalmente, para que se convenciera.

Me acerqué sigilosamente hasta la puerta y verifiqué que se hallaba convenientemente cerrada, no fuera que aquel par de juerguistas se metieran dentro y acabaran liando todavía más la cosa.

Entonces, se me ocurrió lo que se me ocurrió y contra lo que pensé en un principio, atisbé por la mirilla hasta que salieron los dos, él delante y ella, todavía temerosa algo más rezagada comprobando puerta por puerta que todo estaba en orden.

Si de tí no iba a sacar nada, porque te habías esfumado, por qué no hacerlo de aquellos dos, que habían venido a divertirse por todo lo alto. Pensé que, en realidad, me daba lo mismo uno que otros, el caso era conseguir alguna pasta y largarme cuanto antes de allí, y por un tiempo, perderme de vista del mundo, cambiar de aires para ver si eso me propiciaba también un cambio de suerte.

Pasaron ante mi puerta, justo cuando iba a abrirla, camino del tramo de escalera que ascendía a la planta superior. Me contuve y lo dejé para cuando vinieran de regreso.

Saqué la navaja y aprovechando que estaban ya arriba, murmurando con voz que llegaba hasta mí, oprimí el botón y la reluciente hoja metálica surgió de su escondite con la rapidez habitual, reconfortándome y dándome una inyección de ánimos que iba a necesitar para seguir adelante, ahora que estaba decidido a jugarme el todo por el todo.

De pronto, procedentes del piso superior, se escucharon varios gritos y unos pasos que descendían atropelladamente la escalera. La mujer, presa del pánico, volvió a gritar, ahora con mayor intensidad. Y por encima de todo, la voz del hombre que chillaba, preguntando quién andaba por allí.

El estruendo de un disparo, en el cerrado hueco de la escalera, sonó como un cañonazo, repetido varias veces por el eco. Siguió otro grito del hombre, éste de dolor, y una acallada maldición.

Dudé un momento, ante el escándalo que se desarrollaba a tan poca distancia, sin saber si abrir la puerta para ver que estaba ocurriendo o si por el contrario, sería mejor mantenerme al margen, aprovechando que nadie sabía que me encontraba allí. Además, que yo supiera, tú no ibas armado, a menos que hubiera sido la Lola la que te hubiera proporcionado el arma, porque el tipo de al lado, tampoco tenía pinta de usarla.

Cabía la posibilidad de que fuese la policía, que al fin había dado contigo y había rodeado el edificio, en cuyo caso, tampoco me quedaba a mí ninguna posibilidad de escape.

Pero ya me daba igual que me cogieran o que me mataran. Todo era lo mismo: seguir arrastrando la vida que llevaba, monótona, difícil, aburrida, sin el mínimo aliciente para mí. Lo mismo me daba ganarme ya una moneda de veinte duros, que una bala en el estómago.

Abrí la puerta y pude ver a la mujer que, llorando enloquecida, permanecía sentada en el penúltimo escalón, a mi derecha. Algo más arriba, en mitad de la escalera, aparecía el cuerpo del hombre en una posición muy incómoda y difícil, caso de estar plenamente consciente.

Miré a lo alto, pero no vi mas que sombras que parecían danzar con un frenético ritmo. La mujer volvió a gritar, con mayor fuerza y desvié mi vista hacia ella. Los ojos parecían a punto de saltarle de las órbitas, casi a un paso de volverse completamente loca, si no lo estaba ya. Y sin embargo, los mantenía insistentemente fijos en un mismo punto.

Me di la vuelta para ver qué llamaba su atención y quedé a mi vez petrificado al descubrir tras de mí, a escasos metros, ascendiendo los escalones que traían a ese piso, a una figura que, en ese momento no pude reconocer, pero que cuando estuvo en mi mismo rellano, a pesar de la espesa barba que cubría sus mejillas y a la diabólica sonrisa de sus labios y del cuchillo de grandes dimensiones que portaba en la mano, me tuve que rendir ante la evidencia de que eras tú mismo, que acababas de sorprenderme a mí, cuando durante los últimos días había intentado ser yo el que te cogiera por sorpresa.

Pero, como siempre suele suceder, una cosa son los planes y otra muy distinta, el resultado final.

.-.-.-.

Lola se sentía cada vez más nerviosa, sobre todo desde que regresó del coche. Había ido para recoger una pistola de pequeño calibre que había dejado en la bolsa de deportes. Nunca le habían gustado demasiado las armas de fuego, pero aceptó aquella como un regalo que le brindaría protección, desde que entrase en contacto con aquellos colegas que traficaban con caballo, y para los que había trabajado varias veces haciendo de correo.

Intentó serenarse porque necesitaba recurrir a toda su sangre fría para entrar en el edificio y acercarse hasta el apartamento de Salva y ver qué era lo que sucedía allí, cuando se produjera el encuentro con el otro tipo.

Abrió la puerta de la cancela con su propia llave y tras escuchar atentamente, penetró en el oscuro recinto, guiándose por la débil claridad que llegaba a través del hueco de la escalera.

Caminó con paso lento y silencioso, con todos los sentidos alerta para captar la mínima señal de peligro y poder reaccionar antes de verse sorprendida.

Ascendió cautelosamente hasta el primer rellano y, una vez allí, observó detenidamente todas y cada una de las puertas, hasta que dio con una cuya cerradura presentaba señales de haber sido forzada, aunque al instante pensó que aquello no le decía nada, puesto que el otro individuo, al entrar por el balcón, no tenía porqué haberlo hecho, a menos que buscara un lugar donde refugiarse en caso de retirada.

Prestó mayor atención si cabe, pero no logró escuchar el mínimo sonido procedente del interior. Repitió la misma operación con el resto de las entradas con idéntico resultado, hasta convencerse de que no había nadie en esa planta.

Se tomó un leve respiro y reanudó la ascensión, sintiendo que los nervios volvían a surgirle a flor de piel, a medida que se iba acercando a donde se encontraba Salva y, casi con toda seguridad, el sujeto al que ella había venido siguiendo en las últimas horas.

Al llegar a los últimos peldaños del tramo, pudo escuchar una leve música de fondo en la que hasta entonces no había reparado, a menos que hubiera comenzado a sonar en esos mismos instantes. Intentó orientarse en la dirección de la que parecía surgir, descubriendo que procedía del piso contiguo al que buscaba. Retrocedió unos pasos, indecisa, porque que ella supiera, no había nadie más en el edificio. Se aseguró de que la vivienda que le había conseguido a Salva era justo la de al lado y entonces recordó los dos coches que viera aparcados ante la entrada, por lo que le quedó claro que debían pertenecer a los que se encontraban allí dentro.

Pensó que era una verdadera casualidad que estuvieran precisamente en aquel, cuando se suponía que el resto permanecía completamente vacío y solitario, aunque, a esas alturas, comenzaba a no creer ya en las casualidades.

Se alejó un poco mientras pensaba qué iba a hacer, cuando escuchó un ruido procedente de abajo.

Miró en todas direcciones, sintiendo como el temor le hacía flaquear las piernas y los latidos de su corazón se aceleraban bruscamente. Continuó retrocediendo hasta que su espalda tropezó con la pared, impidiéndole ir más allá, para luego deslizarse hacia su derecha, quedando momentáneamente al amparo de la oscuridad que poblaba el rincón formado por la intersección de dos paredes.

Sus ojos se mantuvieron fijos en el otro pozo de negrura que constituía el inicio de la escalera descendente, esperando a cada segundo que alguien surgiera por él y la sorprendiera.

Transcurrió casi un minuto antes de que volviera a llegar hasta ella otro sonido, que ahora pudo identificar como de una puerta al ser cerrada con precaución, pero no la suficiente para evitar que chirriasen mínimamente las bisagras.

Tal vez de no haber estado tan concentrada, no hubiera llegado a percibirlo, y hasta que no escuchó éste último ruido, se preguntaba si el primero no había sido más una jugarreta producida por su propia sugestión.

Después, unos pasos y el crujido procedente del roce de una suela de goma contra el pavimento de mármol, que pese al polvo que lo cubría en parte, se veía recién pulido.

El pánico casi la hizo gritar, pero con un gran esfuerzo de autocontrol, consiguió serenarse. Ahora estaba plenamente convencida de que fuera quien fuese el que estaba en la planta inferior, hacía todo lo posible para no delatar su presencia y, por lo tanto, se encontraba en idéntica situación a la suya.

Por si eso fuera poco, cesó de repente la música y entonces pudo apreciar con mayor nitidez las pisadas, que parecían acercarse cada vez más. A continuación, se oyó un llanto femenino seguido de voces, entre las que destacaba la de un hombre que hablaba en voz alta.

Aquello le hizo tomar una determinación, que de no haber sido porque el miedo parecía haber paralizado sus reflejos, habría adoptado mucho antes. Fue hacia el siguiente tramo de escaleras, distante de ella apenas un metro y antes de ascenderlo, se quitó los zapatos de tacón que calzaba y, con sumo cuidado, trepó escalones arriba, hasta detenerse en un punto desde el que podía vislumbrar la mayor parte del rellano que había dejado atrás y donde era difícil que pudieran verla, protegida por la oscuridad que la rodeaba.

Las voces se fueron acercando cada vez más a la puerta y se hicieron inteligibles. Unos momentos después y antes de que pudiera reaccionar, vio como ésta se abría y un hombre salía del apartamento, seguido de una mujer que parecía visiblemente asustada. Los vio recorrer el rellano, comprobando puerta por puerta, mientras intentaba convencerla de que no había nadie, que se encontraban completamente solos en todo el edificio.

De no haber estado ella misma tan nerviosa y asustada, hubiera soltado una fuerte carcajada. Si a aquello le llamaban estar solos, con ella arriba, Salva en el piso de al lado, y con toda posibilidad, el otro hombre abajo, era una verdadera sorpresa el que todavía no se hubieran percatado del desacostumbrado tránsito que estaba registrado la escalera en los últimos minutos,

Dejó los zapatos en un rincón, porque le estorbaban y regresaba a su posición, cuando escuchó al hombre decir que iba a continuar inspeccionando también la planta de arriba, hasta que su acompañante se convenciese de que no había nadie más que ellos.

Apenas tuvo tiempo de retroceder de nuevo, cuando los otros se encontraban ya a mitad del trayecto. Un miedo atroz y que hasta entonces le había resultado desconocido, se apoderó de su cuerpo, incapaz desde ese momento de obedecer las instrucciones de su cerebro, que inútilmente intentaba hacer correr al resto de su organismo.

Sólo su mano, reaccionando con independencia, buscó desesperadamente en el bolso, revolviendo su contenido y haciendo caer varios objetos al suelo, hasta que sus dedos se cerraron firmemente en torno a la fría culata de la pistola.

El hombre, que había ascendido ya la casi totalidad de los escalones, se inmovilizó de repente al escuchar el ruido y preguntó:

-¿Quién está ahí? ¡Salga ahora mismo! -Su voz sonó firme y enérgica, como acostumbrada al mando, mientras la mujer, profería un grito, algo más alejada…

Lola no se inmutó y, muy posiblemente, ni llegara a oír nada, debido al vacío mental que se le produjo cuando se dio cuenta de que iba a verse irremisiblemente descubierta.

El hombre trepó lo poco que le restaba y avanzó unos pasos hacia el interruptor de la luz, dispuesto a iluminar el rellano y descubrir de una vez por todas a quien estuviera oculto en el fondo del mismo.

Sin embargo, volvió a repetir la pregunta.

-¿Quién está ahí? ¡Le digo que salga por las buenas, o…!

No pudo terminar la frase porque Lola, sin ser consciente de ello, alzó su brazo armado y su dedo se curvó desesperadamente sobre el gatillo de la pistola. Y de la boca de ésta surgió un único disparo que se alojó en el cuerpo del otro, y cuyo eco rebotó en las paredes repetidamente, hasta que se perdió al cabo de interminables segundos, en los que se escuchó un grito de dolor y otro de temor, procedente de la mujer.

El cuerpo cayó hacia atrás y resbaló por las escaleras, hasta quedar detenido uno de sus brazos por la barandilla metálica.

La mujer, sin dejar de proferir gritos y sollozando, corrió hacia abajo, mientras Lola, sin despertar del todo de su letargo, lo hizo en dirección contraria, tropezando y yéndose al suelo, pero sin soltar en ningún momento el arma todavía humeante.

.-.-.-.

Cuando te encontrabas dentro del piso por el que te introdujiste en el edificio, al igual que aquella primera vez, escuchaste ruido de pasos fuera, justo cuando estabas ante la puerta y te disponías a abrirla para salir. Te pegaste todo lo posible a la misma y con mano nerviosa, buscaste una inexistente mirilla, insultando mentalmente a los propietarios de la vivienda por no dotar a ésta de una de las más elementales y baratas medidas de seguridad, y también, porqué no, de fisgoneo para con los vecinos.

En un principio, el sonido te resultó extraño y desigual, pero por poco que cavilaste, acabaste por relacionarlo con el taconeo de una mujer. Mejor todavía, el paso de una mujer que usa tacones y pretende no hacer excesivo ruido.

Sonriendo, aunque no era el momento más apropiado para ello, pensaste que si a veces discurrías tan bien, podrías aprovechar tu mollera en otros asuntos que te resultaran más rentables económicamente, en vez de confiarlo todo a lo que llamabas “geniales impulsos” y tu no menos socorrida buena suerte.

Que tú supieras, y al menos que se tratara de alguien completamente ajeno a toda la movida, sólo podría ser Lola o, como mucho, la mujer que viste llegar un par de horas antes.

De repente, las pisadas se detuvieron ante la misma puerta. y podrías jurar que llegaste a percibir hasta su respiración tranquila y sosegada, que te sirvió para reconocer que era Lola la que se encontraba al otro lado de la puerta. No era tan solo tu intuición la que así te lo indicaba, sino todos tus sentidos, aparte de que de haber sido la otra, la hubieras escuchado mientras bajaba los escalones, pues entonces el taconeo hubiera sido mucho más fuerte.

Contrariamente a lo que habías experimentado con anterioridad, no sentiste ningún deseo de abrir, ahora que sabías quien era y no se lo esperaría, para eliminarla y ajustar cuentas con ella. Porque su presencia en ese lugar -y podrías apostar el cuello sin miedo a perderlo- te confirmaba, sin temor a equivocarte, que estaba tramando algo contra tí, porque de lo contrario no se andaría con tanto secreto y sigilo, si lo que pretendía era simplemente subir a verte de nuevo.

Venciste incluso hasta la curiosidad que lentamente te iba invadiendo, por un sentimiento distinto y mucho más practico. Con paso cuidadoso recorriste el camino que te separaba de la cocina y haciendo el mínimo ruido posible, buscaste en los cajones hasta dar con lo que buscabas.

Al encontrarlo, no pudiste reprimir tu alborozo. Tus manos se cerraron firmemente en torno al amplio y cómodo mango de un gran cuchillo de trinchar y lo blandiste en el aire, maravillado ante los reflejos que un único rayo de sol procedente de la ventana que daba al patio de luces, arrancaba de su hoja. Lo esgrimiste varias veces en el aire, imitando los movimientos de un avezado espadachín, lanzando furiosos y certeros golpes a un invisible enemigo, sintiéndote verdaderamente feliz por tu hallazgo.

Con él en la mano, regresaste hasta el vestíbulo y volviste a aguzar el oído, para escuchar ahora cómo las pisadas se perdían escaleras arriba.

Esperaste pacientemente unos minutos más antes de abrir la puerta, pensando en la cara que pondría Lola cuando entrara donde ella te creía y no te encontrara por ninguna parte. Entonces, tú abrirías la puerta tranquilamente y la sorprenderías, obligándola a delatarse a sí misma.

Cuando saliste, lo hiciste con la mayor precaución, estudiando anticipadamente donde ibas a colocar cada pie, para no alertarla antes de tiempo. Pero no pudiste evitar que tus zapatillas crujieran débilmente al acoplarse al piso su suela de plástico.

La oíste como se movía, por encima de tu cabeza, tal vez con el miedo metido ya en el cuerpo, porque sin duda, también ella estaría oyéndote a tí. Pero tú tenías la gran ventaja de que sabías que estaba allí, mientras Lola te creía dentro del piso y estaba más confiada a ese respecto.

Os inmovilizasteis casi al unísono y te la imaginabas mirando en todas direcciones, asustada, preguntándose quién estaría abajo, intentando ocultar su presencia, como ella hacía con la suya propia.

Por eso decidiste seguir adelante y ya no te preocupaste por el ruido, porque sabías que su tensión iría en aumento, a medida que transcurrieran los segundos.

Disfrutabas enormemente con aquel juego, haciéndola sufrir conscientemente, porque estabas plenamente convencido de que se lo merecía.

Iniciaste la ascensión y casi podías ver su expresión de pánico reflejada en los ojos. Y su resistencia, a punto de quebrarse por culpa de la presión despiadada a que la estabas sometiendo.

Pero mientras subías pausadamente, escalón tras escalón, no te importaba nada que no fueras tú mismo. Si los otros sufrían, pues peor para ellos. Tú ya habías tenido tu propia ración y te la tragaste en silencio, sin recurrir a nadie, ni pedir que te ayudaran.

Escuchaste entonces unas voces que se iban haciendo más y más intensas, procedentes de algún lugar por encima de tí y a tu derecha, aproximadamente. Recordaste inmediatamente a la pareja que se había encontrado en el picadero de al lado y te detuviste, pensando que ya se marchaban.

Aquello constituía un contratiempo que no habías calculado, porque si bajaban, tendrías que correr para ocultarte, y al mismo tiempo, incluso antes que a tí descubrirían a la Lola y se volvería todo mucho más complicado. Te mantuviste en el mismo sitio, a la expectativa, pero preparado para retroceder si se complicaban todavía más las cosas, que todo pudiera ser.

Oíste las voces, ahora con mayor claridad. El hombre hablaba de registrar piso por piso para convencer a su acompañante de que se encontraban a solas y no tenían nada que temer. Se abrió a continuación la puerta y ambos salieron al descansillo.

Te sorprendió que no vieran a Lola, cuando se suponía que tenía que estar allí mismo, ya que aunque el rellano era amplio, no ofrecía demasiados escondites.

Retrocediste unos escalones esperando a cada segundo que pasaba que comenzara el griterío y el consiguiente follón, pero no sucedió así. Lo recorrieron todo e iniciaron el ascenso hacia la planta superior, sin que sucediera nada de lo que habías previsto.

La Lola los tendría que haber oído incluso antes que tú y habría reaccionado adecuadamente, subiendo antes de que saliera la pareja, preguntándose qué coño estaría pasando. Te alegró que lo hubiera hecho así, no por ella, si no porque no querías que se entrometiera nadie más. Aquello era un asunto entre vosotros dos y teníais que solventarlo entre ambos. Y que ganara quien más pudiera, que no dudabas en ningún momento que ibas a ser tú.

Y mientras pensabas eso, fue cuando se lió todo el cisco. El hombre preguntó quién andaba por allí, y la mujer, con más miedo que vergüenza, soltó un gritito más bien ridículo. Te moviste un poco y la viste mientras bajaba las escaleras, sin dejar de proferir gritos y llantos.

Estaría todo lo buena que quisieras, pero resultaba una cursi y una hortera de cuidado. El hombre repitió su pregunta y por toda contestación, sonó un disparo que te cogió de improviso, seguido por otro grito del hombre, agónico, que truncó las últimas palabras de su requisitoria.

Te quedaste de una pieza, incapaz de reaccionar adecuadamente, pese a que en tu cerebro se había encendido una luz de alarma que te avisaba de que había algo que no cuadraba en todo aquello.

Habías escuchado un tiro, y el hombre abatido en mitad de la escalera te indicaba que, efectivamente se había producido el disparo, que no había sido producto de tu imaginación. Y no había que ser ningún superdotado para saber que para que ello fuera posible, hacía falta una pistola. Y que tú supieras, de salida, ninguno de los allí presentes llevaba armas de fuego.

Viste a la mujer sentada en uno de los últimos escalones, llorando y soltando estúpidos chillidos de loca. Miraste hacia arriba, donde suponías a Lola, pero sólo pudiste ver oscuridad y sombras en lo alto de la escalera, mientras en la cabeza te martilleaba insistentemente una pregunta para la que todavía no tenías respuesta.

¿Había alguien más en todo ésto? ¿Alguien con una pistola en la mano, que hubiera cometido la locura de disparar sin que mediara la menor provocación?

Volvió a encenderse una nueva luz en tu cerebro, pero ahora en forma de milcuatrocientostreinta, robado, abandonado y luego desaparecido, y vuelto a encontrar a muy poca distancia, justo delante del coche de Lola.

Eran muchas coincidencias para ser cierto, a la que ahora unías la sombra que se ocultaba tras una brasa de cigarrillo entrevista en la noche, a través de una ventana en un edificio cercano, en un momento en que tenías la sensación de estar siendo vigilado, y que luego olvidaste con la llegada de Lola y la posterior crisis en que te sumiste.

También cabía otra posibilidad y tal vez fuera la menos descabellada: que fuera la policía la que entrara en el bloque de apartamentos cuando tú no estabas y al ver que regresabas, te hubieran querido tender una trampa.

Pero pronto lo rechazaste, ante una evidencia mucho mayor y que iba a despejar de una vez por todas las posibles incógnitas: Acababa de abrirse la puerta del apartamento que te sirviera de refugio, y con una impaciencia que comenzaba a corroerte el cuerpo, esperaste que surgiera de dentro quien quisiera que fuera, para acabar de una puta vez con semejante locura.

Empuñaste con tanta fuerza el largo cuchillo que portabas, que de no haber sido tan sólido y fuerte su mango, posiblemente lo hubieras partido sin darte cuenta.

Al fin, y cuando ya estabas a punto de lanzarte escaleras arriba y clavarle el cuchillo al primero que encontraras, hizo su aparición un individuo más bien bajito, con el pelo largo rozándole los hombros, y un poblado bigote que le caía sobre los labios, ocultándoselos. Su mano derecha sostenía una navaja automática. Comenzó a mirar en todas direcciones, quedando finalmente de espaldas a donde te encontrabas, con la cabeza subiendo y bajando desde la mujer llorosa sentada en la escalera, hasta lo alto de la misma.

El miedo que habías llegado a experimentar se evaporó como por arte de magia. Una sensación de profunda felicidad te fue inundando cuando recordaste quien era el mangui aquel, un tío que se las daba de enterao y que iba por la vida en plan fantasma, pero sin comerse ni una puñetera rosca. Te asombró un tanto que todavía estuviera vivo o en la calle, puesto que no era de extrañar que lo hubieran metido en la trena, después de uno de sus formidables e infalibles planes, en los que en más de una ocasión había intentado liarte, pero que tú, prudentemente habías eludido siempre, mandándolo sencillamente a la mierda, en vez de darle coba e intentar salirte por la tangente como hacían otros que conocías.

Ascendiste lentamente los peldaños que te restaban para ganar el rellano y una vez allí te detuviste, esperando que sucediera algo más, porque aquello, estabas completamente seguro que no iba a acabar así.

Además, aunque se había aclarado algo, el misterio continuaba en gran parte sin resolverse porque, si bien el Corominas podía ser el que se había hecho con el coche que tú robaras, te faltaba por comprobar si era Lola, como estabas comenzando a temerte ya, la que había efectuado el disparo, a menos que quedara alguien más a quien no habías tenido ocasión de ver todavía.

Como asunto secundario quedaba el qué hacía el tipejo aquel allí, aunque tenías ya una somera idea de sus propósitos, y si se había aliado con Lola para conseguirlo, o venía cada uno por su parte.

Lo miraste de nuevo y entonces, te diste cuenta de que la mujer tenía los ojos fijos en tí, y se encontraba en un estado cercano a la idiotez pues, sin lugar a dudas, era la primera vez que estaba en una situación parecida, en la que toda su hermosura y elegancia, no le servían absolutamente para nada.

El otro la miró y al percatarse de su estado y fijarse en la dirección de su mirada, se volvió hacia tí, quedando completamente inmóvil, con la ridícula hoja de la navaja apuntando hacia abajo, como si ella misma fuera consciente de su inutilidad, dadas las dimensiones del cuchillo con que tú ibas armado.

Seguramente la expresión de tu rostro debía ser escalofriante, puesto que también sus ojos se quedaron petrificados cuando se enfrentaron a los tuyos, como si se hubiera establecido entre ellos un invisible puente de hielo, que a tí no te afectaba.

-¿Qué pasa, Corominas? ¿Te has perdido por aquí?

Tu voz tuvo la virtud de romper ese conducto y sus ojos bajaron hasta el instrumento que empuñabas en tu derecha, fijándose en ese punto.

Esperabas una respuesta que, para tu gusto, estaba tardando demasiado en llegar, pero en vez de impacientarte, decidiste darle la oportunidad de que fuera digiriendo, poco a poco, el cambio de situación, porque, a buen seguro, lo último que hubiera esperado era verte aparecer en aquel momento y de ese modo. O, al menos, eso era lo que imaginabas.

-Anda, cuéntame qué has venido a hacer por aquí -Insististe, aunque en tono más amable, intentando contagiarle una poca de la serenidad que en aquellos momentos te desbordaba- ¿O es que quieres que me crea que estás sólo de visita?

Fue capaz de retroceder unos pasos, a medida que tú te acercabas, pero no de despegar los labios para contestar. Reculó otros pocos centímetros, apenas un paso y tropezó con el primer escalón, faltando bien poco para que cayera de espaldas sobre la mujer, que profirió otro grito y se hizo un ovillo sobre sí misma, sin dejar de llorar en ningún momento.

Sentiste una lástima inmensa, primero por ella y después, por el otro panoli, que temblaba como un flan y había perdido la navaja en su intento de aferrarse a la barandilla para evitar la caída.

Sentiste lástima por todos, hasta por tí mismo.

Miraste a la mujer que tanto te había gustado cuando la descubriste a través de la mirilla, pensando que se trataba de una mujer de verdad, de esas que siempre habías anhelado conocer, pero que te habían estado vedadas. Y la tenías ahora allí, convertida en un guiñapo, destrozada mentalmente y comportándose como una auténtica retrasada mental.

Pero no pudiste seguir con tus elucubraciones, porque un nuevo torbellino se desencadenó en la parte de arriba, que sólo te permitió dar un salto hacia un lado y escapar por los pelos de la lluvia de balas que surgió a través del hueco de la escalera.

El Corominas cayó al suelo y de su espalda brotaron rápidamente dos regueros de sangre que comenzaron a empapar su camisa, mientras el resto de los proyectiles se esparcían a su alrededor, chocando contra el suelo y rebotando alguno, para caer de nuevo, ahora ya sin fuerza, casi aplastados del todo.

Pudiste ver a la Lola, gritando como si también se hubiera vuelto loca, que bajaba las escaleras como un vendaval, tropezando con todos los cuerpos desparramados, pero sin llegar a caer del todo en ningún momento.

Hubieras podido hacer algo para evitar lo que sucedió a continuación, pero no lo creíste oportuno, después del estropicio que había liado ella sola. Además, pensaste que ya era bastante mayorcita para cargar con las consecuencias de sus actos. Y si no, que lo pensase un poco antes de hacerlo la próxima vez.

Entró como una exhalación por una de las dos puertas abiertas, todavía con la pistola en la mano y se perdió en su interior.

Te levantaste y pasaste junto al Corominas. Le diste la vuelta con el pie percatándote de que todavía respiraba. Te arrodillaste junto a él, levantándole la cabeza, pasando una mano tras su nuca.

-Coño, Coro, eres gafe hasta para esto…

Abrió los ojos, cerrados por el dolor e intentó hacer lo mismo con la boca, pero no llegaste a escuchar lo que dijo, si es que dijo algo, porque en aquel momento se oyó un fortísimo estruendo de cristales rotos, un grito agónico, que a su vez quedó quebrado y apagado por un fuerte golpe, idéntico al que produce un cuerpo al estrellarse desde un segundo piso contra la chapa de un coche.

.-.-.-.

-Déjame que te lo cuente, Salva -Hice un esfuerzo para aguantar el terrible dolor, pero éste era demasiado intenso y por segundos, iba incrementándose-. Al menos, dame ese último gusto…

Y hablé y hablé, contándoselo todo y quejándome en voz alta, hasta que dejé de oírme a mí mismo y a perderlo todo de vista, aunque sabía que estaba allí conmigo, sosteniéndome la nuca con su brazo. Hasta que también dejé de sentirlo…

El miedo. Un pánico atroz la dominaba, hasta el punto de haber sido el causante de que disparara el arma sobre aquel hombre sin saber siquiera quién era, ni qué quería.

Se acurrucó en un rincón y lloró en silencio, como un mudo eco de los llantos que le llegaban desde abajo. El resto era silencio. Un silencio denso y pesado que se abatía sobre ella oprimiéndola con una fuerza formidable.

“-¡Lo he matado. Lo he matado!” -Escuchaba que repetía su subconsciente, pugnando por luchar contra la muralla de silencio que la había envuelto. El mismo silencio que hasta poco antes había reinado en todo el edificio y que ella había roto con el eco de un disparo.

El ritmo de las palabras se hizo obsesivo en su interior y sólo había una forma de acallarlo. Repetir lo que ya había hecho antes. Empezar de nuevo.

Y empezó.

Se levantó de un salto y corrió hacia el tramo de escalera descendente, tropezando con su propio bolso, caído antes y definitivamente perdido.

Y disparó sobre una espalda que según ella tenía la culpa de todo. Disparó hasta que se agotó el cargador. Pero no le importó. Siguió disparando porque el clic que producía el percutor la tranquilizaba.

Vio al tipo caer al suelo y pensó que se lo tenía merecido. Él era el único responsable, porque alguien tenía que serlo y no iba a cargar ella sola con esa culpa.

Se lanzó escaleras abajo y tropezó con un cuerpo desmadejado que ni siquiera sabía que hacía allí. Recuperó el equilibrio y siguió bajando, hasta encontrarse con una mujer encogida sobre sus piernas, que no hacía otra cosa que llorar. La apuntó con la pistola para que callara definitivamente, pero no se detuvo.

El que no pudo esquivar fue el tercer cuerpo que se desangraba. O ¿acaso el hombre se había comprado una camisa nueva, de las que parecen manchadas de pintura? Pero tampoco importaba demasiado.

La inercia siguió arrastrándola y milagrosamente, por tercera o cuarta vez ya, consiguió mantener el equilibrio y huir. ¿Huir? Huir hacia adelante, de todo, de todos, empezando de ella misma.

Al entrar en el piso, sólo pensaba en Salva.

Él. Él era el único culpable, el que había desencadenado aquella absurda matanza.

Corrió buscándolo. Quería encontrarlo y hacerle comer aquella pistola que sólo sabía escupir fuego y muerte.

Corrió hacia la pieza que daba a la calle, pero se dio cuenta de que aquel no era el piso de Salva, y difícilmente podía encontrarle allí. Pero eso tampoco importaba. ¿Acaso importa algo en esta perra vida?

Rió en voz alta y todavía reía cuando su cuerpo tropezó con la cristalera del comedor, la que daba a la calle a través del mirador.

Sintió que podía atravesarla sin romperla y que en el caso de hacerlo, no le sucedería nada, porque estaba soñando y sabía que cuando quisiera, podría despertar y se encontraría en la cama, con Salva dándole la espalda, roncando en uno de los rincones más alejados, satisfecho después de haberle hecho el amor como a los dos les gustaba…

Pensó en una colcha roja. Caía sobre una colcha roja desde lo alto de la lámpara…

¡Qué estupidez! ¡A quién se le ocurre tirarse desde una lámpara hasta una colcha roja?

Un sueño, sin duda. Porque despierta, ¿cómo puede una pensar tantas cosas absurdas y sin sentido?

Pero la cocha roja seguía estando allí y resultaba demasiado reluciente y estaba demasiado lisa para no ser el techo de un coche. Y también, mucho más dura…

.-.-.-.

No necesitaste asomarte a la calle para imaginar lo sucedido. Y tampoco te inmutaste más de lo que ya estabas, porque no valía la pena. Simplemente, dijiste:

-Ya has visto, Coro. La Lola la ha palmao..

Y él se empeñó en hablarte, en contártelo todo, para que le perdonaras si querías. Pero tú no entendías nada y el silencio de la muerte se había instalado ya a tu alrededor y te resultaba muy difícil sacudirte de él.

Mucho tiempo después, cuando escuchaste un coche ponerse en marcha, alejándose de allí con fuertes acelerones y chirriar de neumáticos, sacudiste la cabeza y te desprendiste del cúmulo de olvido en que tú mismo te habías sumido.

Te diste cuenta entonces de que el Corominas estaba muerto. Depositaste su cabeza en el suelo y te levantaste sacudiéndote las manos y enfilando la escalera, sin percatarte de que la mujer llorona había desaparecido.

Media hora después, el aire fresco azotaba tu rostro a través de la ventanilla del Renault Fuego que conducías a ciento sesenta por hora, adelantando a todos los coches que te estorbaban.

Cuando bajaste a la calle, echaste en falta el Corsa amarillo, pero pensaste que tal vez nunca había estado allí, que todo habían sido imaginaciones tuyas.

Lo que no era ninguna invención fue el cuerpo de Lola, tirado sobre la acera y con la cabeza destrozada. La miraste durante un instante y luego dirigiste la mirada al techo del coche, donde una gran mancha roja, de tono distinto al de la pintura, cubría gran parte de éste, en cuyo centro geométrico aparecía una abolladura de grandes proporciones.

Volviste a mirarla, con cara de enfado ahora, pero finalmente la perdonaste porque se trababa de ella.

Con todo esmero limpiaste la sangre que cubría parte del la ventanilla lateral con la ayuda de un trozo de tela que rasgaste de la ropa de ella, y con idéntico cuidado forzaste la puerta, y te alejaste de allí tras hacerle el puente.

Y una vez más, reiniciaste tu huida. Una huida que comenzó al poco de que adquirieras consciencia, y que se reanudaba una y otra vez, con breves paradas, mientras te quedase aliento en el cuerpo.

ELCHE, verano de 1.985

Primer Premio I Certamen de Novela Corta “Juan Gil-Albert” 1.985

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