Diario de un cinéfilo 16. (La danza de la realidad), por Javier Puig

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la-danza-de-la-realidadLa danza de la realidad (2013) ha sido mi primer contacto con el cine de este chileno, Alejandro Jodorovsky, más conocido aquí por sus apariciones televisivas como apóstol de la psicomagia, y menos como cineasta, poeta, escritor y creador de cómics. Estaba advertido de la característica rareza de su obra cinematográfica. Tal vez, esa preparación previa ha hecho que me asustase menos de las expresiones exageradas que abundan en esta película, pues nada en ella está contenido sino que todo está estallando, como si fuera un acto de liberación que curase del complejo del pasado, reescribiera la vida sucedida, su exultante irreverencia.

Últimamente, había sufrido alguna muestra de cine donde lo raro conducía solo a lo vomitivamente grotesco, pero las salidas de lo previsible, de lo mezquinamente correcto, me han parecido aquí inserciones pertinentes de una manera que no había supuesto. Sus delirios están controlados, son coherentes con una historia que, desde su singularidad y su aparente disparate, se mantiene enraizada en unas emociones contundentes que describen muy bien la frustración, el dolor ante el descubrimiento de las fuerzas que hacen de la vida un gigante contra el que hay que mantener una lucha casi siempre desfavorable.
Llevaba Jodorovsky veintitrés años sin poder hacer una nueva película. Al fin, pudo rodarla. Se basó en una novela suya autobiográfica. Tuvo que ahorrar dinero durante todos esos años para poder financiarla. Su idea es la del naufragio del arte cinematográfico en la industria: “El cine es una industria, los productores no quieren producir lo que ellos creen que es cine de arte, son unos cobardes que están aterrados, al igual que los distribuidores y los dueños de cines. Todo el mundo se aterra y evitan que hagas el cine que quieres”, denuncia en una entrevista. Y esto no es algo desligado de lo demás: “Hay una lucha en la industria y la economía mundial para que seamos una humanidad pueril, porque no les conviene que desarrollemos valores de la conciencia, valores espirituales, porque así nos daremos cuenta de que estamos presos, somos esclavos sin libertad de creación. Nos daremos cuenta de que el ser humano es sublime y no una bazofia como ellos nos muestran. Lo que llaman patria es un negocio, lo que llaman guerras es un negocio, lo que llaman religión es un negocio y lo que llaman política también es un negocio”.
De una forma muy imaginativa, libérrima, La danza de la realidad narra las vivencias del propio autor cuando era niño. Para rodarla, se trasladó al pueblo chileno de su infancia, Tocopilla. (Tuvo que ser curiosa la reacción de los habitantes de ese pueblo perdido cuando vieran esta película nada convencional, con toques surrealistas, con personajes insólitos). Aunque el tema principal sea la visión del mundo que tenía el Jodorovsky niño, en ese pueblo en el que se sintió despreciado, es su padre quien adquiere el papel más preponderante; ese hombre contradictorio, autoritario, comunista, machista, bravucón, y al fin débil, vencido por los malentendidos de la demente sociedad y por fuerzas etéreas. El relato adquiere la forma de una sucesión de cuentos aparentemente infantiles pero que están destinados a adultos verdaderos y no a los que desde su puerilidad creen serlo.
Hay en la película escenas geniales y otras menos inspiradas, pero el tono es muy provocador y a la vez muy emotivo. Se suceden diversos personajes excéntricos: tullidos, seres fantasmagóricos, la madre que habla cantando como si fuera el personaje de una ópera, o las amistades comunistas del padre rodeadas de putas de indescriptible desmesura. El relato avanza a golpes de imaginación y de atrevimiento, de irreverencia inteligente, sensible, coherente con las complejidades, con las contradicciones olvidadas. Es una obra liberatoria, catártica. Para Jodorovsky, el rodaje lo fue así. Al espectador, La danza de la realidad lo desatasca de algunos anquilosamientos morales.
“En esa realidad, en la que yo me sentía extranjero, todo estaba comunicado con todo por una trama hecha de sufrimiento y placer”, nos dice el Jodorovsky actual, que aparece en unas pocas ocasiones en pantalla, como narrador, o, en los momentos difíciles del niño, como un ángel de la guarda, como un sabio de sí mismo: “Alégrate de tus sufrimientos, gracias a ellos llegarás a mí”, le dice ese hombre adulto, desde su perspectiva larga, desde su asentamiento, a ese perplejo y asustado ser incipiente. Y lo abraza contra su suicidio, a ese niño que también es él. Le habla sin que le pueda oír, porque el tiempo es una barrera: “Para ti no existo aún. Para mí, ya no existes. En el fin del tiempo, cuando la materia emprende el camino de regreso hacia su punto de origen, tú y yo solo habremos sido recuerdos, nunca realidades. Algo nos está soñando. Entrégate a la ilusión. Vive”
En la película hay varias escenas que se adentrarían en lo escandaloso, en la obscenidad, si ese concepto fuera aplicable a quien no busca un público asustadizo y reprimido. Así, la escena en la que el padre escucha en la radio que pronto habrá trabajo para todos y la coloca sobre el inodoro para mear sobre ella hasta que deja de funcionar. O la secuencia en que la madre, sin tapujos, diáfanamente, orina sobre el cuerpo convulso de su derrotado marido. Son escenas que nos remueven en nuestras cobardes delicadezas, como las que nos acercan a personajes difíciles de mirar por su indeseada extravagancia, o a otros, como Teósofo, el mendigo, o como José, el carpintero, que nos llevan hasta ese mundo de la espiritualidad que, en un principio, rechaza contundentemente el padre. Pero también resultan impactantes las hordas de pobres sombríos, amenazantes, los hombres narcotizados, los fascistas, los torturadores…Un totum revolutum que describe la vida sin inhibiciones. La película es satírica sin renunciar a ninguna dirección en donde valerse.
Hay mucha ternura en esta historia que aquí es exactamente lo opuesto a lo cursi. Hay mucho surrealismo que nos produce un efecto muy vivible. La danza de la realidad es un canto a la niñez – pese a todas sus vívidas amenazas -, pero también un canto a la difícil evolución del hombre adulto, a su fuerza para emerger de la decepción, a su disponibilidad para inocentemente entrar en las nuevas luces: “Sentir el despegue del pasado. Aterrizar en un cuerpo de adulto. Soportar el peso de dolorosos años pero en el corazón conservar al niño como una hostia viva”.

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