CALLES DE LA MELANCOLÍA, por Francisco Gómez

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elche-aerea_2846293En estos días que la sombra del escepticismo se acrecienta sobre mis alas derrotadas, evoco más de lo que quisiera el ayer gozoso e incluso feliz que vivían mis momentos desde un tiempo ya ido.
Eran pasajes estelares de un corazón que veía el mundo como un campo de posibilidades hasta que vinieron los desastres que han machacad la conciencia y el pensar que “todo irá mejor”.
Ellas me querían. Y yo a ellas. Lo sé. Lo siento. Sus ojos destilaban ese misterioso dulce llamado amor. Recogerla en la puerta de su casa era una bendición que no sabía cómo podía disfrutarla un hombre perfectamente imperfecto. Todo volvía a ser nuevo, posible y cierto. Sus besos lo afirmaban con su sello.
Hoy, como dice D. Eloy Sánchez Rosillo en su poema “Gratitud”, “desde un presente que es manos vacías, /casa desierta, invierno, turbio pecho, / melancólicamente doy gracias por los dones/ que no aprecié del todo cuando la vida quiso/ que fulgurasen junto a mí, / por los bienes que fueron y no fueron míos/ y que luego perdí sin saber cómo”/.
Certero análisis de un hombre en retirada que ya no sabe casi nada, que observa casi todo como una marea de aburrimiento, silencio y soledad. Que ya no espera casi nada porque los milagros tienen los días y los hechos contados y no cierra los ojos a la terrible y llamada realidad. Un hombre que quisiera creer que su vida volverá a estar en llamas pero lo duda tanto…
Hoy, recorrer sus calles, las calles de la melancolía donde ayer fui dichoso y hasta feliz sin saber que era un líquido delicioso que se escapaba de entre las manos, es un recuerdo entre amargo y risueño de lo que fue y se marchó, de lo que tuvimos y se perdió. Y aunque cueste reconocerlo, no volverán. Las lágrimas caen como plomo derrotado e ignorado por Concepción Arenal, Rastro, Miguel de Unamuno, Llano de San José y Peña de las Aguilas.
En aquellos días que parecían no tener fin, el mundo era nuestro y bebíamos a tragos la copa de la dicha. Nos esperaba un horizonte de posibilidades. Hoy todo tiniebla, derrota, soledad, escepticismo en aquellas calles que eran mi sueño y hoy trato de eludir por mis pasos.
El invierno ha llegado y temo para quedarse por siempre. Aguanto la posición con las fuerzas del maltrecho corazón y las esperanzas de la llegada del milagro cada vez más limitadas. En momentos tan duros, la melancolía devuelve la mirada a las calles del ayer dichoso cuando soñé ser feliz y el tiempo y la vida nos pertenecían.

Francisco Gómez

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