Diario de un cinéfilo. (17. Corazón gigante), por Javier Puig

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corazon-giganteCorazón gigante (2015), de Dagur Kári, es una nueva muestra del interesantísimo cine islandés que nos está llegando en los últimos tiempos. Tras las duras y preciosas, El valle de los carneros y De caballos y hombres, ahora accedo a esta película de otro director que, al parecer, tiene buenos antecedentes que – aunque no es fácil o seguramente imposible – me gustaría encontrar. Todas estas películas tienen en común el que saben acercarse al ser humano más recóndito. Pero si, en las dos primeras, el factor humano se impregnaba de la imponente naturaleza de la isla, en esta última nos encontramos con que el contexto es el de una pequeña ciudad y los personajes resultan más asimilables a nuestros convecinos.

La historia es un sensible intento de comprensión de un ser humano encerrado en su infelicidad, emocionalmente separado del mundo. El personaje que vamos a conocer es Fusi, un ya cuarentón que ocupa tristemente su enorme obesidad y que aún no ha alcanzado la madurez que le corresponde. Nunca ha tenido una relación con una mujer y su principal hobby es el de guerrear con los soldados que pueblan las inmensas maquetas que tiene instaladas en su casa o hacer circular coches teledirigidos ante la asombrada mirada de sus vecinos. Vive con su madre, una mujer egoísta que aspira a retener al amante que alberga en su casa. Fusi lo consiente todo, sin parpadear, sin revolverse siquiera internamente contra un mundo del que no participa, inaccesible, que se desenvuelve indiferente contiguo, normalizado. Fusi consiente el acoso brutal de sus compañeros de trabajo. No reacciona. Su comportamiento no es achacable a una santa bondad, a una actitud espiritual preconcebida, sino a un espíritu bonachón no exento de cierta apatía.

Fusi podría vivir en ese aislamiento el resto de sus días, sin traspasar la línea que convierte las relaciones con los demás en algo más que un roce inevitable. Podría sobrevivir con la pena – mitigada por la costumbre – de no vivir con una mujer, de no poder cumplir con su sed de enamoramiento. Pero el amante de su madre fuerza la situación. Tal vez, no por verdadera empatía sino porque le interesa alejarlo de su terreno, lo invita a salir de su cáscara protectora, le regala la asistencia a unas clases de baile. Como Fusi no sabe decir que no, no es capaz de oponerse a nada, el primer día se acerca hasta el local. Se asoma a la sala, pero no se atreve a integrarse. Se queda fuera, en el coche, esperando que transcurra el tiempo, que pueda llegar a su casa sin despertar la sospecha de que no ha acudido a la clase. Este hecho da pie a que conozca a una joven con la que entabla una voluble relación y a que se salga de los limitados cauces de su vida.

Corazón gigante, en su sencillez, es una película mucho más grande que muchas ampulosas que se nos recetan como lo más sublime. Por algunas coincidencias en su temática, me ha recordado a Marti, la excelente película de Delbert Mann, con un genial Ernst Borgine. Aquí Gunar Jónsson también hace una excelente interpretación, aunque con menos registros. Todos los personajes tienen un ajustado, eficaz y necesario cometido – y es esa una de las más importantes características del buen cine –, una relevante influencia, una desveladora interacción. Todos confluyen para hacer resaltar la anómala vida de ese grandullón aquejado de soledad y de infantilismo. Por ejemplo, ese hombre y su hija pequeña que se mudan a su edificio. Esa niña ociosa que contacta con él y se asombra, desde su inocencia, de que no oculte hábitos que le corresponderían más a sus compañeros de clase, de que su vida no se haya ejercitado en las relaciones más esperables en ese avanzado punto de su vida. Hacen amistad. O la promueve ella, porque él actúa como siempre, sin imponer ni un solo matiz de su vida, sin iniciativa, consintiendo la invasión, atendiéndola con sensible y pasmada deferencia. Esta relación luego le traerá conflictos. Y es que su ser resulta incomprensible, está por descubrir, por evaluar desde nuevos criterios que contengan las concretas evidencias, lo que de inofensivo puede haber en lo extraño, en la falta de logros.

Una vez, él se lleva a la niña en su coche. Cuando no aparece su hija en casa, lo primero que piensa su atribulado padre es que Fusi es un pederasta. La chica de la escuela de baile también le había preguntado si no era un pervertido. Nadie sabe qué pensar de un ser descolgado del desenvolvimiento que le corresponde. Nadie se puede imaginar cómo se puede aguantar una vida así, sin apenas gratificaciones.

El personaje más ambivalente es el de la chica. La ha conocido en la clase de baile. Acercarse, relacionarse con ella, es ya para Fusi un milagro. Es la primera vez que rebasa una frontera que le estaba cerrada. Intuimos – porque él no lo demuestra – su emoción en esos encuentros, la sensación de estar hollando un terreno extraño, como un astronauta que pisa la Luna, como alguien que cuando explora su alrededor recibe el casi inasumible impacto de una nueva imagen de sí mismo. Ella se acerca a él como si fuera una mujer preservada, surgida de alguna soledad que la ha apartado de otras posibilidades en el mundo. Milagrosamente se fija en ese hombre débil, establecen una relación precaria. A ella no parece importarle la dificultad de asumir su llamativa imagen corpórea, su personalidad inhibida, en definitiva, esa voluminosa pequeñez en el mundo. Pero pronto vamos averiguando el secreto de la disponibilidad en la que se presenta. Algo extraño había en ella: una personalidad inestable, tendente a la depresión.

Se inicia entonces otra relación que la esperada. Ella ya no puede ser la mujer que tire de él hacia la normalización de su vida. Pero el lazo de su relación no se ha roto; al menos, por parte de él. Fusi ya no va a recibir nada de ella pero sí que puede ser de su ayuda. Acude a su casa, donde ella se ha atrincherado en lo más hondo de su depresión. Le aporta alimento, paciencia, bondad. Ha dejado de ir a su trabajo y él se ofrece a sustituirla para que no pierda su puesto. A partir de ahí él es su cuidador, aunque apenas pueda esperar un resurgimiento de ella. Es una tarea verdaderamente filantrópica, o una actitud ética, porque él es un hombre íntegro, fatalmente sincero, tal vez sin llegar a ser consciente de ello. Fusi tiene un corazón gigante que no se mancilla con las muchas adversidades que le impone la vida.

Ella llega a pedirle que se vaya a vivir a su casa. Él, en un primer momento se resiste, pero porque piensa en su madre, que le ha pedido – una vez abandonada por su amante – que no la deje sola. Pero finalmente acepta. Es uno de esos primeros pasos valientes que da en su vida. Por un momento, cree que va a ser posible llevar una vida de pareja. Su único y leal amigo le ayuda a hacer la mudanza, pero, cuando todas sus pertenencias están ya en su casa, ella se muestra en uno de sus momentos más bajos. Se declara incapaz de esa empresa de convivencia. Él, en su discreta tristeza, sin alteración visible, se vuelve a casa con los trastos.

Habían planeado un viaje Egipto. Las últimas imágenes nos muestran a Fusi en el avión que está despegando. Solo, pero ya lejos de sus opresiones, de sus limitaciones. Apenas, en el último instante, la película nos da tiempo a gozar de la felicidad de contemplar cómo ese personaje que, durante hora y media tan atentamente hemos amado, al fin es capaz de esbozar una sonrisa.

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