Diario de un cinéfilo. (18. Decálogo), por Javier Puig

Estándar

el-decalogoEl Decálogo (1989-1990), del director polaco Krzysztof Kieslowski, es una obra magna. Pensada para ser exhibida en televisión y dividida en diez episodios que no llegan a la hora, forma una gran unidad apoyada en argumentos muy diversos. Los relatos están basados en cada uno de los Diez Mandamientos. La historia que nos presenta para ilustrarlos siempre es sorprendente, nunca la manida, la esperada. Las situaciones siempre resultan originales y nos sitúan ante dilemas éticos expuestos a dirimirse en situaciones muy complejas. Kieslowski, desde el primer fotograma, nos adentra en la impresionante personalidad de un ser angustiado. La gran mayoría de las interpretaciones es convincente de una manera que agarrota la mirada de un espectador sobrecogido por los graves dilemas que presencia.

Cada capítulo empieza subrayándose con una música ominosa que nos introduce, sin previsible salvación, en el difícil tránsito de unos personajes hundidos en una situación extremadamente pesarosa. El tratamiento del tema propuesto, inspirado en el correspondiente Mandamiento, no es el aleccionador, el moralmente ejemplarizante. Es verdad que los protagonistas encuentran la infelicidad en el ejercicio de esos actos punibles por el mandato religioso, pero también lo es que se han visto envueltos en esa situación y que sus acciones muchas veces responden al intento de crear un mal menor. A veces, incluso, como en el episodio No mentirás, la sumisión al Mandamiento puede tener efectos contradictorios.

En su Decálogo, Kieslowski expone cada precepto moral, se rompe con las simplificaciones y se presenta en una complejidad necesaria para no caer en errores inducidos por la voz de la inexperiencia personal. Se plantean problemas éticos, se hacen preguntas y las respuestas quedan en el aire, para que las recojamos, pero nunca de forma aleccionadora sino a través de la libre contemplación de casos concretos, de situaciones muy humanas.

Sí, el Decálogo de Kieslowski es una obra magna, y no solo por su duración, sino también por su indiscutible y sobria calidad, por la exposición de los extravíos humanos que contiene. El visionado de estos diez capítulos puede hacerse de una forma totalmente independiente, aunque entre ellos se trencen ciertos elementos que les confieren algunos grados de unidad, como ese mismo barrio impersonal de la Varsovia comunista, del que parten los protagonistas, hombres y mujeres siempre corrientes, verosímiles vecinos nuestros; o la importancia de los aledaños de esos edificios, vislumbrados desde las ventanas, esos escuetos jardines, esos caminos hacia el probable adiós en los que se producen importantes encuentros entre los distintos personajes de cada historia.

El mundo al que accedemos es frío, triste. Las imágenes son de un color tan apagado que se nos confunde en nuestro recuerdo con un casi tétrico blanco y negro. Los hombres y las mujeres que se nos presentan viven alterados por un rumbo forzado, temerario. Se sienten oprimidos por una problemática que ha secuestrado su paz, una situación sobrevenida que les obliga a persistir en decisiones que sienten de más que dudoso acierto.

Los capítulos son magistrales desde sus mismos inicios, en los que bastan unos escuetos planos de incisiva fotografía, una sucinta y silente presentación del protagonista, subrayada por una música sutilmente desasosegante, para introducirnos en esa historia de manera irreversible, para respirar una atmósfera tensa, hermética, opresora. A partir de esos primeros compases, todo se desarrolla de forma precisa. Aún en las fugaces y cotidianas alegrías planea una tristeza que nunca se ausenta plenamente, unas sombras que se ciernen sobre cualquier atisbo de iluminación.

La acción se desarrolla gravemente. En torno a los personajes hay una gran soledad que les proscribe cualquier esperanza. Los argumentos cautivan. Las situaciones son extremas pero al mismo tiempo nos parecen cercanas. Penetramos íntimamente en el sufrimiento de unos personajes permanentemente apesadumbrados. No hay juicios. Es el destino el que empuja a acciones desesperadas, a indecisiones insistentes, a no saber apenas cómo vivir en laberintos tan poco esclarecedores. Los pequeños y leves sucesos de la cotidianidad cuya levedad ha quedado reducida no eximen del inmediato retorno a la confrontación con los problemas. Cada historia nos revela un conflicto que lastra los pasos de quien indeseadamente se ve abocado a él.

Todos los encuadres están minuciosamente estudiados, y aciertan en una expresión que ofrece potentes relevancias. La cámara se acerca a los personajes con profunda intromisión. La composición de cada plano es altamente elocuente. Son películas sencillas, que no precisaron de un gran presupuesto, pero tenían algo mejor: el enorme talento artístico de Krzysztof Kieslowski, una poética que nos concierne. Como buen documentalista que fue, sabía transmitir la importante realidad, pero luego también fue capaz de transformarla en arte. Los diez capítulos de este Decálogo están disponibles en Internet, para quien seriamente quiera disfrutarlos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s