Canadá, crítica y devoción de una gran novela de Richard Ford, por Javier Puig

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canadaSi hubiera llevado un diario sobre la lectura de Canadá, de Richard Ford, habría reflejado en él mis momentos de duda sobre esta novela, mis humildes críticas, la dificultad de gustar de algunos remansos de su decurso, los momentos en que he estado a punto de abandonarla, pese a la certeza de que había mucho de excepcional en ella. Y, finalmente, la total seducción en la que caí en su última parte, y el posterior refrendo que obtuve con la relectura de numerosos tramos que antes no me habían llenado plenamente.

Como decía, al terminar esa arrolladora parte final, esa densa corriente de minuciosas emociones, fue tal mi satisfacción, que me apeteció volver a pasajes anteriores que antes me habían parecido muy bien escritos, aunque sin que yo pudiera abrirme a la fuerza que sugerían, y con la consiguiente frialdad por mi parte. El resultado fue un redescubrimiento. Tal vez me había familiarizado con los personajes de tal modo, que ahora podía apreciar con la máxima intensidad todos los detalles que ya me parecían mucho más relevantes y, sobre todo, más emotivos. Lo que en un principio aprecié como un exceso de descripciones biográficas – defecto que siempre estoy dispuesto a denunciar, tal vez por resultarme esas rápidas construcciones humanas demasiado ajenas – ahora las leía como significativos retazos de unas vidas que se erigían ante mí como únicas y cercanas a la vez, y me hacían sentir la fragilidad de esas irreemplazables derivas desafortunadas.

Canadá, la última novela de Richard Ford, el reciente premio Príncipe de Asturias, se desarrolla a lo largo de quinientas páginas. En ellas, el autor nos cuenta la historia de dos gemelos, Dell y Berner Parsons, cuya vida cambia radicalmente a los quince años, cuando su padre, para hacer frente a una deuda que ha adquirido ante una mafia, decide implicar a su mujer en el ingenuo atraco a un banco. Con toda facilidad, son descubiertos y detenidos. Presos sus padres en la cárcel, ante la posibilidad de ser recluidos en un orfanato, la chica, Berner, emprende una aventurera huida por su cuenta, mientras que Dell, el chico, a instancias de su madre, es conducido por una amiga de ella, Milred, más allá de la frontera, hasta Canadá, para ser acogido por el hermano de esta. Todo ello está contado por Dell, quien a la edad de 66 años, ya completamente madurada su existencia, recién jubilado, construye una narración que finalmente tiene mucho de asunción y de comprensión de su accidentada vida.

La novela está dividida en dos partes muy claramente delimitadas. En la primera mitad se desarrolla la angustiosa situación que crece a medida que van sumándose los signos que indican el desmoronamiento de la estabilidad de ese hogar. Finalmente, su padre, angustiado por los irrefrenables acontecimientos, resuelve atracar un banco. La atmósfera está descrita de una manera extenuantemente pormenorizada. No le importa al narrador adelantarnos acontecimientos, pero luego tarda mucho en llegar a ellos. Se demora en cada detalle y va configurando una creciente angustia. La perspectiva es la que corresponde a un adolescente de quince años que cuenta solo lo que vio, lo que dejaba de saber, lo que pretendía adivinar. Pese a que, cuando lo escribe, ya dispone de otras informaciones que ha ido adquiriendo y que podrían completar bastante las perspectivas de la historia, no se vale de ellas, y las conclusiones que a veces pronuncia son las de un joven inmaduro, incapaz de tener una visión más amplia.

La segunda parte podría haberse subdivido en otra más, que hubiera sido la concluyente. Aquí Dell nos relata la primera época que pasa en Canadá, acogido por Arthur Remlinger, el hermano de la amiga de su madre. Un hombre con misterio: “Arthur Remlinger me mira como miraba a todo el mundo, desde una existencia íntima que era solo suya y que no se parecía en absoluto a la mía, para él, sencillamente inexistente. Mientras que la suya era la más perentoria y valiosa, y cuya finalidad primera encarnaba una carencia, una carencia que deseaba con todas su fuerzas llenar”. La atmósfera de esta parte me recuerda a la de El gran Gatsby, lo que no es mala relación.

El tema de la novela es la de la bifurcación de las vidas, los destinos alterados, la aceptación de lo funesto, la posibilidad de remontar las tentaciones paralizantes, la coexistencia con lo violento, la asunción de las deficiencias, la comprensión de lo extraño.

Cuando Milred abandona a Dell en el nuevo e inhóspito escenario de su vida, con un capataz extraño, nada fiable, con su hermano, Arthur, un ser misterioso, amable pero distante, intenta con sus palabras mitigar su terror a una nueva vida sin asimientos: “No pierdas el tiempo en pensar en cosas pasadas y deprimentes. Tu vida va a ser variada y emocionante antes de que te mueras. Así que procura centrarte en el presente. No te niegues a las cosas, y asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder. Eso es importante.”

Dell abandona Estados Unidos y a sus padres, que aún están en la cárcel. Su madre se suicida al poco tiempo. A su padre no lo ve más. Muchos años más tarde intuye una posibilidad de reencontrarse con él, pero su mente no la acepta. Se imagina a su hermana, a la que solo ha visto tres veces y que ahora está punto de morir, junto a su padre, y no soporta ese retorno, ese enlace con su vida primera, después de todo el esfuerzo que ha hecho por dejarla atrás, para hacerse a sí mismo un hombre independiente de aquel truncado proyecto de vida: “Mi vida entera estaba no solo amenazada sino en peligro de no haber sido vivida nunca… Todos estaban allí esperándome….Aquello me hizo caer en la cuenta de lo mucho que había querido borrarlos de mi vida, lo mucho que mi felicidad se hallaba condicionada por el hecho de que desaparecieran”.

Cuando se encuentra con Berner, poco antes de morir, ella le dice: “Has renunciado a mucho, espero que lo sepas”. Ella ha vivido una vida mucho menos estable, menos feliz, con matrimonios fracasados, con episodios de violencia. Dell se reafirma a sí mismo en la vida que ha llevado: “Había renunciado a muchas cosas, como Milred me dijo que tendría que hacer. Y estaba satisfecho de haberlo hecho y de lo que había recibido a cambio”. No acepta la idea de que, de alguna manera, haya podido vivir la amargura de una vida sucedánea. Ha seguido el consejo de Milred, esa sabia insospechada: “Recuerda lo que te he dicho de no cerrarte a nada” y: “Porque ellos hayan arruinado tu vida tú no tienes por qué arruinar la tuya. Este será un comienzo para ti. No siempre podemos elegir nuestros comienzos”. Es lo que piensa él: “Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida al final no te lleva a ninguna parte”.

Su visión de la vida, al final, es el reconocimiento de la dificultad de vivir pero la resolución de intentar no dejarse vencer por la negatividad de las adversidades: “Lo que sé es que tendrás una oportunidad en la vida – de sobrevivirla – si toleras bien la pérdida, si te supeditas al mantenimiento de las proporciones, a enlazar las cosas desiguales en un todo capaz de preservar lo bueno, aun cuando haya que admitir que lo bueno no es a menudo fácil de encontrar. Lo intentamos, como mi hermana dijo. Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos.”

Canadá es una novela profunda sin precipitaciones. Con un ritmo lento, envolvente, nos va introduciendo en los sentimientos que se cruzan en un mundo áspero, en el que los encuentros son gélidos, en los que los asesinatos se ocultan y los suicidios se olvidan. Richard Ford se centra en unos personajes, y deja de lado los aledaños que no sirven para explicar la vida privadísima de unos seres cohibidos por los tránsitos a los que se ven sometidos. Canadá es un retrato melancólico, una madura visión de la lucha entre nuestros anhelos y una vida que intenta imponerse con sus potentes sucesos.

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