Sobre Delphine de Vigan y su gran capacidad narrativa, por Javier Puig

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Nada se opone a la noche, la penúltima novela de la francesa Delphine de Vigan – la primera que le he leído –, es una autobiografía centrada en los personajes que componen la familia de la que proviene. Sus protagonistas son sus abuelos, sus tíos, y, sobre todo, su madre, que es el detonante de esta historia dramática, una mujer que acabó suicidándose a sus sesenta y un años y que sufrió durante su vida numerosos episodios de locura.

Al afrontar este libro, esperamos una indagación en el personaje de la madre, pero, a medida que nos vamos internando en el relato, nos encontramos con una presencia coral, con un ámbito extensivo, y la sucesiva sorpresa se torna creciente, las trágicas y convulsas noticias sobre los miembros de una familia verdaderamente calamitosa. No es de extrañar que, a menudo, la autora tenga que interrumpir su relato, y hablarnos, en directo, de las dificultades que tiene a la hora de pergeñar esta historia, de su angustia; de su perturbación, de la posibilidad de enemistarse con algún miembro de la familia cuando sea publicada.

“En el fondo ignoro cuál es el sentido de esta búsqueda”. “Pero cuanto más avanzo, más tengo la íntima convicción de que tenía que hacerlo, no para rehabilitar, honrar, probar, restablecer, revelar o reparar lo que sea, solo para acercarme. Tanto por mí misma como por mis hijos – sobre los que se abate, a mi pesar, el eco de los miedos y los remordimientos- quería volver al origen de las cosas”. De Vigan lo pasa mal escribiendo esta historia, indagando entre sus familiares, y así lo cuenta en el libro. Se pregunta si tiene derecho a ello. “A veces sueño con el libro que escribiré después, liberada de este”, llega a decir. El dramatismo es constante, las vergüenzas de la familia, sus penas, son destapadas. Un abuelo acosador de adolescentes, una abuela pasota, un tío que se muere a los nueve años, cayéndose en un pozo; su sustituto, un niño al que adoptan, de la misma edad que el fallecido, muere pocos años después, asfixiado por una bolsa de plástico, mientras practicaba extraordinarios orgasmos en sus masturbaciones. Otro tío se suicida en su juventud. Luego hay un último tío, nacido tardíamente y con síndrome de Down. Y después los ataques de la madre, las tremendas escenas que la hija tiene que padecer. Y todo ello en un tono apasionado, que cautiva, que no suelta a un lector siempre perplejo ante las continuas adiciones de dramatismo. A veces, nos avanza graves sucesos – que no hubiéramos podido imaginar, pues ya pensábamos que había habido bastantes – y nos quedamos a la espera de poderlos conocer en profundidad, después de un buen puñado de páginas. No hay reproches, o un ajuste de cuentas, sino una visión a veces asustada. Delphine tiene una prosa enérgica, concisa y a la vez creciente. Mantiene muy despierto al lector, lo arrastra sin engaños, lo atrae hacia el futuro de su narración. Es un lenguaje moderno, pero no baldío. No es posible distraerse de una narración siempre prometedora. Nada se opone a la noche es una novela intensa, veraz, y muy bien y muy ágilmente escrita.

En su libro posterior – el último hasta ahora – , Basada en hechos reales, se plantea la expectativa de que la autora prosiga por esa senda tan exitosa de la narración de la realidad. (Y es que Delphine de Vigan vendió de su libro anterior nada menos que 800.000 ejemplares en Francia.) Aquí la narradora coincide en muchas de las señas de identidad que conocemos de la autora. Su mismo nombre, ha escrito un libro aclamado que – por lo que se explica – no puede ser otro que su Nada se opone a la noche, vive en París y tiene una pareja de – al parecer – igual nombre y actividad profesional que la que tiene la escritora en la vida real.

A partir de ahí, hay un juego con el lector al que –con posibles despistes – se le invita a adivinar si los pasajes de la historia que se cuenta responden a la realidad biográfica de la autora. En principio, parece ser que sí, al menos en su base. Los sentimientos de la protagonista, la parálisis creadora después de haber escrito un libro en el que se ha vaciado, su inseguridad ante las consecuencias de esa explícita narración sobra su familia, parecen coincidir plenamente con las vivencias que cabría imaginar en la autora. Después, la narración se modifica por la incorporación de su elemento principal, la misteriosa L., una mejor llegada no se sabe muy bien de dónde, desligada de los elementos necesarios para verificar su concreta ubicación en la sociedad. Esta mujer, con el artero propósito de apropiarse de su voluntad, de influir en su dirección creativa, establece una relación hermética con la protagonista, imponiéndole un ansia de escritura biográfica frente a sus intenciones de retornar a la pura ficción.

La novela se convierte entonces en un thriller. La continua reaparición de esa mujer hábilmente manipuladora, cada vez más atrevida, llegando incluso a la usurpación de la personalidad de Delphine, se torna una incierta amenaza, un mal compensado con supuestos socorros. La protagonista está cada vez más debilitada por su propio – y al mismo tiempo inducido – sentimiento de impotencia. El relato se convierte así en aquello que normalmente suele ser: un estiramiento imaginativo de algunos atisbos reales, un qué pasaría si esto que la realidad me apunta de forma débil, controlable, ahora avanzase y creciese por caminos indómitos.

Cuando penetré en esta nueva novela, volví a sentir el entusiasmo del contacto con una prosa inteligente y vigorosa, por la riquísima capacidad de matización, de intrusión psicológica en sus personajes. Más adelante, sentí el desaire de la reiteración, que no estaba en la palabra, siempre renovada, sino en una acción que se conformaba con remansos excesivos, que avanzaba por inflexiones demasiado distantes. En algunos momentos pensé que Delphine de Vigan era una excepcional escritora pero solo una buena novelista. Pero, superada esa fase central, cuando la acción se afianza y finalmente se precipita, la novela refuerza su poder de seducción, nos atrapa definitivamente, no sin dejarnos alguna incógnita final, alguna incertidumbre que resalta esa extraña conjunción entre la realidad y la ficción, entre los pensamientos obtenidos y la disparidad con la que nos recibe la vida.

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