DIARIO DE 2007 (XXII), por Javier Puig.

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15 de diciembre

Día inusualmente solitario que he aprovechado para escuchar en mi equipo de música, en su volumen preciso, buena parte de los discos que le he grabado a Carlos. Me parece una nueva buena colección de música. Esto me ayuda a no perder la fe en prolongar los años felices de descubrimiento de intérpretes que consiguen hacerme pasar ratos próximos a la euforia. Ahora mismo suena de fondo un buen disco que ya corresponderá a la próxima remesa y, unos minutos antes, he estado en el e-mule pinchando promesas de buena música que se irán cumpliendo – o no – en los próximos días. Lo bueno de este medio es que uno se puede arriesgar y – lo mejor – es que descubre verdaderas maravillas. Ante la eventualidad de que este chollo desaparezca, a veces pienso que debería hacer acopio de nuevos discos, aunque no me diese tiempo a escucharlos ahora.

Alguien me dirá que no es muy ético este pirateo que es íntimo, y luego fraternal, al compartirlo con algún amigo melómano. Si supiera que mi acción condena a la indigencia o a la precariedad a esos músicos, no me importaría en absoluto recompensarlos, ya que mi gratitud me permitiría hacerlo con gusto. Eso sí, a los que de verdad me hubieran satisfecho. A aquellos que me habrían disgustado –una minoría, porque no he arriesgado demasiado- no les daría nada más que la ¿satisfacción? de destruir el soporte en el que inútilmente conservo su música. Si no fuera porque ahora puedo acceder a estos medios de conseguir grabaciones, tampoco habría comprado el noventa por ciento de los discos que he adquirido. Alégrense pues esos músicos de que –gracias a todo esto- ahora tienen a un devoto más. Tal vez un método legal y justo pudiera ser el de poder escuchar algunos temas del disco durante unos pocos días limitados y, a partir de ahí, tomar la decisión de comprarlo por un precio que, habida cuenta del ahorro de las discográficas y demás intermediarios, en plásticos, papeles, distribución y márgenes comerciales a las tiendas, no debería superar los cinco o los seis euros. Aunque también me sabría mal por esos pocos empleados que quedan – casi todos de las grandes superficies – y que iban a quedarse sin trabajo.

Vivimos en la época de la abundancia. La ha traído Internet. Ahora, en música, películas, información, comunicación, lo tenemos casi todo. Aún queda el reducto del libro, donde todo sigue casi como antes. Ahora nos atrae la fuerza de la novedad. Aunque se pueda decir que uno debiera preferir volver una y otra vez, en cada nueva ocasión más atentamente, a las obras consolidadas, la realidad es que, en algunos campos, apetece alternar esos reencuentros con la emoción de esas nuevas experiencias, cuya “buena nueva” está uno deseoso de compartir.

Ya no me acuerdo muy bien de aquellos tiempos en que los discos que tenía eran escasos y los escuchaba repetidamente, aunque no me apeteciera demasiado. No digamos nada de los libros, en mi época de casi exclusividad a la poesía, en la que las relecturas acababan resultando insustanciales. Ese, el de la poesía, es el campo de mis aficiones en el que he encontrado menos abundancia de novedades considerables. Aunque uno no sabe nunca si ello es debido a la propia evolución como lector o a que la buena producción ha mermado fuertemente. A veces, para hacer una prueba -no sé si válida- tomo un libro de uno de mis adorados poetas antiguos, y lo releo, y ocurre que generalmente me vuelve a gustar, y entonces quiero llegar a la conclusión de que son los nuevos poetas los que están fallando y no yo el que los está despreciando con mis reticencias. En la prosa, en sus distintos géneros -tal vez también porque el nivel de exigencia que se aplica sea algo inferior, y porque a veces la leemos como quien escucha a alguien que conversa con nosotros-, el número de libros aparecido en los últimos años, cuya lectura no me ha resultado una pérdida de tiempo, ha sido suficiente como para amenizar y hacer más interesantes muchos de los minutos de mi vida.

Lo tenemos casi todo – y tememos tenerlo ya todo – y eso contribuye a que nos aburramos menos, pero no sé si también a que seamos un poco más superficiales, a que tanto como recibimos se nos confunda en nuestra escasa adherencia y no sepamos cómo encajarlo en nuestra apreciación y luego en la memoria. Y nuestra experiencia quizá haya bajado algún grado en intensidad, porque antes, los primeros contactos con aquellas obras de arte, se nos revelaban muchos más importantes en nuestras vidas.

30 de diciembre

Ayer, movido por el contagioso afán recopilador de estas fechas, quise pensar qué podía quedar finalmente de este año 2007, pero apenas recordaba hechos destacadamente definitorios. Creo que, en este año, no se ha producido ningún cambio de importancia sino solo más o menos previsibles evoluciones de las personas y de las circunstancias que me rodean.

Yo no me siento apenas cambiado, no he descubierto en mí facetas o expresiones distintas. Creo que, a estas alturas de la vida, uno ya está cercano a un posible punto de inflexión, a partir del cual, se puede caer en picado y convertirse en un ser frustrado y gruñón. O bien –más difícil, más inusual- en un ser realizado, fino, sereno y generoso degustador de las sutiles emociones de la vida. Bastante es que uno se mantenga, que conserve intactos sus gustos por la vida, que física y anímicamente se encuentre bien, que no se hayan producido cambios externos preocupantes. Lo importante es no ceder ni un centímetro de terreno a la derrota, a la desidia, a la triste resignación.

Para este año 2008, mi prioridad es seguir resistiendo las adversidades mediante desdeñosas indiferencias frecuentemente alternadas con pasiones bien alimentadas; tal vez no cambiar en nada, pero ser mejor en todo, darme más en todos los papeles que me tocan: como padre, marido, hijo, yerno, amigo, compañero, solitario.

Para recordar este año, me dispuse a leer este diario. Aunque no esté todo aquí, pues me resisto a plasmar en este lugar algunas burdas concreciones, sí que está consignada buena parte de mis degustaciones del mundo así como de mis enfrentamientos. Leyendo esos tres primeros meses, me alegré mucho de haber escrito esas páginas, pues encontré en ellas muchas reflexiones, citas, películas que me han gustado, libros, que mi pésima memoria, de otro modo, no podría rescatar espontáneamente. Repasando mi diario tengo la sensación de que mi vida es más interesante, pues –salvo algunas rápidas menciones- me salto en él tantísimos días y horas de estar poseído por exigentes y estériles servidumbres. Leyendo estas páginas puedo decir, remedando a Neruda: “Confieso que he vivido”, pues hay noticia aquí de que no he sido solamente un mero superviviente, sino que he dedicado ratos intensos y despiertos a sacarle exquisitos jugos a la vida.

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