PALABRA DE PERDEDOR, por Francisco Gómez

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Mi nombre seguro que no les importa. Esta historia tampoco creo que tenga mucha relevancia para ustedes, futuros lectores. Pero, bueno, es un inútil intento de dejar algo escrito. No sé si ustedes se han parado alguna vez a pensar cuántos miles, millones de personas han pisado la capa de la tierra y de cuántos tenemos memoria. Los demás, la inmensa mayoría, como usted y como yo, polvo de olvido, desaparición y silencio.
Sólo nos acordamos de quiénes nos han machacado con insistencia su nombre, su historia, en las escuelas y universidades. Luego tras vomitar su quehacer en los exámenes los hemos hecho desaparecer de nuestros archivos, borrados de nuestro disco duro.
No sé si usted cree en el cielo o deja de creer. No sé si usted sueña en otra vida después de ésta que conoce físicamente y huele y percibe por sus sentidos cada día que amanece. Yo, como usted, también ando algo perdido y desorientado. Las cosas menos claras en este mundo incierto y contradictorio que nos ha tocado vivir en la ruleta del tiempo.
Algunos dicen que el verdadero cielo está en el recuerdo. La memoria que aquí dejamos en los que se quedan cuando nosotros nos vamos. Las buenas vivencias que se guardan en algún rincón de su corazón si nuestro tiempo dice stop.
No sé, en realidad, no sé. Estoy un poco confundido, usted me perdone. A veces cuando voy a uno de esos lugares en los extrarradios de la ciudad que queremos perder de vista para no enfrentarnos a lo desconocido, esos sitios llamados cementerios, camposantos o como usted quiera llamar, me sumo en la perplejidad. Cuando estoy allí pienso en la finitud y en las vidas que nos gritan su presencia desde el otro lado, su lucha para no hundirse en el olvido.
¿Nos creemos inmortales, verdad? Como si nuestra línea fuera ilimitada. Una carretera sin horizontes marcados. Aquí nos aguardan muchos que pensaban como nosotros cuando amanecían sobre la dura tierra. Observo sus lápidas, sus nombres, sus rostros que miran con esos ojos a un objetivo inquietante. Parece que quieran gritarte su historia, esa necesidad tan humana de pervivir en la memoria de otro, de ser importante para alguien, dejar su pedacito de huella en la epidermis o en los interiores de tu piel. Recorro esas calles iluminadas con las primeras luces de la mañana y aquel hombre, aquella señora mayor, el niño aquel rodeado de angelitos blancos, el joven y su emblema del equipo favorito de fútbol, parecen desearte explicar su peripecia. Que, por favor, dejes reseña de su paso en el sufrido papel en su limitada eternidad. Te quieren referir que la extraña dama les cogió a contrapié. No esperaban que ese momento fuese el suyo. Bueno, algunos sí lo temían, te apuntan algunos, los menos.
Escucha el sonido de sus voces enérgicas, calmas, asombradas, vitalistas, desencantadas. Tus ojos recorren la geografía del silencio. El espacio aquel que invita a estar contigo mismo. Cuentan episodios, anécdotas, sucesos, sueños, esperanzas que quién sabe si hoy vivirán en el espíritu de otros.
Recuerdo que una vez leí la historia de un escritor anónimo, que escribía las biografías de otros, ciertas o inventadas, en tono serio, dramático, cómico, futurista, ilustrado o pedagógico. Este buen señor escribía las historias de vidas desconocidas para el gran público. De esos hombres y mujeres que usted yo nos cruzamos por la calle, en el metro, el autobús y se toman un café a nuestro lado en la barra del bar o se sientan juntamente a nuestra vera en el cine para ver la película de moda. Estos seres humanos, como usted y como yo, quieren sobrevivir a la desaparición, resistirse al olvido. Desean demostrar a todos que sus vidas tienen importancia y no merecen caer en el saco de la basura. Como alguna vez caemos todos y más en el último batacazo de la muerte y su colecta siempre en fechas inesperadas.
De mí tengo más bien poco que decirle, a usted que no sé si está leyendo. Nací un día del que casi nadie recuerda la fecha ni aun los amigos más veteranos que siempre se olvidan de llamarte en los cumpleaños. Fui amado por una familia como la suya, en la verdadera tierra del hombre, la infancia. Me sentí amado e importante para la persona que más te querrá en todo tiempo: mi madre, tu madre, nuestra madre.
Luego cuando la juventud me saludaba para decirme adiós, contemplé asustado que pisamos el territorio de la soledad mucho más de lo que pensamos. La familia, los amigos eternos, los fugaces amores, vienen y se van en este puerto transitorio y tú te quedas en medio del andén sin saber muy bien para dónde tirar. A algunos les va medio bien y alguna mujer que pasa por allí, normalmente sola, dice: “Este para mí”, y te embarcas en el fugitivo pájaro de la felicidad que algunos llaman pareja y los más convencionales matrimonio. Y te casas o te arrejuntas y tienes hijos y una hipoteca y fines de semana con los suegros y películas de Disney a todas horas y obligaciones laborales y domésticas y sociales. Y todo eso.
No es mi caso. No sé si para bien o para mal. No soy un tipo socialmente de provecho mediada la cuarentena, camino del declive. Ya se puede usted imaginar, hágase cargo. Algunos me han dicho: “¿No estás casado o separado? ¿es que eres de la otra vía? Te quedas sin saber muy bien qué decir. ¿Para que gastar saliva y comentar que todos no estamos fabricados con el mismo molde? Y lo peor es que tú querías ser un tipo convencional, calcar el cliché social que te rodea pero en la tómbola de la vida a uno no le tocó esa papeleta, hágase usted cargo o no, quién sabe, si las velas de su momento discurren por el río de la vida normal y del común. Quieres ser un hombre corriente y moliente y no te sale.
No sé, cierta envidia si le tengo, mire usted. Le veo en las tardes soleadas de domingo y en los festivos acompañado de su mujer e hijos, arreando con el coche-bebé y comprando a sus vástagos pipas, caramelos y chuches y me da un no sé qué en el corazón, que no sé bien explicar. No por el rollo de la descendencia y trasladar a mis hipotéticos hijos el apellido de la familia, por cierto bastante comunes en el paisaje social. Quizás todos huyamos de la continua soledad y sea cierto el dicho bíblico: “No es bueno que el hombre esté solo”. Porque la soledad conduce al ensimismamiento y el ensimismamiento a aislarse y el aislamiento a la manía y la manía a la desconfianza y desconfiar a la ira, al escepticismo y el descreimiento, a no creer en nada y en nadie, muy en boga en los tiempos que corren. Desconozco si usted puede entenderme pues comprendo que usía mira la realidad desde un castillo diferente. Y usted está rodeado de juguetes, películas infantiles, fotos familiares, pañales, bragas y letras de hipoteca.
Servidor cuando llega cada tarde del trabajo se encuentra con el silencio en la casa y nadie sale a recibirme para preguntar cómo me ha ido el día ni recibo broncas ni un beso ni nada de nada. Los platos se apilan en el lavadero, las botellas de vino finiquitadas en la galería y la pila de ropa en el canasto y el arsenal de dvds a los pies del tótem televisivo. ¿Qué le voy a contar de su vida de soltero?
A lo mejor uno está engañado y usted también se contempla como un derrotado de su vida. Porque usted quería triunfar en el plano social y la vida familiar le ha cortado las alas. Porque usted quería ser alguien y que le besásemos el culo a su paso y está limpiando cacas y dando biberones y no tiene suficiente pasta en la cartera para largarse cuando le plazca y hacer de su vida su propio largometraje. Y me tiene a mí envidia, mire usted. No, si al final los dos coincidiremos en que el estado del hombre es la insatisfacción permanente y la lucha consigo mismo.
¿Y el trabajo, qué tal? A mí para qué decirle, ni fu ni fa. Ni chicha ni limoná. Mi admirado Luis Felipe de la Gorgolla no hace más que insinuarme: “No hay nada más indecente que levantarse antes de las 12 de la mañana”. A veces, muchas veces, demasiadas veces me pregunto cuántos y cuántas trabajarán en algo que no les gusta pero necesitan para sostener su montaje. Cuántos y cuántas se acostarán con alguien por quien ya no sienten lo suficiente o nada y cada noche les muestran el culo de vuelta en la cama. Estos y estas sí que están muertos en vida. Insatisfechos de su panorama laboral y desanimados de su vida afectiva. Mejor ser derrotado solitario que vencido social.
¿Se acuerda usted de sus sueños de infancia y juventud? ¿En qué ocasiones ha traicionado usted al niño y al joven que fue? ¿Cuándo se mira al espejo se reconoce o siente que ha engañado a sus sucesivos yoes? Al niño de cinco deditos vitales, al adolescente de quince esperanzas en el bolsillo, al joven de veinticinco besos en sus labios, al treintaycinco añero que ha recortado sus objetivos vitales y profesionales y analiza preocupado la arribada del fantasma del declive? No sé. Quizás le esté calentando en exceso la cabeza con tanta pájara mental. Usted perdone.
Y a mí qué me cuenta de tanta memoria y tanto olvido y tanta importancia y si estoy a gusto o no con la vida que llevo. ¡Déjeme ya, hombre! Y le suelte a otro el sermón este que para rollos ya tengo a los políticos, a mi jefe, a la suegra y a mi mujer con los chiquillos. No necesito que venga un tío lunático a calentarme la cabeza. ¡Déjeme dormir y a usted le vaya bien, señor mío!
Adiós, muy buenas.

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