Nasciturus, por Francisco Gómez

Estándar

Padre, te perdonamos. No sientas pena en tu corazón ni carga en tu conciencia por no habernos tenido, por no cumplir tu sueño de vernos pisar la tierra y recibir los rayos del sol. No te duela no disfrutar de la presencia de nuestras sonrisas y sólo tener el incierto derecho de imaginártelas. Es suficiente imaginar que hemos vivido en tus sueños y vernos nacer, crecer, desarrollarnos, evolucionar.
No te sientas culpable por no creerte valiente ante la vida. Sentirte cobarde porque no supiste o no te atreviste a tomar decisiones en momentos clave. Cada uno tiene su lugar y el tuyo fue ocupar un espacio en muchos corazones pero no tener una familia propia en la que centrarte. Son cosas de los dados del destino que juegan con los hombres a la voluntad del azar y tú aunque no te lo creas, pudiste hacer bien pocas cosas.
Sabemos que te reprochas tu cobardía, tus fallos, tus debilidades de hombre perfectamente imperfecto que no supo apostar en los momentos que había que hacerlo. Y estas indecisiones, de acuerdo a tu criterio, te llevaron a ser un hombre solitario, extraño, ante una sociedad convencional que clasifica y etiqueta a sus habitantes. Si a los 40 no eres un hombre casado, con hijos, trabajo para mantener a tu mujer y prole, casa hipotecada hasta las cejas por los vampiros del impúdico rey de reyes del tiempo actual tecnificado y descreído, eres un extraño en tu entorno, un inadaptado, un sur de escaso o cuasi nulo provecho social que no sirve más que para perderse por las esquinas y deambular por los arrabales de la desesperanza y el desamor.
Observamos dolidos cómo lloras amargamente para adentro cuando paseas como un apestado por plazas pobladas de niños con sus padres y abuelos. Sientes que no estás invitado a esta fiesta y sabemos que te duele, profundamente te duele. Ves cómo los demás tienen hijos que juegan a la pelota y a los columpios y en las playas crean catedrales de arena. Contemplas sus juegos, sus risas y percibes que ese territorio está vetado para tus emociones, tus sentimientos, esperanzas y proyectos.

Compartimos tu inquietud por el futuro de los más pequeños en un mundo que los adultos han podrido y ellos, los niños, se esfuerzan siempre por reverdecer y colorearlo con pinturas nuevas. La falta de solidaridad, el egoísmo, la indiferencia, la lucha por ser más que el otro, la degradación del medio ambiente no tiene puesto en la mente y el corazón de un niño.
Sabíamos bien que tenías miedo por el mundo que los mayores dejan a los niños, la esperanza del mañana y ése quizás fue otro de los motivos que te impidió encadenarte a una mujer. Sí, el miedo que tenías a comprometerte con una mujer y compartir la vida con ella en un camino común que tú no tenías claro si serías capaz de caminar al alimón sin que vuestras sendas se bifurcasen en algún recodo del trayecto. Ese instintivo temor a perderla cuando más la quisieras, más la necesitases y verte otra vez solo en mitad de la noche sin salida, sin nosotros, tus hijos a quienes verías muy de cuando en cuando mientras tu ex-reina se apoderaba de todo el reino compartido, ahora sólo para ella, mientras tú rumiabas tu derrota en el silencio. El el más absoluto de los silencios, detestando que la justicia tuviese color femenino.
No llores, no sufras con el hundimiento de tu proyecto personal, por no haberte convertido en el hombre convencional que soñabas ser, con mujer, hijos, familia, casa, trabajo y veladas domingueras con los suegros y salidas vespertinas al paraíso de los parques y cumpleaños lúdicos en recintos cuartelarios para niños mientras hablarías despreocupadamente con otros padres, agotados por la energía inagotable de los infantes.
Salidas a los macrocentros comerciales para cargar provisiones hasta los topes y los niños se divertían con la fiesta de colores y formas de los distintos productos de frutería, charcutería, pescadería, droguería y alimentación. Sabemos que te fastidia no haber cumplido con el placer de darnos el biberón, las primeras sonrisas cuando nos mirases o tocaras los deditos de coral, la liturgia de bañarnos todas las tardes con la compañía marinera del patito. La emoción de inculcarnos la primeras letras con los cuentos que nos habrías rescatado de tu infancia: Los tres cerditos, La Cenicienta, Peter Pan, Caperucita Roja y tantos y tantos que formarían parte de tu iconografía infantil. Hoy con la televisión y los dvds este paisaje está poblado de más personajes e historias diferentes. Superhéroes americanos y dibujos alucinógenos japoneses.
Quizás éste no fuera tu destino aunque te empeñases en consumarlo. Quizás no estabas preparado para ser un hombre socialmente de provecho en un mundo indiferente. Quizás tus sueños personales no estaban destinados a ser familiares. Quizás tu vida tenía que discurrir por otros carriles contrarios a los que tú prediseñaste. Quizás estabas equivocado y tú mismo no lo sabías.
Puede ser que tu vida alrededor del círculo social tuviese que ser más contemplativa y menos participativa en cumpleaños, bodas, comuniones y actos del común. Puede ser que tu vida tuviera que dedicarse a lo que te gustaba de verdad y que la vida familiar te hubiese impedido desarrollar. Puede ser que necesitases más tiempo para ti, ser un poco egoísta para ver cumplidos tus sueños estrictamente personales que la vida en pareja y con niños no te hubiera permitido realizar. Esa necesaria dedicación a tu familia, a tus hijos hipotéticos, te hubiera restado tiempo, esta moneda que se agota con el río de los días, para dedicarte a tu verdadera pasión. Pues así nunca hubieras rendido al ritmo que tus ilusiones soñaban. El precio de la soledad fue la libertad para correr detrás de tus quimeras que tampoco te llevaron al punto que esperabas, que te correspondía por derecho y esfuerzo. Tus empeños se disolvieron en el agua turbia de las pérdidas y te viste relegado a un puesto mediocre del escalafón. Uno más entre los concertistas pero no aquel que luchabas ser. Un tipo admirado y aplaudido en las primeras plazas de las rutas internacionales, de las revistas especializadas. Te encontraste marginado a rincones perdidos en ángulos esquinados de las páginas pares.
Nosotros también sentimos amargamente que no cumplieras tus metas y tampoco vieras realizado tu sueño familiar. Apostaste fuerte y perdiste. La vida tiene esas cosas injustas y cabronas.
Nosotros, tus hijos en sueños, tus peques hipotéticos, te queremos igual, nos hayan parido o no las mujeres que dejaste escapar o se escaparon y te condenaron a la soledad y el olvido.
Velamos por ti. Te recordamos y observamos tu sueño, allí donde las ansiedades no cumplidas ya no te corroen el corazón, no te queman la cabeza ni distraen tu atención del que fue tu principal motivo: la música. Ser el pianista que nunca llegaste a ser hasta que sucumbiste al torrente de la desmemoria.
Hijos, gracias por quererme, por no olvidarme. Por formar parte de vosotros hasta el final de los tiempos. Gracias por dejarme ser vuestro padre pese a que no os merezca, aunque nunca os haya visto pero sí percibido en mis sueños.
Vuestra conversación, vuestra plegaria hacia mí, los muchos desvelos que he sentido desde algún lugar indefinido, que me dedicabais por los meandros de mi vida.
Hijos, siento mucho, de verdad, no haberos tenido pero si vosotros me perdonáis por no haber sido valiente para engendraros lo agradeceré eternamente. Ahora que tenemos tiempo. Espero que ahora sí pueda veros y conocernos. Hablar cara a cara. Abrazaros, besaros y sentir que al fin, sois hijos míos. Ya para siempre juntos sin que ningún tiempo del mundo nos pueda separar. Y hablar de tantas y tantas cosas que nos han quedado pendientes…

 

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