Perplejidades y certezas, otro gran ejercicio poético de José Luis Zerón Huguet, por Javier Puig

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Para nuestra satisfacción, José Luis Zerón Huguet sigue sumando libros a su prestigiosa obra, reuniendo homogéneamente sus composiciones poéticas inéditas o antes solo publicadas en revistas. Esta vez, en este Perplejidades y certezas, editado por Ars Poética, nos regala una sucesión de piezas que presentan un carácter fragmentario que las hace distinguibles de la forma clásica del poema. Cada una de ellas alberga, de forma afín y coherente, textos que van desde la mínima frase, al modo aforístico, hasta el párrafo no muy extenso de prosa poética.
Leyendo estos textos, concebidos desde el hondo sentir de la poesía, uno se vuelve a internar en un universo muy rico, muy preciso en sus honestas inconcreciones, en un ámbito que se extiende universal a partir de los íntimos alcances del ser. Su poesía es un acto de conocimiento y a la vez un ejercicio de asunción de la complejidad de aquello que percibimos como extrañamente propio, así como un aprendizaje del vivir en la inclemencia. El poeta, absorto en el sutil receptáculo de la vida, trata de verbalizar lo innombrable y lo que predomina es la intensidad y la enjundia de sus proclamaciones, la profusión de frases esplendentes, susceptibles de ser extraídas y aisladas, como tal vez en ningún otro de sus libros.
Perplejidades y certezas es, sobre todo, y más allá de su última parte, Apuntes para una poética, una declaración de principios que se refieren al arte de la poesía pero también la espiritual marcación de una ruta, a la vez prometedora y dolorosa y siempre fértilmente temeraria. Y es la constatación de las insistencias de la vida, aquí, como casi siempre en la obra zeroniana, reflejadas en la infinita elocuencia de la naturaleza.
En los libros del poeta oriolano intuimos un ejercicio tenaz que no es forzamiento de un sello propio, ni recurrente imitación de sí mismo, sino la sucesiva variación que nace de vivir sin ambages la existencia, buscándola en sus réplicas más esenciales. Es una serena obstinación, un irrenunciable y permanente intento de traspasar los límites de lo obvio y adentrarse en las espesuras de lo inesperado. Y es que nos hallamos ante un poeta arraigado en la realidad, pero no en sus versiones más encontradizas, sino en sus recodos de infinitud, en sus oscuridades más pronunciables.
Tras la Dedicatoria General, el libro prosigue con Salutación, texto con el que el poeta da la bienvenida a su nuevo hijo, realizando lo que sería una descripción impúdica de la vida, una visión que en nada omite las dificultades que le esperan al ser, su mayoritaria condición doliente; aunque también hay recompensas: “Cuanto más ames mayor será tu sufrimiento, pero no temas: la angustia también tiene sus esplendores”. Y hay actitudes que pueden hacer que la vida sea más que una simple rémora o una batalla perdida: “Haz como tu hermana, ejercita el asombro, despliégate allí donde los demás se detienen. No seas estanque sino fuente”.
También en Vinculo, dedicado a su hija, el autor aprovecha para intentar transmitir su poética vital: “No huyas de la pasión, no hay que temer las selvas vírgenes; aléjate, en cambio, de los territorios fijos”, o: “No anides. Déjate arrastrar por el torrente y percibir el infinito”.
En las siguientes piezas, tanto en Preliminar como en Propósitos, hay una resolución de frases cortas que bien podrían llamarse aforismos: “Es tiempo de caída: celebremos las pudriciones”, “vivir es buscar un lugar: hallarlo ya es morir”, “escribir en el fuego de los contrarios las preguntas que tiemblan de impaciencia”.
En La del Alba, como en todo el libro, Zerón se prodiga en esa sucesión de textos de distinta brevedad que podrían tener vida independiente. Hay frases que nos traspasan con su cortante belleza: “Es difícil, en los tiempos del frío, acumular luz en los ojos”. Otras entroncan con sus intuiciones más pertinaces: “Todo debe arder para volver a nacer”. Y en alguna se rinde, pero tan solo ante la final incertidumbre: “Nunca llegaré a desvelar las incógnitas con una intensa afirmación”.
Los siguientes textos son un recorrido por su amada naturaleza, por el ámbito huertano, en el que se encuentran los prodigios, la intemperie, el caos, la pérdida, las más duras realidades: “Nunca estaré al abrigo del tiempo”, “trato de evitar el abrazo de la pérdida”; pero también la posible elevación: “He comprendido que se vive en la disposición del caos, en la enajenación de unos sentidos maravillosos”, “en los espacios del vértigo, reconozco la renuncia como el hábitat más dulce”. Y hay también imágenes plenas de misticismo: “Dejo de ser para espaciarme y así estar en todas partes y en ninguna”. Es la continua renovación de lo imprevisto: “Mi corazón aún late de asombro, pero el lenguaje falla”. Estamos ante el hombre desnudo, entregado a la averiguación del misterio de vivir, que busca las significaciones en los ritmos de la naturaleza, en sus emanaciones indescifrables que nos hacen sensibles a lo oculto, desesperados intérpretes de los pálpitos que destellan vagamente en lo ignoto.
En Secuencia de una caminata del orto al ocaso, esta vez numeradas, seguimos encontrando entradas armonizadas aunque autónomas: “La palabra prolonga la duración del estremecimiento”, “una hermosa reflexión siempre llega acompañada de un presagio de silencio”. Y, en la parte final del libro, hallamos los Apuntes para una poética, en los ya hay una declaración más explícita de las intenciones que originan la escritura. Así este deslumbrante aforismo: “El poema es un pájaro atrapado en el deseo de ascender”, o: “El poeta vive permanentemente en estado de alerta. ¿Cuántas horas dedicadas a remover la ceniza del fuego augural?”, “un poema es la gracia de nombrar lo efímero”, “el camino del poeta está lleno de pozos y estrellas”, “si acaso encuentro abrigo es bajo el techo de la tormenta”, “la cima está siempre por hallar. El alborozo de la búsqueda compensa las zozobras”.
Termina así un libro de distinta conformación, hecho de “fragmentos poéticos”, como dice el autor, latigazos verbales a los que no les falta nada y contienen una sucinta perspectiva del todo; expresiones que se ensamblan perfectamente en una obra cada vez más voluminosa e imprescindible, que nunca desfallece en su calidad ni resulta sobornable en su compromiso de autenticidad y de actitud desveladora de los enigmas.
No me he podido resistir a la transcripción de numerosas citas, pero es que, estas y otras muchas posibles, son la brillante consecución de una tarea largamente atendida, la fidedigna transmisión de los hallazgos alcanzados en una profundizadora reincidencia, en un ejercicio de ósmosis poética. Adentrarse en Perplejidades y certezas es volver a los terrenos decisivos, realizar un ejercicio espiritual acompañados de las señales más verdaderas para un camino que ha de ser difícil. Vivir es seguir una senda que transcurre muy próxima a los despeñaderos, pero también rehacerse en una pulsión que nunca llega a alcanzar el claro vislumbre de lo absoluto. Es esta una poesía superior, que a veces roza lo secreto.

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