Sobre El ocho de las abejas, de Cleofé Campuzano, por Javier Puig

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un poemario caudaloso y vital

En El ocho de las abejas, editado por Devenir, Cleofé Campuzano nos ofrece una poesía muy consistente, a menudo impetuosa. La autora se siente pletórica de su caudal imaginativo, que sabe contener en el momento justo en el que se precipitaría por los despeñaderos de la desmesura. Sus visiones son sometidas a la fuerza que las distingue de la temida insulsez. Sus versos están hechos de perpetuo descubrimiento, del estrépito de lo inaugural.

Se nota que la autora siente la inmensidad de toda una vida por delante, que se alza esplendente sobre los agravios de la reiteración. Todo lo dice con ritmo que no altera la supremacía de una voz que irrumpe desde la extrema necesidad, una voz que se va conociendo a sí misma a través de sus propios ecos, que se le añaden como espectro coral y se debaten más allá de las citaciones del azar.

Los versos se afanan en vislumbrar rutas inopinadas, las palabras conmutan el infierno de lo desconocido por un ardiente acomodo en los aledaños de la inverosimilitud: “Ven hacia a mí, pensamiento salvaje / congelado entre tiempos de piedra. / Ven a mí antes de crear y crearnos / antes de padecer y resurgir”. Porque se busca el diálogo con las difíciles estribaciones del propio ser: “Cállate, catástrofe consecutiva / liebre escurridiza / que te escapas de nuestra permanencia. / Cállate, que no deseo preguntarme cada día/ si quiero vivir”.

No es el objetivo encontrar lo sapiencial, entendido como dilucidación definitiva sino que se incide en lo manifiestamente originario. La autora se enfrenta a los anhelos, a las emociones, personalizándolas: “La esperanza es un difunto más, / cuando nada de lo que se es / cuando nada de lo que se tiene/ de lo que se pretende / nos ama. / Si nos elige la esperanza…” Es el juego entre la multitud que vive dentro de las propias fronteras: “Yo, a veces, para enfrentarme a la esperanza/ hago como si no fuera yo.” Dentro de ese lugar que ocupamos como asignación de origen irrescatable: “Nada más nacer, nos encomian la tarea/ de encontrar este lugar propio, / de única pertenencia, única potestad, / único nombre y destino”.

La vida ha de ser una búsqueda constante de la elevación: “Es oscura la posición/ de permanecer sentada/ y no hacer nada, / no vibrar, sentirme ruin/ por mis mezquindades cuando/ el mundo entero es el lugar del espanto”. Hay que ir más allá de lo dado, atender a lo está por construir: “Pero ser alguien como soy, dolida solo por haber nacido, /me impedirá ser alguien libre.” Es ese deber de ejercer las posibilidades de la existencia “Cada media hora que pasa / mido el deber / que me he creado con el mundo”. Es la vivencia intensísima: “Y cómo decir que / me duelen los segundos”.

Pero el itinerario vital, cuando tanto se espera, emite sus decepciones: “Por más que haga, / más que me afane con mi edad, /no llego a ningún sitio/ y esa sensación de orfandad/ no me recupera”. O cuando vivir atentamente no resuelve nada: “Es falaz la vivencia. / Falaz la creación de la vivencia, / oscura su calma y símil de la libertad”. Esta búsqueda tan precisa da lugar a veces a pasajes herméticos: “Pon la mente en el lugar/ que sabes que nadie entenderá”.

Es esta una poesía que parte del alumbramiento de unos instantes capaces de recibir las indescifradas misivas de lo eterno. Hay en ella una búsqueda de la exaltación vivaz, una atendible insania de las palabras, el irrenunciable afán de un hallazgo vibrante. Los versos prorrumpen desde los exclusivos caladeros de la verdad poética, se acompasan con la intuición y no aspiran a lo diáfano sino a la profunda e inédita incisión en lo más cercano. Cleofé Campuzano tiene mucho que decir y en su primer libro publicado, El ocho de las abejas, ha empezado a consolidarlo.

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