La Dignidad de la palabra 4. Luis Landero, presentación por Francisco Gómez

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Entre otros muchos hay tres escritores que me encantaría, me hubiese gustado conocer. Uno de ellos paseaba por el Campo Grande y se escapaba a Sedano a imaginar las historias, los personajes que luego llevaba al papel. Amante de la naturaleza, ojalá hubiese podido pescar truchas con él. Ya no podrá ser. Hablo de Miguel Delibes. Otro de mis narradores fue marino y guardés antes que escritor. Con sus obras penetra con ojos infinitos en la psicología y el corazón de sus obras. Andar con él por Brooklyn, New Yersey. Pasear juntos por la Quinta Avenida y Central Park pero temo que tampoco será. Me refiero a Paul Auster.

El tercer autor, al que guardo devoción y corro a la librería cuando me entero que publica nueva novela, está a mi lado y es un honor y una satisfación presentarlo a Udes, amigos/as. No es otro que Luis Landero, uno de los mejores novelistas de la narrativa española actual.

En su novela “El balcón en invierno”, que convierte en una autobiografía novelada, nos descubre muchas claves de su obra:

“Esos momentos creadores, fundacionales, capaces de torcer el destino, de cambiar o corregir en un instante el curso de una vida, como me ocurrió a mí al descubrir que mi pueblo no era el centro del mundo o cuando me vi vestido con el mono y las alpargatas de mecánico, o cuando me compré El criterio de Balmes, sin sospechar que allí comenzaba una vida nueva. Y eso por no hablar de la muerte de mi padre, fuente de todo afán. En casi todas las novelas aparece alguno de esos momentos estelares y a veces en ellos está la clave para acechar el sentido profundo de la historia”.

Así nos revela Luis Landero muchas coordenadas de su literatura, atravesada por personajes corrientes, grises, anónimos que a pesar de sus contingencias quieren prosperar, labrarse un porvenir, un destino mejor. Seres, en apariencia de papel pero que, desde su balcón, donde ha escrito muchas de sus historias, ha ideado, creado, recreado sus vidas, mientras observaba una acacia y dos bombonas de butano.

Extremeño de Alburquerque (Badajoz), allá en 1948, su familia emigró a Madrid al barrio de Prosperidad en busca de mejores horizontes en los 60. Ha desempeñado diversos oficios, incluido guitarrista con un grupo con el que recorrió parte de Europa y dio pie a su novela “El Guitarrista”(2002), hasta acabar como profesor de Literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. Con su primera novela “Juegos de la edad tardía” (1989), que según ha contado, reescribió hasta cinco veces, ganó el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica en 1990. Los personajes de sus novelas son seres anodinos que persiguen un afán que casi nunca logran. En la travesía de sus andanzas y

desventuras sueñan mediante palabras precisas, hermosas y sutiles, la quimera de la felicidad, el barco de la utopía que les llevará a otros puertos a los que casi nunca arriban. Gregorio Olías en “Juegos de la edad tardía”, que imagina ser el Gran Faroni, ingeniero y poeta, paradigma de la audacia y el éxito, que embarca en su travesía a Gil, otro pobre soñador. Matías Moro en “El mágico aprendiz” (1999), un oficinista de vida tranquila que se convierte en héroe a su pesar. Dámaso Méndez y Tomás Horcajo de “Hoy, Júpiter” (2007). El primero con la alargada figura del padre y sus ansias de venganza y el segundo con sus sueños de catedrático, escritor y ser el hombre de acción que nunca será. Lino, el protagonista de “Absolución” (2012), que está a punto de casarse y cambia su futuro estado de felicidad por un ambiente de pesadilla o la aventuras y asechanzas de Hugo Bayo en su hasta ahora última novela “La vida negociable” (2017).

Luis Landero nació en el seno de una familia humilde donde apenas había libros (como en mi casa). Su abuela Frasca, su primo Paco, sus seres queridos contaban a la luz de la lumbre historias, leyendas, anécdotas, chascarrillos que irían labrando la mente del futuro escritor, que también escuchaba a los transeúntes, buhoneros y comerciantes que cruzaban la línea entre Portugal y Badajoz por su pueblo y llenaban su conciencia de futuras historias por escribir.

Amigos/as, si ya habéis disfrutado la lectura de las obras de Luis Landero, ¡enhorabuena! Si no, os invito a leerlo. A este amanuense que escribe a mano y dice: “Haz de cada palabra un santuario al que otras palabras vengan en peregrinación” (“Hoy, Júpiter”); “El arte de apurar hasta la evanescencia el significado de las palabras, el delicado y turbulento fluir de la sintaxis, capaz de impulsar y guiar el pensamiento más maduro por los intrincados laberintos que el mundo ofrece a la conciencia”.

Vale la pena leer sus hasta ahora nueve novelas publicadas, su libro de artículos “¿Cómo le corto el pelo, caballero? (2004), publicado en El País o su ensayo “Entre líneas: el cuento o la vida” (2000) o su libro dedicado a Extremadura “Esta es mi tierra” (2000).

Les dejo con un párrafo que me llegó al alma y comparto hasta la última palabra, de su libro “El balcón en invierno”:

“Tantos datos como atesoramos de políticos, militares, escritores, filósofos, científicos, profetas y magnates, y a veces apenas sabemos nada, ni nos preocupamos por saberlo, quizás porque los damos por sabido, de las personas que tenemos cerca y a los que queremos y que un día cuando mueran y transcurran los años y cuando ya es tarde para remendar los rotos del olvido, descubrimos con pena y estupor que no conocemos casi nada de ellos”.

“Mi madre ha ido aceptando todas estas muertes sin protestar, casi sin lágrimas. Así es la vida es todo cuanto dice, y los dos nos quedamos con los ojos perdidos en el aire, viendo apenados ese lento desfile de espectros desvaneciéndose en la distancia”. “Le dije que estaba escribiendo un libro sobre la vida de todos nosotros. Con lo mentiroso que has sido siempre habrá que ver

lo que cuentas ahí”. “No, esta vez no hay mentiras”.

Amigos/as, con todos Uds, Luis Landero

 

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